La última misión del ángel

2ª parte

 

            - Llegas tarde -abroncó Luis enojado viéndola entrar.

            - Vamos, son las ocho y cuarto. Las mujeres nos hacemos esperar -replicó, coqueta.

            Luis no sonrió como esperaba. Estaba de muy mal humor.

            - Siéntate, tengo una misión para ti.

            - ¿De qué se trata?

            - Para empezar, el señor Beckett no ha pagado y ni siquiera coge el teléfono. La última vez que hablé con él dijo que habías dejado escapar a una testigo y nunca debió confiar en mí. Entiende que soy un hombre de negocios que en este mundo me he ganado el respeto de los clientes porque sigo a rajatabla mi lema: "Si puedes pagar, yo puedo matarlo".  Durante más de treinta años he sido la mano ejecutora de personajes poderosos que se odiaban entre ellos. Hoy me pagaba el señor X y mataba a al señor Y, mañana viene el señor Z y me paga por matar a X y nunca ha habido problemas. Soy el botón que pulsan los poderosos para limpiar sus trapos sucios y lo mismo me da matar a unos que a otros, mientras alguien pague la factura. Lo que nunca me podría permitir es lo que has hecho con tu última misión. Me pidieron mata a X y tú has matado a Z e Y y encima X sigue viva...

            - ¿De qué coño estás hablando? -se defendió Ángela-. Obedecí las ordenes a rajatabla, no dejé testigos -se abstuvo de mencionar que dejó dos por que pensó que los matarían los hombres de negro.

            - ¿Me estás diciendo que mi cliente no tiene razón? -la retó Luis -. Él dice que hay un testigo esencial que ha escapado. Quiere un encuentro contigo, personalmente. Pero desde aquella llamada no he vuelto a localizarle para concretar detalles del encuentro. Más vale que encuentres un hueco y vayas a verle, ¿conoces su dirección?

            - ¿Que quiere verme? -preguntó, enojada-. Maldito hijo de puta, claro que quiere verme. Cree que yo soy ese testigo, es una trampa Luis.

            - Mi reputación está en entredicho. No quiero más quejas así que haz lo que tengas que hacer -agregó Luis, ignorando su explicación-. De todas formas te he llamado con tanta prisa porque hay un nuevo encargo de otro cliente.

            Sacó un sobre color mostaza y lo puso sobre la mesa.

            - ¿Qué es? -inquirió Ángela.

            - No te va a gustar. Se trata de una venganza.

            Abrió el sobre y sacó las fotos y documentación. El tiempo se ralentizó cuando vio las imágenes.

            - ¿Frank? -musitó, incrédula.

            - No sabemos cómo es que sigue vivo pero ha vuelto al tajo al márgen de mis instrucciones. Tienes que encontrarlo y encargarte de él.

            Ángela miró a Luis sobrecogida.

            - ¿Estás bromeando?

            - Ya no puedes fiarte de él, está trabajando para la competencia. Si te acercas no dudará en matarte, es un profesional.

            Ángela negó con la cabeza, sin saber si debía alegrarse o llorar por aquella noticia.

            - Si es una broma... - dijo, dolida por semejante misión.

            En ese momento la interrumpió Lara por el pinganillo.

            «Hay un coche negro acercándose, no veo el interior, tiene las lunas tintadas.»

            Lara se volvió a mirar hacia atrás y vio el BMW oscuro cruzando despacio por delante del restaurante. El tiempo se volvió a ralentizar al ver que se bajaba la ventanilla y uno de los hombres de Beckett apuntaba hacia ellos con un imponente bazuka.

            - ¡Dios! -exclamó.

            Se puso en pie, tirando la silla, y saltó tras la barra del bar al tiempo que el proyectil volaba e impactaba contra la mesa de Luis.

 

 

 

            Lara vio, paralizada, cómo volaba por los aires el bar de Luis. Ángela estaba dentro en el momento de la explosión, no podía haber sobrevivido.

            - Maldita sea -siseó, pálida y sin saber qué hacer. Tardó un segundo en recuperar la razón, el tiempo justo para disparar a una rueda al coche negro y luego, al ir más despacio, a la ventanilla del conductor. Disparó hasta vaciar el cargador pero el coche, con las ruedas reventadas huyó de la escena del crimen.

            Lara se levantó con las piernas temblorosas. Desmontó el fusil como pudo y puso las piezas en el maletín. Corrió por las escaleras y dejó el maletín en el maletero de Ángela. Luego se dirigió, corriendo al bar donde había ocurrido todo. El tejado ardía como una antorcha gigante y el local parecía las entrañas del mismísimo infierno. Ni las cucarachas podían sobrevivir a eso.

