Karma de sangre

2ª Parte

            Supuso que una película romántica de vampiros era la solución para su creciente ansiedad. Llevaba una semana con un nuevo propósito, vivir una nueva vida que la hiciera desear vivir cada día, disfrutar de la existencia. La película no resultó, tuvo que salirse del cine a media película y asqueada ante tal cantidad de ñoñería adolescente. ¿Un vampiro que brilla como diamantes a la luz del Sol? ¿Vampiros capaces de sobrevivir comiendo una vez a la semana? ¿Vampiros que se alimentaban de sangre de venado?... Si eso fuera así, amanecerían convertidos en venados. No podía soportar una sola tontería más. Los vampiros no se podían enamorar de chicas humanas como ella jamás podría enamorarse. Al menos eran más realistas que los últimos libros de Anne Rice y de otros autores, que decían que los vampiros se convertían en ceniza con la luz del Sol. Qué desfachatez, si fuera tan fácil matarlos, no existirían porque todos se habrían suicidado. La principal tortura de un vampiro era precisamente la obligatoria inmortalidad. No existía el modo de autodestruírse y ella había intentado hacerlo varias veces.

            En sus tiempos jóvenes, cuando aún era humana, la leyenda de los vampiros era algo así como una superstición popular que todo el mundo creía pero, en realidad, nadie había visto nunca uno como para afirmarlo. Por eso cuando alguien afirmaba que un conocido se había transformado, era mucho peor que si le hubieran avisado de su muerte. En su caso lo fue, cuando salió de su tumba lo primero que hizo fue buscar a su familia y matarlos a todos, uno por uno. En principio era por odio, después entendió que fue por pura necesidad. Como pensaba que no podría entrar en ninguna casa sin ser invitada antes, fue a ver a sus conocidos para que éstos la invitaran a entrar. Se resistieron algunos, pero los convenció a todos.

Poco después descubrió que no necesitaba ser invitada para entrar en la casa de nadie, que no le quemaban los crucifijos y lo más gratificante... Que el Sol no le hacía daño alguno.  Pero aquel día también había descubierto que su hambre era una enfermedad dolorosísima y que necesitaba beber cuatro litros de sangre para mantenerse mínimamente cuerda durante un día. Si no bebía, perdía la cordura y atacaba sin cuidado alguno al primero que se cruzara en su camino.

            Mientras estuvo con Frederic todo era nuevo, fascinante, emocionante, divertido... No le gustaba el dolor de la sed, pero lo soportaba porque raras veces permitían que pasara tanto tiempo de una comida a la siguiente. Al ser un comerciante rico, Frederic tenía multitud de sirvientes. Al principio compraban esclavos a diario para alimentarse, después se corrió la voz de que eran vampiros y tuvieron que acabar con todos los que se revelaron, dejaron el pueblo sin apenas habitantes. Pero hubo supervivientes que se infiltraron sin que les vieran. Les cogieron durante el día y así supo que el Sol no les mataba pero sí les quitaba todos sus poderes.

            Recordaba aquel día como si fuera el verdadero comienzo de su tortura.

            Lo último que intentaba era vivir como una chica normal durante el día, y por la noche buscaría a personas dignas de la muerte. Tenía un don, algo que no se podía llamar sobrenatural, y era que podía saber la maldad de una persona con solo oler sutilmente los gases que desprendía su cuerpo.

            Mientras caminaba hacia el metro, asqueada por la película que había intentado ver, un chico se la quedó mirando descaradamente. Buscó algo en sus bolsillos y finalmente sacó una libreta y un bolígrafo.

            — Me firmas un autógrafo —suplicó.

            — ¿Por qué? —respondió, fastidiada.

            — ¿No eres una actriz famosa? Tu cara me suena.

            — Piérdete, o te parto la cara, estúpido —replicó ella.

