La isla de los caminantes sin alma

6ª parte

— Mierda, era cierto —proclamó Brigitte, orgullosa.

            — ¿Era cierto? —preguntó, enojado—. ¿Sabías que había zombis aquí?

            — Bueno, no hubiera convencido a nadie diciendo la verdad. Admite que el cuento del oro fue una gran idea.

            Antonio se soltó el cinturón de seguridad y luego soltó el de ella.

            — Tenemos que salir de aquí, por allí vienen más. Mierda, no tengo armas, si hubieras dicho que nos encontraríamos con zombis...

            — Coge esa hacha —señaló el arma de emergencias de la parte de atrás de la cabina.

            Brigitte salió de su apretado asiento y Antonio tuvo serias dificultades en salir de su diminuto habitáculo. Abrieron la puerta del aparato y saltaron a tierra. No sabían a dónde ir, fueran a donde fueran se veían grupos de zombis más o menos numerosos dirigiéndose hacia ellos. Debieron sentirse atraídos por el ruido del motor.

            — ¿Dónde vamos? —preguntó él.

            — Tenemos que ir al pueblo, debe estar por allí —señaló ella. Pero, cuando Antonio miró, vio que había una docena de zombis corriendo hacia ellos con muy malas intenciones desde esa dirección.

            No tuvieron tiempo para hablar más, el primer grupo de zombis se echó encima de ellos y tuvieron que correr en dirección contraria al poblado. En plena carrera Antonio tuvo que empujar a uno de ellos y al siguiente tuvo que atizarle con la parte gruesa del hacha con un golpe seco que derribó al cuerpo sin alma aparatosamente contra el suelo. Como un resorte, el muerto se puso en pie y volvió a seguirles a su ritmo amorfo pero ellos corrían más que él.

            Fueron en dirección a lo que parecía una jungla de palmeras. Miraron atrás y vieron a toda una multitud de decenas de cuerpos secos hambrientos siguiéndoles ansiosamente.

            — ¿Qué diablos ha pasado aquí? —Preguntó Antonio—. ¿Y cómo sabías que podía haber zombis?

            — Es una larga historia —replicó ella—. Vamos corre más, tenemos que perderlos.

            — No puedo, estoy hecho polvo —protestó Antonio, que empezaba a notar su casi completa falta de forma.

            Brigitte le pidió el hacha y se quedó atrás. Venían dos zombis especialmente rápidos y no tardarían en darles alcance. Antonio aprovechó esa pausa para respirar y recuperar el aliento. Brigitte esperó a los dos atacantes con aparente seguridad y cuando llegaron a la vez soltó una patada de taekwondo en la cara a uno de ellos, derribándolo bruscamente y al otro le cortó una pierna con el hacha. La herida ni siquiera sangró y el muerto viviente trató de alcanzarla desde el suelo emitiendo un vapor verdoso por la boca. El zombi que había tumbado de una patada se levantó trabajosamente pero su cabeza salió volando con un certero golpe de hacha. Luego, con más tranquilidad cortó el cuello del zombi cojo quedando así ambos totalmente inmóviles.

            — Vamos, tenemos que alejarnos de ellos —ordenó ella.

            — ¿Y si no se cansan nunca? —preguntó, nervioso —. ¿Y si nos persiguen sin tregua?

            — Hay que encontrar un refugio —replicó ella, sumamente nerviosa—. Ahora corre, ¡corre, tenemos que perderlos!    

            Antonio trató de seguirla pero no estaba en su mejor momento de forma y a cada zancada que daban hacia el interior de la jungla, más se separaba de él Brigitte. Se prometió a sí mismo que si salía de esta haría más ejercicio y se volvería a poner en forma.

            Brigitte se volvió un momento y al verle tan lejos le esperó.

            — Vamos, vamos —gritó.

            A pesar de todos se estaban distanciando de los zombis. Pero el número de ellos se hacía cada minuto mayor. Se unían nuevos cuando cruzaban cerca y escuchaban la carrera.

            — ¿A dónde vamos? —Protestó Antonio—. No puedo más, vete sin mí.

            Pero cuando terminó de decir eso, llegaron a una playa interior impresionante. La isla tenía una laguna interior y contrastaba con el paisaje paradisíaco su agua rojiza. Aquel lago estaba lleno de cuerpos putrefactos y apestaba a muerte.

            — Mierda —bramó Brigitte, que no se atrevió a meterse en ese agua repugnante.

            — Vaya, esto no me lo esperaba.

