La honradez Vendida


- Disculpe señorita - exclamó el cliente que estaba delante de Francisco -. Necesito transferir esos trescientos mil euros a la cuenta que le he dicho hoy mismo. No puedo esperar a mañana, vamos a firmar por la venta del piso en una hora.

 

- Debería haber hecho la transferencia ayer o ante ayer, señor - dijo la mujer, arisca y sin dar más opciones -. Si desea saltarse el trámite de los dos días necesita pagar el 10 por ciento de la cantidad total. ¿Quiere usted pagarlo?

 

- ¡Esto es un timo! - El joven se exasperó y dio un puñetazo en la mesa.

 - En tal caso deberá esperar. 

 - Menudo hatajo de ladrones.

 Harto de la discusión el joven se marchó airado y dejó turno al siguiente. Francisco lo agradeció ya que podían haberse quedado todo el día discutiendo. Se acercó a la ventanilla y sacó su cartera.

 - Hola buenos días - dijo, tratando de apaciguar el ambiente.

 - Buenos días - dijo ella con tono tenso.

 - Veo que no se aburre por aquí - bromeó Francisco, sonriente. Se encontró a una mujer con cara de palo mirándolo fijamente con ojos de mantis religiosa. 

 - Vengo a ingresar dinero - explicó Francisco, sintiéndose culpable por ser amable. Extrajo su cartilla del banco con un fajo de varios billetes de veinte euros. 

- 120 euros - dijo.

Ella hizo la operación sin el más mínimo atisbo de sentimientos en los ojos. Entonces fue cuando Fran se encontró una tarjeta en el interior de un sobre justo al lado de la ventanilla. Era una MasterCard dorada y si su vista no le fallaba había una hoja junto a la tarjeta. Tenía que ser del cliente anterior. Se había enojado tanto que se lo había olvidado.

- Disculpe, creo que el señor de antes se dejó… 

- … ¿Desea algo más? - cortó la mujer seca.

- El cliente anterior se dejó esto aquí… - dijo Francisco, mostrando el sobre.

- ¿Y qué quiere que yo haga? - respondió, enojada -. Llévelo a objetos perdidos. Aquella actitud prepotente puso de mal humor a Francisco, que cogió el sobre y lo guardó en su bolsillo. Se alejó de la caja y salió del banco pensando si debía cancelar la cuenta o no. Luego pensó que esa mujer tenía un mal día y no quiso complicarse más. Salió del banco y se fue. Cuando caminó diez metros sintió curiosidad por el sobre. Quizás tuviera el teléfono y podría llamarlo. Quizás hasta le recompensara por recuperarlo.  Abrió el sobre y sacó su contenido. Una tarjeta y un recibo de banco… No, no era un recibo, era la hojita con el número secreto. Tragó saliva y pensó en lo estúpido que era ese tío llevando consigo la tarjeta y el número secreto. No tenía ningún teléfono para localizarlo y no podía ni quería volver al banco para que se lo entregaran. No le apetecía volver a ver a esa bruja. No lo llevaría a objetos perdidos porque cualquiera podría intentar sacar dinero de su cuenta.  Cualquiera, incluso él mismo. Sin embargo eso era robar, podía acabar en la cárcel. La mujer del banco le reconocería, incluso podía recordar que había hecho un ingreso inmediatamente después del intento de transferencia. Era una presa fácil de la policía…

 

- Trescientos mil euros… y están ahí, para mí hasta mañana - su voz se le antojó extraña. Se lo estaba planteando y la tentación era tan suculenta que se le quedó la boca seca. En el cajero podría sacar 600 euros o quizás más, las tarjetas doradas solían tener un límite muy alto. La boca comenzó a ponérsele pastosa. Imaginó un televisor de 40 pulgadas en su cuarto. Se acabó tener que pelearse con su hermano por qué canal poner. Se acabó andar mendigando dinero para poder comprarse un capricho.  Sus pies se detuvieron y su corazón se aceleró.

 

- No soy un ladrón - se dijo. Pero las manos le estaban temblando.

- Sería tonto si no lo hiciera, es tan fácil… Y tan difícil que me descubran - se dijo como si su voz cambiara por la del ángel tentador.

- No serás capaz de arruinar más aún el día a ese pobre hombre - se dijo con la voz bondadosa de su conciencia, recordando que el dueño necesitaba esos 300 mil euros en 24 horas para comprar una casa.

- ¿Qué son 600 euros? El banco se lo devolverá porque es un robo - dijo, dándose la vuelta y caminando tranquilamente hacia el cajero.

