La profecía del fantasma

1ª parte

 

            — Tengo que ir mamá —insistió Joel, hablando por teléfono—. La boda es una excusa, pero si no voy ahora ya nunca vamos a volver a hablarnos.

            — Pero hijo, tu hermano me ha pedido que te convenza de que no vengas. No quiere discutir con nadie el día más especial de su vida.

            — No voy a discutir, voy a estar con vosotros.

            — Ya sabes cómo acaban estas cosas, al final siempre terminas discutiendo.

            — Vaya, lo dices como si sólo fuera culpa mía —rezongó, fastidiado—. Pues me parece muy bien, sigue defendiendo a Eduardo, está claro que es el hijo perfecto...

            — No es eso, tú lo sabes, él no tiene la culpa de que seáis tan distintos.

            — Bueno, pues sí tiene la culpa de juzgar todo lo que hago y meterse en mi vida sin que nadie le pregunte.

            — Haz lo que te de la gana, al final siempre haces eso.

            Y colgó.

            — Ya, claro, yo siempre soy el malo —siguió renegando Joel, con fastidio.

            Estaba dando vueltas nerviosamente en el salón de su casa mientras hablaba con su madre. Diana se estaba poniendo unos pendientes de perlas mientras salía del baño.

            — ¿Qué ha pasado? Te he escuchado discutir.

            — Nada, que mi madre me ha llamado para pedirme que no vayamos a la boda.

            — ¿Qué? Después de comprarme el vestido, gastarme cincuenta euros en la peluquería...

            — No te preocupes, mujer, que vamos a ir. No quieren discutir..., pues no pienso discutir porque no pienso dirigirles la palabra. Menuda boda, no sé como aguanta a esa estúpida, les auguro menos de dos años juntos. Y recemos por que no tengan hijos.

            — Bueno, son tal para cual —replicó Diana.

            — No discutía con mi hermano antes de que la conociera. Esta tía no hace más que envenenarle los oídos con sus paranoias.

            — Entonces, ¿vamos o no vamos?

            — Pues claro que vamos, ¿estás lista?

            — El que no estás listo eres tú. Al menos aféitate hombre, que parece que vas a un entierro más que a una boda.

            — Pues no sé si hay mucha diferencia, la verdad.

            Joel se arregló el pelo en el baño y se afeitó rápidamente antes de que salieran por la puerta y se dirigieran en coche al lugar de la boda. Un monasterio llamado Piedra, en la provincia de Zaragoza. Era un viaje de unas dos horas pero ya había visitado aquel lugar y sabía que era un sitio muy bonito, digno de visitar. Su hermano había tenido que esperar tres años para que le dieran día y hora para la celebración. Sería en la capilla y luego el convite sería en los salones del antiguo monasterio, ahora convertido en hotel.

            Si hubiera sido por él, seguramente no habrían ido a la boda. No les habían invitado y encima cuando se vieron en casa de sus padres y les recordó a Eduardo y Elena que no les había llegado invitación alguna, ellos ni siquiera disimularon. Ella respondió con un irritante tono de suficiencia que las invitaciones que ellos habían mandado habían llegado.

            Esa fue la última vez que discutieron y en aquella ocasión su madre puso paz hablando con él en privado y diciéndole que se refería a que Elena daba por hecho que le tenía que haber llegado, que fuera a la boda y que no se preocupara por esa nimiedad.

            Diana, tampoco quería ir, pero él la convenció de que los novios suelen ser las personas con las que menos hablan los invitados y que le apetecía ir de fiesta con la familia. Así fue ella la que se empezó a ilusionar, se gastó un dineral en un vestido que estaba claro que nunca más usaría y fue ella la más interesada en ir. No podía negarle el capricho a última hora.

 

 

 

            — ¿Has estado alguna vez en el Monasterio de Piedra? —preguntó él a Diana, mientras salían de Madrid a ciento veinte kilómetros por hora.

            — Pues no, pero me han dicho que es muy bonito.

            — Es que lo es, también es un poco... No sé, algo tétrico. Es como de la edad media o así.

            — Otra cosa no, pero si es así, debe ser una boda muy bien ambientada.

            — ¿Lo dices por los fantasmas como mi hermano? —bromeó Joel.

            — Lo digo porque... Ah, qué tonto eres. Por cierto, no quiero una sola discusión. Si te dice algo, tú te muerdes la lengua.

            — No te preocupes, que no pienso acercarme a ellos.

            — ¿Y qué pasará si no tenemos mesa para comer?

            — No será capaz de hacernos eso. Sabe que entonces quedarían ellos en evidencia.

            — Sí, claro, tienes razón —asintió Diana.

