Hermanas de sangre

6ª parte

 

 

 

Juan José tenía un Mercedes. Era un coche forrado interiormente de cuero que se sentía confortable. Atrás había lunas oscuras y en su interior una temperatura agradable, a diferencia de la calle que incluso amaneciendo se superaban los 25°.

            Era evidente que tenía dinero y vivía de sus habilidades mentales. Por el camino le contó sus planes de salir en televisión y demostrar al mundo el poder escondido en la mente. Su mujer, María Del Carmen, guardaba silencio en el asiento de copiloto.

            —Desde muy niño he podido controlar los latidos de mi corazón, incluso engañé una vez a mis amigos haciéndoles creer que tenía branquias porque aguanté sumergido en una piscina más de quince minutos. Con la mente suficientemente desarrollada, no existe nada imposible.

            —Fascinante —valoró. Ese tipo podía enseñarle muchos trucos como entrar en la mente de las personas—. Yo no podría aguantar bajo el agua ni un minuto.

            La dificultad no era la respiración sino en ser capaz de hundirse, pero no tenía que ser tan sincera.

            —He logrado permanecer encerrado en un ataúd más de diez minutos.

            —Vaya —se mordió la lengua.

            A menudo elegía tumbas viejas para evitar visitas diurnas que interrumpieran su sueño, solía escarbar hasta sacar el ataúd, que eran muy cómodos en comparación con la arena llena de bichos que tenían encima. Sacaba al muerto hecho huesos y lo tiraba en la fosa común, donde nadie contaba las calaveras. Luego se encerraba y esperaba la siguiente noche con la tapa cerrada. En Madrid no pensaba hacerlo porque quería marcharse en cuanto pudiera. Pero la cuestión era que ella podía estar días en un ataúd y no consideró prudente confesarlo.

 

 

            Llegaron a una urbanización de un pueblo llamado Brunete. Al bajar del coche se quedó esperando en la puerta de un chalet con jardín y les vio entrar con temor. Al fondo vio una piscina cerrada y notó el hedor que más detestaba: El agua, las algas y suciedad acumuladas. La tenían tapada por una lona y era de unos siete metros por cuatro de ancho.

            —Puedes pasar —la invitó Juan José... Que por alguna razón desconocida se hacía llamar Salam. Era una de tantas preguntas que tenía para él.

            —Gracias.

            —Estás en tu casa.

            María pasó con el silencio de un fantasma al patio y se acicaló el pelo si quisiera estar arreglada para un evento social.

            —Bonita casa. Espero que nadie me moleste, me gusta dormir por el día.

            —No puede hablar en serio —replicó la mujer—. ¿Y qué hace por la noche?

            —Salgo a tomar el aire.

            —Pero no es seguro salir de madrugada. Con nosotros cambiarás tus extraños hábitos —replicó Juan José sin esperar una réplica—. Querida enséñale la habitación de invitados. Te quedarás un tiempo, imagino. Deja tus cosas, ponte cómoda y te espero en mi despacho cuando termines. No tengas prisa.

            Ratza le miró irritada. ¿Y si no quería obedecerle? Pero entrecerró los ojos y acompañó a su mujer sin protestar. No podía llevarle la contraria tan pronto, tenía muchas cosas que aprender de él.

            Cuando le enseñó su cuarto, María cerró la puerta con ellas dos dentro y sollozó en su hombro.

            —Querida, no sabes por lo que estoy pasando, es un canalla. Me casé con él sin consentimiento, él simplemente consigue todo lo que quiere. No soy capaz de decirle que no a nada. No te dejes embaucar, vete mientras tengas voluntad de hacerlo porque él te la robará.

<![if !supportLists]>    <![endif]>¿Quién era el hombre que te metió en el saco?

            Mary Carmen se apartó de ella sollozando.

            —Mejor hablamos en otro momento, deja aquí tus cosas y baja cuanto antes. Noto su ira y vendrá a buscarte si no vas en breve.

            —No me importa.

