La última misión del ángel

5ª parte

 

            - ¿Por dónde íbamos? -siguió el chico, bastante jovial. Se notaba que no siempre le tocaba compartir turno o bien le complacía tener a alguien que supiera menos que él-. Ah, sí, esta es la señora Agustina Freire, sufrió un infarto en la madrugada de ayer. Tiene esa máquina de los pitidos para mantenernos alertas con su pulso. Si ves que baja de cuarenta o sube de ciento ochenta hay que llamar al médico. Pero no te preocupes, la máquina hará saltar la alarma si eso ocurre.

            - ¿Y son necesarios los pitidos?

            Francisco soltó una carcajada.

            - Si no hay pitidos el doctor Fernández creerá que no hacemos nada aquí.

            - Pero pueden despertar a los demás -explicó Lara.

            - Con las drogas que tienen encima no despertarían ni con un terremoto.

            Lara asintió, aunque se quedó con las ganas de decir que le molestaban a ella, y caminó hacia el de la izquierda, el que estaba junto a la puerta.

            - Ese tuvo un accidente de coche. Si consigue estabilizarse le tendrán que amputar la pierna y puede que un brazo. Qué pena, no tendrá ni treinta años.

            - Vaya, pobrecillo.

            - Imagínate, treinta años y sin pierna.

            - Bueno, mejor sin pierna que no contarlo –replicó ella.

            - No estoy tan seguro de eso… Tu vida cambia radicalmente, pero bueno.

            Siguieron con el que tenían en frente.

            - Aquí está nuestro veterano -explicó Francisco-. Es un jubilado que sufrió un infarto cerebral y le tenemos aquí con respiración asistida hasta que decidan dónde enviarlo. Esos papeleos son un jaleo terrible y podrían tenerlo aquí durante semanas. Ahora con la ley esa de que los familiares pueden desenchufarlo debería venir alguno y firmar el documento. Total, no va a despertar, tiene encefalograma plano.

            - ¿Pero no puede recuperarse? -preguntó ella.

            - Quizás si viene Jesucristo. Nunca se sabe -el chico soltó una carcajada.

            A su lado había una cama vacía y en la ventana había otra paciente de pelo blanco que tenía oxígeno puesto y dormía plácidamente.

            - Esta mujer tiene arritmias y no saben las causas. Si no se le pone oxígeno se asfixia y a veces la hemos subido a planta, pero está mejor aquí. Allí hasta que una enfermera se entera de que le duele el pecho puede pasar un cuarto de hora y sería fatal para ella.

            Se dieron la vuelta y se quedaron frente a Ángela.

            - Dios, viendo estas cosas dan ganas de que se apruebe la pena de muerte -renegó el chico-. Esta pobre chica no tiene culpa de haber estado en el lugar donde estaba. ¿Has escuchado la noticia?

            - Sí, se salvó de milagro.

            - Hijos de puta -insultó Francisco-. Había que reventarles a todos. Una chica tan mona, seguro que tiene un novio esperándola y no sabe dónde está. Tiene toda la espalda llena de quemaduras de segundo y tercer grado. Si no se le hacen injertos de piel, parecerá que tiene espalda de plástico, y eso si se recupera. La pierna izquierda está tan dañada que los médicos temen que se le gangrene. Si lo hace, tendrán que cortársela. No podemos verla, la tiene bastante sensible.

            - Dios, espero que no -rezó Lara, sinceramente conmovida. Al escuchar lo que tenía de boca de ese chico sintió escalofríos y deseo poder hacer algo por ella. Se sentía culpable por no haber detenido a aquel coche antes de disparara el misil.

            - No sé como se ha podido salvar de una explosión así. Debió protegerse en la posición fetal porque todas las quemaduras están por la parte posterior del cuerpo. Se me enciende la sangre, si tuviera delante a cualquiera de esos mal nacidos....  

            - Yo no creería todo lo que dicen en la televisión -replicó Lara-. No es que los defienda, es que se les ha acusado a ellos sin una sola prueba.