            El chico obedeció, completamente avergonzado. Eso era demasiado, habían intentado ligar con ella de mil maneras distintas pero nunca la habían confundido con una actriz famosa. Se introdujo en un pub oscuro que solía frecuentar para echar el ojo a algún bocadillo apetitoso. Era un sitio de ricos, bastante iluminado y famoso que no había día que no entraran más de quinientas personas. Tenía varias plantas y era casi obligado haber ido allí al menos una vez para entender la noche madrileña. Las mujeres iban en grupos a buscar ligues y los chicos vestían con su ropa más cara. A pesar de que había entrado en la Joy-Slava incontables ocasiones, nunca veía a nadie conocido. Claro que podía deberse a que sus chicos morían en extrañas circunstancias.

            Nada más entrar, en lo que antiguamente había sido un teatro, un chico se la quedó mirando fascinado. Sam le devolvió la mirada por instinto, el dolor del hambre estaba torturándola y ni siquiera había llegado la media noche.

            — Hola guapa, a lo mejor te interesa una fiesta privada —sacó una tarjeta de su bolsillo y la sonrió—. Hay barra libre, solo tienes que presentar este pase.

            — ¿No hay que pagar nada? —inquirió, desconfiada.

            — Mi trabajo es invitar a chicas como tú. Mi sueldo estará asegurado si apareces.

            — Genial, me lo pensaré —asintió conforme—. ¿Habrá gente importante?          

            — Seguramente, es un local donde no entra cualquiera.

            — No implicará estar obligada a hacer favores, ¿verdad?

            — Nadie te va a obligar a hacer nada que tú no quieras.

            — De eso estoy segura, lo que no quiero son problemas.

            Siguió adentrándose en la discoteca y vio la pista central especialmente desangelada. Había mucha gente mirando en todas direcciones y todo el centro estaba casi desierto, con dos o tres bailando con bastante poca fortuna. Era hora de echar el anzuelo aunque la música no invitaba mucho a bailar. Se dirigió hacia allá y comenzó a mover las caderas al tranquilo ritmo de la música. Cerró los ojos y se dejó llevar por cada nota, por cada acorde, por cada palabra de la letra. Examinó su entorno con su capacidad de visión oscura, algo que le resultaba muy útil para ver mejor a las personas. No se trataba de ver imágenes en la oscuridad, lo conseguía gracias a su olfato agudizado por el hambre depredadora. Podía oler a cada persona, saber a qué distancia estaba, qué perfume se habían echado o si estaban excitados, emocionados, temerosos o nerviosos. Detectaba el odio con mucha más facilidad. Olía el desagradable aroma de las mujeres, las que se habían cubierto la cara de maquillaje, las que se habían bañado en perfume y aún así no conseguían ocultar su olor a pescado estropeado por su avidez de sexo. Podía oler el aroma a semen que salía de los sillones más ocultos donde las parejas, o simples desconocidos, compartían sus atenciones con otra persona de mismo sexo o del opuesto. Olía la marihuana, el alcohol lo envolvía todo en una mezcla que le daba nauseas, el dulzón e inconfundible toque de la cocaína también estaba presente.

            Alguien se acercó a ella, un chico que olía francamente bien y que apenas tenía perfume. Su aroma corporal era apetitoso y eso significaba que hacía mucho tiempo que no echaba un polvo, puede que incluso fuera virgen. El individuo pasó a su lado, a menos de dos metros de distancia. Iba al baño. Abrió los ojos y le examinó de pies a cabeza mientras le veía alejarse.

            Se llevó una decepción al ver que era un tipo con un peinado anticuado, gafas de pasta negras y un par de kilos de más. Pero su aroma destacaba entre el resto de mortales, era tan apetecible y tenía tanta hambre que estuvo tentada de seguirlo al baño y encerrarse con él en un cubículo. Suspiró se lamió los labios, notó que sus colmillos se alargaban ligeramente por el deseo de beber su sangre. Pero no se movió de la pista, siguió bailando y volvió a cerrar los ojos esperando una presa mejor. Alguien que mereciera morir esa noche.

            En cuanto dejó de pensar en el apetitoso bocado su olfato depredador captó el olor del miedo y los remordimientos. Alguien acababa de entrar en la discoteca y parecía estar con algunos amigos. Estos tenían un olor extraño, pero no debían saber nada del motivo por el que su presa estaba sintiéndose culpable.

