Invocando a Verónica

2ª Parte

            Juan volvía a su casa después de un largo y duro día de instituto. Iba solo cuando Susana salió de un callejón y le saltó encima como un lobo en plena caza. Al verla, con cara de muerta y la melena revuelta, Juan retrocedió inconscientemente.

            - ¡Susana!, qué susto me has dado.

            - Hola Juan. Mis amigas y yo tenemos algo que proponerte.

            Las dos amigas de Susana estaban justo detrás de él y cada una le había agarrado de un brazo. Juan era mayor y más fuerte que ellas, pero no se resistió porque pensó que estaban haciendo alguna clase de juego y no quería ser un aguafiestas. Además Sara le gustaba desde hacía tiempo y en cierto modo, disfrutó de que le cogiera del brazo. Sara tenía pelo castaño, ojos marrones y en general no tenía rasgos que la hicieran especialmente guapa, pero por alguna razón siempre le había agradado su nariz respingona, y su voluptuoso cuerpo de mujercita. Además parecía sacada de la película "La familia Adams" por su forma de vestir y normalmente llevaba vestidos largos negros con volantes. Siempre se había preguntado si sería tan guapa o más, si no se pintara tanto la cara de blanco.

            - ¿A qué estamos jugando? - dijo Juan, sonriendo.

            - A que nos cuentes la verdad - dijo Susana.

            - ¿La verdad? Eso me gusta - respondió él -. ¿Yo también puedo preguntar?

            Las chicas se miraron sorprendidas.

            - Claro, nosotras te contestamos a una pregunta por cada verdad que nos digas.

            - Eso suena genial - repitió él.

            Llegaron a unas escaleras que daban a un portal y le hicieron sentar en lo más alto. Para asegurarse de que no se iba, Sara y Olivia siguieron a su lado, cogiéndole los brazos como si fueran sus novias de la muerte. A Juan le gustaba que lo hicieran, nunca había tenido a tantas chicas pendientes de él al mismo tiempo.

            - Primero pregunto yo - dijo Susana.

            - Adelante - invitó él con una sonrisa prepotente.

            - ¿Tienes novia? - preguntó ella, sonriendo. Pensó que sería más fácil sacarle la verdad si le hacían creer que alguna de ellas tenía interés en él.

            - Por supuesto que no - respondió, sonriente. Entonces miró a Sara y le puso la mano sobre la suya, que le sostenía el brazo.

            - ¿Y tú?

            Sara se puso colorada y le soltó.

            - Yo tampoco tengo novio... ni lo quiero.

            - Vaya, qué lastima.

            - Soy demasiado joven para eso - terció ella.

            - Bueno, yo diría que es la edad perfecta para tu primer amor - replicó él.

            - En todo caso, no vas a serlo tú - respondió ella, nerviosa.

            - Vale ya de tonterías - interrumpió Susana, malhumorada -. Ya te contestamos a la pregunta, ahora la siguiente. ¿Crees en los fantasmas?

            - No - respondió él.

            - Mentiroso - le acusó Susana.

            - No puedo creer en algo que he visto - corrigió él -. Es como si te preguntas en si crees que existen los institutos. Claro que existen no hay necesidad de creer en algo que has visto.

            Eso consiguió devolver la calma a Susana. Incluso Sara volvió a cogerle del brazo, entusiasmada por lo que esperaba escuchar.

            - ¿Dices que los has visto? - Preguntó Sara.

            - Lo siento, guapa - cortó Juan -. Es mi turno de preguntas.

            - ¿Saldrías conmigo al cine o a tomar una hamburguesa, a solas si sigo contestando a vuestras preguntas? - Le preguntó de nuevo.

            - Pero bueno, te ha dado conmigo, ¿eh?

            - Bueno, no tengo novia desde hace una semana y ya es hora de olvidar. Me gustas y quiero conocerte, no es malo, ¿no?

            - Di que sí - le pidió Susana, impaciente.

            - No quiero salir con él - replicó Sara.

            - Solo es una hamburguesa - dijo Olivia.

            - ¿Y si me mete mano?

            - Por Dios, ¿a una menor? Sería una cita inocente en un lugar público, nada más. No te pido más que eso. Tú decidirás si quieres volver a verme.

            - Di que sí, tía - ordenó Susana.

            - Este es el juego de la verdad, ¿no? - replicó Sara -. En tal caso, no. No pienso quedar contigo aunque contestes a todas las preguntas.

            - Bueno, entonces, ¿para qué sigo aquí?, tengo cosas que hacer. Si me disculpáis...

