La isla de los caminantes sin alma

5ª parte

 

            - Ya, pero qué hay de la historia de que los franceses hicieron explotar una bomba atómica en una de esas islas -agregó ella-. ¿No tiene curiosidad por lo que se dice de Tupana?

            - No se ponen de acuerdo con eso -replicó él, con fastidio-. Unos dicen que hicieron pruebas en la superficie otros que fue un experimento a miles de metros de profundidad y que fue una prueba segura... Lo cierto es que nunca ha habido problemas de radiactividad. Si se han hecho experimentos de esos, fue con bombas de hidrógeno, de esas que destruyen todo pero no dejan todo lleno de mierda radiactiva. De todas formas todo eso es un mito sobre Tupana porque las bombas francesas fueron a principios de los años setenta y, que yo sepa, no se ha vuelto a hacer pruebas así por esta zona.

            - Pero un taxista me dijo que no se permite volar en las proximidades de Tupana por una explosión de hace cuatro años, que hay radiactividad quinientos kilómetros a la redonda.

            - ¿Un taxista dice eso? -inquirió incrédulo.

            - Sí, uno que lleva viviendo en Tahití toda su vida.

            - ¿Y sabiendo eso me ha hecho traerla? Bueno, yo también he venido hace relativamente poco -se defendió Judas, nervioso-. No sé mucho sobre esos experimentos, supongo sé lo mismo que sabe todo el mundo.

            El piloto siguió mirando con ansiedad hacia abajo, como si estuviera impaciente por llegar.

            - Parece nervioso -cambió de tema. Había algo en ese hombre que no le daba confianza, era su forma de comportarse. Parecía fingir ser quien no era. Como cuando aparece en una película un actor muy malo.

            Judas volvió a encogerse de hombros.

            - ¿Sí?, pues no lo estoy. Es decir... -se quedó pensativo y la miró un instante-. Supongo que puede ser porque, según el mapa, Tupana debería estar a la vista y solo veo mar ahí abajo.

            - Son mil kilómetros y no llevamos una hora de vuelo -Brigitte miró el reloj y se asustó al ver la hora-. Caray, llevamos una hora y diez minutos, se me ha pasado volando, jejeje -bromeó-. Volando, ¿entiende? -pero el piloto no se rió con su broma.

            Se sintió tan ridícula que tardó un par de minutos en comprender la situación. Si Tupana no estaba donde debía estar seguramente deberían regresar, pero si fuera tan sencillo, ¿por qué estaba tan nervioso el piloto?

            - ¿Cuál es el punto de no retorno? -preguntó Brigitte, inquieta.

            - Lo sobrepasamos a los cuarenta y cinco minutos de salir -admitió Judas.

            - ¿Qué? -se asustó-. ¿Y qué hacemos si no encontramos Tupana?

            - Verá, pensar en lo que haría cuando una avioneta como esta se estrella en el mar no es algo que me ayude en este momento, señora. He llenado el tanque de combustible, pero este cacharro solo tiene autonomía para mil quinientos kilómetros.

            Brigitte entendió de golpe la tensión del piloto y sintió que le entraba el pánico. Si Tupana estaba destruida por una bomba, lo mejor que podía pasarles era encontrarla, aterrizar y morir allí de viejos o devorados por lo que hubiera ahí abajo. Y lo peor que podía pasar era que se convertirían en el almuerzo de los tiburones.

            - No se preocupe, no puede estar muy lejos, para mí que me he desviado un poco y aquí cuando te desvías, te pasas de largo como quien se pasa un semáforo en rojo a doscientos kilómetros por hora.

            Al decir eso, Judas carraspeó. Hubiera jurado que ese hombre estaba fingiendo tener la voz demasiado carrasposa cuando realmente no la tenía. ¿Por qué estaba fingiendo?

            Miró por las ventanillas del aparato por si veía alguna isla, algo que sobresaliera del mar por pequeño que fuera.

            - Avisó a la torre de control de que salíamos, ¿no? -preguntó, nerviosa-. Podemos emitir una señal de auxilio.

            - No avisé a nadie, se suponía que íbamos a buscar tesoros. No íbamos a decirle a todo el mundo donde estamos. Además, por debajo de los quinientos metros el radar aéreo no nos detecta.

            - ¿Me está diciendo que nadie sabe dónde estamos?

            - ¡No me grite! -se defendió Judas-. Hago lo que puedo, ni siquiera me ha pagado por estar aquí y si morimos no morirá sola. Estoy jugándomela por usted...

            - No, por mí no, por el oro que le prometí.

            - Usted mejor que nadie sabe que no hay oro -replicó él con voz mucho más joven, olvidándose por completo de su fingida voz casposa.

            Al escuchar esa voz ella le miró con el corazón acelerado.