            Sam abrió los ojos y vio delante de ella a un chico muy guapo que trataba de seguir su ritmo de baile.

            — Sigue así, guapo, lo haces muy bien —alabó ella, mirándole por encima del hombro y examinando a los recién llegados. Se quedó consternada a verlos. Nunca pensó que vería el día en que echaría el ojo a un oriental.

            Se alejó de la pista central y se acercó a ellos como si fuera casualmente hacia allí. El grupo hablaba en algún idioma extraño de oriente, seguramente eran chinos. Estaban muy bien vestidos y el que le interesaba no era el que más hablaba del grupo, estaba cohibido, detrás del grupo, y reía nerviosamente ante cualquier cosa que decían los otros.

            — Disculpen —les dijo, hablando con lentitud.

            Los orientales la miraron con curiosidad, los dos de delante la miraron boquiabiertos y los de detrás disparaban palabras agudas imposibles de entender mientras la miraban intermitentemente.

            — ¿Podemos ayudarla, señolita?

            — Sí, me encantan los orientales. ¿Puedo unirme a vosotros?

           Ohhhh,... Ya ta chi men lon... —el que habló con ella debió traducir su petición y los cinco gritaron y hablaron como si les hubieran insultado. Solo sus sonrisas de asombro demostraban que les había alegrado la noche.

            No le pasó desapercibido que toda la discoteca había puesto los ojos en ella. Los chicos porque no entendían cómo una chica como ella se acercaba a esos escandalosos y las chicas porque les hacía gracia verles dar esos gritos agudos.

            — ¿Podemos invitala a una copa? —sugirió el que parecía ser el único que sabía su idioma.

            — La verdad es que sí... —Susurró, metiéndose en el grupo y echando miradas seductoras a su presa.

            El chico la miró con fascinación y sonrió tímidamente.

            — ¿Cómo os llamáis? —Preguntó, melosa, mirándolo fíjamente.

            Todos se presentaron precipitadamente con nombres que no tenía intención de comprender, y mucho menos recordar. El único que memorizó fue el de su víctima: "Chung Hua".

            — ¿Sabes mi idioma?

            El chico se ruborizó y contestó con timidez.

            — Sí, entiendo español.

            — ¿Cuánto coblal? —Preguntó uno de ellos.

            — ¿Qué has dicho? —Inquirió ella, enfurecida.

            — Tú, cuánto costal.

            — Te estás confundiendo, no soy una puta —tuvo que recurrir a toda su capacidad de autocontrol para no arrancarle de cuajo la cabeza a ese estúpido.

            — ¿Vendrías conmigo? —sugirió a su presa, con una sonrisa medida.

           Clalo —aceptó, sonriente.

            Samantha se abrazó a su codo y se lo llevó a solas hacia el exterior de la discoteca. Aunque los demás gritaban como locos, los ignoró por completo y se llevó a Chung Hua como un inocente corderito. Tenía curiosidad, ¿Por qué tenía tantos remordimientos ese chico?

            — ¿Cuánto tiempo llevas en España? —Preguntó tratando de romper el hielo.

            — Dos años —respondió.

            — ¿Y ya entiendes el idioma? —sonrió, complacida—. Caray qué rapidez, yo no aprendería Chino ni en diez años.

            — No chino, yo japonés, de Tokio. Ya sabía español cuando venil.

            — Siempre pensé que era una leyenda eso de que los orientales no sabían pronunciar la "erre". Veo que no es una leyenda.

            — "Ele" no existe en nuestro alfabeto, costal mucho plonuncial.

            — Seguro que pronto serás capaz... ¿Tienes casa? Hace mucho frío y me gustaría más intimidad.

            — No vivil solo, no puedo lleval —se escandalizó Chung Hua, desprendiendo aún más hedor a miedo.

            — Vamos, seguro que no molestamos a nadie —coqueteó ella, mordiéndose el labio inferior y pasándole el dedo por encima del hombro.

            El chico esbozó una leve sonrisa pero no sirvió de nada.

