La bruja de Glasgow

Jueves, 2 de noviembre de 1600

                Catedral de Glasgow, misa vespertina oficiada por el sacerdote Armand Jones.

                El cura estaba subido en lo alto del púlpito y los pocos que asistían a la catedral entre semana le miraban con cara de aburrimiento y sin el menor entusiasmo por su próxima homilía. Las misas oficiadas en latín atraían únicamente a las personas frustradas en la vida o bien a los más mayores. Ningún joven acudía y si por accidente aparecía alguno, al empezar la misa y escuchar las cantinelas en latín, no tardaba en abandonar el recinto.

                Sin embargo había una joven realmente hermosa en la primera fila de la hilera de bancos. Nunca se sentaba nadie allí a menos que fuera domingo y esa mujer destacaba no solo por su belleza sino por su abultado abdomen que evidenciaba su embarazo avanzado. Probablemente fue esa la razón por la que Armand se quedara callado más tiempo de lo habitual. Aunque solo fue cuando la miró a los ojos que se interrumpió justo antes de comenzar.

                Esa pausa repentina despertó a algunos de los feligreses y éstos comenzaron a rumorear entre ellos. Por ese motivo el sacerdote volvió a arrancar aunque con evidente nerviosismo.

                — Hoy hemos leído el evangelio de San Juan — dijo —. En él se nos predica que el hijo de Dios no es solo un hombre sino que también es el fruto del Altísimo, un espíritu puro que existía desde mucho antes que Dios creara el mundo. Aprendemos de esto que el hombre solo es polvo y ceniza y que no podemos vanagloriarnos de lo que no somos. Las riquezas son pasajeras, la felicidad y la desgracia son solo páginas de un libro quebradizo y como tales, no tienen la menor importancia. Sin embargo Dios lo ve todo y nos perdona cuando sabe que cometemos pecados, si es que nos arrepentimos de ellos.

                La mujer tenía una mirada seductora y sus vestiduras delataban que su modo de vida era el más sucio y pecaminoso que existía. Sin embargo no era extraño encontrar prostitutas en la catedral. Muchas de ellas comían de su trabajo por las noches y por el día acudían a la iglesia para limpiar sus almas. Sin embargo la mirada de esa mujer no era de arrepentimiento sino de acusación y Armand no soportó la presión de su mirada.

                — La vida es… — balbuceó, nervioso — el lugar donde aprendemos de nuestros errores. La misericordia de Dios en infinita.

                Dicho eso se retiró del púlpito y juntó las manos para dirigirse al altar dando la espalda a sus fieles y continuar la eucaristía. Los asistentes se pusieron en pie, como era habitual, y siguieron los rituales con ceremonioso silencio.

                Cuando llegó la hora de la comunión hicieron fila de a uno para tomarla. Una sola persona de los asistentes no acudió a comulgar. Armand se sintió aliviado por ello, la mujer se había quedado sentada en su lugar, sin dejar de mirarle intensamente.

                Finalizada la misa, Armand abandonó la iglesia y se quitó el alba y la estola, dejándolas en su viejo armario de madera. Colocó el cáliz y la copa del vino en su repisa y respiró hondo. Ese no era un día para dejarse llevar por la espiritualidad. Había una mujer a la que conocía muy bien esperándole fuera, en la primera fila y no se marcharía. No lo haría porque estaba embarazada y sabía que ese niño era suyo.

                Hacía más de cinco años que la vio por primera vez de la misma forma, en una misa, pero en aquella ocasión él se quedó prendado de ella por su singular belleza gitana. Su pelo oscuro y negro contrastaba con su pálida piel, más blanca que el alba que vestía. Del mismo modo que ese día, era la única persona que había ocupado la primera fila. En aquella ocasión su mirada era de arrepentimiento y le esperó para que, finalizada la misa, le concediera la confesión. Fue la primera vez que lo hizo, pero desde ese día las visitas de Elizabeth eran continuas. Acudía cada vez que vendía su cuerpo para ganarse la vida. Y su arrepentimiento sincero la hacía confesar sus pecados de forma detallada y funesta para pureza de su propio espíritu. Por un lado no soportaba que nadie tocara a esa mujer a la que amaba desde el primer día que la vio, por otro lado su mente atroz, instrumento del diablo, le obligaba a imaginar todas las escenas siendo él quien gozaba de ella.