            —Oh, sí. No quieres verle enfadado, créeme. Veo que sueles pensar que cuando te metes en líos siempre hay alguna forma de librarte. Vete acostumbrando a que eso va a dejar pasar si permaneces a nuestro lado.

            Tanto pesimismo la preocupaba. Era sólo un hombre, ¿cómo iba a dominar a otras personas de esa manera? ¿Qué ocurriría si le enojaba? Quería verlo.

            —Está bien, no traigo muchas cosas.

            Dejó el bolso sobre la cama y salió un tanto preocupada. Allí tenía todo su dinero, pero lo más peligroso que dejaba era lo que no había. Ella no poseía documentación y le preocupaba que un hombre tan manipulador lo averiguara.

            —El resto lo llevo encima —mintió—. Vamos.

            María se quedó en el salón y la invitó a ir al despacho de su marido con un silencioso gesto de la mano. Al entrar se lo encontró hojeando un manual y no pareció percatarse de su llegada. Se sentó frente a la mesa de su escritorio y carraspeó, para que dejara de perder el tiempo.

            —Veo que estás ansiosa por empezar —apartó un instante la mirada del libro y luego volvió a leerlo.

            —No he venido a verte hacer el imbécil como si fueras un intelectual —murmuró enojada.

            —Un segundo por favor, no sé cómo se sube la temperatura del frigorífico, lo compramos ayer y los alemanes hacen las cosas bien pero complicadas y difíciles de entender. Hay cosas que se congelan dentro que no deberían. No sé, quizás sea porque no abrimos la nevera lo suficiente...

            Apartó el manual de delante y la miró con intensidad. ¿Se estaba refiriendo a ella?

<![if !supportLists]>    <![endif]>¿Qué quieres decir?

            —Te voy a contar lo que sé de ti. Eres solitaria, despiadada, echas de menos algo pero ni siquiera tú sabes lo que es. Te conformas con sobrevivir como hasta ahora, en el silencio y soledad.

            —Ahora me toca a mí... No tienes ni idea de quién soy.

            —Tu nombre es Ratza. No te gusta el Sol, estás pálida como una pared de hospital y el resto de tinte de tu cabello es porque no llevas mucho tiempo sin que te preocupe tu aspecto.

            —Sigues sin saber quién soy.

<![if !supportLists]>    <![endif]>¿Una vampiresa? —Preguntó divertido —. Oh, sí que lo sé.

<![if !supportLists]>    <![endif]>¿Lo sabes y me invitas a tu casa?

            —Has visto lo que soy capaz de hacer y has venido sin que te haya obligado. He podido usar mis dotes mentales pero he preferido que seas libre de hacerlo. Quiero tenderte la mano con sinceridad, como un amigo. Tenemos muchas cosas que aprender el uno del otro y no sería justo que yo te manipulara.

            — ¿Qué quieres de mí?

            —Cuéntame todo sobre ti.

            —¿Y darte poder para hacerme daño?

            —Confía en mí.

            —¿Como tu mujer? Que dice que la hipnotizaste para que se casara contigo.

            —Eso es mentira —replicó enojado—. No te fíes de ella, me odia y hará lo posible para destruirme y conseguir el divorcio quedándose con mi fortuna.

            —Pobre hombre, me das pena.

            —¿Yo?

            —¿Crees que puedes retener contra su voluntad a una mujer para siempre? Yo también haría lo posible por destruirte si me haces algo así.

            —Ella quiere un hijo, con eso tendría garantizada esta casa. Yo me he negado desde siempre y ahora al fin lo ha entendido. Su frustración es porque no tiene a donde ir y no quiere seguir a mi lado. Si me divorcio, la mitad de mis bienes serán suyos, y como tú comprenderás no pienso regalarle lo que tanto me ha costado conseguir. Si quiere mis posesiones, tendrá que soportarme.

            —Como dije, me das pena.

