Karma de sangre

27ª parte

 

            — Eso no es muy probable. Ella podría matarme cualquier noche, sabe cómo encontrarme —explicó Antonio.

            — Tal vez es medio verdad lo que te han contado —especuló Lara—. Tal vez te ha culpado de todo y esos tipos tan duros te quieren a ti y le han pedido que vayas hasta ellos. Espera, espera... Fíjate, hasta es posible que te hayas inventado todo para justificar que te marches sin entregarte a la policía.

            Antonio frunció el ceño y negó con la cabeza, dolido.           

            — Hablaba en serio cuando te dije que me iba a entregar. Pero gracias, acabo de comprender que tú solo miras por tu trabajo.

            Dicho esto, salió de la habitación y Lara le perdió de vista mientras escuchaba alejarse sus pasos con ritmo decidido.

            — Vaya, está sensible el chico —refunfuñó Lara.

 

 

 

            En un arrebato de locura casi había llegado a confiar en Lara, creyó que al salvarla cambiaría su concepto sobre él pero estaba claro que se había equivocado. No era la primera vez que se daba cuenta de que tenía una visión de la vida muy peliculera. Si la policía de medio mundo le buscaba era por que cualquier tipo duro del celuloide hubiera sido juzgado como genocida y sentenciado a la cámara de gas. No había sitio para gente así entre la gente normal. Aunque Antonio no era precisamente un tipo duro. Más bien un pobre desgraciado que tenía por costumbre meter la pata hasta el fondo.

            Cuando se dio cuenta de la tontería que había pensado se sintió ridículo. Si hubiera estado con Brigitte, ella se lo habría quedado mirando con aquella mueca graciosa de incredulidad y pragmatismo característicos en ella. Eso le recordó que Brigitte ya no estaba allí.

            Llegó a su coche y se puso el cinturón, arrancó y se puso a conducir sin saber a dónde debía ir. Tenía que ir al tanatorio donde estaba el cuerpo de su mujer o al teatro, a interpretar la opera prima de su ridícula carrera de tuerce botas.

            — Tengo que despedirme de ella —se dijo, recordando que aun no había llamado a su familia en Perú y entendiendo que ya estaba tardando demasiado.

            ¿Por qué le costaba tanto hacerlo? Claro, no sería fácil decirles que su hija estaba muerta y que él tenía toda la culpa. Podía decirles que fue un accidente pero los conocía bien, eran capaces de tomar un avión solo para reclamar su cuerpo y llevársela a enterrar a su país. Estaban muy mayores para tanto viaje.

            Cada vez que había pensado en lo qué pasaría si llegaba a morir uno de los dos, siempre había querido creer que él moriría primero. Jamás se imaginó que podía llegar ese día y ahora no sabía cómo afrontarlo.

            Puso la dirección del teatro en el GPS y al hacerlo no fue capaz de contener las lágrimas. No podía ir al tanatorio, no quería verla muerta, ya le estaba costando respirar solo al pensar que nunca más la vería reir, que nunca más le regañaría por alguna tontería o que no volvería a abrazarla por las noches.

            «¿Recuerdas el día que lograste resucitar a esa chica con mi ayuda?»—escuchó la voz de Verónica en lo más profundo de su mente.

            — Debes estar bromeando —respondió.

            «Vas a interpretar tu opera prima sí,  pero no en el teatro».

            Si hubiera escuchado el sonido de su voz, no la habría entendido tan bien. La voz de su amiga angelical llevaba un torrente de luz y esperanza tan deslumbrante que sonrió como un tonto. Dios había escuchado su dolor. Si le hubiera pedido con arrogancia que se la devolviera, nunca se lo habría concedido. Pero sin haberlo hecho, ¿se la pensaba devolver?

            — Por favor, dime que no eres una voz de mi imaginación.

            «Dios lo puede todo y si hay alguien en este mundo que lo cree de verdad eres tú. Abre tu mente a Él, abre tu corazón y entenderás que es posible».

