Hermanas de sangre

2ª parte

            Marco Fontani rezaba su tercer rosario de rodillas frente al crucifijo de su habitación cuando la escuchó.

            —¡Padre! —Exclamaba la hija del sastre desde el exterior de la casa—. ¡Ábreme la puerta!

            Su corazón se detuvo un instante y se santiguó suplicando coraje y valor para lo que les esperaba. En sus diez años de exorcista nunca se había enfrentado a casos de vampirismo. No eran muy diferentes a las posesiones demoníacas, personas poseídas por un poderoso demonio. Sin embargo, un poseso tenía algo a su favor y es que seguían vivos, luchaban por su libertad y había que respetar sus vidas. Un vampiro en cambio era un muerto levantado de la tumba por un poder que ni la misma iglesia acertaba a comprender. Los doctores más prestigiosos e iluminados no se ponían de acuerdo en sus explicaciones teológicas. Y es que ¿cada cuánto tiempo aparecían esos seres? Podían pasar más de doscientos años hasta que volvieran a manifestarse casos como ese. Recordaba el misterioso verso de San Juan de La Cruz:

 

"Oh noche que guiaste!

¡oh noche amable más que el alborada!

¡oh noche que juntaste

Amado con amada,

amada en el Amado transformada!"

"La noche oscura del alma"

 

            Esa era la mejor forma de describir a esos seres infernales, una criatura atraía a otra en la oscuridad de la noche y al atraparla la transformaba en lo que eran ellos. San Juan los había enfrentado, pero aquello fue escrito el siglo XVI, lo que significaba que Marco estaba sólo. Cada cosa que descubriera debía documentarla para posibles brotes futuros pero con cuidado de no revelar al mundo su existencia de forma evidente.

            —¡Padre! —Escuchó gritar de nuevo a la hija de Satanás.

            El sastre llamó a la puerta de su habitación y abrió tratando de aparentar calma.

            —Monseñor, ¿qué hago?

            —Despierta a Francesco. Necesito hablar con él.

            —¿No abro? —Se impacientó.

            —Sí, abrirás cuando yo te lo diga. Que tu alma no pierda la confianza de la gracia de Dios. Alégrate, hermano, hoy tu hija hallará el descanso eterno.

            El sastre tocó la puerta del jorobado y escuchó un lamentable "pase".

            —Le llama el maestro.

            —Déjeme en paz, estoy durmiendo.

            —Mi hija está en la puerta.

            —¡No es su hija!

            Como poseído por mil demonios Francesco se levantó de un salto y le empujó hasta hacerle caer.

            —Tranquilícese, amigo mío —le dijo con voz serena el sacerdote.

            —Ella nunca volverá a ser su hija —explicó, fuera de si—. Si no lo entiende no hará lo que tiene que hacer.

            —Dígame una cosa, usted no es un estudioso —conversó Marco—. ¿Cómo supo que ellos eran monstruos cuando llegaron aquella noche?

            —La cierva negra había muerto —fue su misteriosa respuesta.

            El jorobado se quedó mudo y Marco miró al sastre con extrañeza.

            —¿Qué animal es ese?

            —Era...

            —Explíquese.

            —Mi padre me lo contó, aunque no voluntariamente.

            —¿De qué habla? —Espetó el sastre.

            —¡Abre la puerta! —Se volvió a escuchar la voz de Razda.

            —¡No es momento de secretos! —Increpó al jorobado.

            —No hay prisa, no se irá —respondió Marco con calma—. Ilústrenos con su historia.

            Francesco miró al suelo confundido y discutiendo con sigo mismo.

            —No... Ella me lo prohibió... Pero está muerta, nada me obliga a obedecer ahora.

            —No consigo entenderle —rogó el sacerdote—, por favor cuéntemelo desde el principio.

            —Sí, monseñor. Que lo cuente sí —apoyó el sastre.

            —Está bien, todo empezó el día que mi padre me llevó a cazar por primera vez. Vi un ciervo muerto, desangrado y le pregunté si ya podíamos volver a casa, que era una buena presa. Me dijo que tenía las marcas de la cierva negra y no debíamos comerlo. Me enseño una dentellada en la base del cuello y me pidió que hiciéramos un hoyo para enterrarla. Cuando ocultamos el cuerpo me dijo que no le contara a nadie lo habíamos visto.

            »Más adelante, pasados los años, desarrollé mi joroba y no podía disparar el arco por lo que mi padre dejó de invitarme a sus cacerías. Pero un día le seguí, estaba convencido de que él buscaba a esa misteriosa cierva y quería verla. Pues un día la encontró, un animal espléndido, pelaje negro y brillante, ojos rojos como la sangre. Se escondía en una cueva de las montañas y mi padre la apunto con su arco. Tropecé con una piedra y el desprendimiento alertó al animal. Le vio a punto de atacarla y de tres grandes saltos se abalanzó sobre él y le mordió en el cuello. Vi cómo se apagaba su vida mientras le chupaba la sangre y más asombroso fue verla transformarse en humana. Cuando mi padre estaba agonizando le soltó y vino despacio hacia mí, que me encontraba paralizado por el pánico. Nunca olvidaré sus palabras:

            « ¿Por qué no puedo vivir tranquila lejos de los humanos? Vete, y no se te ocurra volver a acercarte o correrás la misma suerte. Cuéntale a alguien que me has visto y acabaré contigo y con todos los que me busquen. ¡Vete!»

