La isla de los caminantes sin alma

3ª parte

 

            La siguió sin demasiado cuidado ya que era un poblado con mucha gente humilde, muchos extremadamente delgados. Pronto entendió por qué no podía ir sola por ahí. Cuando miró hacia atrás vio a tres chicos jóvenes siguiéndola y hablando de ella con sonrisas maliciosas.

            Llegaron al bar donde se suponía que debía estar el marido de esa mujer y al entrar la vio hablando con un hombre rudo, de piel oscura, barba de una semana y bastante delgado y musculoso. Hablaban en un lenguaje que no entendía y prefirió no interrumpirles, quedándose en la puerta esperando a que terminaran. Entonces la mujer la vio y negó con la cabeza, fastidiada.

            - Acérquese -rogó, haciendo gestos con las manos.

            Obedeció y se acercó.

            - Dice que no se lo cree, menos mal que ha venido conmigo, me está acusando de espiarle porque no me fío de él.

            - ¿No habla nuestro idioma?

            - Nunca ha salido de la isla, sabe algo de francés y la lengua nativa. Yo le traduciré, no se preocupe.

            El hombre emitió ruidos extrañísimos que le costaba trabajo creer que pudieran tener significado alguno. Se preguntó si para él sería tan raro escuchar el inglés.

            - Dice que hace poco vino un hombre preguntando por voluntarios. Al parecer pagarían bien a los que se apuntaran y se los llevó ese mismo día. Mi marido se negó porque no se fiaba, era un hombre blanco.

            - ¿Era piloto?

            Jenny se volvió hacia su marido y ésta le habló en esa misma legua. Después de intercambiar lo que parecía un ruido simio, volvió a mirarla a ella.

            - Eso parece, dice que era español. Tenía mucho dinero le siguieron un grupo de chicos jóvenes.

            - ¿Español? -se sorprendió-. ¿Dónde puedo encontrar a ese hombre? -preguntó, ansiosa.

            Una nueva demostración de comunicación de sonidos extraños precedió a la respuesta.

            - Dijo una dirección y un teléfono por si alguien más se animaba, pero el zoquete de mi esposo no la apuntó.

            - ¿Alguien lo hizo? -preguntó, ansiosa.

            El hombre emitió un gruñido mirándola de reojo.

            - Quiere dinero a cambio -tradujo la mujer-, no le dirá nada más si no le paga.

            - Me preguntaba cuándo empezarían a pedir -renegó, fastidiada-. Aquí tienes, ¿Es suficiente?

            - ¡Diez dólares! -la mujer agitó el billete como si fuera basura-. Dele más dinero, así no le va a convencer.

            Evidentemente habían visto el fajo de billetes que llevaba y quería mucho más.

            Contó hasta alcanzar los cien dólares y la cara del hombre cambió por completo. Volvió a hablar con su esposa y ésta le señaló al camarero.

            - Ése apuntó cogió la oferta, pregúntele.

            - No, no, pregúntenle ustedes -replicó Brigitte-. Ese hombre querrá más dinero y no he pagado para que me señalen a un barman.

            La mujer habló con su marido y éste se encogió de hombros. Se acercó a la barra y hablaron como dos viejos amigos. Al parecer hablaron de ella ya que ambos la miraron sonrientes. Entonces el barman levantó una botella de ginebra de la estantería de la pared y cogió un papel que había ahí. Cortó un trozo y se lo dio. Después éste le entregó el papel a su mujer y esta se lo dio a ella.

            - Aquí tiene -ofreció Jenny-. Será mejor que nos vayamos, empieza a llamar demasiado la atención.

            Brigitte examinó el papel, era el nombre de una compañía con su dirección. No era lo que esperaba ya que una empresa no la llevaría a donde quería ir, pero al menos tenía a donde ir a preguntar.

 

 

 

            Cuando se presentó a la secretaria de recepción, ésta le indicó que ellos no contrataban mujeres. Solo chicos sanos, jóvenes y fuertes capaces de trabajar diez horas diarias en la construcción. Preguntó si tenían servicio de transporte aéreo y la recepcionista se puso de mal humor.

            - Vaya al aeropuerto a comprar sus billetes de avión -barruntó-. Esto no es una agencia de viajes.

            Brigitte se sintió hundida al escuchar eso. Pero se dio cuenta de que tenía razón. Cogió otro taxi y le pidió que le llevara a una agencia de viajes. Seguramente podían conseguirle un vuelo. Si ella fuera piloto y tuviera su avión de pasajeros privado, dejaría su teléfono en alguna agencia.