            Se levantó y ninguna de las dos pudo detenerlo. Era bastante más fuerte que ellas y sin apenas forzarlas consiguió que se dieran por vencidas.

            - Sara, no seas tonta - susurró entre dientes Susana.

            - Está bien, está bien, no te vayas - aceptó Sara.

            - Quieres...

            - Tendremos esa cita - dijo Sara, a regañadientes, y algo avergonzada -. Nunca he tenido una cita así que espero que no intentes nada raro.

            - Lo pasaremos genial - replicó él, que volvió a sentarse a su lado.

            Sara no le cogió, se alejó de él para que ni siquiera la tocara.

            - ¿A qué fantasma has visto? - Susana fue directa al grano. Estaba claro que cada pregunta que hacían Juan salía ganando mucho más que ellas.

            - He visto a Verónica - admitió él, sin tapujos -. Creía que ya lo sabíais.

            - Lo negaste cuando despertaste de tu ataque al corazón.

            - Bueno, vi a toda mi gente allí. ¿Quieres que me tomen por un pirado? Vosotras me creéis, puedo contaros todo sin necesidad de este juego de la verdad.

            Que Sara hubiera aceptado parecía haber hecho cambiar la actitud del chico. Ahora parecía mucho más abierto, menos desconfiado y menos creído.

            - ¿Qué fue lo que viste?

            - En realidad - dudo Juan -. Dudo que podáis creerme incluso vosotras, pero es algo que llevo tiempo ocultando a todo el mundo por miedo a que me internen en un psiquiátrico. Prometerme que nunca le contaréis a nadie que yo os he contado esto. Y si lo hacéis, os juro que lo negaré y os llamaré locas chifladas.

            - Esto promete - dijo Olivia, frotándose las manos.

            - Te lo juramos - dijo Sara, aburrida.

            - Te lo juro - replicó Susana -. ¿Qué fue lo que viste?

            - Verónica me llevó al infierno - reveló Juan,  al fin -. Vi cada uno de los círculos y vi a los demonios entrando y saliendo, trayendo almas condenadas. Verónica estaba por encima de eso y me llevó al círculo más profundo de todos.

            - Espera, eso es imposible, estás vivo - dijo Sara, incrédula.

            - No lo estuve durante un tiempo.

            - Fueron dos minutos - intervino Susana.

            - En el otro mundo el tiempo es relativo. Atravesamos el espejo y creo que cuando lo hicimos el tiempo se detuvo en este mundo  o, al menos, se ralentizó mucho. Me arrastró a la fuerza y me llevó a ver al Diablo.

            - ¿Viste al Diablo?

            - En realidad no... - corrigió Juan -. Me vi a mí mismo.

            - ¿Qué? - replicó Olivia.

            - Verás... - Juan buscó la forma de explicarlo pero las palabras que se le ocurrían parecía que no tenían el menor sentido -. Es complicado... bueno en realidad es muy simple. Solo existe una cosa en el universo... solo existe Dios. Nosotros somos su sueño, su forma de huir de la soledad. Bueno cuando descubrí esa verdad desperté y decidí que no podía morir así y bueno, volví. También pudo ser una simple pesadilla.

            - Menuda paranoia - dijo Sara, asqueada.

            - ¿Y que hay de Verónica? - preguntó Susana, impaciente -. ¿Por qué la nombraste?

            - Ella volvió conmigo - dijo Juan -. La vi entre las chicas que me mirabais, cuando desperté. En mi "paranoia" - miró acusadoramente a Sara -, también decidí liberarla de su condena. En realidad no es mala, es solo un alma atormentada por sus propias culpas. Ni siquiera ha hecho nada malo antes de convertirse en leyenda, era una pena que por amor tuviera que pagar toda la eternidad.

            - ¿Por amor? ¿Te contó su vida?

            - La vi, ella no me la contó. Durante el tiempo que estuve en el último círculo vi muchísimas cosas en un instante, y vi toda su vida, el motivo por el que estaba allí y que la única cosa que había hecho mal había sido buscar al amor de su vida usando a una pitonisa. Al parecer su chico tenía otra novia y por su culpa tuvieron un accidente mortal.

            - Vaya - dijo Olivia, fascinada.

            - Invocó su alma y en su lugar acudió el Diablo. Este le pidió, a cambio de la verdad, su alma y entonces se la dio. Verónica supo qué ocurrió y el Demonio se quedó con su alma.

            - Increíble - dijo Susana -. ¿Y dices que tú la liberaste?