            — Nos han rodeado —observó ella, mirando a su alrededor—. Todos esos malditos zombis deben habernos visto llegar. Cuanto más tiempo sepan donde estamos más difícil será deshacernos de ellos.

            — ¿Y dónde nos escondemos? —inquirió Antonio, que casi no podía hablar por el cansancio.

            — No podemos subir a los árboles, pero quizás sí podamos subir a algún sitio donde ellos no puedan. Deberíamos subir por ahí.

            Antonio negó con la cabeza.

            — No puedo más. Si quieres que corra dime dónde hay un sitio al que llegar, sino es retrasar lo inevitable.

            — La aldea está hacia allí pero deberíamos pasar por delante de todos ellos.

            Brigitte señaló hacia la izquierda de la laguna rojiza. Justo veían acercarse dos ancianos a los que le faltaba media cara y detrás venía lo que parecía su familia. Era terrible ver niños y mujeres grotescamente mutilados, algunos con las ropas arrancadas dejando ver hasta los huesos. A juzgar por su aspecto, no eran como los clásicos zombis de películas de terror ya que estos parecían no tener cerebro y aún así se movían. Su piel y su carne estaban secas por lo que ya ni siquiera olían a muerte.

            — Podemos intentarlo. Si no atravesamos sus líneas no vamos a conseguir nada, además ya no nos queda más remedio, si queremos sobrevivir tenemos que enfrentarnos a ellos.

            — Me lo temía —replicó él—. Pero el hacha lo tienes tú y no voy a poder quitármelos de encima.

            — Vamos no seas tan pesimista. No tenemos tiempo de discutir, corre detrás de mí y no te separes.

            Antonio asintió mientras buscaba con la mirada cualquier tipo de arma. Allí solo había hierba, arena, piedras, conchas rotas y altas palmeras. Brigitte comenzó la carrera suicida contra el grupo de zombis que habían señalado y Antonio decidió correr tras ella, esperando ser capaz de aguantar el ritmo. Era tal la tensión del momento que Brigitte empezó a gritar como una guerrera a medida que se aproximaban al grupo de zombis. A su vez, éstos se enervaron y fueron con mayor ansiedad hacia ellos.

            El choque fue un caos. Brigitte espoleó con su propio cuerpo al primer zombi que se le cruzó y lanzó su cuerpo a dos metros de distancia por el empellón, los siguientes saltaron sobre ella, agarrándola por los brazos y buscando morderla donde pudieran. Antonio cogió al primero y lo tiró al suelo al segundo lo sujetó ella con el hacha el tiempo justo hasta que Antonio le destrozó la mandíbula de un derechazo certero. A pesar de todo el zombi no la soltó inmediatamente, Antonio tuvo que agarrarle por los brazos y tirar con fuerza de él para separarlo.

            — ¡Me hace daño! —gritaba ella, que notaba cómo sus dedos se le clavaban con fuerza en los brazos.

            — Suéltala, maldito —exclamó Antonio, dando un fuerte tirón y logrando tirarlo al suelo—. Sigue corriendo —ordenó él, al ver acercarse a media docena de zombis más. Lo peor era que los que habían derribado ya estaban poniéndose en pie, rabiosos y volvían al ataque.

            Ella obedeció y en seguida puso distancia entre ella y él, que hizo lo que pudo para seguirla lo más cerca posible. Esta vez Brigitte recibió al siguiente zombi con un poderoso hachazo que arrancó una pierna de cuajo del viejo zombificado, derribándolo como un saco de patatas.

            El siguiente lo recibió con una patada en el estómago y el zombi cayó sobre el que tenía detrás. Eso abrió hueco y pudo seguir corriendo con absoluta libertad. Eufórica corrió cuanto pudo. Luego miró hacia atrás y vio que Antonio estaba siendo atacado por dos de los zombis. Él intentaba apartarlos desesperadamente pero uno de ellos buscaba su cuello con la boca y tratar de impedirlo era su mayor prioridad. No pudo hacer anda por impedir que otro se le abalanzara por la espalda y le mordiera en el hombro.

            — ¡Ahhh! —gritó desgarradamente.

            — Nooo —se lamentó Brigitte que veía que él solo no podría quitárselos de encima y si acudía la rodearían una veintena de zombis—. Dios nooo, nooo...

            ¿Qué podía hacer? ¿Le habrían contagiado de la enfermedad que tenían? Si le ayudaba podían morir los dos... Pero de ninguna manera podría salvarlo.

            En un instante pudo ver pasar los cuatro meses que había sobrevivido sin él y el motivo por el que buscaba llegar a esa isla: No quería vivir sin él.

