La última misión del ángel

4ª parte

 

            Estaba sola y no podía confiar en nadie. Pero necesitaba entrar en ese hospital y vigilar la cama de Ángela. Para eso necesitaba volver a la vida y hablar con su jefe, el comisario, que sin duda estaba metido hasta las orejas en todo aquel fango. Era un suicidio, pero era la única forma de protegerla. Sabía que los asesinos acudirían a matarlas a ambas, sabiendo que estarían juntas.

            Pero eso la dejaría completamente a su merced. Suspiró, indecisa. No podía exponerse así. Además, no estaba tan segura de que aquel coche fuera de la gente de Beckett ya que Ángela estaba recibiendo el encargo de matar a un asesino. ¿Por qué no iba a ser el mismo Frank quien trató de matar a los que planeaban su muerte?

            Saber que tenía que enfrentarse a un peligroso asesino y a toda una organización, cuyos hilos movía un poderoso político, era como ser condenada a muerte dos veces. Si la horca no la mataba, lo harían cortándole la cabeza. ¿En serio estaba dispuesta a jugarse la vida por la chica que había intentado matarla un par de días antes?

            Mientras pensaba seguía buscando noticias por la televisión. Solo el canal 24h emitía una y otra vez las mismas. Era frustrante, debía hacer algo o tendría que esconderse toda la vida. Ahora tenía una oportunidad de pillar a alguien que pudiera hablar, solo tenía que ponerse de cebo o esperar que alguien picase en el cebo de Ángela.

            Entonces recordó que su jefe le había confiado un detalle. Le había encargado el caso del contable muerto porque sabía que ella llegaría al fondo del asunto y no se conformaría con lo obvio. Puede que le tuvieran atrapado en la espesa tela de araña de James Beckett pero no era por voluntad propia. Debía ir a su casa a verlo, allí podrían hablar. Estaba segura de que la ayudaría, en secreto.

            - Voy a hacerle una visita, él llega al trabajo a las diez... tengo que darme prisa.

 

           

 

            Esperó a la puerta de la comisaría hasta ver aparecer su coche particular. Debía estar atenta ya que si dejaba que entrara en el garaje ya no podría hablar con él de forma oculta y todos se enterarían de que seguía viva. Necesitaba seguir desaparecida -o muerta- para el común de los mortales.

            Vio aparecer el coche por la esquina y arrancó el motor. Salió delante de él y fue hasta la entrada al garaje de la comisaría. Cuando pasaba por allí, atravesó el coche en la entrada y salió del coche.

            El comisario hizo sonar el claxon enojado pero al verla aparecer se tranquilizó y salió del coche.

            - ¿Qué demonios le pasa Emerich? -la regañó-. Lleva tres días desaparecida y casi logra que me choque...

            - Tenemos que hablar, comisario, lejos de la oficina.

            - ¿Qué ocurre?

            - No pregunte, métase en el coche y sígame.

            - ¡Voy a llegar tarde! -espetó.

            - Le aseguro que se trata de trabajo, señor.

            El comisario negó con la cabeza y durante un par de segundos parecía que la despediría. Pero luego suspiró y asintió.

            - Vamos, la sigo.

           

 

 

            Fueron hasta una cafetería anónima a varias manzanas de distancia. Pidieron desayuno para hablar y Lara no comenzó a hablar hasta que el comisario se terminó su croissant tostado. Sabía que su humor dependía del hambre que tuviera. Con el estómago lleno siempre era más tratable.

            - Necesito que me de un pase especial para el hospital Ramón y Cajal-disparó Lara, sin preámbulos-. Sé dónde encontrar al asesino del contable.

            - ¿Está usted completamente loca? -espetó el comisario, serio-. No pienso enviarla a una muerte segura.

            Lara sonrió, complacida. Él sabía tanto como ella o más.

            - ¿Hasta qué punto está implicado, señor? -preguntó, inquisitiva.

            - Lo suficiente para saber que no enviaría ni a mi peor enemigo a ese lugar.

            - Van a matarla... -replicó Lara, intentando ablandarlo.

            - Es una asesina profesional. No puedes insinuar en serio que merece vivir.

            - Ella es la única que puede parar los pies de Beckett.

            El comisario frunció el ceño, sorprendido.

            - ¿Quién rayos es ese Beckett?

            - El que ordenó la muerte del contable.

            - No tengo la menor idea de eso -replicó el comisario.

            - Es la mano negra de algún pez gordo. Y estoy convencida de que ese pez gordo es el ministro Casanueva. Necesitamos pillar a Beckett para que cuente todo lo que sabe. Si le cogemos no tendrá a nadie que le diga cómo resolver sus crímenes.

            - Esa es una acusación muy seria -replicó el comisario.

            - Niegue que es cierta -retó Lara.

            - ¿Qué espera conseguir en ese hospital?