            - ¿Qué ha dicho?

            El piloto estaba paralizado. La miró y negó con la cabeza.

            - ¿Me enseña el mapa? -Pidió Judas, volviendo a hablar su voz áspera, como si hubiera fumado toda su vida para tener esa voz.

            - ¿Por qué me oculta su cara?, ¿por qué no habla con su verdadera voz?, ¿qué rayos le pasa?, ¿quién es usted?

            - Se lo diré si logramos poner este pájaro en tierra -prometió él.

            Brigitte volvió a mirar el reloj, llevaban en vuelo una hora y veinte minutos. Debía quedar combustible para diez minutos.

            - Su voz me ha recordado a mi difunto marido -dijo ella, nerviosa-. Le parecerá una locura pero necesito que me diga que no es...

            Judas la miró sorprendido.

            - Creí que su marido había muerto hace meses -eludió él.

            Cuando Brigitte no respondió, esperó que se sincerara de una vez.

            - Allí está -señaló Judas hacia abajo a un pedazo de tierra apenas visible en medio del océano. Les había resultado tan difícil verla porque era un anillo de tierra en el mar que desde esa altura se veía con extrema dificultad.

            - Menos mal -suspiró Brigitte.

            El descenso fue un poco drástico y Brigitte se comenzó a marear. Judas giró en redondo la avioneta para encarar el aterrizaje a la altura adecuada y se alejó de la isla mientras el aparato descendía en altitud.

            - Espero que ese aeropuerto tenga combustible para regresar -confesó Brigitte.

            - Rece por que no haya habido ninguna bomba en ese trozo de coral, porque no quedarían ni las cenizas de las cenizas de la civilización y nadie vendrá a buscarnos, se lo aseguro.

            Cuando la aguja del altímetro indicaba los cincuenta metros Judas giró el timón, haciendo un círculo completo sobre el agua hasta poner Tupana justo frente a ellos.

            - Es alucinante, ¿con la velocidad que llevamos cree que podremos aterrizar en una pista tan diminuta?

            - No es tan pequeña -contradijo Judas.

            Al acercarse vieron que el anillo se iba ampliando poco a poco hasta que pudieron distinguir que la porción de tierra estaba densamente poblada por árboles y en uno de los lugares con más anchura de tierra vieron una pista de aterrizaje blanca. El aparato siguió descendiendo hasta que parecía que las olas chocarían con el fuselaje. Judas, puso la mano en la palanca de la derecha de su asiento y la fue bajando hacia atrás lentamente. En seguida notaron que estaban bajando de velocidad. Pulsó dos interruptores que quedaron encendidos en rojo y el suelo del aparato tembló, el tren de aterrizaje se había colocado correctamente. La isla se acercaba a gran velocidad y vieron que la pista les esperaba tras una pequeña porción de tierra virgen llena de bambú que parecían acariciar su tren de aterrizaje. Cuando llegaron a la pista, Judas hizo un gran esfuerzo por mover la palanca de potencia hacia atrás y levantó el timón para hacer descender más el avión. Las ruedas golpearon la pista de asfalto y la avioneta rebotó peligrosamente volviendo a coger altitud. Judas consiguió equilibrar el aparato y volvió a descender más suavemente hasta que las ruedas volvieron a lamer el suelo y al fin se quedaron pegadas a él. Brigitte sintió el frenazo pero aún así el aparato tardó unos segundos en conseguir frenar a una velocidad controlable.

            - Impresionante, mi mejor aterrizaje -se felicitó a sí mismo Judas, con su voz natural.

            Apagó el motor y se quitó el casco. Luego miró a su acompañante y ésta le miraba como si viera un fantasma.

            - ¿Qué pasa? -preguntó.

            - ¿Quién es usted? -inquirió ella, enojada.

            - Judas, ya me he presentado.

            - Quítese las gafas -ordenó.

            - No quiero -protestó el piloto-, tengo un orzuelo en el ojo y es desagradable, no querrá verlo.

            Brigitte sonrió negando con la cabeza. Sin más preámbulos, estiró la mano y le quitó las gafas por sorpresa. Judas apartó la mirada y no se atrevió a volverse hacia ella.

            - Mírame -dijo ella, sin hablarle de usted por primera vez-. Mírame, Antonio.

            Tras un profundo suspiro la miró con nerviosismo. Al ver aquellos ojos azules, la expresión de su mirada infantil, la forma de sus cejas... Brigitte se puso a llorar.

            - ¿Cuándo lo has sabido? -preguntó él, nervioso.

            - ¿Por qué no me has dicho que eras tú?

            - Mírame, estoy gordo, no quería que me vieras tan pronto, al menos hasta que estuviera como antes.

