La última misión del ángel

6ª parte

            Llegó a la puerta de aquella pequeña mansión a las once de la noche. Las calles estaban desiertas y la puerta exterior de la valla estaba abierta de par en par. Había varias cámaras de seguridad en el edificio, a tres metros tras un bonito jardín con rosales. Lara había estado ensayando el discurso pero ninguno le había convencido. ¿Cómo podría convencer al asesino que quiso pagar por matarla para que declarara contra el que pagaba sus facturas? No había modo posible, solo con una mentira. La cuestión era que si no funcionaba, podía darse por muerta.

            Se puso un chaleco antibalas bajo su blusa. Colocó su pistola de policía entre su espalda y el pantalón, escondida bajo la blusa blanca. No tenía elección, suspiró y se dirigió a la puerta con paso decidido.

            Llamó a la puerta y esperó un recibimiento hostil. Se llevó la mano derecha a la pistola y empuñó el arma con fuerza, sin sacarla de su sitio.

            La puerta se abrió al cabo de un minuto y apareció un señor con pelo blanco, alguien que debía ser alemán por sus aires estirados, su delgadez y su elevada estatura. Al verla frente a él frunció el ceño sorprendido y con arrogancia.

            - ¿Sí? -preguntó-. ¿Puedo ayudarla, señorita?

            - Me llamo Lara Emerich y sabe perfectamente quién soy -mostró su placa con la mano izquierda.

            - Tiene mucho valor viniendo por aquí -sonrió, complacido.

            - He venido a negociar -añadió, retadora.

            Miró a su alrededor y vio que dos hombres de negro habían salido de ambos lados de la casa y la habían rodeado. No llevaban armas en las manos pero mostraron sus sobaqueras amenazadoramente.

            - ¿Negociar? -preguntó James, aún sonriente-. Lo único por lo que pagaría sería por dejar de soportar su existencia.

            - ¿Acaso no valora su propia vida? -preguntó, segura de si misma.

            - Sé cuidarme solo.

            - No hay lugar donde pueda esconderse de él -le retó Lara.

            - ¿De quién?

            - De su superior. Ha fracasado, Beckett, lo ha hecho en repetidas ocasiones y es demasiado tarde para enmendar su error. Ángela y yo no somos las únicas que estamos al corriente de sus trapicheos, he puesto al corriente a todo el departamento de policía y les he convencido de que no caigan sobre usted como una manada de lobos. Así que, si de verdad quiere salir de esta bien parado, tendrá que negociar conmigo.

            Beckett dejó de sonreír.

            - Pase, no quiero que los vecinos sepan de nuestros negocios.

            Su sonrisa fue más forzada cuando la invitó a entrar.

            - No tiene pruebas contra mí -fue lo primero que dijo al entrar.

            - Tengo a la asesina que ha contratado. Su testimonio será vital para meterle en la cárcel más de veinte años -replicó ella.

            - No vivirá mucho tiempo.

            - Por su bien, espero que sobreviva -amenazó ella-. Hay un asesino suelto que le busca. Antes de ser reventado el bar Alberti, Ángela recibió el encargo de acabar con un asesino muy peligroso llamado Frank. Tengo mis sospechas de que fue usted quien le dio ese encargo, por lo que no puede ser que fueran sus hombres los que lanzaron el misil contra ella. ¿Me equivoco?

            - Ah, sí Frank -James parecía estar divirtiéndose-. Un hombre muy peligroso -añadió-. Además, es un fantasma. Le dieron por muerto hace unos años y no se ha vuelto a saber de él.

            - Al parecer ha vuelto y su jefe le ha contratado para matarle.

            - Yo solo tengo un jefe, señorita Emerich -alegó James, altivo-. Y es más poderoso cuanto más tardas en contarlo. No sé si me entiende.

            - ¿Y quién paga sus facturas?

            - No, no tiene ni idea del enjambre en que se está metiendo inspectora.

            - Odio a las avispas igual, sean una docena o doscientas -alegó ella.

            - Pero doscientas pueden matarla. Una docena no -añadió él.

            Lara caminó en círculo, nerviosa. Aún no sabía si estaban hablando de colaborar o simplemente la estaba asustando.

            - Dígame quién paga sus encargos -espetó ella, aburrida de tanta charla-, y le juro que no habrá acusaciones contra usted como testigo protegido...

            - Cómo testigo muerto, querrá decir -interrumpió, sonriente-. Eso me suena.

            Lara quiso golpearle ya que estaba admitiendo veladamente que él ordenó la muerte del contable.

            - Solo dígame que declarará contra él. Recibirá la notificación del juicio en su casa y acudirá. Usted tiene recursos para defenderse, no es un simple contable.