            - ¿Y quién más podría ser? -preguntó fastidiado-. Dios nos libre de que haya más terroristas en nuestro país. Los de Al’Qaeda no matarían a uno, irían a por un centro comercial. Si no ha sido ETA, ¿quién iba a ser?

            Lara se contuvo y no respondió porque en realidad no sabía quién había sido.

            En ese momento llamaron a la puerta y el vigilante, que estaba tras un biombo de tela, se levantó para abrir.

            - Policía, venimos a identificar a la víctima del ataque terrorista. Aquí están los papeles.

            - Adelante -dijo el vigilante sin mirarlos siquiera.

            Entraron tres personas, dos agentes de policía uniformados y una mujer de unos sesenta años. Lara no reconoció a ningún agente, debían ser de otro distrito, lo que le facilitó seguir pasando desapercibida.

            - ¿Dónde está la víctima? -le preguntó un policía.

            Ahí atrás, junto a la ventana.

            Lara se llevó la mano al bolsillo de la bata verde y cogió su pistola con silenciador, cortesía de la casa de Ángela. Pensó que no le importaría que la tomara prestada.

            La mujer se acercó lentamente a Ángela y se la quedó mirando unos segundos. Lara se situó entre ella y la cama, aferrando con firmeza su pistola. Sin embargo la mujer exhaló un profundo suspiro y se dio la vuelta.

            - No es mi hija. Tendré que seguir buscando.

            - No importa señora, le agradecemos el tiempo y las molestias por haberse desplazado hasta aquí.

            Volvieron a acompañarla fuera del recinto y volvieron a quedarse solos Francisco y ella. Se lo quedó mirando y éste se encogió de hombros.

            - Mientras no sea la prensa… No veas que jaleo se montó ayer cuando vinieron.          

            Lara no quiso hablar sobre eso, temía que se le escapara algo sin darse cuenta. Debía aparentar que no conocía de nada a Ángela.

            - ¡Dios! -exclamó Francisco, llevándose las manos a la cabeza.

            - ¿Qué pasa? -preguntó alarmada.

            - No he despertado al doctor Arzanegui.

 

 

           

            El doctor Fernández no volvió a aparecer por allí. La mañana se pasó sin más incidentes. Lara vio el cambio de turno a las doce y tuvo que poner al día a un enfermero primerizo que, evidentemente, sabía mucho más que ella. Con la excusa de que tenía que practicar, le dejó hacer todo a él. Se fue a comer sola a la sala de descanso y compró dos sándwiches de la máquina, no quería separarse de Ángela ni un momento. El nuevo enfermero parecía muy entusiasta con su trabajo. Si era un sicario, desde luego también era un excelente actor.

 

 

           

            Llegó la noche y no sucedió nada reseñable salvo que Lara empezó a estar agotada. Se le cerraban los ojos mientras observaba a los pacientes desde su puesto de guardia. El novato quiso reemplazarla innumerables ocasiones y ella le rechazó porque ese era su puesto. Hasta los médicos estaban impresionados con su perseverancia y le recomendaban que dejara de trabajar tan duro el primer día o no resistiría ese trabajo ni un mes. Ella pensaba que no lo resistiría ni tres días. Que no pasara nada todo aquel día le hizo suponer que si alguien la quería matar podía ir cuando quisiera, ¿a dónde iba a ir Ángela con esas quemaduras tan horribles? Tenía que estar allí al menos dos semanas. Y ella no podría resistir despierta dos semanas. Debía buscar un colaborador de fiar ante de que el sueño la venciera.

            Como no tenía a nadie más, le encomendó la misión de cuidarla al novato. Le dijo que si alguien entraba, antes de darle permiso la despertara. Eran las dos de la mañana cuando fue a descansar. Se puso la alarma del reloj a las cinco y se durmió apenas cerró los ojos.

           

 

            Fue como un ruido sordo, como el de un disparo con silenciador, el que la despertó a las cuatro de la mañana. Se alarmó y se levantó inmediatamente con la pistola en la mano. Abrió la puerta despacio y examinó el panorama. Vio el novato reclinado sobre la mesa y pensó que estaba muerto. Salió sigilosamente esperando encontrar a alguien acercándose a la cama de Ángela y vio que no había nadie.