           

 

 

            No dijeron nada más hasta que llegaron, una hora después. El lugar estaba atestado de coches, pero había sitio de sobra para aparcar. En la entrada habían puesto un cartel que decía "Visita turística cerrada al público". Y justo debajo ponía "Bienvenidos al enlace matrimonial de Eduardo y Elena".

            Una vez en la capilla, donde cabían unas doscientas personas, vieron a su familia y la de Elena, cada una a un lado de la iglesia como si fueran ejércitos enfrentados y divididos por el pasillo central. Habían puesto nombre a los bancos más cercanos al altar pero Joel supuso que para ellos dos no habían puesto ninguna reserva de modo que se metieron entre sus primos. Justo había dos sitios al lado de su prima Ana y Nuria, hermanas inseparables por ser gemelas. Se llevaba muy bien con ellas así que no dudó en sentarse a su lado y las saludó con un sonoro beso en cada mejilla de las dos y no hablaron más porque la música de la ceremonia comenzó a sonar.

            El órgano sonaba como en las películas de terror, profundo y con sonidos tan graves que hacían temblar el alma y Joel no pudo evitar sonreír al imaginarse la tortura de compartir toda la vida con alguien como Elena. Eduardo estaba poniéndose los grilletes más horribles y oxidados que existían y nunca más volvería a ser feliz, estaba seguro. Pero como decía Diana, eran tal para cual. Si se casaba, nadie le estaba obligando.

            El primero en entrar en el templo fue Eduardo, con un frac negro, camisa blanca, zapatos negros de charol, pajarita perfecta y pechera gris de seda... Parecía un duque, no podía negar su elegancia.

            Caminó ceremoniosamente hasta el altar donde le esperaba un sacerdote joven, que estaba al otro lado. Se quedó en su reclinatorio y se giró para dar la bienvenida a la novia.

            — Ahora no viene Elena y me parto de risa —bromeó ante Diana.

            — Cállate y no la líes, que te conozco —susurró ella.

            Su pronóstico falló, pues la novia apareció con su padre cogido de su brazo. Llevaba un vestido blanco con perlas adornando su escote más que exagerado. La cola la arrastraba unos veinte centímetros y el velo la perseguía por el aire mientras caminaba y éste flotaba tras ella.

            — Bonito vestido —opinó su prima Ana.

            — Sí, es una caja sorpresa, como la de pitufo bromista. El regalo parece bonito pero cuando lo abres...

            — Te quieres callar —ordenó Diana, dándole un codazo.

            — Está bien, está bien, lo siento.

            Algunos invitados del bando contrario le miraron con cara de odio. Debía haberle escuchado casi todo el mundo y saberlo le hizo ponerse colorado como un tomate.

            Fue bueno y no dijo nada más el resto de la ceremonia y hasta casi se durmió ya que fue terriblemente tediosa, entre las lecturas y el sermón prefabricado del sacerdote, algo tan impersonal como un tablero de ajedrez. Lo único que recordó de aquel rollo fue que la boda es para siempre, que Dios bendecía la unión, que las cosas buenas iban a llegar mezcladas con las malas, que tendrían que apoyarse mutuamente y que el Salvador iba a estar velando por ellos y por sus hijos cuando los tuvieran.

            Al terminar el sermón hicieron los votos, se entregaron las arras y ni siquiera hubo el típico beso al final.

            Cuando por fin sonó la providencial frase de "podéis ir en paz". Joel se puso en pie y le dijo a Diana si quería tomar algo en el restaurante, antes de que llegaran todos. No quería estar por ahí cuando su hermano y su nueva cuñada se pusieran a repartir besos y posar para fotos. Pero en cuanto se dio la vuelta se encontró a sus padres junto a él sonriendo para todos los demás y mirándole con ojos reprobadores.

            — Hola hijo, al final pudiste venir —dijo su madre—. Cuanto me alegro de que podamos estar todos juntos en un día tan especial.

            — Ya te dije que vendríamos —respondió, retador.

            — Bueno, entonces ¿quieres que nos hagamos una foto juntos? ¿Nos la puedes hacer tú? —le pidieron a Diana.

            — No mamá, hazla tú, que quiero salir con mi novia.

            Esa respuesta borró por completo la sonrisa falsa de su madre que se limitó a responder.

            — Yo no entiendo esos chismes —y se alejaron discretamente.

            — ¿Qué pasa? —le preguntó Nuria—. Me ha parecido ver miradas envenenadas.

            — Nada, solo que a mi madre no le gusta hacer fotos.

            — Yo diría que no le gusta Diana —respondió.

            — Bueno, no se puede agradar a todo el mundo —bromeó la aludida, sonriendo.

            — Vamos al restaurante, necesito salir de aquí, hay demasiada gente —adujo Joel.