            - ¿Declarar contra quién? Nunca he visto a ese tipo, ni siquiera sé su nombre. Aunque me sorprende que esté tan segura de que hay alguien encima de mí.

            Lara dio una patada a la mesa del salón tirando al suelo todos los ceniceros.

            - Maldita sea Beckett -rugió-, le estoy ofreciendo una salida y puede estar seguro de que no me gusta negociar con asesinos.

            - ¿De quién sospecha? -preguntó él, más sumiso.

            - El ministro Casanueva. Solo dígame que es así y...

            - ¿Qué? -James soltó una carcajada-. Está más perdida que un perro en una autopista.

            Lara se quedó sin argumentos. ¿Cómo podía negar que fuera él? Todo lo que había hecho apuntaba directamente a ese hombre.

            - Lo siento, inspectora, jamás he tenido trato con ese hombre. Ni directa, ni indirectamente. Está buscando al tipo equivocado.

            - ¿Entonces quién es? ¿Por qué pagó para matar a un testigo primordial de ese político?

            - Hemos hablado suficiente. No puede...

            - Puedo meterle en la cárcel veinte años. Deme un nombre o pagará usted por todo lo que ha hecho.

            Beckett dejó de sonreír de nuevo.

            - Es la persona con más valor y coraje que he conocido -alabó James, sinceramente impresionado-. No tiene a nadie enterado de sus planes, no soy estúpido. No puede estar segura de que Ángela seguirá con vida cuando vuelva a visitarla y aún así ha tenido los redaños necesarios para venir y enfrentarse a mí sabiendo que la policía no la respalda en absoluto. Está vendida, está sola y aún así cree que puede intimidarme.

            Aquella afirmación dejó desarmada a Lara. ¿Estaba enterado de todo? Claro, el comisario estaba implicado, seguro que le había contado su plan de proteger a Ángela.

            - En este momento su amiga estará muerta -James volvió a sonreír-. Y yo sigo siendo un ciudadano modelo. Podría testificar usted contra mí, cierto, pero para ello tendría que salir de esta casa con vida.

            Lara sacó su pistola y le apuntó a la cara sin dudar un instante.

            - ¿Y quién me lo va a impedir? -amenazó.

            James sonrió como si esperara esa reacción por su parte y hasta se permitió el lujo de darse la vuelta.

            - Le voy a exponer la situación tal y como yo la veo. Es muy valiente pero debería estar muerta, Ángela fue muy útil, pero debería estar muerta. En este momento lo único que impide que cobre por un trabajo bien hecho es que corrija ambos errores y tengo a ambas a tiro. Solo tengo que dar una orden y se acabó el problema.

            Miró hacia arriba, sobre las escaleras y Lara se dio cuenta de que un tipo la apuntaba con un rifle de precisión a la cabeza. La impresión de sentirse amenazada la hizo flaquear.

            - Dice que la policía sabe todo sobre mí, pero confío en nuestro buen amigo comisario y sé que pondrá freno a todo rumor o sospecha que me incomode. Dice que un tal Frank intentó acabar con la vida de su amiga pero lo que no sabe es que ese tal Frank murió hace años. Solo fue un pretexto para que Ángela siguiera ahí sentada mientras mis hombres hacían volar el local. Una lástima que tuvieran que matar a Luis, era un hombre de fiar. Que ella sobreviviera es un contratiempo, esa mujer tiene más vidas que un gato -se lamentó.

            Lara tragó saliva, había metido la pata hasta el fondo. Frank no existía, nunca había existido y por tanto estaba absolutamente sola en eso.

            - Si ese tipo de ahí arriba se mueve, morirá -pronosticó Lara.

            - Baje el arma, señorita Emerich y todo será más sencillo. Su farol ha sido un fracaso. Aunque reconozco que hay que tener valor para venir a mi casa y soltar todas esas teorías a ver si, por un casual, son ciertas. Es una pena que no haya acertado en nada.

            - ¿Nada? - preguntó, confusa -. ¿Ni siquiera el nombre del ministro?

            - Si supiera quién me paga las facturas, tuviera alguna prueba o la menor pista sobre esa persona -alegó-. Estaría muerto yo y todos los que compartieran ese secreto.

            Lara se quedó blanca, no tenía más argumentos y su única baza era mantener esa pistola apuntando a su cabeza. Aunque lo único a lo que podía aspirar ahora era al empate técnico. No podría salir con vida, lo máximo que podía conseguir ahora era morir matando a ese desalmado.

            - Baje el arma, señorita Emerich -ordenó James, con confianza.

