Karma de sangre

25ª parte

 

            Más que un teatro abandonado parecía el refugió de una legión vagabundos grafiteros. El barrio estaba desierto y, por el aspecto de las paredes de las casas, no parecía recomendable cruzarse con sus vecinos.

            La entrada del teatro estaba cerrada a cal y canto y la basura acumulada en la puerta dejaba claro que no se había abierto en años.

            —Está claro que nadie os buscaría en este basurero —opinó Lara, burlona.

            —Desde luego da muy mal rollo entrar ahí, sabiendo que una peligrosa vampiresa se esconde dentro.

            —Sí claro —se burló Lara.

            —No creo que sea prudente para ti que entres.

            Lara se lo quedó mirando, asombrada.

           Sam te matará sin preguntar, quédate fuera y luego entra si quieres, pero que no te vean.

            —Te voy a decir lo que haremos, entramos juntos, y cuando me la presentes saco mi pistola y me acompañáis a comisaría. Si no me causas problemas intercederé por ti en el juicio.

            —Mira que eres cabezota —la regañó Antonio—. ¿Cuándo entenderás que no habrá juicio? Que mañana no quedarán jueces para juzgar a nadie. La resurrección de la carne anunciada en la Biblia por el Apocalipsis ha comenzado y nadie podrá salvarse.

            —Es curioso cómo dices esas cosas. Te lo crees tanto que casi me haces dudar. Pero en algo tienes razón, creo que debería entrar en silencio detrás de ti.

 

 

 

            Estaba siendo la mejor noche de su vida. El que había parecido ser su peor error le estaba dando más diversión y emociones que toda su existencia de vampiresa.

            Cuando conoció a Jade no pensó que le resultaría tan útil. Pobre niña china, había nacido en desgracia, había muerto abandonada y como vampiresa estaba siendo utilizada. Su destino había sido convertirse en víctima desde el primer día que nació hasta el último. La dejaría vivir solo por regalarle ese día maravilloso sin pedirle nada a cambio.

            Sam estaba sentada en el palco del teatro observando las cortinas teñidas de negro, por la oscuridad. Pudo ver lo que había pasado como si de una obra de teatro se tratara, interpretada por los fantasmas de sus recuerdos. La noche y las tinieblas eran tan hermosas... No había empalagosos colores solo distintos tonos de negro, unos matices que los humanos eran incapaces de apreciar.

            Aquel día tan perfecto comenzó con la puesta de Sol, cuanto llegó la noche. Rodrigo, cuan héroe de novela caballeresca, la había rescatado de las garras del maléfico científico. La privó del placer de romperle el cuello, empujándolo contra la pared con tanta fuerza que no le quedó un órgano sin aplastar. La emplazó a reunirse con él en el depósito de cadáveres antes de que el ejército de vampiros se levantara y fuera imparable.

            Claro que asistió. Fue como asistir al último concierto de un famoso compositor. Rodrigo atacó a uno, dos, tres vampiros mientras los demás se levantaban de sus tumbas y ella contemplaba con admiración la funesta tarea de Rodrigo. En todo su furor, se ofuscó tanto por acabar con ellos que no vio que todos los demás le cayeron encima como pirañas. Ella estaba asombrada. Pero más por el hecho de que aquel ejército de malditos parecía obedecer sus deseos más profundos y la respetaban como si fuera una de ellos.

            —Ayúdame —pidió desesperado—. ¿Qué estás mirando como una estúpida?

            Estaba viendo a sus hijos, los que compartían su herencia oscura, los que compartían con ella poder y recuerdos, odio y deseos.

            No tuvo que decir nada. Mientras sus hijos atacaban salvajemente al presuntuoso vampiro milenario, que había asesinado a Frederic, que quería robarle la libertad, que tenía tantas riquezas, ella sonrió complacida. Sí, dejó que le debilitaran, que sus retoños le privaran del poder. Cuando estaba a punto de ser destruido ella misma saltó sobre él y le mordió en la femoral, probablemente la única arteria libre de su cuerpo hasta que sintió que Rodrigo se convertía en polvo.

            Sus hijos la respetaron y se dispersaron como si fuera una más. No, una más no. La respetaban y obedecían como si fuera su reina, su señora a la que conocían tan bien como para cumplir su voluntad sin tener que cruzar palabras. Nunca antes se había sentido tan querida y poderosa.

            Entonces pudo ver a través de los ojos de uno de sus retoños que estaba a punto de matar a Brigitte. No debía permitirlo, imaginó el sufrimiento de Antonio y supo que quería estar delante para disfrutar de su impotencia, de su desesperación. Así la noche sería perfecta, el comienzo de su reinado de oscuridad y del eterno castigo a su más odiado enemigo.

