Invocando a Verónica

4ª Parte

Al cabo de una semana Juan recuperó el sentido. Al lado de su cama había otra, donde descansaba una niña con un tubo de oxígeno en la nariz. Debía tener ocho años y estaba inconsciente. Al ver la cantidad de aparatos que le rodeaban se dio cuenta de que estaba en la unidad de cuidados intensivos.

            Poco después de abrir los ojos apareció una enfermera con un portapapeles en la mano y se acercó a él.

            - Hola, cariño - le dijo, como si hablara con un chiquillo -. Veo que has despertado, no te preocupes que pronto vendrá a verte el médico. Tus padres están fuera muy preocupados, en cuanto estés más despejado les dejaremos entrar.

            Quiso hablar pero su garganta estaba bloqueada por un tubo de plástico por el que le entraba aire en los pulmones. ¿Tan mal estaba que había sido conectado a una máquina para poder vivir?

            Como no pudo responder se limitó a pestañear ya que ni siquiera tenía fuerzas para mover los hombros.

            Al cabo de unos minutos, que se le antojaron una eternidad, entró un hombre vestido de bata verde, con barba blanca y gafas de culo de botella. Parecía amable y se acercó a él sonriente.

            - Vaya, no todos los días vemos un milagro como este. ¿Cómo te encuentras... - leyó su ficha en los pies de la cama -... Juan?

            El chico cerró los ojos como asintiendo, y notó que le salían lágrimas. El doctor se acercó más a él y se las limpió con una gasa limpia.

            - Voy a serte sincero, chico - dijo el hombre -. No te queda mucho tiempo. Seguramente tengas que hablar con tu familia, así que si tienes algún asunto pendiente, resuélvelo cuanto antes.

            Juan enarcó las cejas, confundido. ¿No se había recuperado?, ¿no había sido un milagro?

            - Hazme caso, déjalo todo atado.

            Después de decirle eso, el doctor salió a la sala contigua.

           

            Permitieron a los padres y su hermana entrar a verle y esto le reconfortó. Ninguno de ellos parecía querer tocar el tema de lo poco que iba a vivir y le contaron cosas de lo que habían estado haciendo cuando recibieron la noticia de su nuevo ataque. Todos querían llorar al verle y eso le enfermaba aún más. Preferiría no tener a nadie que le recordara con su mirada que estaba a punto de morir.

            - Una amiga del instituto quiere verte - le dijo su padre -.No la he dejado entrar porque... ya sabes, tiene muy mala pinta. ¿Quieres verla?

            Juan pensó en Susana así que asintió con la cabeza con mucha debilidad.

            - Le dije que no podías hablar y que solo podía entrar la familia. Me dijo su nombre... Olivia. Si vuelvo a verla y, tú quieres, la próxima vez la dejo entrar.

            Juan se sorprendió un instante al oír ese nombre pero después pensó que no era tan extraño y volvió a asentir.

 

 

            Por fortuna, o porque no era su destino, pasaron días sin que hubieran cambios. Parecía que, de algún modo, se estaba estabilizando y un día el médico le retiró el respirador artificial. Aunque al principio le costaba respirar y le tuvieron vigilado, en un par de horas era capaz de hacerlo sin pensar en ello. No era un gran avance ya que apenas tenía fuerzas para mover la cabeza a los lados y aunque ya no estaba atado a una máquina, estaba prisionero de su propia debilidad. Lo único que le ayudó de aquel cambio fue que al fin podía hablar... aunque no dijo nada ya que no había nada tan importante que mereciera semejante esfuerzo y lo poco que quería decir no serviría para otra cosa que para que pensaran que estaba delirando.

 

 

            - ¿Por qué estás tan triste? - le preguntó la voz de la niña, una mañana que estaban solos.

            Juan quiso mirarla pero su cuello no respondía muy bien. Sentía que tenía todos los músculos atrofiados. Cuando se dio por vencido decidió que no merecía la pena tanto esfuerzo para saber con quién hablaba y decidió no mirarla.

            - Te pasas el día llorando - insistió la niña -. ¿No puedes hablar?

            Juan no tenía nada en la boca, respiraba con dificultad pero no había intentado hablar. No tenía fuerzas ni ganas de hacerlo.

            - ¿A quién echas de menos?, ¿por qué lloras? - insistió ella.

            - ¿Qué importa? - susurró, enojado. Sorprendido por haber hablado sin darse cuenta.

            Las lágrimas volvieron a brotar de sus ojos, desbordándolos.

            - Puedes contármelo, no se lo diré a nadie - preguntó ella.

            - ¿No lo entiendes? Nada es real, este dolor es solo un sueño, una pantomima. No somos nada, no importa si vivimos o morimos, todo es absurdo e inútil. No merece la pena vivir.

            - ¿No quieres vivir? - se sorprendió ella.

