La profecía del fantasma

7ª parte - FIN

            Josefina había insistido en darles el diario ya que era un recuerdo muy doloroso y quizás a ellos les sirviera de ayuda para evitar tan trágica muerte. Ahora que estaban en casa observando la agenda no sabían qué hacer. Quedaban dos días para el 18 y eso suponía cuarenta y ocho horas de vida. Aunque conocían el modo en que morirían en el coche evitarlo parecía muy sencillo, no tenían que salir de casa ese día y el anterior, por si las moscas. La certeza de que con eso conseguirían esquivar la cita con la parca fue un soplo de esperanza y recuperaron los ánimos para trabajar. Si hubiera sido entre semana tendrían más problemas ya que ambos tenían que ir en coche y en tan poco tiempo no se podía pedir vacaciones. Se habrían tenido que inventar cualquier excusa para faltar... Aunque no era necesario, el 18 de agosto de 2012 era sábado. Lo que les dejaba expuestos el día 17, viernes... ¿Iban a faltar a sus respectivos trabajos por precaución? Diana lo tenía claro, bastaba con que no subieran al mismo coche y si iban cada uno en el suyo, no habría problemas.

            En esos días que transcurrieron tras lo leído en el diario de Basilio, Joel perdió el sentimiento de culpa ante lo sucedido con su hermano. Fue realista, no podía llamar e insistir con que iba a morir, ni pedirle perdón por lo que había dicho de su mujer a sus espaldas porque no era cierto que lo sintiera. En todo caso sentía haberlo hecho público y sabía que lo único que conseguiría sería encender más la mecha de la discordia. Así que hizo la única cosa que podía hacer para que se terminaran apaciguando los ánimos con el tiempo: Decidió no volver a criticar nunca más a nadie.

            Así pasaron los días hasta que amaneció el día 17 y se levantaron de la cama con angustia. ¿Y si lograban evitar la muerte de uno y no la del otro por tentar al destino e ir a trabajar? Joel podía usar transporte público pero ella no, su empresa estaba fuera de Madrid y para llegar necesitaba más de dos horas de autobuses, metro y caminata. Se jugaba la vida, pero al ir sola confiaba que la muerte pasaría de largo, opinión que Joel no compartía. Temía más por ella que por él mismo.

            Pero tenían que hacerlo, faltar al trabajo sin causa justificada en una época de crisis en la que cualquier excusa le valía a los jefes para echar a la calle a sus empleados, era casi un suicidio. De modo que Joel aceptó con escaso optimismo que ella usara el coche y él el metro.

            — Llámame cuando llegues al trabajo —le pidió él, preocupado.

            — Si vamos por separado no tiene por qué pasarnos nada.

            Joel suspiró... Si ella se exponía él debía hacerlo también. Así la muerte tendría que dividirse para alcanzarles a ambos. Si él viajaba en el metro puede que la estuviera condenando.

            — Creo que haré como tú — aceptó—. Aunque me da miedo ya que no estaremos cambiando nada. Es lo que siempre hacemos y no romper la rutina puede exponernos a lo inevitable.

            — Vamos, deja de decir cosas tan siniestras. Se supone que morimos mañana, no hoy. ¿Por qué cambiar las cosas?

            — Quizás el accidente es hoy. Basilio no dijo que lo tuviéramos el 18, solo que morimos ese día.

            — Cambiaremos el destino —Diana le miró con una sonrisa—. Ten muchísimo cuidado, ¿vale?

            — Tú también.

            Se besaron con un abrazo como si fuera la última vez que se verían. En sus miradas se adivinaba el miedo camuflado en sus sonrisas forzadas. Juntos salieron de casa y se dirigieron a sus coches.

            Joel condujo muy alerta del tráfico y de posibles conductores locos. Cada pocos segundos miraba el teléfono móvil para ver si Diana había llegado bien a su trabajo, ella solía llegar antes, en unos treinta y cinco minutos. A él le llevaba cincuenta, con atasco hora y media. Ese día había bastante, en un tramo de la autopista M40 los coches estaban completamente parados. En los carteles luminosos advertía de que tuvieran cuidado, que había un accidente en la salida 11 y el tráfico sería muy lento. Al leerlo Joel se puso nervioso. Diana no cogía esa carretera pero alguien había podido morir que no pudo evitar su destino... Como quizás lograría él.

            Poco a poco fue avanzando hasta la salida 11 y vio un camión en la cuneta que se llevó por delante a un coche pequeño, que estaba destrozado. Había varios guardias civiles agilizando el tráfico y todos los que pasaban al lado hacían lo mismo que él, miraban cuando podían acelerar y luego pisaban el acelerador al descubrir la pista libre.

            — Un camión como el que nos matará a nosotros... Dios mío, esto es un aviso...

            Llegó al trabajo diez minutos tarde y en el teléfono había un mensaje de Diana.

            "Todo bien. Te dejo que tengo mucho que hacer".

            — Fantástico —susurró aliviado. Y contestó que él también llegó sin incidentes.