            La salvó, sí, el vampiro ni siquiera llegó a atacar porque conocía los deseos de su señora. Entró por la pared haciendo exhibición de poder y apartó al vampiro como si fuera un muñeco de trapo. No perdía nada haciendo creer a esa mujer que podía confiar en ella. Y no sólo consiguió eso, la humana comprendió que era más de fiar que su propio esposo.

            Ahora estaban en aquel teatro abandonado, alejadas del frenesí vampírico de sus hijos, que dispersaban el mal por toda la ciudad sin que nadie fuera capaz de pararlos. Se quedó con Brigitte, haciéndola creer que ella velaría sus sueños antes de que él llegara. Sonrió pletórica mientras Brigitte dormitaba en una vieja butaca, a escasos tres metros de distancia, bajo el palco.

            ¿Cómo podía dormir así? Confiaba en ella, que inocente, qué estúpida, era como una oveja durmiendo junto a un lobo creyendo que era su perro guardián, lo que demostraba una vez más que los humanos eran tontos y nunca podrían entenderla.

            Escuchó un ruido en el hall. Un cristal roto, su momento estaba a punto de llegar, había llegado su protagonista y el acto final estaba a punto de comenzar —se imaginó el encuentro como si estuviera representando una obra de teatro—. Era el escenario perfecto, el desenlace ideal, un edificio antiguo como testigo, con columnas adornadas en los capiteles y vetustas lámparas de miles de cristales colgadas del techo.

 

 

            A pesar de su abandono, nadie había entrado a ese lugar para saquearlo a juzgar por las sillas victorianas colocadas en lo que debió ser un bar. El polvo se había acumulado en la alfombra que cubría la escalera de modo que cuando caminaba dejaba la silueta de sus zapatos marcada en la moqueta.

            Antonio suspiró tratando de tranquilizarse. ¿Por qué habrían ido a ese sitio tan tétrico? Estaba asustado, recordó las otras veces que había tratado con Samantha y se dio cuenta de que no podía fiarse de ella. Le había salvado en dos ocasiones de la cárcel, las mismas veces que él había intentado matarla. Y aún después de salvar a Brigitte, aún demostrando tantas veces que podía confiar en ella, él la seguía considerando un monstruo peligroso a la que prefería ver muerta para siempre.

            Descendió hasta el piso de abajo del teatro con ayuda de su inseparable linterna. Era una suerte que en sus experiencias como detective hubiera aprendido lo útil que resultaba una linterna en el coche. Aunque esa luz era aún más tenebrosa, pues el polvo que había levantado con sus pasos convertía el haz de luz en una cortina que le deslumbraba. Ni siquiera distinguía los rostros de los artistas que se exponían en los carteles de las paredes. Aunque un nombre le resultó familiar, Beatriz Carvajal, una humorista que recordaba haber visto en la televisión cuando aún iba a la universidad. Se fijó en el cartel y vio que en realidad la obra no se interpretaba allí sino en un teatro del centro de Madrid y el título le sonaba: "Los habitantes de la casa deshabitada".

            —Cielos, que viejo es este cartel —se dijo, al recordar que era la única obra que había visto en su vida, cuando ni siquiera había entrado en la universidad.

            El pasillo moría entre las puertas de los aseos y el acceso al anfiteatro. Quería llamar a Brigitte, pero el ambiente barroco, la oscuridad y el silencio sepulcral le intimidaban y no se atrevía a pronunciar una palabra.

            Empujó las puertas dobles del teatro y la oscuridad se partió por la mitad, rasgada por foco de su linterna.  Los bancos estaban vacíos hasta donde podía ver, y era un recinto inmenso. El escenario se elevaba a metro y medio del suelo y una cortina de terciopelo roja ocultaba el fondo.  En la segunda fila encontró a alguien con la cabeza reclinada sobre el respaldo.

            Quería llamarla pero de pronto imaginó que podía ser una víctima de los vampiros, una a punto e despertar... O peor aun, Brigitte convertida en uno de ellos.

            Se acercó con cautela y cuando estuvo a su lado alumbró su cara.

            —¿Quién está ahí? —preguntó su mujer, deslumbrada y somnolienta.

            —Gracias a Dios —clamó él abrazándose a ella.

            —Ya, claro, ahora llegas. He estado a punto de morir, ¿sabes? Tienes suerte de tener a esa amiga.

            Que viviera significaba que Sam era de fiar, había sido un idiota desconfiando de ella.

            —Dichosos los ojos —ronroneó Sam desde arriba.

            Antonio miró hacia ella, intimidado, alumbrando con la linterna.

            —¿Dónde está tu amigo?

            —Cazando vampiros, supongo.

            Entonces Sam apareció junto a Brigitte, repentinamente, y ambos se asustaron.