            —¡El matrimonio es una estafa! No debería permitirse casarse ricos con pobres. ¿Acaso hay derecho a que una fulana sin sentimientos pueda convertirse en millonaria tan fácilmente? Es una injusticia, y lo malo es que no descubres el pastel hasta que ya estás casado y se da a conocer como realmente es. Antes todo eran halagos, "te quiero", "eres maravilloso", "me fascina tu trabajo", "somos almas gemelas". Luego se ha buscado un amante detrás del otro y ni se molesta en disimular. Quiere el divorcio y mis riquezas.

            Ratza entrecerró los ojos, desconfiada. No le pareció que ella fuera así, pero encajaba dentro de lo poco que sabía de ella. Lo que sí tenía claro era que Juan José aún la amaba y estaba furioso porque no era correspondido.

            —Voy a hacer algo por ti pero no enseñarte a aparecer tras la niebla —propuso—. Te conseguiré lo que más quieres y tú me enseñaras hipnosis.

            —¿Qué tienes tú que yo pueda querer salvo eso? —Preguntó.

            —El corazón de tu mujer.

            —Si lo encuentras no lo toques, es veneno.

            —Escucha con atención, yo puedo lograrlo, pero tú tienes que hacer lo que yo te diga. Soy experta en estos temas, antes de ser lo que soy era diplomática y salvé a varios países de entrar en guerra logrando hacer florecer un amor que ni siquiera había existido. Mi señor me consideraba más eficiente que una legión de soldados.

            Ratza se escuchaba a sí misma y se quedó sorprendida. No estaba mintiendo simplemente quien hablaba no era ella. Él no la controlaba, ¿Entonces quién?

            —Interesante... Trato hecho —aceptó Juan José, sonriendo.

            —Lo primero es enterrar el hacha de guerra. Basta de palabras hostiles, de insinuar inmundicias o engaños. Debes tratarla como una princesa y cumplir todos sus deseos a rajatabla hasta el más mínimo detalle. ¿Estás dispuesto?

            Salam suspiró poco conforme.

            —No lo sé, me ha engañado tantas veces...

            —A cambio ella te amará y dejará de engañarte. ¿Qué más quieres?

            —¿Y qué harás?

            —Ya iré improvisando. Ahora dame algo que pueda estudiar, enséñame la primera lección de hipnotismo.

            —La conoces muy bien —sonrió orgulloso—. Un buen hipnotizador debe ser convincente en sus palabras y leer en los demás sus debilidades no reveladas. Trata de usarlas también contra Mary Carmen, las vas a necesitar. Si lo consigues, te enseñaré la segunda lección.

 

Ratza salió del despacho con la firme intención de cambiar la forma de pensar de su mujer. Al verla salir tan tranquila, Mary Carmen corrió hacia ella y le preguntó cómo había ido la reunión.

            — Estupendo, vamos a hablar fuera, tomemos el aire.

 

 

No la agradaba salir con la luz del Sol y menos en verano pero en ese día particular se sentía segura y trataba con gente viva. Su rutina era dormir en una tumba, salir en plena noche, buscar a una víctima solitaria, que podía ser un vagabundo, una prostituta y atacar furtivamente desde el tejado de una casa. Pero en Madrid eso resultaba más complicado ya que no encontró más que a los irritantes serenos y no tuvo ocasión de volver a su forma de vida desde que se cruzó con Salam.

                —Si te soy sincera, Juan José es un hombre que te sorprende y fascina desde que te cruzas con él —dijo, una vez paseaban fuera de la casa.

                —Una imagen equivocada, es pura fachada —replicó Mary Carmen.

                —Sí y no. Aparenta ese control mental y se regocija en lograr que la gente haga lo que él quiere, pero en el fondo es inseguridad y...

                —No seas ingenua muchacha, Juan José no tiene alma. Te lo digo yo que le conozco desde hace años.

                —Te equivocas, todo lo que ha hecho ha sido porque te ama. Piénsalo, igual que se deshizo de tu anterior amante...

                —Querrás decir "deshiciste" —escupió con veneno.

                —Bueno, no fue especialmente amable contigo... No sé de qué te quejas.

                —Fue manipulado por mi marido, él no era así.

                —Te equivocas, nadie puede hacer cosas bajo hipnosis que no haría por sí mismo. Él sólo sacó a la luz su verdadero carácter.