            Se presentó en la primera que encontraron en la ciudad. En realidad en esa misma calle había varias agencias. En la primera le dijeron que no se operaban vuelos a Tupana desde el año 2007. Al insinuar si conocían a alguien que pudiera llevarla en barco o en avión, le respondieron que no podían hacer más por ella.

            La segunda agencia le indicó que los viajes privados en avionetas había que contratarlos directamente en el aeropuerto. Que en los hangares encontraría muchos pilotos que ofrecían sus servicios. Aunque no supieron darle ningún nombre. Evitó mencionar la isla a la que se dirigía por miedo a que le dijeran otra vez que allí estaba prohibido ir.

            Al salir de allí se fijó en que había un deportivo negro con cristales tintados aparcado cerca de allí. Le llamó la atención porque no era un coche corriente y le sonaba haberlo visto antes.

            No le dio más importancia cogió otro taxi para ir al aeropuerto y le indicó que la llevara a los hangares privados.

            En el trayecto el deportivo negro adelantó al taxi y le perdió de vista en un santiamén. Menudo loco debía conducirlo, pensó. Si había sospechado que la estaban siguiendo, cuando le vio marchar así se dio cuenta de que era simple paranoia, esos coches debían ser corrientes por allí.

Al llegar al hangar de las avionetas privadas, estaba a un par de kilómetros del aeropuerto comercial con una pista de despegue y aterrizaje exclusiva para esos aviones. Esa pista no tenía luces y parecía de tierra batida.

            Cuando llegó vio que había varias avionetas de hélice repostando combustible. Una familia de ricachones estaba subiendo a uno de ellos. En el otro vio que un tipo vestido con una camisa de flores, limpiando su avión desde una escalera y el tercero que estaba a la vista parecía cerrado y sin dueño. Se acercó al que estaba limpiando y le llamó la atención.

            - ¡Disculpe!

            El tipo se giró y vio que llevaba unas gafas de sol que le tapaban los ojos y casi toda la cara, barba de más de dos semanas, tenía gafas de sol y estaba tan gordo que se le veía la barriga peluda por debajo de la camiseta. Debía pesar más de cien kilos.

            - ¿Puedo ayudarla, señora? -voceó desde lo alto de la escalera.

            - Necesito un piloto particular -solicitó Brigitte-. ¿Puede llevarme a un sitio?

            - Si puede pagarme la puedo llevar a la Luna.

            - ¡Estupendo! -se entusiasmó-. ¿Cuánto me costaría ir a Tupana?

            El hombre dejó de limpiar y la miró desde arriba. Soltó un sonoro y profundo suspiro y se guardó el paño en el bolsillo de su pantalón, quedando éste medio colgando. No se había fijado que ese pantalón debía ser dos tallas inferiores a la que le correspondía y la camiseta dos cuartos de lo mismo. Descendió lentamente haciendo crujir la escalera de aluminio y cuando estaba abajo se limpió las manos en su camiseta floreada.

            - Perdone, no la escuchaba desde tan arriba.

            Brigitte repitió la pregunta.

            - ¿Cuánto me costaría ir a Tupana?

            - La vida, señora, la vida -replicó con aires de superioridad.

            - Tengo que ir.

            - ¿Qué se le ha perdido allí? No veo que tenga traje preparado para un viaje así. ¿No debería llevar de esos trajes amarillos radiactivos con un sombrero como de astronauta?

            - ¿Lo dice por la supuesta explosión? ¿En serio hicieron explotar una bomba atómica? - Preguntó, asustada.

            - Le aseguro que vi el hongo de fuego en el cielo como una maldita planta creciendo desde el mar. Se sintió una terrible ventolera que quemó la mayoría de cosechas de Tahití. Como puede comprobar, aquí la gente no tiene mucho donde sembrar y todas las cosechas se fueron a pique dejando en la ruina a muchos de aquí.

            - ¿Nada más que se sintió aire caliente?

            - Fue un huracán radiactivo, que duró más de cinco minutos. La gente que se expuso a él sufrió quemaduras en los brazos y piernas, las zonas más expuestas.

            - Mierda... -Brigitte se dio cuenta de que su viaje había sido en balde. Si había habido zombis en esa isla, no quedaría mucho de ellos.

            - ¿Me llevaría de todas formas?