            - Si pudiera hacer lo que yo quisiera, si tuviera su autoridad, mandaría a Ángela a otro hospital en secreto. Diría en las noticias que ha muerto y luego usted se encargaría de corroborarlo a sus superiores.

            - Sabe que eso es imposible. Y, ¿qué le hace pensar que no soy parte activa de esa trama de la que habla?

            - Está entre la espada y la pared. Sé que es un hombre justo y detesta que le tengan cumpliendo órdenes como una marioneta. No sé si le amenazan con matar a su familia o simplemente le dan un jugoso sobresueldo... Por eso le he abordado así. ¿Está usted con los buenos?

            El comisario evitó mirarla dando vueltas al café con leche que le quedaba en la taza con la cucharilla.

            - Será mejor que se disfrace de enfermera. Le daré un permiso especial para que pueda entrar y le faciliten el equipo necesario, la documentación como si fuera una empleada más. No puedo cubrirla, no nos hemos visto. ¿Lo entiende? Si alguien llama preguntando y no recibo yo la llamada, diré que usted ha falsificado el documento.

            Sacó un bolígrafo de su camisa y abrió su carpeta de trabajo. Sacó un folio serigrafiado con el emblema de la comisaría y comenzó a escribir en él.

 

 

            Con la presente autorización, concedo plenos derechos a la agente Lara Emerich para entrar de incógnito en el hospital Ramón y Cajal. Se ruega a la dirección del hospital que le concedan todos los medios necesarios para conseguir tal propósito.

 

            Juan Luis Expósito Algazaral

            Comisario del distrito de Moratalaz

 

 

            Firmó el documento y se lo extendió.

            - Gracias, señor.

            - Acuérdese de esto si después de todo esto se me juzga por tráfico de influencias. No me defraude.

            - No lo haré señor.

            Lara se levantó y se marchó, eufórica por tener ese documento.

 

 

            Después de dos horas estaba en el vestuario de las enfermeras y se estaba poniendo las zapatillas blancas. El gerente había sido muy atento con ella, la había ayudado con sumo gusto y le prometió que nadie sabría que era policía. No tuvo ni que contarle que su centro corría peligro ya que en cuanto mostró su placa, el permiso y dijo que estaba en misión especial, él obedeció sin hacer una sola pregunta.

            Al ser las once de la mañana no había ninguna enfermera cambiándose con ella. El gerente le indicó que la superviviente del atentado estaba en la primera planta de cuidados intensivos y el dio una tarjeta identificativa que le daba completo acceso.

            Cuando entró en la sala de la UCI vio a varias personas entubadas y al final, en cama más cercana a la ventana, estaba Ángela. No tenía oxígeno, solo le habían puesto suero.

            Se acercó a ella y estaba tumbada de lado. Tenía unos apósitos puestos sobre la oreja derecha. El cuerpo lo tenía cubierto por la sábana y no parecía tener ropa alguna. Levantó la sábana por curiosidad y vio que tenía la espalda cubierta de vendas. Tenía muy mal aspecto. Le habían puesto una especie de camisón que parecía un delantal, únicamente cubría la parte delantera de su cuerpo.

            Al notar el movimiento de la sábana, Ángela abrió los ojos.

            - Buenos días -saludó, sonriente-. Veo que has tomado el Sol más de la cuenta. ¿No te han dicho que es malo dormirse mientras...

            - ¿Qué haces tú aquí? -preguntó, enojada.

            - Cuidar de ti. Todo el país sabe que estas aquí, si no te vigilo acabarán contigo.

            - Eses una estúpida -insultó Ángela, con la voz muy débil-. Lárgate o nos matarán a las dos.

            - Hicimos un trato -argumentó Lara-. Tú y yo pillaremos a esos desgraciados que te han hecho esto.

            - No voy a salir de esta -asumió la otra, pesimista-. Me han jodido pero bien.

            - Vamos, no seas exagerada, solo son unas quemaduras en la espalda.

            - Duele como si aún estuviera puesta a la parrilla -siguió quejándose.

            - ¿Quieres que pida calmantes?

            - No quiero dormirme, quiero ver a quien venga a matarme y mirarle a los ojos.

            - Como quieras. Voy a estar por aquí, vigilando. Deberías dormir y despreocuparte.

            - Te debo una -dijo Ángela-. Cuando me avisaste por radio me dio tiempo a esconderme tras el mostrador. Sentí que me caía una casa encima. El fuego casi me asfixia, tuve suerte de que los bomberos acabaran con el fuego antes de asfixiarme. Lamento...

            - Vamos, no seas sentimental -cortó Lara-. Tú y yo sabemos que cuando todo esto acabe querrás volver a matarme.

            Ángela sonrió con cierta tristeza, como si no creyera que todo eso pudiera terminar bien.

            - Eres la única que puede hacer que esto salga bien -dijo, con dificultad para respirar.