                Mary Carmen sonrió con seguridad e incredulidad.

                —Una sola entrevista con él y ya eres una abeja obrera cogiendo miel para él. Ya hemos hablado suficiente, creí que podía advertirte pero ya te ha convencido de que es un buen hombre, enamorado de su mujer que por cierto sólo quiere su dinero y él se defiende de mis continuos intentos de lograr el divorcio... Por cierto, ¿Sabías que es ilegal divorciarse en España?

                Ratza se quedó sin habla.

              —Te voy a contar la verdad porque me das pena. Mi marido es el Diablo encarnado. Pero no te creas que le doy un honor tan grande. En maldad, ingenio y mezquindad no le gana ni el mismo Demonio.

                Ya no era cuestión de hablar con una mujer confundida y asustada por mal comprender a su dolido esposo. Era por que la había vuelto a manipular como a una colegiala de quince años y en lugar de enojarse con él se sintió fascinada por su increíble poder.

                Tenía que enseñarle todo lo que sabía, en ese momento no deseaba nada más. Se volvió hacia la mujer y la dijo:

                —Te voy a confiar yo a ti otra cosa —dijo con calma—. Quiero que lo tomes como una alternativa a tu actual estatus: Si comienzas a ser amable con él, le ríes los chistes, alabas su trabajo y te portas como la esposa perfecta...

                —Antes bebería el orín de un gato...

                —...Juan José te dará un hijo. Dejarás de vivir con miedo y quizás un día tú misma te creerás la mentira y terminas amándolo de verdad.

                Mary Carmen la miró con indiferencia.

                —Estás tan podrida por sus palabras que no has escuchado una sola palabra de lo que te he dicho. Lo único que yo quiero es que él muera —la retó con la mirada—. Si no puedes concederme eso, no voy a volver a hablar contigo.

                Ratza sonrió confiada.

                —Y te culparán por ello.

                —No, si lo haces tú.

                —Te quedarías su casa pero ¿cómo la pagarías?

                —¿Cuándo entenderás que me importa un pimiento su fortuna? Sólo quiero ser libre. Tengo dinero ahorrado para sobrevivir un año, puedo trabajar. ¡Pero no librarme de ese mal nacido! ¡Conozco a una persona interesante y, o bien me deja o se muere! ¡Oh, disculpa, al último lo mataste tú! Déjame que te ofrezca un trato, zorra. O te encargas de él o tendré que denunciarte.

                Ratza se quedó seria. Se preguntó quién era más canalla de los dos y por un momento deseó matarlos a ambos.

                —Creía estar ayudándoos a los dos y parece que no hay nada que hacer.  ¿Sabes qué haré? Voy a dejar de frecuentar gentuza que es aún peor que yo.

                Se alejó de ella herida, dolida y furiosa. Deseó escuchar sus pasos detrás para volverse y gritar una amenaza, pero lo que escuchó fueron llantos.

                Se detuvo soltando un suspiro. Apretó los puños y una vocecita en su conciencia le dijo que quizás esa mujer necesitaba tanta ayuda que estaba desesperada y gritaba de pura frustración.

                Se dio la vuelta y regresó a su lado arrastrando los pies con pesadez. El Sol era tan fuerte que la costaba moverlos.

                —Espero que no sean lágrimas de cocodrilo.

                —Vete, no seas tonta, tú puedes hacerlo.

                —Tú también.

                — ¿A dónde voy a ir?

                Iba a decir "conmigo" pero se mordió la lengua. La tumba en la que pasaba los días no era un lugar donde pidiera invitar a nadie.

                —Dijiste que tienes dinero. Yo puedo protegerte de él.

                —Tienes que acabar con él —insistió nerviosa—. No quiero que tenga ocasión de hablarte y volverte de nuevo contra mí.

                —No le dejaré hablar.

                —¡No lo necesita! Sólo tiene que poner esos ojos de serpiente y bloquea tus actos. Es un demonio, te digo que no le des ocasión de que te mire, mátalo por sorpresa.