            — Mi casa llena de gente. No puedo lleval. Vivo en litela, tles pelsonas encima mi cama.

            — Vaya, eso suena incómodo —bromeó.

            — Podemos il hotel. Tengo mucho dinelo.

            — ¿Qué me estás ocultando? —Inquirió, harta de dar rodeos.

            — ¿Ocultal?, no ocultal nada.

            — Vamos, no seas malo —insistió, evitando continuar con una amenaza.

            Estaban caminando frente al palacio real, en un parque flanqueado por estatuas y aquella zona estaba bastante más despejada que las calles anteriores. Su acompañante empezó a mirar atrás y aflojó el ritmo de su caminata. ¿Le había asustado? Su olor era muy fuerte, había tocado el punto delicado.

            — Tengo que ilme, amigos pleocupados.

            — Vamos, dime qué me ocultas. Yo tengo secretos peores que los tuyos, si tú me lo cuentas yo haré lo mismo.

            Chung Hua la miró con asombro y dudó por un instante.

            — ¿Tú, secletos?

            — Muchos.

            — ¿Secretos elóticos?

            — No, de esos tengo pocos —respondió con desagrado—. Pero tengo muchos violentos. He tenido novios muy malos.

            — Ah, yo novia. Está en casa y no quielo... No quielo que sepa que estoy con otla mujel.

            Estaba mintiendo, lo olía por cada poro de su piel. Además era una mentira arriesgada ya que el miedo se comenzó a transformar en excitación por haber contado una parte de su secreto. Algo de eso era cierto, ¿pero qué?

            — Quiero verla —ofreció—. Vamos llévame, sé que tu novia disfrutará de nuestra compañía.

            — No, no casa, no vamos a vela.

            — ¿Por qué?

            — Ella muy tladicional, no peldona nunca infidelidad.

            — ¿Y qué demonios haces conmigo? —preguntó, aburrida.

            — No tiene polqué entelal.

            ¿Por qué tenía tanto miedo? Empezaba a comprender que nunca lo sabría a menos que le forzara a contárselo.

            — Está bien, iremos a mi casa entonces —decidió.

 

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Comentarios: 4
  • #1

    yenny (viernes, 18 noviembre 2011 15:40)

    ¿Qué pasara?, esta en la mejor parte por favor la continuacion.

  • #2

    Vanessa (viernes, 18 noviembre 2011 18:30)

    siguela por favor.
    cuidate Tony.

  • #3

    x-zero (viernes, 18 noviembre 2011 18:58)

    haye un error, presiona ctrl + F y pega '' echar el ojo a alguno bocadillo''

    sigue asi C;

    salu2

  • #4

    Antonio J. Fernández Del Campo (viernes, 18 noviembre 2011 19:55)

    Gracias dobles, x-zero, estaba harto de buscar el buscador del explorer -valga la redundanca-, Control+f, no lo olvidaré.

    No os preocupéis que, como siempre, terminaré la historia. Lo que no puedo garantizar es que salga una parte cada día o cada dos.

Antonio J. Fernández del Campo

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Antonio J. Fernández Del Campo, ingeniero técnico de informática, ha practicado la escritura, como su verdadera vocación, desde los quince años. Su vida profesional nunca ha impedido que en sus ratos libres dejara volar su imaginación escribiendo por diversión sin intención de publicar.
Cuando inauguró su página: <http://tonyjfc.jimdo.com/> en 2008 lo hizo con idea de exponer sus obras al público de forma gratuita y así perfeccionar su técnica como escritor con ayuda de los comentarios de sus seguidores. 
Con el tiempo y los ánimos de sus lectores más fieles se decidió a publicar su primer libro. Cayó enfermo y el nuevo tiempo del que dispuso lo dedicó en cuerpo y alma a perfeccionar una de sus obras de la serie “Relatos olvidados”. A sus cuarenta y cinco años decide hacer realidad su sueño al publicar “El ángel que desafió al Diablo”.
Debido a que fue escrito por diversión, el estilo de escritura directo y sencillo de Antonio pretende conseguir atrapar al lector desde el primer hasta el último párrafo de cada capítulo.

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