La última misión del ángel

1ª parte

Nota: Esta historia continúa "Angel de la muerte". Si no quieres perderte detalle, deberías leerla antes.

            Ángela conducía su Volkswagen golf hacia Madrid llevando a la maltrecha Lara Emerich en el asiento de copiloto. Recordaba todo el odio que sentía por esa mujer y las razones, más que suficientes, para matarla allí mismo o donde fuera.

            Cuando tenían catorce años su padre secuestró a Lara para filmar una película snuf donde una serie de actores, asesinos que su padre reclutó, tenían que ir enfrentándose a ella delante de las cámaras. La situación no era justa en absoluto, ellos llevaban armas, tenían fuerza y Lara era una adolescente indefensa y aterrada. Sin embargo, se las arregló para deshacerse de todos sus perseguidores y no conforme con eso, acabó con la vida de su padre dejándola sola en el mundo. En cierto modo la admiraba, no era fácil realizar tal hazaña, pero ésta incluía el cambio radical que le dio a su vida.

            Aquel día se quedó junto a su padre muerto sin saber qué hacer. Pensó suicidarse ya que no quería irse de su casa y en cuanto llegara la policía posiblemente la encerraría. La absolvieron de los cargos por no aparecer en ninguna grabación y la entregaron a los servicios sociales con el estigma en su expediente de que se trataba de la hija de una familia de desequilibrados asesinos. Eso era como clavarla con una chincheta en el último lugar del la lista de las posibles niñas adoptadas. Hasta un niño con síndrome de down tenía más posibilidades que ella. 

            El milagro ocurrió y una familia se interesó. Parecían un matrimonio normal... Sí, lo parecían. Pero el padre era un hijo de puta que se aprovechaba sexualmente de sus hijas y cuando quiso ponerle la mano encima escapó y llamó a la puerta de un vecino. El destino quiso que ese vecino fuera Frank, un asesino a sueldo que no dudó en disparar a la cabeza a su padrastro, consciente de sus prácticas habituales con sus hijas.

            La llevó con él, la cuidó a regañadientes, pero después de un par de meses supo que él se había enamorado de ella y ella de él. Nunca la tocó, tenía un curioso sentido de la honestidad y el honor que la fascinaba.

            En cuanto cumplió los dieciocho, ella fue la que rompió el hielo y él no se resistió. Cuando se hizo oficial su relación y dejaron de ser padre e hija, a los ojos de los demás, y se convirtieron en amantes y pudo pedirle que le enseñara su oficio. Al principio Frank se resistía pero ella le convenció diciéndole que si no lo hacía sería un blanco muy fácil para sus enemigos, tenía que enseñarla a defenderse.

            Ángela suspiró al recordar todos esos detalles de su vida. Seguramente habían sido sus años más felices.

            - Siento... lo de tu padre - dijo Lara, con sinceridad -. No tenía por qué haberlo matado, aunque era él o yo. Tú más que nadie deberías entenderlo.

            - No somos amigas así que no intentes hablar conmigo. Vamos a resolver esto y no quiero que me llames hasta que tengas algo que decirme. Yo haré lo mismo.

            - No tenemos más que lo que tú sabes de esa organización. ¿Cómo se llama el que te ha contratado?

            Ángela suspiró, no le apetecía hablar, estaba pensando en Frank y odiaba que la interrumpieran. Pero no quería deprimirse dejándose arrastrar por recuerdos tristes.

            - Se llama James Beckett - comentó -, vive en Arenas de San Pedro, un pueblo de Ávila. Ese hijo de puta trabaja para un importante pez gordo del gobierno, pero nunca me dijo quién era. Intuyo que debía ser el ministro de interior ya que mi víctima anterior iba a declarar contra él en un juicio. Podría ser el presidente del gobierno o podrían ser ambos o ninguno. El que está manchado hasta los calzoncillos es Beckett.

            - Vaya, eso es mucha información - dijo Lara, sonriente -. Ya tengo por donde empezar.

            - Te dejaré en cualquier sitio, ¿puedes arreglártelas para ir a tu casa?

            - Me vendría mejor que me llevaras tú...

            - Ni hablar, no quiero que nadie, que te conozca a ti o a mí, nos vea juntas. No nos conocemos, no tenemos nada en común. Si alguien me señala de la policía, te mataré a ti y al policía porque significará que me has traicionado.

            - Nadie sabrá nuestra alianza, te lo prometo.

            Continuó conduciendo sin responder.

            - Te llevaré a un metro. Allí te las apañarás como puedas.

            - Está bien -aceptó Lara, sumisamente.

            Aún quedaban unos minutos para llegar a una zona con metro y hubo un tenso silencio que ninguna de las dos quiso romper. Se internaron en la capital y Ángela puso las luces de intermitencia junto al metro "Ciudad Universitaria".