            Lleno de ilusión cambió su destino, que no estaba muy lejos del hospital. Condujo hacia el tanatorio respetando todos los límites de velocidad, pensando que cuando uno tiene prisa en llegar a algún sitio lo mejor es ir a la velocidad indicada para evitar sorpresas con la policía o accidentes. Llegó casi sin enterarse y cuando puso los pies en el suelo se despertó de su ensoñación y, con el helado viento invernal, le asaltó la certeza de que Brigitte seguía muerta y que era una locura pretender que podía resucitar. Él tenía mucha fe, pero recordaba el frío rostro de su amada y todo el tiempo que llevaba muerta. ¿Cómo iba a resucitar?

            — Mira, Verónica, creo que si intento resucitarla voy a traspasar una línea muy peligrosa. Si sigo adelante estaré completamente chiflado. Hay que estar muy mal de la olla para creer que semejante milagro es posible.

            — «Por eso un milagro así solo está al alcance de personas como tú.»

            — Gracias, supongo... —se quedó pensando—, si admito que estoy un poco loco. Joder, estoy hablando solo, claro que estoy loco.

            Entró en el  edificio rectangular y buscó la sala 15, que era donde le habían dicho que estaría su mujer. Gracias a que fue Sam la que la mató su cuerpo no había sido incinerado. Si hubiera sido uno de esos monstruos momificados sería imposible. Si no hubiera encontrado nunca su cuerpo tampoco. Debía estar agradecido a la vampiresa, después de todo.

            Llegó y se encontró una habitación repleta de gente. Entre ellos vio al jefe de su mujer, Don Francisco, el que no la quiso dejar marchar apenas veinticuatro horas antes. Seguramente los demás eran compañeros de trabajo. Había cometido un error llamando a su oficina aquella mañana para informar a ese déspota y que se sintiera culpable por no haberla querido dejar salir. En aquel momento le había desahogado poder echar la culpa a alguien. Pero Don Francisco le escuchó tan dolido que no había dudado en ir al velatorio, lo que no le resultaba nada reconfortante. Aquella gente conocía a Brigitte pero no a él.

            — Lamento mucho su pérdida —dijo el jefe, también bastante dolido.

            Aceptó su mano y asintió sin responder. No podía juzgarle por la única vez que le había visto y no era tan mala persona si estaba allí.

            Uno a uno fueron saludándolo con frases de ánimo y condolencias y no respondió a nadie. Esperaba que se aburrieran y se marcharan para quedarse solo con ella.

            — ¿Quiere que le traiga algo de comer? —preguntó un joven al que no había visto en su vida.

            — No gracias —respondió, arisco—. No es necesario que se queden, por favor quiero estar solo con ella.

            — No es molestia —replicó el jefe—, todos la queríamos, siempre estaba de broma y...

            Antonio se lo quedó mirando con resignación. ¿Es que no le había oído? Quería estar solo con ella, no necesitaba la compasión de todos esos desconocidos. Soltó un profundo suspiro y comprendió que no podría con ellos.

            «Así debe ser» —desengañó Verónica—. «Dios quiere resucitarla en presencia de toda esta gente.»

            «¿Qué tengo que hacer?»—preguntó en sus pensamientos.

            «Debes aproximarte a su cuerpo y tocarla.»

            Antonio miró hacia arriba buscando a Verónica inútilmente. Suspiró y se aproximó al cristal donde podía verse a Brigitte tan maquillada como un día de fiesta. Los de la funeraria la habían puesto sobre una plataforma inclinada treinta grados, como expuesta ante un escaparate, como Blancanieves después de tragar la manzana envenenada. Ella nunca se maquillaba así, parecía otra persona. Se notaban sus mejillas hundidas y las manos estaban cruzadas una sobre otra como si fuera un maniquí. El rigor mortis no debió dejar fácil su colocación en aquella plataforma.

            — Dios —susurró desesperado—. Está muerta...       

            — Vamos, suéltelo todo —le animó Don Francisco, que había puesto la mano sobre su hombro.

            — Tengo que entrar ahí —explicó—. Necesito tocarla por última vez.

            — No puede hacer eso, hombre, lleva casi un día muerta, ya debe oler.

            — No me importa, ¿cómo se entra ahí?

            El hombre se mordió la lengua al ver la mirada decidida de Antonio. Ya sabía lo cabezota que era —la tarde anterior se lo había demostrado—.

            — La verdad no lo sé —se limitó a responder.