            - Moriré si lo hago -rechazó ella-. Solo hay dos formas de que acabe esto, que muramos los dos o que su hombre deje el rifle en el suelo hasta que yo me vaya.

            - No es muy buena estratega -replicó el señor Beckett, sonriendo-. Si lo fuera sabría que la otra opción es que mi hombre le reviente la cabeza antes de que pueda pensar en matarme. He visto lo que hacen esas balas huecas y es asqueroso. Para usted sería como un pestañeo y el fin de su lamentable existencia, pero nosotros veríamos reventar su cráneo como una sandía. Si no está muerta es porque aún no lo he ordenado, debe admitir que la ventaja es toda mía.

            Lara se sintió como si pisara una trampa que podía abrirse en cualquier momento. Beckett tenía razón, pero no tenía sentido que no hubiera dado la orden de matarla, a menos que estuviera jugando con ella o temiera que su hombre no fuera tan rápido como para disparar antes que ella.

            - Vamos, Beckett, yo también pude matarte hace rato -le tuteó, tratando de aparentar calma.

            El hombre suspiró y la miró retador.

            - Hágalo -susurró-. Y morirá.

            - Moriremos los dos -amenazó ella.

            Beckett suspiró profundamente y negó con la cabeza.

            - Es usted policía, no disparará a un hombre desarmado.

            - Diga a su hombre que tire el arma -insistió ella.

            - Estas situaciones son como en las películas. Después de un tenso momento de indecisión comienzan los tiros y al final los protagonistas se pelean a puñetazo limpio cuando todos los extras mueren de forma muy teatral y a todo el mundo se le acaban las balas -parloteó James.

            - Como si el guionista no tuviera valor de escribir la línea en la que tiene que escribir que muere un personaje importante.

            - En cierto modo es lógico -continuó James-. Nadie gana si se inicia el tiroteo.

            - Se equivoca, yo gano. Hace unas horas no pensé que tendría a tiro al hijo de la gran... -se cortó, no quería parecer enojada-... No tendría a tiro al que pagó por matarme. Ahora puedo acabar con todo y me vengaré justo antes...

            - ¡Dispara! -gritó Beckett, aprovechando la distracción para saltar como un gato tras su sofá.

            Lara reaccionó a tiempo y dio una voltereta en el suelo hacia la chimenea, que sobresalía en el salón lo justo para esconderse del francotirador. El estallido fue ensordecedor, la bala hizo saltar el azulejo del suelo. Lara había esquivado la muerte por muy poco, pero también había perdido la oportunidad de acabar con ese necio.

            - Beckett, dígame un nombre y me marcharé sin más -ofreció, apoyada en la chimenea-. Hasta podría conseguirle protección de la policía.

            - ¿Cómo puede seguir viva? Sergei, por el amor de Dios, mata a esa zorra.

            Obedeciendo su orden, disparó contra la chimenea pero al ser balas huecas, rompió un trozo de ladrillo sin atravesar el grueso muro.

            Se abrió la puerta de la calle, que estaba justo frente a la posición de Lara y entraron dos hombres con fusiles de repetición. Lara no esperaba eso y el primero se le escapó, pero al segundo le alcanzó en la pierna con su pistola. Se sentía indefensa con ese chisme que no hacía apenas ruido.

            - James, te doy un minuto para pensarlo -profirió, mucho más segura de lo que realmente estaba-. Dame un nombre o tendré que matarte.

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Comentarios: 5
  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (miércoles, 28 septiembre 2011 16:47)

    La cosa se complica, ¿cómo terminará?

    No dudes en aportar tus críticas o decir si has visto algún fallo.

  • #2

    yenny (miércoles, 28 septiembre 2011 17:42)

    Siempre te quedas en la mejor parte esta muy buena la historia ya quiero saber el desenlace, aunque me imagino algo estare impaciente esperando la proxima parte.

  • #3

    laura (miércoles, 28 septiembre 2011 18:17)

    no tardes mucho en subir la continuacion

  • #4

    x-zero (miércoles, 28 septiembre 2011 20:02)

    buena historiua, hablando de errores, creo que te equivocaste en '' - ¿Quién cree es? -preguntó él, más sumiso.
    '' o bueno, al menos cuando llegue a esa parte me confundi con lo que dijo, no creo que sea asi o.O

    y por cierto muy buena la historia esperando continuacion

  • #5

    Antonio J. Fernández Del Campo (miércoles, 28 septiembre 2011 20:55)

    ¿Quien cree que es? Se refiere a qué persona cree Lara que es el personaje que le paga.

    Podía preguntarlo de otra manera "¿De quién sospecha?"... Sí, puede que lo cambie, no queda tan forzado.

Animal es el que abandona a su mascota.

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