            - Ten cuidado - recomendó Lara, antes de abrir la puerta.

            - Preocúpate por que nadie que te conozca te vea. Debes desaparecer, avisaré a un amigo para que me consiga documentación falsa para ti.

            -¿Cómo contactaremos? - preguntó Lara.

            Ángela no había caído en ese detalle. ¿Tenía sentido dejar que Lara andara por ahí? Detestaba las improvisaciones y estaba arriesgándose mucho por no matar a Lara. Si quería mantenerla vigilada debía estar con ella, si quería que no la traicionara debía quedarse con ella, si quería que no la vieran con vida debían seguir juntas. Pero si no podía matarla, era la persona que menos deseaba tener cerca de todo el mundo.

            Suspiró profundamente. No podían separarse.

            - Vamos - gruñó arrancando el coche y dirigiéndose a su casa.

 

 

 

            Lara entró en su apartamento cojeando y Ángela cerró la puerta de la calle con un portazo. Luego echó la llave y puso un cerrojo adicional. En su piso nunca se cruzaba con vecinos, ni siquiera sabía quien era el vecino de enfrente ya que cuando alquiló ese piso se aseguró de que no hubiera viejas cotillas cerca.

            - ¿Qué significa esto? - preguntó Lara -. Estoy cansada, tengo que volver a casa.

            - ¿Es que no has oído nada de lo que te he dicho? - preguntó Ángela de malas maneras.

            - Te estoy tolerando que me hables así porque no tengo ganas de discutir. Pero como vuelvas a alzarme la voz...

            Ángela suspiró desquiciada. Iba a responderle pero al verla tan maltrecha, con la ropa sucia y rota, se contuvo y no dijo nada.

            - ¿Puedo irme? - preguntó Lara.

            - No puedes irte, coño - replicó malhumorada Ángela -. ¿Quieres que te vean viva? No puedes ni acercarte a tu casa hasta que acabemos con esto. Ahora necesito dormir un poco, llevo un día espantoso y no quiero pensar, ni hacer nada hasta que no esté más despejada. Si quieres dormir usa el sofá... Ah, ni se te ocurra tumbarte con esa ropa tan sucia. Te traeré algo más cómodo.

            - Gracias - replicó Lara, volviendo a ser sumisa.

            - No me des las gracias, lo hago por mi sofá.

            Se metió en su cuarto y rebuscó entre sus cajones algún pijama viejo que no le importara para que se pusiera su eventual compañera de piso. Al fin encontró uno gris y se lo llevó.

            - ¿Tienes botiquín? - preguntó Lara -. Tengo que curar todos estos cortes si no quiero que se infecten. ¿Dónde está la ducha?

            - Ahí tienes el baño. Lo que ensucies lo limpias.

            Dicho eso Ángela se marchó a su dormitorio.

            - ¿Y el botiquín?

            - En el armario de debajo del espejo. Me voy a dormir.

            Ángela cerró la puerta detrás de ella y al hacerlo se apoyó en ella arrugando los labios. ¿Podía confiar en que se quedara? Quizás debería atarla a una silla... Pero si hacía eso no sería de ninguna utilidad. Debía dejarle aire fresco, que se duchara, durmiera y se sintiera como en su casa.

           

 

            Cuando despertó eran las seis de la tarde y la había despertado alguien. Abrió los ojos con extrema dificultad, aún tenía muchísimo sueño.

            - Ha llamado un tal Luis - decía Lara, asomada a la puerta de su habitación -. Dice que quiere verte antes de las ocho.

            - ¿Qué? - preguntó, enojada -. ¿Has contestado?

            - Solo he escuchado el contestador - replicó Lara.

            - Bien, menos mal.

            Ángela se incorporó lenta y pesadamente y Lara la miró con vergüenza, apartando la vista en cuanto se percató de que estaba totalmente desnuda y había apartado las sábanas de golpe dejando su cuerpo al descubierto. Cerró la puerta y dijo que esperaba fuera a que se vistiera.

            - ¿Por qué narices tuvo que abrir la puerta? Debería dormir con pijama mientras ella siga aquí - se quejó consigo misma.

            Se metió en el baño de su cuarto y se  duchó. Después se vistió con sus leggings negros, se puso las zapatillas oscuras y la blusa negra de algodón. Salió de la habitación y vio que Lara seguía en pijama.

            - ¿Qué haces? - preguntó, enojada -. Tienes que acompañarme.

            - ¿Quién es ese tal Luis? ¿No se supone que no debe verme nadie?

            - No te verá. Intenta ser mi sombra. Ese tal Luis -la imitó-. Fue el que me dio el recado de matarte.

            - ¿Es amigo de Beckett?

            - Solo en los negocios. Conviene que me cubras ya que podría saber que no te he matado. ¿Has manejado alguna vez un rifle de francotirador?

            - No pero no puede ser tan difícil.