                Por esa razón o quizás por su propia debilidad o simplemente porque no podía soportar saber que nunca podría casarse por haber hecho votos a la iglesia, un día, hacía unos cuatro años, él no la quiso dar la confesión y cuando ella le insistió él la besó con tanto ardor que no pudo contenerse. Copularon en la sacristía cuando no quedaba nadie en la iglesia y después, compungido y arrepentido, cogió dinero del cepillo y le pagó por sus servicios. Ella se negó a aceptarlos pero él le dijo que no quería que eso se repitiera más y no podía regresar.

                Obediente ella dejó de asistir y le produjo gran dolor a Armand. Tanto que a las dos semanas salió en su busca a las calles donde trabajan las prostitutas y preguntó por ella. No le costó demasiado encontrarla, todas se conocían.

                Así fue como mantuvieron una prohibida relación de amor en la que él tenía que mantener el secreto y ella, por deseo expreso de él, le consideraba cliente habitual exclusivo. Elizabeth le amaba, y se lo había repetido continuamente el último año. Le suplicó en muchas ocasiones que colgara los hábitos, que se fuera a vivir con ella. Pero él se negaba porque sin el manto de la Iglesia le esperaba el hambre y el dolor. Mientras pudiera pagarla, ella tendría su dinero para sobrevivir.

                Eso fue hasta que un día descubrió que estaba embarazada y Armand se negó a darle un apellido al niño. Se preguntó por qué Dios les castigaba con ese crío y, dado que ella no aceptó su rechazo, él rompió definitivamente la relación obligándola a que volviera a prostituirse estando embarazada.

                Por esa razón acudió. No podía tener clientes, preñada como estaba, a punto de dar a luz y el hambre la había hecho acudir a él. Solo buscaba eso, dinero, y si lo quería se lo daría. No podía permitir que nadie se enterara de que ese era hijo suyo y aunque verla le aceleraba el corazón y podía decirse que la amaba, no estaba dispuesto a abandonar su buena vida por un niño no deseado.

                Cogió varias monedas del cepillo y salió de la sacristía. Allí estaba ella, esperando impaciente su llegada.

                — Toma esto y vete. Vuelve cuando necesites más — le dijo él, nervioso.

                — No quiero dinero, mi hijo necesita es un padre.

                — Puedes confesarte cuando quieras.

                — Sabes que no me refiero a eso — replicó ella —. Tengo dolores, Armand, el niño está a punto de venir. No puedo hacer esto yo sola.

                — Te ayudaré, ven a verme cuando necesites dinero, pero no me comprometas, tengo una reputación que mantener.

                Ella comenzó a llorar.

                — ¡No quiero tu cochino dinero robado de la iglesia! — Gritó.

                — Cállate, por el amor de Dios —exigió él, poseído por la cólera y frenando su mano para no abofetearla.

                — ¡No me hables de amor!

                — Vas a conseguir que te oigan los de fuera — susurró él, rogando con las manos.

                — Si no vienes conmigo ahora, te juro que dejaré el niño cuando nazca y me iré tan lejos que nunca me encontrarás.

                — Estas delirando, debe ser el dolor.

                — No, lo llevo planeando mucho tiempo. Te amo y sé que tú también, aunque eres un cobarde. No puedes asumir que Dios no te ha escogido y solo estás ahí por dinero y egoísmo. Claro, porque yo te daba lo que querías, eras feliz. Como eres sacerdote no necesitas confesarte con otro, ¿verdad?

                — No digas sandeces, claro que necesito…

                — ¿Cuántas más te tirabas? — preguntó ella histérica.

                — ¡Nunca! — exclamó él, ofendido —, No hubo otra — susurró.

                — Entonces ven conmigo — suplicó ella, llorando.

                — Espero que tengas suficiente con eso — la desoyó, dejando caer en su mano las monedas del cepillo.

                Elizabeth cogió ese dinero y se lo arrojó a la cara.

                — Te odio, no esperes que vuelva nunca.

                El dolor que le causaron los discos de metal no fue nada comparado con el de las últimas palabras de la mujer que, aprovechando su sorpresa, salió de la iglesia malhumorada. Cuando se recuperó del aturdimiento, Armand la vio salir de la catedral y quiso correr tras ella. Sin embargo sabía que si lo hacía tendría que dejarlo todo y quizás ya era demasiado tarde y no se sintió con fuerzas de hacerlo. Solo consiguió pronunciar su nombre penosamente y apenas sin aliento.

