La isla de los caminantes sin alma

9ª parte

            Los golpes de Antonio siguieron haciendo ecos en el hotel mientras ella trataba de quitarse la angustia con el llanto. En aquel edificio, sin embargo, no estaba sola. Varios zombis se aproximaban a ella lentamente desde su espalda y debido al ruido que producía ella misma no fue capaz de escucharlos hasta que uno le cayó encima.

            Se asustó tanto que dio un respingo y golpeó al cuerpo sin alma con el codo, derribándolo. Al darse cuenta de que ese hotel ya no era un sitio seguro caminó hacia atrás hasta quedarse con la espalda pegada a la puerta. Sus manos temblaban y no sabía qué hacer. No se dejaría morder, no sabiendo los espeluznantes efectos que tenía una simple infección. En menos de una hora había visto transformarse al hombre de su vida en un ser monstruoso sin el menor rastro de inteligencia.

            Abrió la puerta y se encontró en el medio de la población, en la plaza donde podían distinguirse la iglesia, varias casas y algunas tiendas de souvenirs. Por fortuna la inmensa mayoría de los zombis habían desaparecido.

            - ¿Dónde se ha metido todo el mundo? -susurró, al pensar en los supervivientes y la multitud de zombis que había allí justo antes de perder el sentido.         

            - Parezco la última superviviente de la humanidad -se dijo, desesperada-. Y ni siquiera deseo vivir.

            - Aaaaa -escuchó a su espalda.

            Los zombis del hotel salieron tras ella y la siguieron lenta y perezosamente. Era una suerte que esos fueran tan torpes, si hubieran sido rápidos como los que vieron en el aeropuerto ya la habrían mordido. Se dio cuenta de que los musculosos que se transformaban en zombis podían correr como auténticos atletas suponiendo una amenaza mucho más seria mientras los menos ejercitados, los viejos o los que tenían bastante grasa corporal, se movían con una pereza lastimosa. Era lógico, no había que ser muy listo para deducir esa regla de tres.

            - Mierda... -Sus ojos se posaron en el cielo, en el oeste. El firmamento estaba teñido de un color rojizo y parecía presagiar una noche muy larga y sangrienta.

            No podía dejar que la sorprendiera sin un lugar donde refugiarse. Cogió una tabla rota del suelo y la tanteó con las manos para saber si podía servirle para golpear contundentemente una cabeza. Necesitaba un arma para moverse con cierta seguridad. Si la horda volvía y la sorprendía fuera, estaba perdida. Tenía que pasar desapercibida, esconderse en un lugar seguro y afianzarlo con sutileza para que los muertos no pudieran entrar ni supieran que estuviera allí.

            La iglesia estaba quemada, las ventanas estaban totalmente abiertas, pero el campanario podía ser un sitio seguro. No se imaginaba a los zombis subiendo por una escalera tan larga. Pero, por otro lado, si quería bajar y los zombis la esperaban abajo, estaría atrapada.

            Se acercó a la primera tienda de postales y se dio cuenta de que en realidad era un restaurante tropical. Había estanterías donde se vendían gorras, camisetas y postales, pero había muchas mesas en el interior con menús en el centro de cada mesa. Éstas eran de plástico flexible, sin utilidad alguna fuera de su misión de sujetar la comida. Ese descubrimiento la llevó a deducir que debía haber una cocina, una nevera y posiblemente latas de conservas.

            No llegó a entrar en la cocina y dos zombis se levantaron del suelo al escuchar sus pasos. Eran un anciano y una mujer, ambos lentos y lastimosos. Al recordar a Antonio no se sintió capaz de golpearlos.

            Se apartó de su trayectoria haciéndoles alejarse de la puerta de la cocina y éstos la siguieron como si tuviera comida que ofrecerles. Bien pensado, claro que tenía, su propia carne caliente y tierna.

            Llegó hasta la puerta del restaurante y salió, vigilando que no hubiera más zombis fuera. Tenía que despistarlos, no podía dejar que la vieran entrar de nuevo porque podían alertar de su presencia a los demás. Corrió hasta el otro lado de la calle, hasta lo que parecía una tienda de ropa y se metió dentro. Allí descubrió que los supervivientes habían usado todo lo que podía ser útil y solo quedaba ropa en los maniquís de los escaparates. Dentro no había nadie, ni vivo ni muerto. Solo algunos restos secos de lo que quizás habían sido zombis hace mucho tiempo. La puerta estaba reventada. Esperó a que los dos zombis la siguieran y a ellos se unieron los que habían salido del hotel, que al meterse ella en el restaurante se habían quedado desorientados en medio de la calle.

            - Nunca había tenido tantos fans -se dijo.

            Los zombis entraron en la tienda trabajosamente, tropezando con las tablas rotas de la puerta. Estaban tan impacientes por alcanzarla que cayeron unos sobre otros y llegaron a ser bastante cómicos intentando volver a levantarse poniendo los pies sobre los miembros del de abajo y perdiendo el equilibrio una y otra vez por culpa de los demás.