            - Ángela... -siseó, dolida. Era la única persona que podía ayudarla a coger a los que habían hecho eso. Era la única pista que tenía para encontrar a todos los clientes de Luis. Las ambulancias no tardaron en dejarse oír. La policía o los bomberos también se acercaban a lo lejos. Multitud de personas se había juntado alrededor del fuego a distancia prudencial.

            «No debo quedarme aquí, pueden reconocerme los policías» - se dijo, nerviosa.

            Se alejó de allí. Se tanteó el bolsillo y se dio cuenta de que Ángela ya se temía que algo así iba a pasar porque le dejó las llaves del coche por si algo iba mal. Se sintió fatal por no haber previsto ese incidente, por no haber reaccionado a tiempo. Se preguntó si su aliada había tenido tiempo de hacer algo antes de la explosión, cuando la avisó del coche pero era físicamente imposible sobrevivir a una explosión así. Se miró las manos y descubrió que temblaban, tenía ganas de llorar quería darse de bofetadas porque no había reaccionado a tiempo.

            Cuando llegó al coche y abrió de nuevo el maletín del arma, descubrió un sobre color mostaza en un bolsillo interno.

            Lo sacó y extrajo una carta.

            «Si lees esto, las cosas han salido muy mal.»

            A continuación aparecía el nombre completo de Beckett y su dirección en Arenas de San Pedro.

            - ¿Debería matarlo? -se preguntó -. No le busco a él, quiero a quien le ha contratado.

            De cualquier manera, no tenía más hilos de los que tirar. Regresar al incendio del Bar para saber si había sobrevivido alguien. No perdió la esperanza, Ángela era toda una profesional, quizás había logrado meterse en algún lugar seguro. Pero no había tenido tiempo y aún en el caso de que la explosión no la matara, sí lo habría hecho el incendio posterior. Cuando vio que los bomberos tenían dificultades para apagar el fuego se desanimó por completo. No tenía nada que ver, lo único que sacarían de allí serían huesos carbonizados.

            - Tengo que llegar al final de esto y yo terminaré igual -se dijo, regresando al coche.

            Se metió en asiento del conductor y se llevó un susto de muerte al ver a alguien sentado en el asiento de atrás. Era Ángela.

            - ¿Cómo has conseguido...

            - Sácame de aquí -susurró, casi sin voz-. Llévame a esta dirección.

            Le mostró un papel pero Lara lo cogió sin mirarlo. Se quedó mirando a su colega con admiración. Ni siquiera estaba manchada de hollín. ¿Cómo demonios había sobrevivido? A pesar de su integridad, Ángela estaba herida. Se quejaba de una herida del abdomen que tenía una enorme astilla clavada.

            - Necesito llevarte a un hospital -aconsejó Lara.

            - Ese hombre puede curarme sin papeleos -dijo Ángela-. ¡Vamos arranca el puto coche!

            - ¿Cómo has salido de allí con vida?

            - Arranca y te lo cuento de camino -pidió ella, suspirando de dolor.

            Lara obedeció. Condujo hasta la dirección y mientras tanto Ángela le contó que saltó al otro lado de la barra, donde se produjo la explosión ensordecedora. Tuvo la suerte de caer junto a una pequeña nevera de acero y mientras todo el edificio parecía caérsele encima se metió dentro. La explosión hizo salir despedida la nevera y acabó atravesando la pared, hacia la otra calle, rodando por encima de los coches. Cuando salió de la caja de metal se dio cuenta de que se le había clavado un trozo de mostrador en el abdomen.

            - Es imposible, nadie puede moverse tan deprisa -dijo Lara, asombrada.

            - Tengo un don -alegó Ángela-. Lo descubrí hace años, viviendo con mi padrastro. Es como si pudiera congelar el tiempo cuando veo que mi vida corre peligro. Al principio solo era una percepción pero con el tiempo, a medida que entrenaba mi velocidad y mi musculación, he podido moverme mucho más rápido mientras todo a mi alrededor sigue lento. Es como en esas películas donde ves las balas ir más despacio, pero yo no soy tan exagerada. No veo venir las balas. Pero me da tiempo a reaccionar en situaciones límite.

            - Vaya, eso es asombroso -alabó Lara, mirándola un momento.

            - Ya me he salvado de más de una gracias a eso. Tengo un sexto sentido para saber cuándo debo ahuecar el ala de un lugar aunque admito que esta vez no lo habría conseguido si tú no llegas a avisarme.

            Se llevó el dedo índice al oído.

            - Siento no haber sido más útil -se disculpó.

            - No podías hacer más -aceptó las disculpas Ángela-. Escuché cómo disparabas al coche, espero que hayas podido matar a alguno de esos mal nacidos.

