La mano negra

6ª parte

 

 

            Trepó como le dijo y estuvo a punto de resbalar y caer. Se arrastró por la gruesa rama y llegó al reborde de la ventana, que estaba abierta. Cuando entró vio algo que le dejó sin aliento. Era sangre, un reguero abundante que subía desde las escaleras hasta el final del pasillo. Demasiada sangre para que alguien sobreviviera a eso.  Las rodillas le flaquearon y se quedó agazapado en esa sala tratando de pensar que no era de ella, que no la habían matado. Si lo habían hecho, podían estar seguros de que lo lamentarían.

            «La tienen en la habitación del otro lado del pasillo. No te voy a distraer más, necesitarás toda tu atención. Que no te vean llegar.»

            - Justo lo que temía... ¿Puedes decirme si está viva? - preguntó, aterrado.

            «Tengo que dejarte, a partir de aquí estás solo» - se negó a contestar.

            Se acercó a la puerta y miró fuera al pasillo, a ambas direcciones. Escuchó que alguien hablaba en la planta de abajo. Uno parecía muy enfadado y otra voz, la de una chica, parecía asustada. Si quería escucharles debía bajar un poco por las escaleras.

            Se alejó de la habitación donde debería estar Brigitte y bajó un par de escalones. Las voces se escuchaban más claras.

            - Si no te hubieras dejado engañar por ese idiota - gritaba el chico -. Estamos en un buen lío.

            - Genial, ahora yo tengo la culpa - replicó ella -. ¡Por Dios! No tenías que matar a nadie. Esto era solo un juego - exclamó ella -. ¿Ahora qué vamos a hacer?

            - No es idiota, se marchará. Nunca se atreverá a enfrentarse a nosotros mientras la tengamos.

            - Voy a limpiar la sangre - dijo la chica-. Cuando se seca no habrá quien la limpie.

            Antonio se asustó cuando escuchó los pasos de la chica acercarse a él. Se volvió a meter en el cuarto por el que había entrado, pisando con sumo cuidado de no hacer ruido y sacó la pistola de su funda.

            ¿Solo eran esos dos? Verónica le había hecho entrar por el piso de arriba y ya podía haber llegado hasta Brigitte. Aunque ahora le aterraba la idea de encontrarla muerta.

            Cuando la chica pasó de largo por el pasillo no supo qué hacer. Era de mediana estatura y parecía bastante ágil, delgada pero atlética, pelo negro azabache y liso que le caía hasta los hombros en cascada. Vestía pantalones vaqueros negros y una blusa ajustada del mismo color que le formaba un tipo muy atractivo. Podía reducirla de un golpe en la cabeza o podía coaccionarla para que le acompañara hasta Brigitte apuntándola con el arma. Negó con la cabeza, si hacía eso el chico de abajo se enteraría y subiría, lo que le obligaría a disparar y atraer a todos sus compinches, si es que tenían. No, debía hacerlo en completo silencio, y salir tal y como había entrado.

            Siguió a la chica por el pasillo, escondiéndose por cada puerta según pasaban por otras habitaciones. Era una casa extraña, cada habitación tenía unas sillas colocadas en círculo, como si se reunieran allí grupos de personas a compartir problemas o quizás era donde los vecinos del pueblo se reunían a decidir cosas. No le importaba mucho, cuando llegó a la puerta del fondo la chica miró hacia atrás y él se escondió a tiempo en la última habitación. Luego ella sacó  una llave del bolsillo y abrió la puerta.

            Al escuchar que se abría la cerradura Antonio salió de su escondite y la empujó dentro de la última habitación. Allí había una cama, una mesa y un par de sillas. Se veía una terraza pero no había rastro de Brigitte.

            - ¿Dónde la tenéis? - susurró, apuntando con su arma a la cara de la chica.

            - Dios qué susto - dijo la chica, enojada -. ¿Cómo nos ha encontrado tan pronto? - preguntó, como si no pudiera creer lo que veía.

            - No te importa, ¿dónde tenéis a mi mujer?

            - Está en ese baúl - señaló.

            Lo que temía, justo donde terminaba el reguero de sangre.

            - ¿Qué le habéis hecho? Eres Clara, ¿verdad?

            Ella parpadeó varias veces y asintió, observando con fascinación la pistola con la que la apuntaba.