            Brigitte aprovechó que habían formado esa montaña de brazos y piernas para escapar por el escaparate, corriendo al restaurante. La luz estaba empezando a escasear, la mitad del cielo ya empezaba a ser azul oscuro y algunas estrellas se dejaban ver en el firmamento.

            - Tengo que darme prisa -se dijo.

            Cuando entró en el restaurante y llegó a la cocina, tuvo que taparse la nariz por el asco. Había docenas de cuerpos podridos apilados junto a la nevera. Ésta estaba abierta y no había nada comestible. Lógico, durante cuatro años los supervivientes tuvieron que sacar comida de donde fuera. Lógicamente ese sería el primer lugar al que acudirían.

            No tardaría en morir de hambre, ahora estaba segura. Esa gente que les había abierto las puertas del hotel estaba famélica, no tenían qué llevarse a la boca de modo que encontrar algo comestible que no la contagiara sería harto complicado.

            - Ni siquiera se nos ocurrió traer comida -se dijo, frustrada-. Ni aunque el avión siguiera en su sitio habría comida allí. Aunque con tanta playa tiene que haber un modo de conseguir algo... Tiene que haber mejillones, ostras o cangrejos.

            La idea de ir a buscar algún bicho a esas horas, a la playa, se le borró de la cabeza al darse cuenta que se le haría de noche antes de llegar al agua y allí sería ella la comida de todos esos zombis desesperados. No, la prioridad ahora era encontrar refugio. Un sitio donde poder encerrarse sin que nadie la amenazara, un sitio donde poder cerrar los ojos y descansar.

            El siguiente edificio era una oficina. Los papeles estaban ya negros y hasta las mesas estaban destrozadas. Solo quedaban tablas cortas que no le servirían de gran cosa. Al ver la tabla que llevaba como arma se dio cuenta de que habían tenido que usar todo lo que tenían a su alrededor para apuntalar puertas y ventanas con cualquier tabla resistente que encontraran. Esa oficina fue literalmente saqueada y destrozada hasta que solo quedaba basura y algún que otro cadáver putrefacto y seco. Las puertas estaban todas quitadas por lo que no podría refugiarse allí.

            - Voy a tener que volver al hotel -se dijo, fastidiada-. Con suerte ya se habrán dispersado esos zombis. ¿Por dónde habrán entrado?

            Corrió hacia el hotel esquivando los tres zombis que había en la calle. Al verla pasar estos se volvieron hacia ella pero en seguida la ignoraron ya que siguieron caminando lentamente hacia direcciones aleatorias. Los zombis lentos daban mucha pena, parecían personas con alguna extraña enfermedad que no podían ver muy bien, ni podían hablar. Desde que vio a Antonio transformado, era incapaz de ver en ellos a los monstruos que veía antes.

            - Sí, volveré al hotel.

            Pensó recordando que allí estaba él o, al menos, lo que quedaba de él.

            Entró en el lujoso edificio y cerró la puerta tras ella. Luego, con un enorme esfuerzo movió la nevera hasta ponerla pegada a la entrada. Allí dentro estaba muy oscuro, ya casi no veía en el interior ya que las ventanas estaban casi selladas con toda clase de tablas.

            Al menos podía ver varias puertas entreabiertas, una de ellas era el cuarto de baño de mujeres que parecía que tenía la puerta firme. Se metió dentro, apuntaló la puerta con un mueble que había dentro.

 

 

 

 

 

            Cuando despertó se encontró en una cama sucia con la ventana tapiada con maderas y se preguntó dónde estaba. Al levantarse recordó todo de golpe y se quedó sentada en la cama con la cabeza apoyada en las manos. Emitió un profundo suspiro al recordar que Antonio no había muerto, pero no sabía se hubiera sido mejor verle morir. Ella nunca podría golpearle y como a él, no podría dañar a ninguno de esos pobres diablos que habían perdido la casi completa plenitud de sus facultades mentales. ¿La enfermedad tendría cura?, ¿estarían muertos tal y como se contaba en las historias de terror? Sinceramente, lo dudaba. Ningún muerto podía caminar y alimentarse. A pesar de su terrible aspecto, eran personas enfermas, personas vivas.

            - Tengo que encontrar algo de comer -se dijo, notando que su estómago empezaba a dolerle por no haber comido nada el día anterior.

            Abrió la puerta con cuidado y no vio ningún zombi en las proximidades. Se acercó a la sala donde estaba encerrado Antonio y abrió la puerta con lentitud. En cuanto asomó la cabeza vio que estaba sentado contra la pared, con la cabeza caída a un lado y de su boca salía un hilo de baba verde. Parecía muerto y no solo eso, muerto hace semanas. Pero sabía que en cuanto se acercara, se movería intentando morderla.

            - No se irá muy lejos –susurró con tristeza.

            Cerró la puerta y salió del hotel. La calle estaba aparentemente libre de cualquier actividad. Solo veía cinco cuerpos tirados en el medio de la calle que seguramente se levantarían apenas la escucharan.