            Tocó el cuerpo del chico, temiendo que estuviera muerto, y éste remoloneó y se asustó al sentir su contacto.

            - ¿Qué pasa? - preguntó, asustado.

            Lara guardó la pistola en el bolsillo de su bata y disimuló.

            - ¿Qué demonios haces dormido? - preguntó.

            - No he podido evitarlo, tengo un sueño...

            - Solo tienes que esperar a las cinco, luego vuelvo yo. ¿Qué has estado haciendo mientras yo hacía guardia?

            - Intenté dormir pero me puse a leer y no me entró sueño.

            - Joder, vete a dormir, anda. Ya me quedo yo.

            - No, ya estoy bien –replicó, avergonzado.

            - Vamos, no seas idiota, me has desvelado.

            El chico se levantó, visiblemente violento por haber sido pillado durmiendo y se marchó.

            Cuando Ángela volvió a ocupar la butaca de guardia se sintió más cansada que nunca. Pero al menos ya no tenía sueño.

 

 

 

            La noche pasó sin incidentes, ningún paciente tuvo problemas y Ángela había despertado más consciente que nunca. Se acercó a ella y ésta la increpó.

            - ¿Por qué sigues aquí? –preguntó-. Vete a por Beckett.

            - ¿Cómo quieres que vaya?, ¿sabes dónde vive?

            - Apunta -siseó. Le dio la dirección pero Lara no estaba convencida de nada. Si se marchaba la dejaría completamente sola.

            - No puedo dejarte -renegó Lara.

            - Si vinieran a rematarme, no tendrían problemas en acabar contigo también, no puedes con ellos tú sola. La única forma de detenerles es que Beckett testifique contra su jefe. Hay que pensar el modo en que se le pueda presionar.

            - ¿Tiene familia?

            - Tenía, él mismo me encargó que matara a su hijo.

            - No fastidies, y... ¿Lo hiciste?

            - Era peor que su padre, créeme, se lo tenía bien merecido.

            Lara frunció el ceño recordando, de golpe, con quién estaba tratando. Su amiga había matado a sangre fría al menos a tres personas, que ella supiera.

            - Si quieres que te ayude, tienes que ponerle en la diana de su jefe. Éste debe ir a por él, tiene que asustarse para que nos ayude a enchironarle.

            - ¿Cómo vamos a hacer eso?

            - No lo sé... Frank. Él tiene que estar detrás de mi bomba.

            - No puedo buscarlo, no sé ni dónde empezar a buscar. Por cierto, ¿quién es Frank?

            Ángela palpó el bolsillo de su chaqueta y sonrió.

            - Has cogido mi arma, bien hecho.

            Sin responder a la pregunta se la quitó y la escondió bajo su almohada.

            - ¿Qué haces?          

            - No voy a estar indefensa. Encontrarás a Frank intentando matar a Beckett. Me encargaron matarlo porque estaba acechándolo, bueno no me dijeron que sería así, pero estoy segura de que si aún estoy viva es porque Frank les preocupa más en este momento.

            - ¿Crees que él te hizo esto?

            - ¿Quién sino? –preguntó, malhumorada-. Beckett me encargó matarle y él se adelantó intentando acabar con los únicos que sabíamos cómo encontrarle.

            Lara comprendió cual sería su siguiente paso. Debía ir a ver a Beckett y tratar de convencerle de que el asesino estaba siendo enviado por su jefe porque había decidido que ya no le era útil por dejar tantos cabos sueltos. Debía buscar otra alianza con otro enemigo, aunque esta vez dudaba que pudiera conseguirlo. Estaba segura de que aunque murieran Beckett y Ángela, el político que les estaba manejando se buscaría otros sicarios. Otros de los que no tenía la menor pista. Más valía no perder los que ya tenía.

 

 

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Comentarios: 2
  • #1

    x-zero (lunes, 26 septiembre 2011 19:32)

    buena historia sigue asi!

    error en ''Pensó que no le importaría que laa tomara prestada.''

  • #2

    Antonio J. Fernández Del Campo (martes, 27 septiembre 2011 16:13)

    Voy a nombrarte editor del año.

    Gracias x-zero

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