            — ¡Aguanta! —gritó mientras corría hacia de vuelta.

            Cuando llegó, Antonio logró apartar al que tenía delante y ya estaba forcejeando con el que le había mordido. Su hombro sangraba y apenas podía mover el brazo izquierdo, pero de un fuerte puñetazo partió el cuello del monstruo que aún así seguía agarrándolo como una lapa. Brigitte despachó a los tres que se le venían encima con un golpe giratorio del hacha y los tres cayeron de espaldas. Luego ayudó a levantarse a su marido y le pasó la mano por la cintura para instarle a correr.

            — Vete, no lo voy a conseguir —desistió él, que apenas tenía aliento para hablar.

            — Si te comen a ti me comen a mí, no pienso dejarte.

            — No puedo más —exhaló él.

            Brigitte puso todo su esfuerzo por empujar de él y al menos conseguían mantener la distancia. Pero a cada paso, Antonio parecía perder más fuerzas y a ella le costaba mucho más desplazarlo.

            — Si me quieres, sigue corriendo, aguanta por mí.

            — Ya es tarde, Brii —se resignó Antonio, mientras aún caminaba como podía—. Siento que la enfermedad me está invadiendo, pronto seré uno de ellos. Tienes que dejarme...

            — ¡Tú eres tonto! —gritó ella, llorando—. Vamos, nos están alcanzando.

            — Hemos estado poco tiempo juntos —reconoció él, sonriente—. Han sido los días más felices de mi vida... ojalá hubiera podido volver contigo mucho antes...

            — Deja de hablar así, mira, allí hay una casa, podemos refugiarnos allí.

            — No llegaré —se volvió a resignar Antonio.

            Brigitte se dio la vuelta y vio que dos de los zombis estaban ganándoles terreno. A esas alturas había más de un centenar de zombis siguiéndoles como moscas a un bote de miel.

            — ¡Deja de ser tan pesimista! —gritó, exasperada—. Vamos a llegar, solo tienes que darlo todo. Vamos, no te rindas.

            Antonio tenía la boca seca y no replicó. Pero notó que volvía a correr con más brío y consiguieron mantener la distancia de los zombis más ágiles. Cada paso que daban más se acercaban a aquellas casas. Algunas eran de madera otras parecían modernas mansiones y una de ellas era especialmente grande, un hotel de planta baja que parecía un lugar seguro. Al menos más seguro que las demás. Si querían tener una posibilidad debían ir allí, ya que los zombis no podrían rodear un edificio tan grande.

            Lo malo era que también sería más fácil que consiguieran entrar ya que no tendrían tiempo de asegurar las ventanas.

            — ¡Supervivientes! —se escuchó delante la voz chillona de una niña—. ¡Abrir las puertas!

            Una campana sonó en la otra punta del poblado. Una chiquilla rubia tocaba en lo alto del campanario de una iglesia y los zombis empezaron a desviar su atención hacia allí.

            — Dios mío, no somos los únicos vivos —oró Brigitte—. Gracias Dios Santo, ayúdanos a llegar.

            La esperanza de un lugar seguro les dio alas a sus piernas y en apenas un par de minutos llegaron al hotel, que les recibía con las puertas abiertas. En cuanto entraron un par de jóvenes cerraron la puerta y la apuntalaron con una enorme nevera oxidada.

            Con la llegada cayeron rendidos al suelo tratando de recuperar el aliento.

 

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Comentarios: 5
  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (viernes, 14 octubre 2011 18:27)

    Aquí puedes comentar qué te va pareciendo la historia.

  • #2

    x-zero (sábado, 15 octubre 2011 07:38)

    va mejor sin duda C;

  • #3

    yenny (sábado, 15 octubre 2011 21:10)

    Tony tienes que arreglar el enlace en la portada te manda a la quinta parte y no a esta.
    Siempre dejas la historia en la mejor parte ya quiero la continuacion.
    Gracias por tomar el tiempo de escribir.

  • #4

    Antonio J. Fernández Del Campo (domingo, 16 octubre 2011 00:58)

    Arreglado. La continuación puede estar mañana o pasado. La historia va tomando forma en mi cabeza pero lamentablemente sigo sin tiempo para escribir todo lo que me gustaría.

  • #5

    Vanessa (domingo, 16 octubre 2011 21:50)

    ya quiero la continuacion me dejaste con intriga!!!! :( espero k Antonio o Brigitte no se mueran!!!

Animal es el que abandona a su mascota.

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