                Ratza suspiró desconfiada. ¿Quién la estaba manipulando más? ¿Ella o él?

                —No voy a matarlo ni tú tampoco, te ofrezco una salida, ¿quieres ser libre? Ve a la casa, coge tu dinero y vete.

                —Me encontrará.

                —No si te cambias de nombre.

                —Pero en mi DNI pone el mío y es un delito muy grave falsificar uno.

                —Yo no tengo y no me va mal, si me preguntan el nombre digo el que quiero y si me piden documento respondo que no lo llevo encima.

                Mary Carmen negó con la cabeza.

                —Soy muy mayor para jugar a escaparme de casa.

                —No lo bastante para razonar, por lo visto.

                Harta de esa estúpida humana la agarró del pelo y la mordió el cuello con asombrosa facilidad. No hubo resistencia, ni gritos, simplemente se dejó.

                Como si eso la importara demasiado, succionó hasta hartarse y cuando le quedaban apenas segundos de vida la soltó y la dejó caer. Sus ojos seguían abiertos y la miraba desde el suelo con gratitud mientras sus párpados se iban cerrando.

                —No pareces sorprendida de lo que te he hecho —le dijo.

                Mary Carmen cerró los ojos y su corazón se detuvo.

                Ratza se hizo un corte en la muñeca y sin pensarlo dejó que su sangre entrara en la garganta de la mujer. Nunca había convertido a nadie en lo que era ella pero sabía cómo fue su transformación. La sangre de un vampiro la devolvió la vida cuando su padre clavó una estaca en su corazón. Si le daba la suya a una muerta... Debería funcionar. No consiguió confiar en ella hasta que vio la resignación y gratitud en sus ojos, cuando la entregaba a la paz eterna.

                No ocurrió nada. La sangre negra se salió de su boca y la mujer seguía muerta.

                Enojada se la cerró con fuerza y apretó sus mofletes para obligarla a tragar.

                Entonces sus ojos se abrieron con agonía y soltó un grito que debió escucharse por todo Madrid.

                —Bienvenida a mi mundo, querida. A partir de ahora matarás tú a quien te apetezca sin miedo a la muerte, yo te he rescatado de ella.

                Mary Carmen la empujó y trató de vomitar pero no lo consiguió.

                —¿Qué me has hecho?

                Ratza sonrió con suficiencia.

                —Te he dado poder sobre él. Por las noches serás indestructible, tendrás la fuerza de cien hombres pero necesitarás alimentarte en abundancia para mantener la cordura. Ahora tu dieta será la sangre y también tu poder. Por el día debes pasar desapercibida o los humanos te matarán, tus poderes desaparecen y posees un cuerpo muerto que se descompone a la luz del Sol y se despedaza si cae al agua.

                —¿No te parecía suficiente castigo lo que tenía que soportar en vida?

                —Te he cumplido tu deseo. Ahora ve y mata a tu marido, tu conciencia no te lo impedirá.

                Ratza se dio la vuelta dispuesta a irse.

                —Si soy tan poderosa como dices, por qué no puedo moverme apenas.

                —Es medio día y acabas de transformarte, el Sol te está debilitando. Estarás muerta unas horas y hasta que mi sangre no alcance todo tu cuerpo seguirás estándolo. Cuando puedas moverte sólo podrás pensar en una cosa, alimentarte.

                Se marchó caminando, dejando en un banco del parque a Mary Carmen, sentada, con las manos en la cabeza y cada vez más pálida.

 

                Aprender hipnotismo era algo que deseaba por encima de todo pero acababa de comprender que había sido manipulada por ese hombre con su poder de sugestión y no se atrevía a volver a enfrentarse a él a la cara por un poder que seguramente nunca podría aprender. La idea de convertir en vampiresa a su mujer fue improvisada, Mary Carmen era inmune a los poderes de Salam, podría matarle sin problemas y lo haría con gusto. Pero era algo que no quería ver. Buscó una estación de autobuses y compró un billete para viajar a Francia. El Sur de Europa tenía demasiadas horas de luz.