            - ¿Qué estás gordo? -increpó ella, furiosa-. ¡Creí que estabas muerto!

            Brigitte le miró sin saber si debía golpearle o besarle. Él no se atrevió a mirarla.

            - Intenté decirte que estaba vivo -explicó-. Pero no me creíste. Iba a ir a verte, pero he tenido problemas más serios. Me encerraron en una casa, me tuvieron secuestrado porque no quise hacer lo que me pedían.

            - ¿Cómo puedes estar vivo?

            - Nunca he muerto -contestó él como si fuera obvio-. En el hospital escuché toda la conversación que tuviste con ese cirujano. Te dijo que había muerto cuando acababa de salvarme la vida, estaba anestesiado y no pude decirte nada. No sabes cuánto siento no haberte podido decir...

            - ¿Cómo has llegado a ser un piloto de mala muerte en esta isla?

            Antonio se rascó la cabeza, con nerviosismo.

            - En realidad no lo soy -contestó, avergonzado.

            - ¿Que no lo eres? No entiendo.

            - En cuanto pude escapar, he estado observando las cuentas bancarias para saber dónde encontrarte. Cuando vi que sacabas ciento cincuenta mil euros de distintos bancos y averigüé que habías comprado un billete de avión a Tahití, te seguí. Pero te perdí la pista cuando te fuiste del hotel y hasta que no volviste a tu habitación, a buscar tu maleta y pagar la cuenta, no te volví a ver. Luego te seguí...

            - ¿Eras tú el del coche negro?

            - Vaya, te fijaste. ¿A que es bonito? No te preocupes, solo lo he alquilado.

            - Debí suponer que eras tú.

            - Supe que ibas al aeropuerto porque fui a hablar con la de la chica de la agencia con la que hablaste. Me dijo que buscabas un piloto particular. Cogí el coche y llegué antes que tú, pensé que si te ibas sin mi perdería tu rastro y no podría encontrarte así que... no sabía qué hacer. Compré esta avioneta cinco minutos antes de que tú llegaras, el piloto dijo que solo tenía sitio para uno y que se limitaba a hacer vuelos turísticos sobre la isla. Le ofrecí cien mil euros y me los quitó de las manos. Tenías que haber visto la cara del anterior dueño. Hasta me regaló su camisa de flores, ¿te gusta? Por eso necesitaba una hora para salir, no tenía ni idea de volar.

            - ¿Qué? -Brigitte le golpeó en el hombro-. ¿Hemos volado sin que supieras pilotar?

            - Sí que sabía, en esa hora he tenido que leerme el manual... Aunque no me pude enterar de para qué servían todos estos instrumentos de aquí. Mira ahí tienes el libro de instrucciones.

            Antonio señaló atrás y su acompañante vio el libro doblado sobre su bolsa de viaje. Estiró el brazo y desdobló su portada. Antes podía leer únicamente "...de vuelo". Ahora sabía que era "Manual de vuelo".

            - No puedo creer que aprendieras a volar en una hora.

            - Eso y que tuve algo de suerte.

            - Impresionante, lo has hecho bien para ser tu primera vez -aceptó ella, orgullosa.

            - Gracias -aceptó Antonio.

            Se quedaron mirando unos segundos, ella se abalanzó sobre él y le abrazó con fuerza. Suspiró y se quedó así durante unos segundos.

            Antonio le devolvió el abrazo y suspiró profundamente por que al fin había podido reunirse con ella. Abrió los ojos y se asustó al ver algo cerca de la pista.

            - Amorcito -la interrumpió Antonio, nervioso.

            - ¿Qué pasa? Déjame abrazarte, te he extrañado tanto... -Brigitte abrió los ojos y vio que su marido estaba mirando a su alrededor, asustado.

            Había varias personas acercándose al aparato. Dos de ellas cojeaban, otra tenía solo un brazo y la cuarta se arrastraba por el suelo usando sus dos manos.

            - ¿Eso que veo son zombis? -preguntó, estupefacto.

 

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Comentarios: 4
  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (miércoles, 12 octubre 2011 13:04)

    Comenta si te está gustando la historia aquí.

  • #2

    carla (miércoles, 12 octubre 2011 13:23)

    Me alegro tanto que se hayan reunido! Y ya estamos llegando a la parte de accion! Me encanta como va la historia!

  • #3

    yenny (miércoles, 12 octubre 2011 19:15)

    Que emoción por fin juntos, Tony por favor no los asesines en esa isla.
    Muy buena historia ya esta empesando la acción por fin.
    Quisiera saber como escapo Antonio ojala puedes explicarlo aqui o tal vez en otra historia.

  • #4

    x-zero (miércoles, 12 octubre 2011 21:22)

    que hermoso C;

Animal es el que abandona a su mascota.

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