                — Elizabeth Ann Selwyn… por favor, vuelve.

 

                La mujer dio a luz ese mismo día y al siguiente Armand se encontró en el altar de la catedral a una niña recién nacida con una simple nota escrita con la sangre del parto.

                "Pídele a Dios que cuide de tu hija si tú no puedes".

                No venía firmada. Armand supo que nunca volvería a ver a Elizabeth y que sería un problema tener que cuidar a esa niña, que por cierto, guardaba gran parecido con su madre. Por ello la llamó igual. La bautizó en ese mismo momento con el nombre de Elizabeth Selwyn Jones.

                — Conseguiste lo que buscabas — dijo él —. Ahora ya tiene padre.

                Cuatro años después Armand se las había ingeniado para que sus hermanas cuidaran de su hija. Él trataba de verla lo menos posible porque le recordaba en exceso a su madre y por esa razón la niña no le quería demasiado aun sabiendo que era su padre y vivía bajo su protección. Cada vez que se acercaba a ella, él trataba de hablarle de ángeles, de Jesucristo y la hablaba como una más de la congregación. En realidad él no tenía ninguna práctica en cuidar niños y llevaba demasiado tiempo tratando a la gente como feligreses.

                Quizás por esa razón un día de diciembre de 1604, Lizy, como él la llamaba, comenzó a hablarle a él de ángeles. Le dijo que por las noches un ángel de alas negras acudía a su cama y la miraba desde la penumbra. Él quiso corregirla afirmando que los ángeles tenían alas blancas e irradiaban luz, que solo tenía que ver los murales de la catedral. Pero ella le contradecía y le decía que el suyo era oscuro, no tenía luz y le daba miedo.

                Durante años la niña fue creciendo y confesándole cosas espantosas. En cuanto aprendió a leer se pasó los días devorando los libros de la biblioteca de la catedral, muchos de ellos religiosos, de medicina y alguno de ficción. Con doce años afirmó que el ángel de alas negras había tomado su cuerpo y la violó. Debido a que no tenía marca alguna en su piel, Armand la tomó como otra de sus fantasías rebeldes fruto de sus contínuas lecturas. Estaba convencido de que lo hacía para llamar su atención y que estuviera más tiempo con ella.

                Sin embargo con el paso de los días la niña comenzó a afirmar que los súcubos le decían que el ángel de alas negras era el Diablo y que tendría un hijo de él.

                — Te lo juro — decía Lizy —, era un hombre fuerte con alas enormes de murciélago. Tenía patas de cabra y su pene era frío como el granizo, me hizo daño y sentí que me quemaba las entrañas con su semen.

                Armand nunca la creyó, a pesar de que todas las noches la escuchaba gritar en su cuarto. Un día acudió a ver qué ocurría y vio lo que se temía. La niña imaginaba todas esas cosas porque gritaba y gemía estando sola en su cuarto entre pesadillas y sueños.

                Cuando cumplía los trece años, Armand decidió darle una sorpresa y le compró un vestido para celebrar su temprana edad. Se consideraba que las niñas pasaban a ser mujeres en cuanto tenían su primera menstruación. Se había convertido en una preciosa mujercita de ojos verdes y pelo negro que pronto encontraría marido. Por ello pensó que lo mejor sería vestirla como una mujer. Cuando llegó a su habitación con el regalo en la mano se encontró con sus hermanas, las que la habían criado, reunidas en su puerta. Le esperaban a él.

                — ¿Dónde está Elizabeth?

                — No puedo creerlo — decía una de ellas —. Pensaba que era mentira lo de los rumores pero es cierto, eres un pervertido.

                — ¿Qué? — Dijo, incrédulo de lo que acababa de oír.

                — Has dejado preñada a tu hija y encima le traes un vestido — dijo otra.

                — Qué descaro — la tercera.

                — ¿Preñada? — Armand no podía creer lo que oía.

                — No te hagas el inocente, primero a la ramera, ahora a tu hija — le dijo la que parecía más enojada —. Tiene ya dos meses de faltas.

                — No puede ser, nadie la ha tocado… ¿Pensáis que he sido yo?… Es… Es imposible, yo no he hecho nada… Oh, cielos, ella dijo que el ángel de alas negras la violó… No puede ser cierto… — su respiración era cada vez más agitada. Armand se sentía muy mal, el corazón se le estaba parando y cayó desmayado al suelo.

 

                Aquella noche Lizy quedó huérfana ya que murió de un infarto.