            - Yo no fui - explicó Juan -. Fue Dios, o el Diablo.

            - ¿Quién de los dos? ¿No querrás decir que son el mismo?

            - No, bueno, en realidad... sí. Es absurdo que os lo explique, todos somos Dios. Todos somos el Diablo. Cuando llegué al último círculo, yo era todo el mundo y al mismo tiempo no era nadie.

            - Eso no tiene el menor sentido - barbotó Sara.

            - Por esa razón no se lo he contado a nadie más.

            - Supongo que eso explica tantas cosas horribles que pasan en el mundo - dijo Olivia, fascinada, como si lo hubiera entendido todo.

            - El Diablo se empeña en destruir todo lo que Dios crea - explicó Juan -. Está empeñado en que Dios deteste a su creación para que así pueda despertar de su sueño. Es la parte de Dios que le recuerda continuamente que todo es un sueño y por tanto, el Dios de la verdad y la justicia mantiene todo en su sitio pero todo es un sueño para él. Nada existe en realidad y por eso el Demonio es tan poderoso, es su propia mente que le recuerda cada instante que todo cuanto ha creado, con su infinito poder, no existe.

            - Pero si está soñando... - replicó Susana -. Si despierta, todo desaparecería.

            - Puede ser-admitió Juan-. Pero yo creo que nunca lo hará porque ya sabe lo que hay si despierta. La soledad infinita.

            Las tres chicas se lo quedaron mirando con diferentes expresiones. Sara le miraba como si estuviera loco, Susana como se hubiera desviado del tema y Olivia con fascinación.

            - Entonces tú liberaste a Verónica - terció Susana -. ¿Está viva o qué?

            - No lo sé. Solo sé que la vi a este lado del espejo.

            - Por eso ya no acude a los que la llaman - dedujo Susana.

            - ¿Ya no acude?,¿ es que la has invocado?

            - Sí, lo hice hace una semana - reconoció.

            - Nunca acudió a todas las llamadas - explicó Juan -, el Diablo elegía sus víctimas. No tiene por qué acudir a tu llamada y creo que los que son "elegidos" - hizo énfasis en las comillas señalándolas con los dedos de ambas manos -, son aquellos que menos creen en Verónica o bien tienen una culpa muy importante que expiar. Por tanto, a menos que hayas matado a alguien, a ti no se te aparecería porque eres su fan número uno.

            - Estáis empezando a preocuparme - dijo Sara, fastidiada -. No puedo creer que habléis en serio de todo eso.

            - ¿Te parece que estoy mintiendo o bromeando? - dijo Juan, enojado.

            - No, solo veo a un tío chiflado que se dio un golpe en la cabeza, se rompió el tabique nasal y piensa que los sueños son realidad. Deberías dejar de pensar esas cosas tan raras, solo fue una pesadilla, ¿entiendes? Aprende a distinguir lo que sueñas de lo real.

            - ¿También Verónica era una pesadilla cuando la vio al despertarse? - le defendió Olivia.

            - Fue una alucinación, acababa de ser salvado de la muerte, ¿qué esperas, tía?    Juan se puso en pie, suspirando, y bajó las escaleras.

            - Yo he sido sincero, pesadilla o no, os he contado todo lo que sé. Si no quieres quedar conmigo para tomar una hamburguesa no te obligaré a ello.

            Juan miró con cierta resignación a la bonita chica de pelo castaño.

            - Genial, no tengo ganas de quedar con un pirado - dijo Sara, aliviada.

            - Pero diste tu palabra - la regañó Olivia.

            - He cambiado de idea - replicó Sara malhumorada.

            - Bueno, lo he intentado - Juan aceptó su derrota.

            - ¿Irías conmigo a comer una hamburguesa? - intervino Olivia, suplicante.

            Juan la miró. Se sintió mal por que, de las tres chicas que le rodeaban, ella era la última a la que habría mirado. No tenía apenas formas de mujer, era una niña y de las tres, era la única que no necesitaba maquillarse para parecer una muerta, por la palidez de su piel, su delgadez extrema y sus numerosas pecas castañas. Era una chica normal con gafas redondas y en absoluto llamaba la atención. Lo primero que pensó Juan fue en rechazarla pero entonces se dio cuenta de que, para él, ella también era una pirada y entendió perfectamente el rechazo de Sara. Se vio en aquella cara pecosa y pálida y no solo porque su cara se reflejara en sus gafas.

            - Claro, ¿mañana? - dijo.

            - Después de clase - dijo Olivia, sonriendo como una tonta.

Animal es el que abandona a su mascota.

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