 

 

 

                Mary Carmen se levantó como si su peso fuera liviano. Se había nublado el cielo anunciando tormenta y la falta de Sol fue una inyección de energía para sus casi inertes músculos.

                Se dirigió a su casa y entró con una sola idea en mente: "Encontrar a su detestable esposo y hacerle pagar todo lo que le había hecho en vida."

                Lo encontró en su despacho, leyendo uno de sus libros de psiquiatría. Al verla caminar con la mirada fija en él, pálida y con los colmillos sobresaliendo de sus labios superiores él se asustó.

                —¿Qué te ocurre querida?

                —Nunca te he deseado tanto.

                No era una frase amorosa, más bien una declaración de intenciones de seguir acercándose a él con un deseo irrefrenable. Él se incorporó, por primera vez le vio inseguro.

                —Veo que Ratza no ha perdido el tiempo —se quitó la corbata y caminó hacia ella.

                Se besaron aunque ella en seguida se desvió por su mejilla, descendió al cuello y como si fuera un manjar celestial hincó los colmillos en su yugular. Enseguida notó el brote de la sangre. Juan José trató de apartársela de encima pero no fue capaz. Ella succionó sintiendo que su corazón dejó de latir y después hasta que la última gota de su sangre estaba dentro de ella.

                Cuando terminó todo fue oscuridad.

 

 

                "Encontrados muertos en su casa Juan José Gómez Teada y su esposa María Del Carmen Espinosa Ruiz. La pareja, felizmente casada desde 1955, fue hallada en el despacho del famoso mentalista y la policía está intentando determinar las causas de sus muertes."

 

                Era una noticia escueta al final de la sección de sucesos y Ratza se quedó asombrada. ¿Los dos? Esperaba que él apareciese, no ella. La curiosidad la empujó a ir a su entierro y canceló su viaje de autobús para poder estar allí. 

                Fue mucha gente, familiares y amigos de ambos que no se explicaban la tragedia. También fueron dos guardias civiles que investigaban sus muertes y pensó que el mejor lugar de la ceremonia sería cerca de ellos.

                El sacerdote ofició una misa fúnebre bastante aburrida y finalmente mencionó a los esposos como una pareja feliz que buscaba con ilusión un heredero. No dijo nada de su forma de morir aunque por su frase final dio a entender una causa probable: "Esperamos que Dios todopoderoso ayude a las autoridades a encontrar al culpable de sus muertes tan injustas y dolorosas."

                —Pero, ¿cómo murieron? – Preguntó al guardia que tenía al lado.

                —Eso es secreto de sumario señorita. ¿Es familiar de alguno de los difuntos?

                —No sólo les conocía. Ella...—se quedó en blanco, esos hombres tan serios imponían respeto con sus sombreros de charol negro y sus chaquetas verdes que apestaban a sudor rancio.

                —Entiendo su dolor señora, no necesita hablar del tema.

                Un nuevo suspiro afloró a sus labios, uno de alivio.

 

 

                Aquella noche la pasó velando la tumba de los esposos, que estaba en el mismo cementerio donde ella había dormido. Era una lápida sencilla de mármol gris claro cerca de un mausoleo que debía tener más de cincuenta años. Eran las tres de la mañana y nada se movió allí dentro de modo que pensó que estaban realmente muertos.

                Animada por la soledad se decidió a levantar la pesada tapa de cerca de doscientos kilos y la puso a un lado con cuidado de no dañarla. Se asomó al hueco y vio la tierra fresca intacta por encima de los dos ataúdes, abajo el de él y luego el de ella. La idea de desenterrarla a ella la tentó hasta el punto que se puso a excavar con sus propias manos. Lo hizo deprisa y terminó sacando tierra sin ningún cuidado de que alguien se diera cuenta de lo ocurrido, al día siguiente verían el percal organizado y pensarían que un ladrón de tumbas la había saqueado.

                Al abrir la tapa vio a Mary Carmen con expresión pacífica y totalmente. No despertó al sentir el aire, no era una vampiresa.