            - ¿Qué busca allí? -preguntó el piloto, inquisidor.

            Brigitte no supo contestar a esa pregunta. ¿Le podía decir que buscaba zombis?, ¿que buscaba supervivientes?, ¿que su marido había desaparecido allí? Cualquier cosa que dijera sonaba a locura.

            - Un viejo tesoro de los españoles –mintió, con la primera cosa que le vino a la cabeza.

            El piloto se la quedó mirando como si su cerebro no pudiera asimilar esa información.

            - Sí -añadió-, mi abuelo me dejó recientemente un mapa de la isla de Tupana. Pero si no está dispuesto a llevarme no importa, me buscaré otro...

            - Intento comprender qué puede atraer de ese trozo de tierra quemado a una mujer rica como usted y... -sonrió-. Caray eso lo explica todo.

            ¿Así de fácil? Le había convencido con el cuento más viejo de la historia. Estaba impaciente por averiguar si era cierto que Tupana había sido destruida o todavía había zombis caminando por sus calles.

            - Quiero el 50% de lo que descubramos -ofreció el piloto, cortando su festejo interno.

            - ¿No le importa la radiación? -preguntó, sorprendida.

            - ¡Qué demonios! Nunca creí a esos malditos franceses.

            - Pero, ¿no vio el hongo de fuego en el cielo?

            - No fui yo, fue un amigo mío que estaba borracho como una cuba. Y estoy seguro de que también mentía.

            - ¿Y las cosechas quemadas?

            - Aquí no se pueden quemar cosechas porque las más grandes que hay son de Marihuana. La gente no tiene paciencia para esperar a que un hierbajo eche un tomate o patatas. Tahití es la isla de la calma, la buena vida. Nadie viene aquí a trabajar.

            - ¿De qué viven los oriundos de aquí entonces? -preguntó.

            - Y yo que sé -respondió el piloto-. Bastantes problemas tengo yo por mantenerme a flote. Bueno, ¿hay trato?

            - ¿Me llevará si le doy el 50% de lo que encuentre? -inquirió incrédula. Para él debía ser mucho oro pero no tenía intención de buscar tesoro alguno y le parecía mal que la llevara sin cobrar nada.

            - Esperaba que hubiera regateado, me habría conformado con el 30% pero sí, acepto.

            - Le puedo pagar, le daré diez mil dólares por llevarme y otros diez mil por ir a buscarme en tres días, si es que me quedo.

            Aquella propuesta le confundió.

            - ¿Además del 50% de lo que encuentre?

            - No estoy segura de poder encontrar el tesoro -respondió ella, seria.

            - Um, veinte mil dólares... Eso es porque sabe que hay mucho más escondido allí -sonrió.

            - Hacemos una cosa -agregó ella-. Me lleva a la isla, la sobrevuela a ver cómo está y, si puedo quedarme, me deja, regresa en tres días y si tengo el cargamento del oro, repartimos ganancias y si no lo encuentro... le pago veinte mil dólares.

            Aquella propuesta hizo que el piloto se frotara la barbilla, complacido.

            - Tendré preparado el avión en una hora. Vuelva para entonces y la llevaré.

            Brigitte sonrió pletórica y quiso darle un beso.

            - ¿Cuál es su nombre? -le preguntó antes de marcharse.

            - Judas -se presentó-. No se preocupe no pienso traicionarla. Aunque si esto termina bien, podríamos sellar el trato con un beso.

            - Eso ni lo sueñe -negó ella, enojada.

            - Bueno, si encuentra el tesoro y la ayudo a transportarlo, seguro que me besará por iniciativa propia –soltó una carcajada confiada.

            Ella se dio la vuelta con media sonrisa. Antes de besar a ese tripón maloliente besaría a un sapo, pero prefirió no decirlo por no herir sus sentimientos.          Sin embargo tenía algo que le resultaba tremendamente familiar pero no sabía precisar qué. Debía ser americano.

 

 

 

 

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Comentarios: 2
  • #1

    Tony (jueves, 06 octubre 2011 14:13)

    Comenta cómo te está pareciendo la historia aquí.

  • #2

    x-zero (jueves, 06 octubre 2011 19:32)

    algo me esta pasando que ya no encuentro errores o.O
    lo unico que encontre fue el ultimo parrafo que quisiste pasar renglon y no lo hiciste

    por otra parte la historia ya va tomando su curso, sigue asi ;)

Animal es el que abandona a su mascota.

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