- Un robo... seré un ladrón... Pero no se lo devolverá hoy, ni mañana, no podrá hacer la compra a tiempo - volvió a rebatirse él mismo sus propios argumentos. Ya estaba hecho, cuando se quiso dar cuenta estaba hablando con el cajero automático y estaba tecleando el número secreto. El cajero pasó al siguiente menú y sacó las opciones que más deseaba ver. Pulsó "sacar dinero" y miró a un lado y a otro. Nadie pensaría nada extraño pero ahí estaba él, una persona honrada cometiendo un delito de la forma más disimulada. Era como coger un billete del suelo, tan fácil como eso. Los seiscientos euros salieron y luego la tarjeta. La satisfacción que sintió mezclada con la sucia conciencia  eran una experiencia que nunca antes había experimentado. Aún podía tratar de sacar más dinero. No sabía si había límite o no de 600 euros de modo que volvió a meter la tarjeta e introdujo la clave. Cuando vio salir el dinero de nuevo su corazón se aceleró. Metió los nuevos 600 euros en el bolsillo y se alejó de allí por miedo a que alguien se fijara en él. Podía ir a cualquier otro cajero y seguir probando. Si sacaba otros seiscientos euros podría comprar una consola de videojuegos, una televisión de plasma de cuarenta pulgadas y aún le sobraría dinero. Lo que no había caído era que no podía comprarlo sin justificar a sus padres cómo había encontrado el dinero… No tenía por qué revelar la verdad, nadie tenía que saberla. Diría que todo le había tocado en un concurso. Sí, nadie podía sospechar de él si decía eso. Y en cierto modo era cierto, había sido toda una suerte encontrar aquel sobre. Caminó hasta el siguiente cajero de la calle, de otro banco. Le daba igual las comisiones, él no las iba a pagar, metió la tarjeta y esta vez no se contuvo, puso directamente mil euros.

- ¿Para qué necesito tanto dinero? - Se dijo, extrañado por su fiebre compulsiva.  - Cuanto más saque, mejor - dijo -. Si me pillan me meterán en la cárcel por 600 o por 6000 euros igual. El cajero parecía su mejor cómplice ya que el dinero salió de su boca como de una fuente mágica. Miró a todas las direcciones y se fijó que nadie le estaba mirando. Guardó el fajo de billetes en otro bolsillo para que no le abultara tanto y volvió a introducir la tarjeta.

 

- ¿Cuál será el límite? - se preguntó. Esta vez sus dedos teclearon dos mil euros. El cajero mostró un mensaje de error, algo que debía ser muy obvio pero que le daba esperanzas para probar en otro. El mensaje decía que el cajero no disponía de suficiente dinero. Sacó la tarjeta y pensó en su siguiente objetivo. A dos manzanas de allí había un cajero de otro banco. Sin dudarlo fue para allá y mientras tanto su conciencia volvió a llamarle la atención. 

- No sigas, ese pobre chico necesita su dinero.

- Él también lo haría si tuviera ocasión. Seguro que no se ha dado cuenta de que quizás podría sacar todo el dinero a base de sacarlo en el cajero.

- No podría - se auto rebatió - porque le cobran mucha comisión por usar cajeros de otros bancos. Además seguro que tiene un límite de tres mil euros al día. Aunque hablaba consigo mismo, sus labios no se movían, solo discutía en su cabeza como si hubiera dos voces encontradas. Sin embargo no había duda de cual de las dos iba ganando porque estaba deseando llegar al siguiente objetivo.

- Sacaré lo que pueda, cualquier persona en mi lugar haría lo mismo.

- Cualquiera sin corazón.

- Cualquiera que no sea rico. Llegó al nuevo cajero y tuvo que esperar a que se fuera un hombre de unos sesenta años. Mientras esperaba notó que le sudaban las manos. Se preguntaba cuánto más podría sacar y lo que se compraría. Tenía que ser coherente, compraría videojuegos, los mejores, aunque como no tenía la última consola tenía que preguntar al vendedor cuales eran los mejores. Hoy harían el negocio del mes y le adorarían cuando saliera de la tienda.  El señor se marchó y le miró a los ojos, él apartó la mirada y se trató de tapar la cara, rascándose la mejilla. ¿Por qué tenía miedo? Ese hombre no le podía recordar, no estaba haciendo nada malo. Se adelantó y metió la tarjeta. Escribió la clave y esperó… El cajero respondió que la tarjeta había sido desactivada y que debía romperla para evitar un uso fraudulento de la misma. 