            —Eso explica porque sabías que era cierva y no ciervo —opinó el sastre.

            —Era obvio, las ciervas no tienen astas —explicó el jorobado.

            —La sexualidad del vampiro es poco relevante —interrumpió Marco—. Continúa.

            —Por supuesto no la hice caso aunque fui precavido y no volví a molestarla. Pero un día escuché perros y un cazador la alcanzó con sus flechas. Los seguí, pensando que mi padre al fin tendría la venganza que yo no pude darle, encontré rastros de sangre, sin duda sangre de ciervo. El cazador se rindió sin obtener su presa y regresó a su hacienda con sus lacayos y manada de perros husky.  Ellos iban a caballo, no pude seguirlos aunque sabía quién era, el conde Bladimir. Fui a advertirle de que tuviera cuidado con la cierva negra. Pero me hizo esperar en los establos y debió olvidarse de mí pues llegó la media noche y no vino a verme. Entonces hubo un gran revuelo, escuché perros aullando y chillando. Varios mozos corrieron en una dirección y les seguí. Nos quedamos patidifusos cuando vimos que los canes estaban mordiéndose entre ellos en sus jaulas. Dos eran tan fuertes que mataron a la manada y les chuparon la sangre a pesar de las heridas que les causaron los perros que iban sobreviviendo. Cuando sólo quedaban esos dos arremetieron contra los barrotes de acero y los doblaron por su inmensa fuerza. Los mozos se asustaron y les prendieron fuego rociándoles con un barril de aceite. Aun ardiendo, los animales golpearon los barrotes bastantes veces antes de quedar reducidos a cenizas.

            —Interesante —valoró Marco.

            —Esos dos debieron probar la sangre de la cierva negra y a media noche se transformaron en monstruos.

            —Gracias amigo mío, ahora ya sabemos quién causa esta epidemia. Pero ¿cuándo bebió su hija sangre del animal maldito?

            —El día que ella se transformó encontré la cabeza de la cierva en pleno bosque. Un cazador al que no pude ver debió darle caza y se llevó las patas y la caja torácica. Supe que alguien comería venado y los convidados esa noche se transformarían en monstruos.

            —Mi hija debió comer —lamentó el sastre—. Usted, Monseñor es experto en exorcismos, intente expulsar su demonio, se lo ruego.

            —Ella no es de este mundo.

            —Inténtelo.

            Marco meditó un momento su respuesta y dijo:

            —Si tengo la oportunidad, lo intentaré.

 

 

            Sam lo escuchó todo y no volvió a llamar. Dio dos pasos atrás y se alejó corriendo hasta el bosque, donde corrió tan rápido que nadie pudo verla, ni siquiera Frederick, que la llamó una vez. Quería desaparecer, ir tan lejos que no hubiera seres humanos a miles de kilómetros de distancia.

            ¿Se había transformado en monstruo por beber de aquella sangre? Su padre nunca la volvería a recibir en su casa, ahora estaba segura.

            Se podía vivir como un animal, la cierva lo intentó, sólo tenía que beber sangre de alguno. Viviría libre del tormento de su conciencia.

            Encontró una manada de lobos y se encaramó al cuello de uno notando el desagradable matojo de pelos en su boca que pronto comenzó a empaparse de sangre. Sus colmillos se afilaron, el líquido vital manó a borbotones y cuando terminó de beber ya no era humana. Su pelaje era negro como su oscura cabellera antes de perder su anterior forma.

            Temía que hacer eso la volviera estúpida e irracional pero fue maravilloso sentir la fuerza y agilidad de cien lobos. No podía hablar, ¿qué sentido tenía hacerlo en medio de la tundra helada donde los humanos jamás se adentraban?

 

            Se hizo de día y el Sol comenzó a lamer las laderas de la montaña. Su fuerza se disipó como niebla ante un vendaval. Sintió agotamiento y sueño de modo que buscó un lugar oscuro porque necesitaba descansar y halló una cueva donde se arrebujó y durmió.

 

            A la noche siguiente el hambre la devoraba por dentro. Buscó lobos de los que alimentarse pero no halló ninguno en horas. La debieron oler y huyeron de ella. No soportó el fuego de sus tripas y regresó a la villa oliendo la brisa, analizando hasta el más leve de los aromas que flotaban en el bosque. Captó ciervos, osos y algún lobo, pero también la sangre caliente del campamento gitano al que solían visitar Frederick y ella.

            La poseía tal frenesí que no pudo parar de beber de su víctima y notó que su corazón se detenía justo cuando se apartaba de su cuello.

            Entonces olió el fuego. Las ruinas donde se escondían por el día brillaban en la oscuridad por encima de las copas de los robles.

            —Frederick... —susurró aterrada.