                El niño que vino al mundo tuvo los cuidados de las tías que cuidaron a Elizabeth durante años y le pusieron por nombre Jonathan. Cuando ellas se hicieron mayores, ambos vivieron con sus primas. Los criaron dos años hasta que Lizy se hizo lo suficientemente mayor para poder valerse por sí misma.

                Había aprendido a hacer filtros de amor y dado que se ganó la fama de bruja por los rumores de que su hijo era fruto del Diablo, la gente acudía a ella para pedirle ayuda en cosas que nadie más estaba dispuesto a ayudarles. Las mujeres jóvenes que no deseaban tener hijos acudían a ella para resolver sus deslices y también las que buscaban un marido desesperadamente.

                Fabricando filtros abortivos y amorosos consiguió ganarse la vida. Incluso los nobles acudían a ella pues sus pociones eran efectivas. Conseguía fabricarlas con hierbas aromatizadas y había leído cómo hacer los filtros, pero las malas lenguas decían que después de fabricarlas invocaba a su amante oscuro para que encantara las pociones con su magia negra.

                Todo le iba muy bien hasta que una duquesa descubrió que una criada a la que tenía en gran estima había acudido a ella para realizarle un aborto y le causó la muerte. La denunció a la iglesia y la acusó de bruja, de inmediato se dio orden de busca y captura.

                Sus primas se enteraron a tiempo y la avisaron para que huyera. Le dijeron que no se preocupara por Jonathan porque ellas le criarían como si fuera suyo. Lizy huyó a Francia clandestinamente despidiéndose de su hijo con lágrimas en los ojos.

                Apenas llegó se buscó un esposo y acabó con un jornalero alcohólico. Era buena persona porque se pasaba el día en el campo y cuando llegaba por las noches entraba siempre a la taberna de al lado, agotando las reservas de vino del establecimiento. Casi todos los días llegaba tan borracho a casa que se iba directo a la cama. Sin embargo algún día no lo hacía y en esas ocasiones tuvieron sexo. Ella al principio le toleraba pero ni siquiera le había dado a conocer su verdadero nombre, estaba preparada para huir de allí en cuanto alguien alegara reconocerla. Sin embargo en aquella época, era raro que un escocés pasara por allí. Por desgracia para ella su huída había sido la comidilla de todo el país, se hizo famosa como la Bruja de Glasgow y no había nadie en todas las islas británicas que no supieran la historia del hijo del diablo, Elizabeth Selwyn Jones.

                Cuando empezaba a estar segura de que estaba a salvo, supo que quedó encinta de nuevo. Llevaba mucho tiempo descuidándose y al final pasó lo peor. No podía darle un hijo a ese borracho al que ya empezaba a odiar. Así que ella misma se preparó un filtro abortivo y se lo bebió. Sintió que su cuerpo expulsaba al bebé con un dolor indescriptible, creyó que moriría pero finalmente sobrevivió.

                Meses después volvió a confiarse y quedó preñada. Decidió que tenía acabar con esa relación absurda y después de volver a abortar le abandonó. Sus pasos la llevaron a Poitiers y allí, aprovechando que era una región con fuertes supersticiones, se volvió a ganar la vida como mejor sabía, ejerció de bruja. O se hacía prostituta o moría en la calle, la brujería era lo único que sabía hacer. Ella podía vivir ayudando a los que más desesperados estaban, se le daba bien y le gustaba hacerlo.

                Reunió bastante dinero como para volver a Inglaterra. No sabía nada de su hijo desde hacía años y necesitaba saber cómo estaba. Cuando llegó a la casa de sus primas le dijeron que toda la familia había emigrado a América, Jonathan incluido. Esto supuso un duro golpe para ella, que había agotado casi todo su dinero en el viaje. No teniendo a dónde ir, volvió a Glasgow, Escocia. La iglesia recibió aviso de su regreso y la detuvieron.

                El día 7 de diciembre de 1653 fue quemada la madre del "hijo del diablo".

 

                La ironía del destino quiso que Jonathan terminara siendo sacerdote en la orden de los franciscanos, California.

 

                Basada en hechos reales.

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Comentarios: 2
  • #1

    carla (martes, 05 julio 2011 21:23)

    Me gusto que fuera basada en un hecho real. Estuvo buena.

  • #2

    Juicer Reviews (viernes, 03 mayo 2013 06:54)

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Animal es el que abandona a su mascota.

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