- ¡Agh! por culpa de ese viejo… Su corazón relajó las palpitaciones. Cogió la tarjeta y la miró detenidamente. No podía deshacerse de ella en cualquier papelera, le localizarían si veían las huellas o ese señor le identificaba como sospechoso. Tenía que desvincularse de la tarjeta cuanto antes. Fue a un estanco y compró un mechero. A continuación se fue a una esquina apartada, lejos de la vista de la gente y le prendió fuego a la tarjeta. Luego quemó el papel con la clave. Nadie podría encontrar huellas en plástico quemado. Cuando lo hizo se sintió como si hubiera cometido alguna especie de crimen. En realidad era un delito y no sabía qué consecuencias malas traería al dueño del dinero, pero aún con la culpabilidad se sintió feliz porque sus bolsillos estaban llenos. Pensó que él podría vivir robando a la gente pero cuando volvió a recordar la posibilidad de la cárcel se auto impuso que nunca más haría algo así. Cuando estuvo seguro de que ya estaba fuera de peligro tanteó los bolsillos y pensó en cuánto dinero tenía: Dos mil doscientos euros. Hasta ese día no había tenido tanto dinero para gastar. Sin embargo debía gastarlo todo, pensó que la policía no podía obligarle a devolver un dinero que no tenía. Aunque esperaba que no le pillaran nunca. Miró el reloj y vio que era la una y media. Le daba tiempo a ir al centro comercial y comprar todo. 


Un equipo de sonido, una Consola último modelo, una televisión LED de 40 pulgadas que encontró por 700 euros en oferta y como aún le sobraba bastante compró los mejores diez juegos, que la mayoría estaban a mitad de precio. Como le sobraba muchísimo dinero compró un ordenador portátil y una consola portátil con sus 10 mejores juegos.  Era imposible llevar todo eso a casa y más en metro, de modo que pidió que se lo llevaran. El transporte le costó 30 euros adicionales pero eso le permitía incluso ser más veraz.  Estaba ansioso por que llegara su regalito. Les contó a sus padres lo del sorteo de "una página web" y lo que le había tocado. Ellos no se lo creyeron pero le exigieron que si era verdad, compartiera las cosas con su hermano. No le costaba nada decir que sí… Había comprado dos mandos porque suponía que solo se aburriría. Esa noche le costó dormir. Su mente se empeñaba en repetirle lo peligroso que era lo que había hecho pero en el fondo era excitación por la impaciencia. Quería tener todo en casa cuanto antes para disfrutarlo a cuerpo de rey. Pensó que sería imposible que le pillaran, no había robado la tarjeta, simplemente se la había encontrado. Al no tener sueño se levantó al baño y se lavó la cara. Estaba sudando. Se quitó el sudor y se secó con la toalla. Entonces vio algo en el espejo que le llamó la atención. No había podido verlo bien, pero algo había pasado detrás de su reflejo. Al darse la vuelta una chica cubierta de sangre trataba de alcanzarle con la mano con una mirada de horror y angustia. Gritó con todas sus fuerzas y despertó. Había sido una pesadilla.
El domingo no llegó la mercancía y se olvidó del asunto. El día se le pasó volando porque estaba deseando que llegara el lunes, por primera vez en su vida.  
A la mañana siguiente, de camino a la universidad cogió un periódico de los que regalaban en la entrada del metro. Lo leyó como hacía todos los días cuando tenía la suerte de conseguir uno y en la sección de sucesos vio una foto que reconoció… Era el chico al que había robado el dinero.


"Joven muere al ser arrollado por el metro después de una fuerte discusión con su novia. Fuentes policiales informan que se suicidó tras intentar asesinarla, con un cuchillo de cocina, asestándole numerosas puñaladas. Al parecer ella quería dejarle por problemas económicos. El estado de la mujer es crítico y se teme por su vida."

 


Desde el sábado anterior sus voces angelicales no habían entrado en escena. 

 

- Todo eso ha sido culpa tuya... - dijo su conciencia. Después torció los labios en una chulesca sonrisa y se dijo:

- Se lo tenía bien merecido.



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Comentarios: 7
  • #1

    carla (miércoles, 06 julio 2011 01:36)

    Es una buena historia. No me gusto mucho que al final como que no le importo lo que paso por su culpa, pero creo que lo hiciste muy reaslista. Del 95 por ciento de la poblacion actual haria algo parecido a lo que el hiso. Cruel pero cierto.

  • #2

    Javier (martes, 08 mayo 2012 01:22)

    interesante, buscaba una historia para representarla en la universidad, asi que espero poder interpretar bien el papel del chico y transmitir las mismas emociones... realmente es un cruel final pero es tan cierto, pues muchos, la mayoria actuaria d ela misma manera...

  • #3

    Tony (martes, 08 mayo 2012 08:22)

    Pues ya me contarás cómo te sale. No olvides decir dónde leiste la historia ^^

  • #4

    Monyka (lunes, 09 julio 2012 23:03)

    Good post dude

  • #5

    sergio (lunes, 23 junio 2014 15:50)

    muy buena historia y muy apegada a la realidad por cierto , aunque el final no me gusto mucho.

  • #6

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  • #7

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