            - Genial... - replicó Ángela.

            - ¿Puedes prestarme ropa? - preguntó Lara.

            - ¿Qué le ha pasado a la tuya? - inquirió.

            - Está hecha un asco - replicó Lara-. Y además es culpa tuya.

            Ángela entró en su cuarto y le prestó un pantalón vaquero azul claro. A ella le quedaba un poco grande y ni siquiera lo usaba. Le dio también una blusa blanca y unos zapatos cómodos, para correr si fuera necesario.

            - Sé que es difícil para ti acogerme -dijo Lara-. Pero intenta comprender que para mí es mucho peor. Tú, al menos estás en tu casa.

            - Vístete rápido -la ignoró.

            Lara cogió todas las prendas y se metió en el baño.

            Ángela se sentó en el sofá y se acercó al teléfono. Pulsó el botón del contestador y escuchó los mensajes.

            "Ángela soy Luis, ¿qué sucedió? Me han dicho que dejaste el trabajo a medias. Tenemos que hablar, están muy cabreados. Nos vemos en el bar a las ocho."

            Y sonó el pitido final de la grabación. Después había otro mensaje, más antiguo.

            «Hola Sabrina, lo pasé muy bien contigo anoche, solo quería saber si te apetece tomar otra copa. Por cierto soy Carlos. Llámame.»

            Soltó un hondo suspiro y negó con la cabeza. Debía estar tan borracha que le dio el número correcto.

            - Puede que le llame cuando termine todo esto -se dijo, recordando la noche que pasó con él.

           

 

 

            Compraron unos pinganillos para comunicarse entre ellas. Eran tan pequeños que se alojaban en el oído interno y no se vean.

            Subieron a una azotea de un edificio cercano al bar de Luis y Ángela montó el rifle que había llevado en maletín.

            - Desde aquí puedes ver la calle y el interior del bar -explicó-. Si ves algo sospechoso dímelo.            Confío en Luis, pero es un mercenario y me entregará si le pagan por ello.

            - No podría confiar en alguien así -opinó Lara.

            - Si tienes que disparar acuérdate de las variables. Viento y distancia son cruciales, desde aquí el proyectil tardará un poco más de un segundo en llegar. El viento no podemos calcularlo si no haces un tiro de prueba.

            - ¿Quieres que dispare? -replicó Lara.

            - Elige un blanco por aquella pared -tenemos silenciador.

            - Podría traspasar la pared -replicó, preocupada.

            - Vamos apunta a un ladrillo -instó Ángela-. No quiero llegar tarde.

            Lara apoyó las dos patas del fusil en el borde del edificio y miró por catalejo del arma. Era sorprendentemente difícil mantener la mirilla quieta. Vio un ladrillo más oscuro que el resto y trató de centrar la cruceta en el. Cuando logró tenerlo enfocado, disparó. El silenciador amortiguó el disparo, pero no el golpe de retroceso, que no esperaba que fuera tan fuerte y la culata le percutió en el hombro.

             - Déjame ver -pidió Ángela.

            Lara no le cedió el arma, buscó su blanco y vio que el ladrillo al que había apuntado seguía intacto. A tres ladrillos a la derecha había volado un ladrillo entero.

            - ¿Balas huecas? -preguntó.

            - Me gano la vida matando gente, no haciéndoles agujeritos -la desafió Ángela.

            - Déjame volver a disparar, esta vez no fallaré.

            - ¿Le estás cogiendo el gusto?

            Lara apuntó tres ladrillos a la izquierda del blanco y disparó.

            Esta vez estaba preparada para el retroceso y vio cómo reventaba su ladrillo oscuro.

            - Toma, estoy lista -le dejó ver a Ángela. Esta observó por el catalejo y sonrió complacida.

            - Veremos cómo lo haces con blancos móviles.

            Le devolvió el fusil.

            - Me voy, no pierdas de vista la gente de fuera.

            - Descuida.

            Ángela se fue corriendo y Lara se acomodó mejor en el suelo de la azotea. Antes de perderla de vista se le cruzó por la cabeza la idea de matar a su aliada ahora que tenía la ocasión y sería difícil demostrar que fue ella. Pero en seguida apartó esa tontería de su mente al comprender que era la única aliada fiable que tenía.

 

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Comentarios: 3
  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (domingo, 18 septiembre 2011 09:51)

    Escribe aquí qué te parecer la historia.

  • #2

    x-zero (domingo, 18 septiembre 2011 13:45)

    genial, pero no entendi muy bien el por que de ese titulo, pero lo que importa es la historia y parece que ira genial :)

    salu2

  • #3

    yenny (domingo, 18 septiembre 2011 19:27)

    Por fin historia nueva :) parece que va a estar muy interesante.
    Tony espero que te vaya bien con la editorial esperto que nos avises a penas te den una respuesta.

Animal es el que abandona a su mascota.

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