            Con fuerzas renovadas se deslizó como una sombra hasta llegar en unos segundos a las cercanías de las ruinas. Una multitud armada con estacas y antorchas rodeaba la estructura pétrea. Gritaban «Monstruos», y entre ellos vio a su padre, al cura y al jorobado Francesco.

            Temiendo entrar en el refugio, los aldeanos arrojaron barriles de aceite al interior de las ruinas y luego antorchas que provocaron un infernal incendio de inmediato.

            Era el atardecer, sus escasas fuerzas la convertían en una frágil humana de modo que no tuvo valor de salir de su escondrijo y observó cómo se derrumbaban los restos de las ruinas consumidos por el fuego.

 

            —Nadie ha podido sobrevivir a eso —dijo uno de los aldeanos—. Ni siquiera los hijos de Satán.

            Apaciguadas las llamas y colmada la furia popular, los humanos se marcharon rezando un rosario y dando gracias a Dios por la fuerza y el coraje que les había dado.

«Malditos cobardes, como si les hiciera falta mucho poder divino para enfrentarse contra dos personas» —pensó, frustrada y dolida por la pérdida del único compañero que tenía.

            Cuando el Sol se escondió los pedruscos aun ardían como si estuvieran en la boca del infierno.

            A sabiendas de que estaba sola comenzó a llamar a Frederick. No podía acercarse por la alta temperatura y por tanto no le podría sacar en caso de que siguiera vivo y necesitara su ayuda.

            —Frederick...

 

            Esa noche no se movió de allí, esperó con cada vez menos esperanzas a medida que pasaban las horas. Lo que más la asustaba no era su muerte sino la ausencia de dolor por parte de su corazón. ¿Había muerto el amor de su vida? Sí, seguramente. ¿Estaba sola y maldita? Sí. ¿Se sentía triste por todo ello? No...

            La furia la cegó.

            Cuando quedaba una hora para el amanecer corrió hacia la villa y sin reparar en puertas, ristras de ajo ni crucifijos entró en cada una de las casas y mató sin piedad a hombres, mujeres y niños, sació su sed con los más jóvenes y a su padre le dejó el último después de aplastar la cabeza del jorobado con el pie. Su progenitor la suplicó piedad y ella se sintió complacida por ese gesto. Sin embargo sólo le concedió un segundo más antes arrancarle la cabeza de cuajo y aplastarla como una sandía con su pie desnudo.

 

 

            Su aldea con centenares de familias, quedó reducida a un cementerio cubierto de sangre, un escenario que sirvió de bálsamo para su agitada alma que clamaba venganza.

            Sin embargo Marco Fontani no estaba allí.

 

 

Comentarios: 9
  • #9

    Yenny (martes, 24 mayo 2016 02:17)

    Alfonso por fin apareces y si nos acordamos de ti puedes leer los comentarios en los Grises :)
    Que bueno que estés bien y no desaparezcas porque nos preocupamos.

  • #8

    Alfonso (sábado, 21 mayo 2016 01:19)

    Veo que nadie se acuerda de mí y eso que solo me ausenté unos meses. Me gusta cómo empieza la historia, habrá que ver cómo termina.

  • #7

    Valeria (miércoles, 18 mayo 2016 21:20)

    Muy interesante Tony me esta gustando mucho la historia; siempre te leo aunque no comente :p

  • #6

    Yenny (miércoles, 18 mayo 2016 19:05)

    Cierto faltan muchos lectores recuerdo a muchos de ellos una lástima que ya no entren.
    Chemo que bueno que regresaste con los pocos que somos comentando si falta uno se echa de menos.

  • #5

    Chemo (miércoles, 18 mayo 2016)

    Ya he regresado. Y veo que me habéis extrañado. Honestamente, la historia no se me hace muy interesante (con excepción de Sam, claro). Esperemos que pase algo interesante que nadie nos esperábamos.

  • #4

    Tony (martes, 17 mayo 2016 18:08)

    Ya dare detalles de su csmbio de look.
    Sobre Chemo, dudo que este molesto, a nadie le ofende que le echen de menos y aqui se le echa en falta. Aunque seria injusto no mencionar a todos los que se han ido descolgando con el paso del tiempo como x-cero, Angelo, Olivia... Y un triste etc.

  • #3

    Yenny (martes, 17 mayo 2016 17:52)

    Siempre quise saber un poco más sobre los primeros años en que Sam se convirtió en vampiro, saber que hizo todos esos siglos.
    Espero la continuación y también Tony dinos que número de tinte usa Sam jajaja
    Extraño los comentarios de Chemo siempre me sacaban una sonrisa con sus ocurrencias.

  • #2

    Jaime (martes, 17 mayo 2016 02:36)

    Muy interesante la historia hasta ahora. Espero la continuación.

  • #1

    Tony (martes, 17 mayo 2016 01:40)

    El pelo de Razda (que aun se llamaba así) era negro en sus inicios como vampiresa. Más adelante ya veremos. Sólo me adelantaba a comentarios sobre el tema.
    No olvidéis comentar.

Animal es el que abandona a su mascota.

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