            Antonio examinó el cristal palpándolo con la mano. Se fijó que en el recinto donde estaba el cuerpo había una puerta al otro lado de la ventana. Al palpar el cristal lo notó resistente como el de un escaparate. Por un momento pensó coger una silla de allí y estamparla contra la vidriera pero la policía habría llegado en cuestión de minutos si llamaba la atención. Al formalizar los papeles de su muerte, en el hospital había puesto su verdadera identidad y nadie sabía que él estaría por allí. Estaba acostumbrado a romper las normas pero esa no era una ocasión propicia.

            — Tengo que entrar ahí —declaró con determinación.

            No le pasó desapercibido que todos los presentes se miraran entre ellos. Si las miradas hablasen, le habrían gritado que había perdido el juicio aunque lo comprendían y le tenían la suficiente lástima y falta de confianza como para no decir nada.

            Sin más se fue de la sala y se dirigió a la salida del edificio con intención de rodearlo. A escasos cincuenta metros encontró una entrada donde rezaba un cartel: Prohibido el paso salvo vehículos autorizados.

            — Genial, yo voy andando —susurró mientras se colaba.

            No había vigilancia por que no debían ser muchos los que quisieran entrar a ver cómo preparaban los cuerpos de los muertos. Se coló por la puerta 15 suponiendo que sería la misma que la sala del velatorio.

            No había nadie allí, solo un ataúd de madera oscura y en su interior no había más que un fondo acolchonado, como si los muertos pudieran estar más cómodos así.

            Allí estaba la puerta, la ultima barrera para llegar a su cuerpo. Agarró el pomo y abrió sin pensarlo. Aquel acto fue muy simbólico, estaba decidido a hacer lo que hiciera falta si es que había una sola oportunidad de devolverle la vida.

            Al verla justo delante sintió que se derrumbaba.

            — Y ahora qué —le dijo a Verónica.

            Si no hubiera escuchado su voz su corazón se habría parado por la decepción. Pero no tardó en escucharla, incluso la vio al otro lado del cuerpo. Era tan hermosa que su corazón se sintió revitalizado.

           «Dios ha escuchado tu dolor y quiere que no vuelvas a dudar de que te acompaña. Cógela de la mano» —ordenó.

            Antonio obedeció. En ese momento se fijó que los que estaban al otro lado del cristal se habían acercado y le miraban con lástima.

           «Pídele que se levante y si tienes fe se levantará.»

            — ¿Yo? —preguntó asustado—. ¿No puedes pedírselo tú?

           «¿Cómo quieres que Dios te escuche si no le pides tú mismo lo que quietes?»

            Antonio sentía la mortal frialdad de su mano, tan firme y dura como una estatua de cera.

            — Está bien —susurró—. Brigitte, abre los ojos y levántate.

            Los del otro lado del cristal se acercaron más intentando escuchar lo que decía. Algunos cuchichearon entre ellos.

            Antonio no apartó la mirada de ella, aun tenía su mano sobre las suyas y la desesperación le invadió al no notar ningún cambio.

            — ¿Estás segura de que no debo hacer nada más? —preguntó a Verónica.

           «Que no desfallezca tu fe.»

            Antonio se quedó mirando a su amiga angelical y se dio cuenta de que ahora podía verla tan nítida que parecía tangible. Vestía como la había visto por última vez, cuando ambos salieron del infierno.

           «Dios mío» —rezó—. «Haz que mi mujer regrese a mi lado.»

            Aquella suplica escandalizó a los que estaban al otro lado del cristal. Aunque solo causó que alguno de ellos cuchicheara que era normal, que no había que darle importancia. Don Francisco dijo algo que no pudo escuchar y salió de la sala del velatorio con decisión. ¿Acaso pretendía ir hacia allí?

            — Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre... Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo —si su voluntad no era resucitarla debía aceptarlo, escuchar su propio rezo le desanimó por completo. Si estaba loco, Brii nunca volvería a su lado—. Danos hoy el pan de cada día..?

           «Después de todo lo que has visto sigues recurriendo a oraciones prefabricadas» —opinó Verónica.

            —¿Por qué no se levanta? —cuestionó, desesperado—. Vamos amor, debes levantarte...