            Cogió su tabla y rodeó el hotel tratando de hacer el menor ruido posible. Cuanto menos llamara la atención mejor podría moverse. La mañana estaba siendo paradisíaca como en las postales de las tiendas y tendría un bonito día de pesca en la playa. Por el camino, atravesando el palmeral, pensó que sería buena idea localizar algún barco, pero dudaba que pudiera encontrar ninguno ya que los supervivientes no habrían estado tan desesperados por su avioneta si hubieran tenido alguno a mano.

            En apenas doscientos metros llegó a la playa y ésta la dejó sin aliento. Mirase al lado que mirase solo veía arenas blancas y resplandecientes en contacto con un agua azulada y cristalina. Nunca antes había visto una playa tan grande y bonita. Pero eso no era lo que buscaba. Quería piedras, peñascos, lugares donde buscar seres vivos como mejillones, lapas marinas, caracolas, pulpos, cangrejos. Las playas arenosas solo tenían pulgas de mar y esos bichos eran demasiado pequeños y demasiado difíciles de encontrar. Por no mencionar los escurridizos pececillos que se aventuraban a nadar cerca de la orilla. Nunca atraparía uno.

            Escuchó que alguien resoplaba con demasiada fuerza y se volvió asustada. ¿Los zombis rápidos habían vuelto? Cogió su tabla con las dos manos y esperó que salieran a la vista.

            - ¡Por favor! Que no sea Antonio... -rogó.

            Un zombi se abrió paso entre la vegetación y la buscó con la mirada y el olfato. Al identificarla, en medio de la playa, emitió un grito de furia que debió escucharse en toda la isla.

            - Oh, no... -susurró ella, retrocediendo, aterrada.

            Como respuesta a su grito se escucharon multitud de bramidos en la lejanía. Ese bastardo zombi había alertado a todos sus compañeros.

            Sus pies chapotearon en el agua cuando el zombi comenzó a acercarse a elle en plena carrera. Brigitte se dio la vuelta y corrió, mar adentro, con intención de llegar a donde cubriera tanto que su perseguidor se viera obligado a nadar. Si podía hacerlo, estaría perdida.

            Cuando el agua le cubría por la cintura miró hacia atrás y vio de reojo que el infectado la seguía sin tregua por el agua aunque iba tan lento como ella.

            Se echó a nadar y soltó la tabla. Ahí no tendría mucha ventaja por tener un arma, sería mejor tener las dos manos para nadar. En dos brazadas notó que el suelo arenoso se alejaba de la superficie y después de nadar unos segundos sin mirar atrás, comprobó que no hacía pie.

            Se giró para ver si la seguía persiguiendo y detrás de ella no había nadie.

            - ¡Dónde demonios está!

            Los que sí estaban eran sus compañeros que escucharon el bramido, que salían de la foresta directos a ella. Todos se metieron en el agua como una manada.

            - Maldita sea, tengo que irme más lejos.

            Pero no se alejó, tenía que ver qué hacían y cómo se las apañaban en el agua.

            Caminaban con pesadez y cuando el agua les cubría la cabeza, seguían intentando caminar bajo su superficie. Allí les perdía la pista.

            - Mierda -exclamó al imaginarse que el primer zombi ya estaría a su altura y que podría esta a punto de cogerla por los pies desde el fondo.

            Aterrada, pataleó y subió los pies cuanto pudo. Nadó alejándose más de la orilla y no se atrevió a detenerse hasta que ya casi no sentía sus brazos y piernas. Entonces se dejó flotar y respiró profundamente mirando al cielo y, de reojo, la playa por si veía a más zombis.

            Cuando el agua estaba muy tranquila decidió mirar hacia abajo. Se veía agua verdosa y oscura y no podía saber si había zombis tratando de alcanzar sus pies. No se atrevió a bajarlos en ningún momento, por si acaso.

            Fue entonces cuando vio que la orilla estaba despejada. Ya no había zombis. Atisbó su tabla regresando a la arena, llevada por la marea, y pensó que quizás era el momento de volver.

            Nadó hacia tierra firme, rodeando el trozo de agua en el que perdió de vista a la horda zombi y cuando llegó, lo primero que hizo fue coger la tabla y mirar hacia el agua. No salía ninguno, ¿se habrían ahogado? No se quedaría a averiguarlo. En esa playa no había nada para comer, no tenía sentido seguir allí. Debía buscar cocos, plátanos o cualquier cosa que pudiera comerse. Pero las palmeras alcanzaban una altura exagerada, algunas ni se veía su copa ya que las más bajas las cubrían. Eran troncos pelados que subían más de cinco metros y luego formaban un techo verdoso que impedía que el Sol llegara a donde estaba ella.

            - Exploraré un poco más –se dijo, resignada-. ¿Qué otra cosa puedo hacer?

           

           

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Comentarios: 2
  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (sábado, 22 octubre 2011 10:20)

    Puedes escribir aquí lo que te parece la historia.

  • #2

    Carla (domingo, 23 octubre 2011 02:51)

    Va muy bien. Espero la conti pronto. ;)

Animal es el que abandona a su mascota.

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