            - No merece la pena,... no somos nada, la vida es solo un sueño... - repitió Juan.

            - No es cierto.

            Juan quiso tener fuerzas para poder mirar a esa niña con desprecio. ¿Qué sabía ella?

            - Dios te ha dibujado con tus ojos, tus orejas, tu nariz, tus manos, tu torso, tu espalda, tus pies, cada cabello...

            - ¿Para qué? - preguntó él, descorazonado.

            - Para ver el mundo que ha creado a través de tus ojos, olerlo con tu nariz, saborearlo, oírlo... Cada uno de nosotros somos sus hijos queridos, cada persona es importantísima para él y cada día que vivimos tiene un sentido especial. Cada decisión es importante.

            - Importante para qué - preguntó Juan, cansado.

            - Cuando alguien te importa, no hay un para qué - replicó la niña -. Es importante para Dios y tus decisiones le importan. Te ama y quiere que te unas a él en el cielo. Cuando tomas la decisión equivocada te alejas de eso y entristeces a Dios.

            - ¿Qué sabrás tú de Dios y la vida? Eres una niña...

            Ella no respondió. Ese silencio le extrañó a Juan y se forzó a mover la cabeza para ver con quién estaba hablando y por qué le preguntaba esas cosas sabiendo lo mal que estaba él. ¿Es que no tenía un mínimo de sentido común?

            Cuando logró inclinar la cabeza a la derecha vio a la niña sentada en la cama, mirándole con una sonrisa angelical. Su rostro no era corriente, desprendía luz. Lo que estaba viendo no era una persona real.

            - He dejado este mundo poco después de llegar tú a mi habitación. Sé todo sobre ti, Juan. No vas a morir en esa cama, ni en este hospital.

            - ¿Eres un ángel? - preguntó -. ¿Puedes curarme?

            - Tu enfermedad no es física, la contrajiste en el infierno, al contemplar la verdad de Satanás - respondió ella -. Solo tienes que entender el mundo y sanarás.

            - ¿Qué tengo que entender? - preguntó desesperado.

            - Ya te lo he dicho, que cada instante de tu vida es importante.

            Cuando dijo eso, la niña se iluminó como una vela y desapareció. La cama que había ocupado estaba intacta con las sabanas bien colocadas sobre ella, sin signo de que nadie se hubiera sentado en ella.

            - ¿Cada instante es importante?, ¿para qué? - dijo desesperado.

            No hubo ninguna respuesta, pero ya se la había respondido antes. En su desesperación no quería escuchar lo que esa niña le acababa de decir. Él era importante para Dios, no porque fuera un presidente, ni porque fuera un chico con futuro prometedor, no era por nada en especial. Dios le había rescatado del infierno y le acababa de decir que le importaba mucho.

            - Si solo existes tú - le recriminó, sin hablar -... No soy nada, solo un sueño estúpido que pasará... Eso es tan inútil y vacío que no puedo soportarlo.

            Comenzó a llorar de nuevo y entonces sintió una voz en su corazón. Recordó la voz melodiosa y dulce de la niña.

            - Dios te ha dibujado con tus ojos para ver el mundo que ha creado a través de ellos. Cada instante importa porque tú le conoces mejor que nadie. Tú sabes quién eres porque tú eres Él.

            - Todos lo son - replicó Juan.

            - Por eso importa cada cosa que les digas - le habló la niña en su corazón -. Si se lo haces a ellos, te lo estás haciendo a ti.  La luz de Dios vino al mundo y el mal no es capáz de apagarla, no dejes que apague tu luz.

            Juan experimentó como si su entendimiento se hubiera iluminado como una vela, al igual que vio iluminarse la niña ante sus ojos, segundos antes. Lo que debía entender era que Dios estaba dentro de cada criatura, de cada cosa, y que tal y como dijo Jesús, en su tiempo, "Cada vez que se lo haces a uno de esos pequeños, a mí me lo haces". Cada uno de los seres que habitan el universo son un pensamiento de Dios, una obra de arte única y especial a través de la cual Él quiere experimentar el resto de sus creaciones. Incluso el Gemelo era Él... pero una versión de Dios carente de amor. Dios era luz, bondad, amor puro que ponía todo su poder en acción para seguir creando un universo repleto de obras de arte y amaba cada una de sus creaciones. Se sintió inundado por su luz cuando consiguió entenderlo. Entonces vio a otra persona justo delante de él.

            - He venido a despedirme - le dijo la chica vestida de uniforme escolar.

            - Verónica - susurró -. Ahora lo entiendo todo, no tienes que seguir sumida en la oscuridad, puedes encarar a Dios y te iluminará como ha hecho conmigo.

            - Lo siento, Juan, para ti ha sido sencillo entender el amor. Para mí es imposible, el amor me ha condenado a ser lo que soy ahora.

