La chica de las sombras

5ª parte

            Metió a Thai en un trasportín y buscó todo el dinero que pudo encontrar en efectivo, pero no había demasiado. Cuando lo contó no llegaba ni a los sesenta euros. Con eso casi no tenía ni para ir al aeropuerto. Pensó que lo había estropeado todo y que nunca podría viajar a Londres si la policía la buscaba. Revolvió toda la casa, tiró los cuadros al suelo, cogió las joyas que encontró, que parecían valiosas aunque, como no entendía, se llevó el joyero completo para ir después a un comprador de oro. Se puso unas gafas de sol que le cubrían media cara, cogió ropa para viajar y se llevó una maleta donde metió las joyas y más ropa que le pudiera valer.

            Cuando salió cerró la puerta con un portazo y al ver que una vecina pasaba por allí se despidió como si alguien, dentro, la escuchara.

            - Adiós Alicia, volveré pronto - intentó utilizar un tono lo más normal posible.

            Al cruzarse con la vecina le dedicó una cordial sonrisa y se alejó de allí, directa al metro.

           

            Cuando llegó al centro consiguió trescientos euros por todas las joyas, incluido el joyero. Aunque sabía que la estaban estafando, aceptó el trato, quizás fuera suficiente para viajar.

            Con el dinero en el bolsillo y con Thai en el trasportín, aparentemente dormida, pasó junto a la puerta de una iglesia. Se detuvo y vio que había salido una mujer mayor, lo que significaba que estaba abierta y podían estar confesando. Suspiró y se metió dentro con la leve esperanza de que recibiera un consejo sabio de un hombre de Dios. Ya que estaba sola contra fuerzas invisibles, quería pensar que otra fuerza podía ponerse de su lado.

            Al entrar se mojó las yemas de los dedos en la pila de agua de la entrada y se santiguó. Hacía más de cinco años que no pisaba una iglesia.

            Caminó por el pasillo lateral buscando los confesionarios y al encontrarlos al fondo, casi al lado del altar, se sentó donde habían dos señoras y un señor, en fila para confesarse. Tenía todo el tiempo del mundo. Llevaba meses sin bañarse de modo que se sentó lejos. No quería llamar la atención, seguramente apestaba.

            Mientras estuvo sentada miró hacia arriba, vio la cruz con una talla muy realista de un hombre clavado. Se preguntó si merecía la pena hablar a un trozo de madera y finalmente llegó a la conclusión de que no, si Dios existía no era eso. Cerró los ojos y le pidió fuerzas. Volvió a mirar al altar y vio, al lado, una estatua de la Virgen María con cara de buena. Y al otro lado había un santo que no sabía quién era.

            Se preguntó qué le diría al sacerdote, no sabría por donde empezar pero estaba obligado a guardarle el secreto. Aún así no era prudente contarle todo.

            Thai empezó a emitir gruñidos, recordándole que estaba incómoda allí dentro. Sacó una chuchería del bolsillo y se la dio por un agujerito, lo que consiguió calmar a la perrita.

            Al fin llegó su turno.

            Se levantó y se sentó en el taburete que estaba junto al sacerdote. Se puso a Thai sobre las rodillas y suspiró. Había llegado la hora.

            - Hace muchos años que no me confieso.

            - Señorita, no se permiten perros en la iglesia - replicó el sacerdote, arisco.

            - Es solo un momento, padre - se excusó.

            - Está bien, pero no vuelvas a traerlo otra vez - advirtió el hombre.

            - ¿Cómo se hacía esto? - replicó ella, conteniendo su enojo.

            - Tienes que decir "Ave María purísima".

            - Ave María purísima - obedeció.

            - Sin pecado concebido. Dime hija mía, qué te ha traído al sacramento de la penitencia.

            - Pues creo que he pecado - dijo -. Pero no lo recuerdo, es que he tenido que haber hecho algo malo porque no había nadie más y tuve que ser yo, pero no recuerdo nada. ¿Cree que soy culpable así?

            - A veces ocurre, hija, que cuando se abusa de la droga o el alcohol uno olvida lo que hace, pero sigue siendo culpable de todo. Nadie nos obliga a beber o drogarnos.

            - Entonces soy inocente porque ni me drogo ni bebo.

            Isabel tuvo que contenerse para no insultarle. ¿Qué sabía él lo que había pasado?

            - No funciona así -siguió con su tono de suficiencia-, que no recordemos el pecado no nos exculpa.

            - Oh, vaya... ¿Entonces soy responsable de lo que hago aunque no lo recuerde?

            - Exacto, pero si pides perdón, Dios es misericordioso y lo perdona todo.

            Isabel sonrió, eso lo simplificaba todo.

            - Pido perdón - dijo, emocionada.

            - No, no, no, tienes que decir el pecado, sino no puedo perdonarte.

            - ¿Qué? - replicó ella, enfadada -. No pienso contárselo.

            - No tienes que dar detalles, solo dime en qué mandamiento has faltado.

            - No los recuerdo, padre.