           «Crees que puedo ayudarte y tu desesperación por devolverle la vida te ha cegado» —explicó Verónica—. «La locura ha hecho el resto.  Si de verdad crees que puede volver, pídeselo con convicción a Dios. Y si no te hace caso tendrás que aceptarlo y despedirte de ella para siempre.»

            Cayó sobre sus rodillas llorando. Estaba totalmente loco si pensaba que Dios resucitaría a su mujer. No se lo merecía, ese tipo de milagros solo pasaban una vez cada veinte siglos y cuando los protagonistas eran personas puras, sin pecado en el corazón. Él no era inocente, incluso entre los hombres era tan culpable que ni en cien vidas podría pagar su deuda con la sociedad.

            — Cómo puedo expresarte, padre, que necesito que vuelva a mi lado, que sin ella no quiero vivir, que sé que no sueles devolverle la vida a los muertos y que si lo haces es porque me quieres y estás dispuesto a darme la oportunidad de pedirle perdón por mi traición. Mi creador, si no creyera que puedes darme lo único que deseo no te lo pediría. Haré lo que me pidas incluso daría mi vida por verla respirar de nuevo.

            Abrió los ojos y no vio a Verónica. Antonio seguía llorando pero sus lágrimas eran de resignación en lugar de desesperación. Brigitte seguía muerta y así sería para siempre. ¿Por qué iba a ser escuchado él? ¿Acaso era mejor persona que el resto? Lo único que lo hacía diferente era su locura. Ahora lo sabía, si esperaba que se levantara era por que necesitaba tratamiento psiquiátrico.

            — Brigitte, levántate  y vámonos de aquí —insistió una vez más.

            Se la quedó mirando y su imagen se enturbió por que sus ojos se empeñaban en soltar ese líquido molesto.

            — Entiendo... —siseó, deshecho.

            La soltó con tanto dolor que no quiso seguir mirándola.

            — Adiós, mi princesa, nunca podré querer a nadie como te quiero a ti.

            Con esas palabras de despedida rompió todos los papeles de su esperanza haciéndolos añicos, imaginándoselos quemados, y se dio por vencido.

            Abrió la puerta y se quedo quieto antes de salir. Se volvió una vez más pensando que podía ocurrir aún el milagro pero la vio tumbada como la había dejado, inmóvil y pálida como una estatua.

 

 

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Comentarios: 6
  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (sábado, 25 febrero 2012 23:19)

    Escribe aquí tus comentarios.

  • #2

    x-zero (domingo, 26 febrero 2012 06:12)

    ;(... la verdad es que es la primera vez que me transmite tristeza una de tus hostorias.. muy bueno, sigue asi :(

    pobre brigitte

    salu2

  • #3

    carla (domingo, 26 febrero 2012 18:43)

    Uuff... Por un momento pense que la devolveria a la viida. Estuvo triste :( esta parte, pobre Antonio.
    Espero la siguiente parte con ansias! :)

  • #4

    Lyubasha (domingo, 26 febrero 2012 21:53)

    Yo también pensaba que Dios iba a resucitar a Brigitte. Aunque me de pena de Antonio prefiero que Brigitte siga muerta, es decir: muerta y sin posibilidad de retorno en forma humana, si apareciera en forma de ángel o de espíritu sería otra cosa.
    Cuando leí el capítulo anterior no me tomé su muerte demasiado en serio porque ya pensaba que Dios, Sam, Génesis o alguien la iba a resucitar. Si se muriera de verdad eso sí que sería una sorpresa si no, creo que las historias de Antonio Jurado y de Brigitte serían demasiado predecibles.
    Espero impaciente la próxima entrega ^_^

  • #5

    Tony (lunes, 27 febrero 2012 16:18)

    Aún faltan dos partes, no des por muerta a nadie hasta ver el punto final.

  • #6

    yenny (lunes, 27 febrero 2012 18:12)

    Me puso muy triste esta parte, muy bien descrito los sentimientos de Antonio la impotencia y tristeza que siente(casi he llorado leyendo esta parte), pero opino igual que Lyubasha que Brigitte aparesca como un angel o algo asi pero no que resucite, bueno esa es decision tuya asi que esperare con ansia la siguiente parte.
    Saludos Tony, cuidate mucho y que todo te vaya bien.

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