            - Increíble, me pregunto si esa antigualla aún dispara - dijo, asombrada.

            - Muy bien Clara, abre el baúl sin hacer ruido. Como hagas cualquier movimiento extraño comprobarás que funciona perfectamente.

            Miró su pistola un segundo y la chica entendió, asintiendo con la cabeza.

            - Yo no quería hacerlo, pero Fredy se empeñó - se disculpaba ella.

            - ¿Fredy mató a Max? - preguntó él, queriendo pensar que no se refería a Brigitte.

            Clara descorrió el cerrojo del baúl y abrió la tapa con dificultades. Debía ser pesada.

            «Demasiado tarde, Fredy está subiendo, os ha escuchado, gritas demasiado.» - le avisó Verónica.

            Antonio chasqueó la lengua y se escondió detrás de la puerta.

            - Cierra la tapa y no te muevas - le dijo a Clara, entre susurros.

            La chica le miró con fastidio, parecía no comprender por qué cambiaba de parecer cada momento. Corrió el grueso cerrojo de nuevo y le miró desafiante con las manos en alto.

            - Lo siento, mi amor - se disculpó, conteniendo las ganas de saber si estaba bien o la habían matado. Al menos si estaba bien, le habían dado un poco de aire al abrir la tapa un par de segundos. La sangre llegaba hasta el baúl, lo que le daba muy pocas esperanzas, pero hasta que no la viera no quería asumirlo.

            Los pasos de Fredy se acercaban a la habitación despacio pero seguros.  Antonio apretó la empuñadura de su pistola como si le fuera la vida en ello. Fredy empujó la puerta y vio que Clara lloraba y miraba hacia detrás de él.

            - ¿Con quién hablabas? - preguntó, enfadado.

            - No quiero que hagas un solo ruido - susurró Antonio, apuntándole a la espalda con su Lemat.

            - Es él - añadió Clara.

            - Es imposible que nos encontrara tan pronto - replicó el chico, asombrado -. Nadie sabía donde estábamos.

            - Como le hayas hecho algo a mi mujer te juro que nadie más te encontrará.

            Antonio se sintió crecer al darse cuenta de la inigualable ayuda que había tenido con Verónica y al empuñar ese trasto antiguo de aspecto imponente. Sin Verónica seguiría corriendo detrás de Marco quién sabe hasta donde.

            - ¿Y ahora qué, tipo duro? - preguntó Fredy -. ¿Nos matarás? ¿Crees que me das miedo? No puedes detenernos, eres un criminal como nosotros. Mi padre te conoce, Antonio Jurado. Si la policía te encuentra aquí te culpará de...

            - Eres un bocazas - insultó Clara, enojada -. ¿Quieres que sepa demasiado?

            Aquella declaración era desconcertante. ¿Cómo sabía ese mocoso tantas cosas sobre él? Su dedo presionó el gatillo y deseó dispararle, acabar con él y salvaguardar su secreto, pero Brigitte estaba allí. No quería matar a nadie en su presencia, si es que aún vivía.

            - Ponle las esposas al bocazas de tu novio - ordenó Antonio, que empezaba a sentirse intimidado por esa tal Clara. El otro parecía un niño de papá descerebrado que sabía demasiado sobre él.

            - No es mi novia - protestó el chico, con cara de asco.

            - ¿Sabes qué es lo que me impide matarte, chico? - preguntó Antonio, aparentando más tranquilidad de la que tenía -. Nada. Ponle las esposas a este antes de que decida demostrarte lo bien que dispara este trasto.

            Clara obedeció y le puso las esposas a Fredy.

            - Saca a mi mujer de ahí - ordenó a la chica, cuando había colocado las esposas al otro.

            Clara abrió el baúl de nuevo. Dentro había dos cuerpos, uno ensangrentado y el otro no. Cuando vio que Brigitte estaba sobre el cadáver de otra persona no supo si también estaba herida o solo tenía encima la sangre del muerto. Al tocarla, se movió con desesperación intentando gritar. Tenía puesta una capucha de tela y las manos y los pies estaban atados. Clara la desató. Cuando la liberó la ayudó a levantarse y con dificultades se acercó a él y le abrazó entusiasmada. Antonio solo pudo devolverle el abrazo con una mano. La otra seguía apuntando a los otros dos.