            Llegaron a la dirección, era un simple portal y no había ningún cartel de clínica de urgencias por ningún sitio. Lara bajó y quiso ayudar a Ángela, pero ésta salió por su propio pie. Seguía con la astilla clavada pero no parecía muy grave ya que no sangraba demasiado. Se sujetaba la herida con la mano derecha.

            Llamó al noveno piso, letra A.

            - ¿Quién llama? - preguntó la voz de un hombre mayor.

            - Soy Ángela -respondió -. El ángel tiene rota un ala.

            La puerta sonó como si tuviera un moscardón en la cerradura y Ángela empujó, internándose en el portal. Llamaron al ascensor y Lara no sabía si debía ayudarla o no. Ángela caminaba sin dificultades.

            - No me mires como una idiota -la regañó Ángela-. Ricci me dejará como nueva. Es un manitas, tiene setenta años pero ha sido cirujano toda la vida.

            - ¿Te fías de un hombre tan viejo para coserte?

            - Metería el hilo en una aguja con los ojos cerrados -alabó Ángela.

 

           

            Cuando llegaron a su casa el hombre parecía una uva pasa. Era delgado y tenía una coronilla de pelo blanco alrededor de las cabeza. Parecía un jubilado sin oficio ni beneficio.

            - Ricci, qué alegría de verte -dijo Ángela, entrando en su piso sin esperar permiso.

            - ¿Quién es tu amiga? -preguntó arisco.

            - Déjala entrar, es mi sombra.

            El viejo cambió la expresión y sonrió picarón. Cerró la puerta tras Lara y se frotó las manos.

            - Caramba, sois lesbianas... Nunca pensé eso de ti Ángela, pero con una novieta así yo también sería lesbiano.

            - ¡No digas sandeces, viejo roñoso! -le regañó Ángela-. Deja de pensar cerdadas y cóseme.

            El viejo Ricci suspiró negando con la cabeza y masticando el aire sin dientes.

            - Con lo bien que lo pasaríais, ji ji ji...

            - Y lo que tú disfrutarías mirando -siguió regañando Ángela, sonriente.

            Lara se sintió ridiculizada e insultada por esos comentarios pero Ángela parecía acostumbrada a ellos.

            - Nunca es tarde para ver un buen espectáculo -se defendió el viejo.

            El viejo cortó la camiseta de Ángela y dejó al descubierto la herida con la astilla clavada. Era del tamaño de un dedo pulgar, al menos lo que tenía a la vista. No sabía cuánto se había clavado. Lara tuvo que dejar de mirar porque la sangre y las heridas le daban bastante asco. Aprovechó para echar un vistazo al apartamento del anciano y se sorprendió al ver un cuadro con su título de medicina del año 1965, varios diplomas que no sabía de qué eran y toda una librería repletos de libros de medicina de todas las épocas.

            - Eso duele -se quejó Ángela.

            - Toma y las sandías son rojas -terció Ricci, riéndose.

            Lara se obligó a no mirar. Se dio una vuelta por la sala de estar y luego echó un vistazo a la cocina.

            - ¿Recuerdas a Frank? -preguntó Ángela, conteniendo el dolor al hablar.

            - Él nos presentó, le habré remendado más veces que mi madre mis calcetines.

            - ¿Recuerdas cómo murió? - preguntó Ángela.

            - ¿Ha muerto? - preguntó, enojado.

            - ¿Cómo dices? - preguntó Ángela -. Haz memoria, viejo, vinimos juntos. Le traje para que le curases y no lo consiguió.

            Ricci dejó de coser un par de segundos y se quedó pensativo.

            - ¿En serio? -inquirió-. Pues no lo recuerdo.

            - Te lo pregunto porque dicen que sigue vivo. Y tú me dijiste que había muerto. Nunca pude enterrar su cadáver porque dijiste que tú te ocupabas de él.

            El viejo la miró con cara de loco, tratando de recordar aquello.

            - Sí algo me acuerdo de todo eso... es curioso, no recuerdo qué hice con el cuerpo.

            - ¿No será que no había muerto? -inquirió, enojada, Ángela.

            - ¿Quién es Frank? -interrumpió Lara.

            Ángela miró a Lara, sumamente molesta.

            - Un viejo amigo.

            - Si tú dices que ha muerto... -contestó el viejo al sentir la penetrante mirada de su joven paciente.

            - Lo dijiste tú, viejo senil -le insultó.

            - Pues si lo dije, es que está muerto, ¿no? -respondió, como si fuera obvio.

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Comentarios: 1
  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (lunes, 19 septiembre 2011 16:25)

    Si quieres decir algo, has visto algún error, o simplemente quieres meterme prisa, no dudes en hacerlo aquí.

Animal es el que abandona a su mascota.

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