            Lara se volvió y se dirigió hasta la mesa del enfermero de guardia.

            - Disculpa, necesito un tranquilizante para la de la cama uno.

            El enfermero buscó en el historial y vio la receta que había puesto el médico. Ponía naproxeno y la dosis al lado. Levantó la cabeza y al ver a Lara sonrió.

            - ¿Eres nueva aquí? -preguntó mientras se acercaba al mueble de las medicinas.

            - Hoy es mi primer día -contestó ella, sonriente. Debía hacerle creer que era enfermera.

            - Aquí tienes, ¿quieres que se lo ponga yo?

            Lara se dio cuenta de que nunca había puesto una inyección.

            - Hice mis prácticas pero si eres tan amable de hacerme una demostración práctica... Las próximas se las pondré yo.

            - No hay problema, si no nos ayudamos entre nosotros... Nadie llega nuevo a un sitio sabiendo.

            La inspectora pensó que había tenido suerte de que estuviera ese chico tan amable. Aunque era obvio que estaba siendo tan simpático porque le gustaba. No importaba demasiado ya que después de ese día era muy probable que nunca más volviera a verlo.

            Se acercaron a Ángela y el chico le pasó el algodón por el hombro, le clavó la jeringuilla sin preguntar y sin preámbulos. Luego pasó un algodón con alcohol sobre el pinchazo y le mostró la jeringuilla vacía.

            - Es muy fácil -dijo, orgulloso.

            - Gracias -replicó Lara, sabiendo que no sería capaz de hacer ella algo así. Le había dolido a ella con solo haberlo visto.

            Ángela cerró los ojos un instante después.

            - Por experiencia sé que estas cosas duelen más cuanto más tardas en hacerlo. Es mejor hacerlo así, como quien pone un punto después de una frase. Hay quienes cogen la piel o incluso los que masajean la zona antes de pinchar. Lo único que consiguen es que dure más la psicosis. El pinchazo lo van a sentir igual, cuanto antes termine mejor.

            - Vaya, es bueno saberlo -sonrió Lara, con ganas de vomitar.

            El chico asintió y volvió a su sitio. Lara se puso a mirar a los demás pacientes como si entendiera lo que veía. Uno de ellos tenía una máquina que se pasaba el tiempo haciendo pitidos molestos.

            - Disculpa -le volvió a llamar-. ¿Puedes decirme qué le ha pasado a los pacientes?

            - Tienes el historial a los pies de cada cama... -explicó el chico. Al ver que ella estaba hojeando uno y no parecía entender nada de lo que decía, se levantó y se acercó otra vez.

            - Pensé que siendo enfermera entendería la letra de los médicos -bromeó.

            - Si te digo la verdad, ni ellos mismos entienden lo que ponen. Seguramente sus cerebros son receptivos a sus propios símbolos y de algún modo recuerdan lo que tenían que escribir cuando ven sus propios jeroglíficos. De verdad que admiro a los farmacéuticos aunque hoy día es más sencillo porque en las recetas salen los medicamentos impresos.

            - Menos mal -rió ella.

            - Lo malo es que nos desacostumbramos a su letruja, ellos se desacostumbran a escribir y escriben peor. Dios mío, esto es terrible, no lo entiendo ni yo -bromeó el chico al ver el historial de la paciente de la izquierda de Ángela.

            En ese momento un doctor les sorprendió por detrás.

            - Francisco, dígale al doctor Arzanegui que despierte, su turno ya ha empezado.

            - Ahora mismo, doctor -dijo tímidamente el chico.

            - ¿Quién es esta? -preguntó el médico con evidente mal humor. Era un tipo delgado de pelo blanco. Vestía bata verde y tenía gafas, una perilla muy bien recortada y patillas largas. Debía tener cerca de cuarenta años y por sus aires de superioridad debía ser bastante importante.

            - Una nueva, doctor.

            - ¿Quién ha pedido más gente? -renegó el médico-. Menuda porquería de administración, nos piden que reduzcamos gastos y no dejan de contratar novatos inútiles.

            No esperó a escuchar respuesta de ninguno de los dos. Se marchó y no volvió la vista atrás.

            - No le hagas caso -le disculpó Francisco-. Es el médico interno, es el que lo lleva todo y no le gustan las novedades.

            - ¿Cómo se llama?

            - Es el doctor Fernández. Cuando te vea por aquí un par de veces y se fije que te preocupas por hacer bien las cosas, empezará a hablarte directamente. Mientras tanto te tratará como si fueras una molesta mosca revoloteando.

            Lara asintió y sonrió. Por suerte no tendría que soportar mucho tiempo a ese estúpido.

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Comentarios: 1
  • #1

    Tony (viernes, 23 septiembre 2011 17:24)

    No olvides comentar, puntualizar algún error o falta de ortografía o simplemente decir qué te parece la historia.

Animal es el que abandona a su mascota.

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