                —¿Cómo es posible?

                Entonces lo comprendió. Tenía tantas ganas de matar a su marido que no se detuvo al detenerse su corazón. Siguió bebiendo hasta la última gota cuando él ya estaba muerto... Y por tanto ella murió con él. Igual que ocurría con sangre animal. Mary Carmen sufrió las consecuencias de su enraizado odio hacia su marido.

                —Puedo morir... —Susurró.

                —Se hizo un corte en la muñeca y su sangre empezó a manar hacia la palma de su mano. La herida cerró pero tenía como una cucharada negra en la palma. No creía justo que su vida terminara tras sufrir con ese desgraciado casi toda su existencia y quería saber si aún podía salvarla. Si funcionaba volvería a despertarse y no estaría realmente muerta.

                Se la dio a beber abriendo su boca y luego se la cerró. Esperó unos minutos.

                Una hora más.

                Se hicieron las cinco de la mañana y no ocurrió nada.

                —Puedo morir de verdad —susurró asombrada.

                La idea de la eternidad ya era un castigo en sí. Ahora que sabía que no estaba obligada a matar para vivir se sintió feliz.

                —Dios mío, tú nunca me has abandonado del todo. No quiero seguir matando más. Concédeme, como a Mary Carmen, el sueño que tanto he esperado, el descanso eterno.

                Miró al cielo esperanzada y salió de la tumba sin volver a taparla, no le importaba. Olió el aire enrarecido de los cadáveres en putrefacción buscando uno recién enterrado con su poderoso olfato que la llevó hasta una fosa pobre, sin lápida, simplemente cubierta de tierra. Allí había una mujer de unos veinte años enterrada hacía dos días. Su carne seguía intacta y su sangre aún era líquida. Excavó con sus manos hasta llegar al ataúd de madera de pino, pobre y astillado por el peso de la tierra y abrió la tapa. La mujer tenía algodones en las fosas nasales, olía como solía oler ella expuesta a un día soleado y caluroso. Se acercó a su cuello y lo olió. No había flujo, no le apetecía nada pero tenía que hacerlo... No podía seguir matando, ella nunca quiso ser lo que era.

                Mordió y bebió. Tuvo que succionar con fuerza, la sangre apenas fluía pero al fin alcanzó su garganta con un sabor repugnante. Sintió un intenso dolor en el estómago, se retorció sobre el cadáver y todo se hizo oscuridad.

 

 

 

 

                Mary Carmen despertó cuando cayeron gotas de agua sobre su rostro. El rocío matinal era suave cual la seda y frío como el hielo. Se levantó sorprendida de dónde estaba, un ataúd al que habían quitado la tapa. Salió y vio la lápida a un lado.

                —¿Me habían enterrado con este desgraciado? —Susurró asqueada.

Al salir notó el olor a tierra fresca recién movida y vio el agujero donde murió Ratza. Se acercó a ella y sonrió. A pesar de la monstruosidad a la que había estado condenada, su corazón anhelaba el descanso y la redención.

                —De modo que elegiste la muerte... Gracias por mi venganza.

                Sacó el cuerpo de la mujer que había debajo de ella, se tomó el esfuerzo de colocarla en su anterior tumba, la cubrió de tierra y colocó la lápida, luego volvió con Ratza, la colocó como si fuera la propietaria del ataúd y lo cerró. Era una tumba donde un trozo de piedra del tamaño de un libro de bolsillo decía un nombre: Ana Teresa Cordero García. No había apellidos, solo la fecha de su muerte, dos días antes.

                —Tenías razón, empiezo a tener hambre... Quizás algún día haga como tú y decida descansar para siempre —suspiró sonriente—. Pero de momento quiero vivir.

 

 

 

 

 

FIN

Comentarios: 13
  • #13

    Jaime (jueves, 14 julio 2016)

    Te tomo la palabra, Tony. Yo quiero leer la historia del origen de la oscuridad elemental que habías comentado hacía mucho. Espero que estés mejorando.