            - ¿Ha sido algo relacionado con la pureza?

            - No, nada sexual.

            - ¿Has agredido a alguien? - continuó el sacerdote, con paciencia fingida.

            - Eso,  eso, justo eso. Pido perdón por agredir a alguien.

            - ¿A cuántas personas? - preguntó el sacerdote.

            - Eso no le incumbe, ya he confesado el pecado.

            - Está bien, está bien -se dio por vencido-, arrepiéntete de corazón y en nombre de Dios Todopoderoso, que gobierna los cielos y la tierra y que me ha concedido el poder de su misericordia, te perdono en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

            - Gracias, padre - respondió, alegre por su absolución.

            - Acuérdate de no volver a traer el perro - replicó el sacerdote, volviendo a su tono cortante inicial.

            - Está bien, está bien, no pienso volver nunca, no se preocupe.

            El sacerdote negó con la cabeza y la ignoró mientras se iba.

           

 

 

            Fue a una agencia de viajes y preguntó si podía buscarle un vuelo a Londres por menos de trescientos euros lo más pronto posible. Le encontraron una buena oferta por doscientos, pero le dijeron que Thai tenía que pagar ciento cincuenta euros, siempre que pesara menos de ocho kilos. Se quedó tan sorprendida que dijo que no la llevaría.

            Mentía, claro, la llevaría igual, pero como bolsa de mano. Si alguien le preguntaba en el avión diría que no sabía que tenía que pagar por ella, ya que iba sobre sus rodillas.

            El vuelo sería al día siguiente. Se había buscado una habitación en un hostal barato que le cobraba diez euros la noche y no les importaba que tuviera una perrita. Dio de comer a Thai parte de su comida que compró en un Kebub, se duchó y tenía toda una tarde sin nada que hacer.

            Decidió ir a un locutorio de Internet, dejando a Thai en su habitación. La sacó del trasportín y la dejó que hiciera lo que quisiera. Seguramente se tumbaría en la cama y dormiría hasta que regresara. Ya no la gruñía si se acercaba, pero no le movía la cola demostrando felicidad, cuando lo hacía.

            Lo primero que buscó el Internet fue la causa de la pérdida de memoria. Casi todas las páginas apuntaba al consumo de drogas, alcohol o bien un golpe muy fuerte. Si no era nada de eso, lo achacaban a demencia senil y si se presentaba en personas tan jóvenes como ella solo podía deberse a un trauma psicológico y emocional. Eso encajaba, su propia madre quería matarla y había visto morir a su padre.

            Buscó soluciones y todas pasaban por ir al psiquiatra y dar sesiones para ejercitar intensamente la memoria. Eso no le valía, una sola sesión acabaría con todo el dinero que le quedaba.

            Luego decidió buscar otros métodos, más baratos, para evitar estos olvidos puntuales de su vida. Encontró una página donde una persona aseguraba que repitiendo un mantra antes de dormir, recordaría sus sueños. Solo debía pronunciar en su mente las palabras:

            RraaaaaaaOOOOOOmmmmmmShShSh!!!

            GaaaaaaaaOOOOOmmmmmmShShSh !!!

            Parecía una tontería pero repitió mentalmente las palabras hasta que se aseguró de que podía recordarlas. No costaba nada intentarlo.

            Cuando pagó en el locutorio para volver a su hostal, creyó ver una sombra por el rabillo del ojo. Se dio la vuelta y no vio a nadie. Se preguntó si era imaginación suya o si realmente había visto algo.

            ¿Cuántos años tenía su tía antes de morir? ¿Y por qué costaba tanto llevar un perro dentro de un avión?

            Algo iba mal, como cuando Thai comenzó a gruñirla, asustada. Su mente perdía coherencia y supo que estaba a punto de volver a pasarle. Apretó los puños y repitió el mantra una y otra vez, tal y como decían en Internet. Imaginar el sonido relajaba su mente pero no mitigaba la sensación de que estaba a punto de desmayarse.

            Sus ojos quedaron ciegos y sintió que le temblaban las piernas. Estaba a punto de caer al suelo así que se sujetó a la pared y cerró los ojos apoyando su espalda contra el muro del edificio. Siguió respirando pausadamente sin dejar de repetir en su interior el mantra hindú para recordar sueños.

            Poco a poco recuperó la vista, su corazón dejó de latir fuerte y sus piernas dejaron de temblar.  Se le estaba pasando, o eso parecía. Por si acaso siguió repitiendo el mantra hasta que se sintiera bien del todo.

            - ¿Estás bien? - le preguntó un señor que pasaba por allí.

            - Sí, solo me he mareado un poco.

            El hombre asintió y siguió su camino.

            ¿Todo iba bien? Se miró las manos y respiró hondo. Sí, todo iba estupendamente. Solo había una diferencia con respecto a antes, ahora era feliz porque había sido capaz de expulsar a la sombra de su cuerpo antes de que la poseyera.

            Ahora no era una marioneta y sabía cómo expulsar al mal.

 

Continuará

Animal es el que abandona a su mascota.

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