            - No hay nada imposible - Juan comenzó a entender el mensaje de la niña por ese instante. Supo que ese no era un instante más, era de esos que importan de verdad. Tenía la luz y debía transmitírsela a Verónica, nada le importaba más que encender la luz del amor en su corazón. Cambiándola a ella podía hacerle mucho bien y a todas las personas que iban a ser sus víctimas futuras.

            - Pedro es Dios - le gritó -. ¿Es que no entiendes que no tiene el menor sentido que te sientas culpable por amarle? Amar no es malo. No tienes la culpa de nada, lo que ocurrió fue... una tragedia. El accidente no lo provocaste tú.

            - Fue un capricho de Dios - replicó ella -. Ese día dijo: Hoy voy a destruir la vida de estos tres. Y de repente todo se fue al traste, mi vida, mis ganas de vivir y desde entonces me atormenta mi conciencia. ¿Crees que Dios me ama? Yo creo que a veces le da por romper las páginas que él mismo escribe. No le gusta que seamos felices o al menos, algunos de nosotros.

            - Dios no destruyó tu vida - explicó Juan -. Sabías que no debías intentar nada con alguien comprometido, sabías que esas cosas no terminan bien. No era justo... Lo que ocurrió era un chance de la vida, algo que podía pasar y de hecho pasó. Si tiras una piedra al aire no puedes quejarte si te cae en la cabeza. No puedes culpar a Dios de habértela tirado.

            - ¿Y qué hay de lo que sentía? - replicó ella, enfurecida -. ¿Crees que podía elegir? Yo le condené porque me dejé llevar por el amor y no hacer caso a la lógica. Cuando Pedro murió no me quedó nada. Luego vendí mi alma, fin de la historia. No quiero saber nada más del amor. Mi alma ya no me pertenece a mí.

            - Nadie puede poseer tu alma cuando dejas que Dios se adueñe de ella - Juan no se daba por vencido.

            - Nadie puede recuperarla si dejas que sea el Diablo quien se la quede - el tono de voz de Verónica no dejaba lugar a discusión. Le miró a los ojos con tristeza

            - La luz puede más que la oscuridad - insistió él.

            - Lo sé... por eso merezco mayor castigo.

            - No es cierto, puedes cambiar, él te perdonará todo...

            - Adiós Juan - cortó ella -. Me ha encantado conocerte.

            Juan la vio difuminarse en la nada y se sintió tan enfadado por que se despidiera así que se incorporó como un resorte y quiso ir tras ella. Buscó en su interior el poder divino que sabía que tenía y la pidió que volviera. Notó que la luz de su corazón se extendía por su cuerpo y le envolvía dotándole de una fuerza ilimitada. Sintió que Dios le concedía todo su poder un instante. Pero entonces sintió que ella no quería volver. No porque no sintiera aprecio por él, que lo sentía, sino porque era su decisión auto-castigarse, auto-culparse y en eso no podía entrometerse porque era tan libre de elegir como lo era él. Se sintió desesperado y volvió a llorar suplicándole a su amiga fantasmal que volviera, que lo hiciera por él. Todo fue un esfuerzo inútil.

            No tardaron en entrar las enfermeras, asustadas por verle sentado en la cama. Una hora antes estaba agonizando y todos esperaban que moriría irremediablemente en cualquier momento. Verlo sentado en la cama, llorando no era algo que esperaran ver. Juan lloraba pero su corazón latía con fuerza y le ardía en el pecho por el dolor de haber perdido a Verónica.

           

            Le hicieron nuevas pruebas y los médicos estaban asombrados. Su corazón parecía tan sano y fuerte como el de un deportista de élite. Su familia se sorprendió mucho y lloró de alegría.

            Después de unas jornadas maratonianas de todo tipo de pruebas cardiovasculares, Juan estaba deseando salir del hospital para ver a Susana y sus amigas para contarles todo. Además tenía una cita con Olivia que no quería perderse.

 

 

Animal es el que abandona a su mascota.

Si es la primera vez que entras a la página, te recomiendo que entres al Indice.

¿Te gusta esta página?

 Ilustración por Wendy Naomi Arias Audiffred

El asesino que escribía cartas de amor

 

Libro primero de la recopilación de relatos más relevantes de la página.

Disponible a la venta. 

 

Haz click para ver detalles.

  

Ilustración por Antonio J. Fernández Del Campo.

 

Próximamente:  Segundo volumen recopilatorio.

 

Fausta

 

Ya disponible en papel

 

CONTACTO: 

 

Si quieres recibir por email los avisos de las novedades más recientes, inscríbete en el enlace siguiente.

 

Si quieres contactar conmigo directamente por email, escríbeme a esta dirección:

 

tonyjfc@yahoo.es

Chat

Contenido protegido por la ley

El disco de 2 Gb más pequeño del mundo
El disco de 2 Gb más pequeño del mundo