  • #12

    Tony (martes, 12 julio 2016 08:27)

    Gracias a todos por todo.
    Los que estéis esperando algun relato especial es el momento de que lo pidáis antes de que empiece uno nuevo.

  • #11

    Yenny (martes, 12 julio 2016 00:42)

    También pensé que Juan José iba a ser un personaje más importante pero veo que no, ahora queda la duda si Mary Carmen aparecerá en alguna historia.
    Que bueno que estés algo mejor Tony, vas a ver que muy pronto vas a estar como nuevo :)

  • #10

    Tony (sábado, 09 julio 2016 22:14)

    Pues la verdad es que mejor no estoy. Pero entre unos dias y otros la he terminado.

  • #9

    Chemo (sábado, 09 julio 2016 22:11)

    Me hubiera gustado que durara más la historia, o al menos que el papel de Juan José hubiese sido más relevante sin una muerte tan trágica. Por cierto, es bueno saber que estás mejor, Tony. Ojalá sanes pronto.

  • #8

    Tony (sábado, 09 julio 2016 05:32)

    Las historias reales es lo que tienen, a veces dejan más dudas que respuestas. Por ejemplo en Fausta se cuentan cosas de muchos personajes como Al-Maqqai, que existieron y dejaron documentos que perduran hasta nuestros días. En ese caso nadie sabe cómo murió.
    Juan José está basado en un personaje real que existió y Mary Carmen también. Les he cambiado el nombre para no tener problemas legales. De todos modos la historia es pura ficción aunque se base en ellos. Por eso dudo que vuelva a mencionarlos. Solamente los he introducido para que el tema sobre el que gire la historia sea en torno a la hipnosis.
    Si queréis averiguar más sobre el tema no dudéis en buscar por internet.

  • #7

    Alfonso (sábado, 09 julio 2016 05:08)

    Hola Tony, espero que estés mejor de salud. De casualidad me he metido a la página y veo historia nueva.
    Yo esperaba que Juan José tuviese alguna relevancia, pero la que sobrevivió fue Mary Carmen. ¿Cómo es que Juan José sabía tanto de Samantha? Con esos poderes seguramente pudo prevenir su muerte... si es que en realidad está muerto. Ojalá reaparezca en alguna continuación.

  • #6

    Tony (sábado, 09 julio 2016 00:49)

    Tienes razón, Jaime, el nombre lo puse mal y luego lo corregí, pero no en el documento principal que publiqué después. Ahora lo corrijo.
    De familia adinerada era, si tenía tumba en ese cementerio.

  • #5

    Jaime (sábado, 09 julio 2016 00:38)

    Creo que hallé un error argumental. Acabo de terminar de leer "Muerta y enterrada". En esa historia la difunta se llama Ana, no Samantha, y que es de familia adinerada. Sin embargo, aquí se menciona que la lápida simplemente mostraba el nombre Samantha sin apellidos que la identificaran.

  • #4

    Valeria (viernes, 08 julio 2016 20:56)

    Que bueno que volviste Tony ya me había preocupado mucho por ti, muy buena historia aunque pensé que iva ser mas larga y que Salam tendría mas relevancia

  • #3

    Tony (viernes, 08 julio 2016 18:51)

    Todo esta escrito ya, Jaime. lLéete "muerta y enterrada".
    A ver si se me pasa esto.

  • #2

    Jaime (viernes, 08 julio 2016 18:49)

    Espero que te mejores, Tony. Gracias por terminar esta historia. No entendí muy bien el final. Supongo que Samantha no murió de verdad y revive después. Deberías dejar claro esto en alguna otra historia.

  • #1

    Antonio (viernes, 08 julio 2016 12:34)

    Siento el retraso, pero sigo convaleciente y por eso quiero ahorraros la espera de la parte final dejándolo todo en un solo capítulo. No os acostumbréis, lo normal es la mitad del texto.

    Espero que os haya gustado y si queréis saber más, ir al índice de Samantha Ratza y leeros todos sus relatos, que no son pocos. Se podría decir que "hermanas de sangre" es un prólogo.

Animal es el que abandona a su mascota.

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