            - Gracias a Dios, estás viva - dijo, sintiendo que su corazón se aceleraba por la emoción.

            - Mi príncipe, siempre al rescate - lloraba Brigitte, temblando de emoción.

            - Vámonos de aquí... En casos como este, me encantaría ser inspector de verdad. Encerrar a estos cabrones de por vida me haría sentir bien... pero no puedo hacerlo.

            - Sácame de aquí -pidió su mujer.

            - ¿Quién es el muerto? - preguntó Antonio a Clara.

            - Me gustaría ver tu cara cuando sepas su nombre - alegó Fredy, orgulloso.

            - Como se lo digas... - amenazó la chica, enojada.

            - Saca al muerto, encanto - rogó Antonio apuntando a Clara a la cabeza.

            - Su padre está de camino hacia aquí, deberíais huir - replicó la chica, retadora.

            - No necesitas ver al muerto - siguió riéndose Fredy -. La muerta es Clara, no quería intervenir en un secuestro, nos iba a delatar... Tuvimos que despacharla.

            Antonio miró a la chica que tenía delante sin saber qué pensar. Si la muerta era Clara, ¿quién era esa otra chica? Seguramente una más de la extraña hermandad pero el no saber su nombre le hizo sentir aún más vulnerable ante ella.

            - ¿Quién cojones eres tú entonces?

            - No me lo ha querido decir ni a mí - rió Fredy -. Esta zorra ha venido por encargo de mi padre, es una as...

            La chica le disparó entre ceja y ceja con una pistola que Antonio no sabía ni que tenía. Luego, tan rápida como un pestañeo, le apuntó a él con su pistola. Una minúscula walther PPK que en su pequeña mano se veía enorme. Tenía tal habilidad que podía haberles matado si hubiera querido.

            - Ahora estamos igualados - dijo ella, sonriente.

            - Con esas balas no me harías ni cosquillas, y un disparo de esto te reventaría.

            - En eso estoy de acuerdo, por eso prefiero disparar a la cabeza. Como ves no fallo nunca.

            Antonio apartó a Brigitte y la puso detrás de él. Ahora ya sabía por qué esa chica le intimidaba tanto. Nunca se sintió en inferioridad de condiciones a pesar de haber sido encañonada con su Lemat.

            - ¿Piensas matarme? - preguntó Antonio.

            - Solo quiero largarme de esta casa. Apesta a fiambre y ya he cumplido mi misión.

            - ¿Qué misión?

            - Cariño, si te digo eso tendría que matarte. Pero aún me sirves vivo.

            - ¿Por qué? - preguntó, aunque sabía que si ella hubiera querido ya le habría matado.

            - Si no dejas filetes a los perros, estos te persiguen. Ya lo entenderás, no tengas tanta prisa. Ahora si me disculpas, tengo que salir de aquí.

            Se subió al alféizar de la ventana y la abrió. Había más de cinco metros de altura y abajo había rocas.

            - Nos vemos - dijo, saludando marcialmente con la pistola y aferrándose al reborde superior de la ventana para salir hacia arriba.   

            Su agilidad era asombrosa y Antonio sintió que su corazón volvía a latir cuando perdió de vista a esa mujer. Se había sentido completamente indefenso a pesar de tener su Lemat en las manos.

            - ¿Te ha dicho cariño? - preguntó Brigitte, algo celosa-. No antes de llamarla tú cielo…

            - Ni siquiera sé su nombre, no la había visto en mi vida - replicó él.

            - Bueno, eso espero, vámonos antes de que venga alguien.

            Antonio la tenía cogida por la cintura porque la mala postura en el baúl le había dañado los tobillos. Brigitte cojeaba bastante y por tanto no podrían volver a salir por la ventana, trepando por el árbol. Si había alguien abajo debían tener mucho cuidado.

            Bajaron las escaleras lo más despacio que pudieron para evitar hacer demasiado ruido pero aún así Brigitte pisaba con demasiada fuerza. No podía evitarlo, le dolía mucho un pie.

            Abajo no había nadie y justo frente a las escaleras había una puerta. Antonio se asomó por una portezuela que tenía y vio que fuera había dos coches negros, BMW, y había cuatro personas dándose indicaciones mientras uno de ellos señalaba hacia la puerta.

-     Joder - renegó Antonio -. No estamos solos.

Animal es el que abandona a su mascota.

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