           

 

           

            Lo pasaron bien en los aperitivos, hablando con los primos que mejor se llevaban y Diana no tuvo problemas en hablar con todos como si fuera una más desde siempre. Pero llegada la hora de la comida se encontraron las mesas numeradas y en un tablón de la entrada no encontraron sus nombres en ninguna parte. Además los padres de Joel lo sabían de antemano y para evitar un espectáculo y que no protestara delante de todo el mundo le fueron a buscar junto al cartel y le sacaron del restaurante entre sonrisas falsas. Cuando estaban a solas su padre le dijo:

            — Por favor daros una vuelta por ahí, no llaméis la atención. No os han invitado por tanto no hay sitio para vosotros.

            — Ya lo suponía, pues me daré una vuelta con el regalo que pensaba darles —les mostró un sobre con dinero y se lo volvió a guardar en el bolsillo—. Pero van listos si piensan que voy a invitarles cuando nosotros nos casemos.

            Sus padres no respondieron y regresaron al lujoso salón. Diana se quedó mirando a Joel mientras movía la punta del pie con nerviosismo.

            — ¿Y ahora qué? Tengo hambre y está claro que no hay más restaurantes en muchos kilómetros a la redonda.

            — No pensé que fueran capaces de poner una lista de invitados.

            — Lo sé, de ese detalle ya me he dado cuenta.

            — Lo siento, salgamos de aquí, tanto amor me da nauseas —ironizó.

            Caminaron hasta el coche y de camino vieron un cartel que indicaba que el parque estaría abierto hasta las ocho de la tarde para los que quisieran verlo.

            — Ya que estamos aquí, dicen que el parque natural es espectacular.

            — Tengo mucha hambre, son las cuatro, no he desayunado para poder con todos los platos de la boda y no pienso entrar a un estúpido parque natural con el estómago vacío —protestó Diana, que ya se había cansado de fingir y explotó con esa declaración—. Quiero irme de aquí, no quiero ver a tu familia ni en pintura. Sácame o tendré que irme yo sola.

            Joel asintió y la condujo hasta el coche donde esperaba su tío Basilio sentado en un banco cercano.

            — ¿No vas a la boda tío?

            — No he sido invitado —respondió—. ¿Y vosotros?

            — ¿No te han invitado? —preguntó Joel asombrado—. ¿Y a ti por qué?

            — Porque al parecer se olvidaron de mi. ¿Vais a Madrid?

            — Sabes qué tío, te invitamos con el dinero que íbamos a darles. Vamos a comer a un restaurante cerca.

            Basilio llevaba traje de lana, camisa blanca con corbata negra y tenía la cara curtida por el Sol. Su rostro aparentaba unos sesenta años y no era muy agraciado, la nariz era aguileña y sus cejas excesivamente pobladas. Tenía solo dos dientes colocados asimétricamente en su mandíbula superior e inferior.

            Se dirigieron a un pueblo cercano, Nuévalos. De camino, Basilio no dijo una palabra hasta que aparcaron cerca de un restaurante.

            — Que pena —susurró.

            — ¿Qué? —Joel se volvió para hablar con él.

            — Nada, solo me parece una pena que dos hermanos se lleven tan mal. No os queda mucho tiempo y deberíais aprovecharlo.

            — ¿Cómo sabes que no nos llevamos bien?

            Basilio levantó la cabeza y le miró fijamente.

            — En una semana morirás. Yo que tú aprovechaba el tiempo que te queda.

            Joel se quedó blanco cuando, de repente, su tío desapareció. Diana vio que se había quedado traspuesto y al girar la cabeza y no ver a su tío se quedó igualmente consternada.

 

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Comentarios: 5
  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (miércoles, 04 julio 2012 10:39)

    También puedes comentar aquí la continuación que tú le darías o bien simplemente comentar y animar a los demás para que aporten sus ideas.

    El viernes 6 de julio aparecerá la encuesta para que votéis la mejor continuación posible de las que aportéis.

  • #2

    yenny (miércoles, 04 julio 2012 22:26)

    Desde que aparecio el tio sabia que era un fantasma, pero por mas que pienso no se me ocurre una continuacion, creo la enfermedad ha dañado mi imaginacion :$ antes podia imaginar como continuarian las historias y ahora por mas que leo no se me ocurre nada, seguire pensando y si se me ocurre algo lo escribire espero que a los demas si se les ocurra algo.
    Saludos a todos extrañaba mucho la pagina y comentar. xoxoxo

  • #3

    x-zero (viernes, 06 julio 2012 07:54)

    no se me ocurre nada... :S

  • #4

    Antonio J. Fernández Del Campo (sábado, 07 julio 2012 00:53)

    Se terminó el plazo. Este fin de semana seguir entrando para votar las opciones que habéis propuesto.

  • #5

    Antonio J. Fernández Del Campo (martes, 10 julio 2012 12:16)

    Ahora es mi turno. En unos días tendréis la continuación que habéis elegido.

Animal es el que abandona a su mascota.

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