            —Por favor deja de hacer eso —increpó Brigitte—. ¿No crees que deberías ayudar a tu novio?

            —Ja, mi novio. No —miró fijamente su marido—. Antonio, sabes perfectamente a quien quiero yo... Y tú, ¿a quien quieres?

            Que rara estaba Sam, incluso para lo que era normal en ella.

            —A mi mujer, por supuesto —se apresuró a responder.

            —Pero qué mentiroso eres, vamos no seas tímido, confiesa, ¿a quién deseas cada noche ardientemente?

            Antonio se quedó sin aliento, esa mujer... Esa vampiresa podía leer sus pensamientos y estaba dispuesta a contarle todo a Brigitte. ¿Por qué? ¿Qué pretendía?

            —¿Por qué haces esto, Sam?

            —Por que desde que te conozco he tenido ganas de que llegara este día. Vamos, dile la verdad...

            —¿Por qué esperabas este día...

            —Qué me estás ocultando —cortó Brigitte—. No me digas que...

            No pudo acabar la frase.

            —Vamos cuéntaselo, sabías que algún día tendrías que hacerlo.

            Antonio se quedó sin aliento. ¿Acaso Sam estaba compinchada con Alastor? Si era así, ¿por qué quería hacerles daño contándoselo a su mujer? No podía permitir que se lo dijera y quedara él como un mentiroso.

            —Maldita seas, es cierto. Tuve relaciones sexuales con la hija de Alastor, lo que te conté en la isla era cierto.

            Si Antonio las hubiera mirado se habría dado cuenta de que las dos se habían quedado boquiabiertas, Brigitte espantada y Sam impresionada.

            —No puedo creerlo, yo te amo Antonio —confesó Brigitte, con lágrimas en los ojos.

            —Yo también te...

            —¡Cállate! —Rogó su mujer, a voz en grito.

            —Esto es mejor que lo que había planeado —confesó Samantha—. Guau, mucho mejor... Supongo que ahora no importa tanto que yo te gustara cuando nos conocimos.

            —¿No lo sabías? —Preguntó sorprendido.

            —Solo quería que supieras lo que se siente cuando te humillan. Y has superado con creces mis expectativas. Eres más miserable que yo, que nunca engañé al único hombre que he querido.

            —Déjame salir —pidió Brigitte ignorando las explicaciones—. Me dijiste que aquello no fue cierto, me has engañado dos veces. Pero qué puedo esperar de alguien que casi consigue que me maten.

            Antonio no se movió y la cogió de la mano suplicante, intentando impedir que se marchara.

            —Lo siento, perdóname, no quería perderte.

            —Déjame salir ahora o tendré que golpearte.

            —No vas a ninguna parte —proclamó Sam, mordiéndola en el cuello, aprovechando que le estaba dando la espalda.

            —¡Aléjate de de ella monstruo! —Gritó Antonio sacando su arma y apuntándola a la cabeza.

            Pero la vampiresa desapareció de su vista, llevándose consigo a Brigitte.

            —¡Qué demonios... —exclamó desesperado.

 

 

Escribir comentario

Comentarios: 4
  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (jueves, 16 febrero 2012 21:02)

    El final está a la vuelta de la esquina.

  • #2

    x-zero (viernes, 17 febrero 2012 03:13)

    esperando siguiente parte va mejor

  • #3

    carla (sábado, 18 febrero 2012 15:38)

    Aaah!! Me dejaste al filo de la sillaaa!!! O.o ya quiero leer la proxima parte!! Porfaaaaaa no te tardes muuchoooo!!!

  • #4

    yenny (lunes, 20 febrero 2012 18:31)

    Esta en lo mas emocionante d la historia,creo que va a pasar las 30 parte(ojala sea asi, poque no quiero que acabe, espero la continuacion.

Animal es el que abandona a su mascota.

Si es la primera vez que entras a la página, te recomiendo que entres al Indice.

¿Te gusta esta página?

 Ilustración por Wendy Naomi Arias Audiffred

El asesino que escribía cartas de amor

 

Libro primero de la recopilación de relatos más relevantes de la página.

Disponible a la venta. 

 

Haz click para ver detalles.

  

Ilustración por Antonio J. Fernández Del Campo.

 

Próximamente:  Segundo volumen recopilatorio.

 

Fausta

 

Ya disponible en papel

 

CONTACTO: 

 

Si quieres recibir por email los avisos de las novedades más recientes, inscríbete en el enlace siguiente.

 

Si quieres contactar conmigo directamente por email, escríbeme a esta dirección:

 

tonyjfc@yahoo.es

Chat

Contenido protegido por la ley

El disco de 2 Gb más pequeño del mundo
El disco de 2 Gb más pequeño del mundo