            No le contó a ningún compañero que su vida pendía de un hilo ese fin de semana. No le dijo a su jefe que el lunes puede que no volviera y cuando se reunieron y le puso en la agenda las cosas que no podían pasar del martes asintió pensando que si moría tendrían que hacerse el mes que viene. Nadie conocía esa parte del negocio y pasarían semanas antes de que alguien las resolviera. Claro que un retraso no puede justificarse sin una excusa pero la muerte del encargado solía servir para que los clientes se mostraran más razonables.

            Llegaron las seis y media y Joel arrancó el motor del coche con las manos temblorosas.

            — No suelo rezar, Dios, pero creo que esta vez debo hacerlo. Por favor, que no pase nada en todo el trayecto a casa.

            Suspiró con profundidad y sacó el coche del aparcamiento. Se metió en el autopista y se puso la radio para no pensar todo el rato en la posible tragedia.

            No hubo retenciones en la carretera y llegó a las siete y media a casa.

            Ante su sorpresa, Diana no estaba. Miró el teléfono y no había mensajes.

            — Dios, cuando recé te lo pedía también por ella.

            Comenzó a caminar por el salón de su casa nervioso e impaciente y en un minuto decidió que tenía que llamarla. Sacó su teléfono y marcó su número. El aparato hizo el tono de llamada una vez, luego otra. El siguiente lo cortó su voz dulce e inconfundible.

            — ¿Diga?

            — Qué susto me has dado, ¿dónde estás?

            — Eh... No quiero que vengas, ¿me oyes?

            — ¿Por qué? —preguntó sorprendido.

            — He pinchado, estoy en un arcén de la autopista y no pasa nada, ya he llamado a la grúa y vendrán a ponerme la rueda de repuesto.

            — ¿Qué? — Joel sintió que el corazón se quería salir de su pecho. ¿Cómo iba a dejarla tirada?

            — Si vienes montaremos juntos en un coche y eso sería fatal. Voy a esperar y cuando venga el señor de la grúa me pondrá la rueda... Mierda la guardia civil... Luego te llamo.

            Joel no tuvo tiempo de escuchar nada más, Diana cortó la llamada.

            La impotencia metió a su cerebro en una espiral de pensamientos que le hacía temblar de pies a cabeza. ¿Y si la multaban? Ni siquiera le dijo a qué altura de la autopista estaba para que no fuera, pero conocía el trayecto a su trabajo, solo tenía que ir y estar atento a su coche para dar la vuelta en la siguiente salida. Pero si lo hacía volverían a casa juntos... Sin mencionar que dejarían el otro coche abandonado en la autopista... Y la grúa podía llegar y no estar ellos allí, debían quedarse hasta que apareciera.

            La angustia de no saber nada le empujaba a coger el coche y salir a buscarla aunque el sentido común le decía que no, que eso era un suicidio. Pero si no hubiera sabido nada, él habría ido y posiblemente ambos morirían. Eso exponía a su novia Diana y tener esa certeza le hizo recapacitar...

            — No puedo dejar que le pase algo a ella sola y que yo me entere tarde —susurró, decidido, cogiendo las llaves del coche y saliendo a toda velocidad.

            No recorrió ni diez kilómetros de autopista cuando vio a su novia parada y dos motos de la guardia civil detenidas a su lado. Diana estaba en el coche y uno de los agentes desviaba el tráfico para alejar a los despistados y los mirones. El otro estaba anotando cosas en una libreta y Diana apoyaba la cabeza en la palma de su mano, con cara de frustración.

            Dio la vuelta en el primer desvío y retomó la autopista en dirección a su casa. Al llegar a su altura detuvo el coche detrás de las motos de los guardias civiles.

            Se desabrochó el cinturón de seguridad, sacó el chaleco reflectante, se lo puso y salió del coche por la puerta derecha.

            — Circule —ordenó el guardia que dirigía el tráfico al segundo carril.

            — Es mi mujer, vengo a ver si puedo ayudar —explicó.

            — No puede quedarse, va a provocar un accidente —escupió el guardia, que ni siquiera le miró mientras hablaba.

            — Es solo hasta que llegue la grúa.

            El agente no respondió.

            Se acercó a la ventanilla de la derecha del coche de Diana y tocó con los nudillos para que ella le mirase. Al verlo le miró enojada y abrió la ventanilla.

            — ¿Qué demonios haces tú aquí? Te dije que no vinieras.

            — No me gusta que esperes dentro del coche, sal.

            — El de la grúa estará al llegar.

            — A lo mejor puedo poner yo la rueda. Sal y voy a intentarlo.

            — No me dejan cambiarla, es peligroso —ella miró al guardia como si se lo hubiera dicho.

            — Mejor, así el de la grúa podrá llevarse el coche a nuestra casa. Vamos te llevo, cada segundo que estemos aquí corremos peligro.

            — ¿Y estando juntos en el coche? —Preguntó ella, enojada—. No tenías que haber venido Joel.

            — ¿Y si te pasa algo a ti sola? ¿Cómo crees que me sentiría?

            Ella no respondió aunque después de un segundo habló.

            — Si queremos evitar la tragedia lo único que podemos hacer es dejar aquí los dos coches —explicó ella, con temor en la voz—. Creo que tu tío sabía que pasaría todo esto.

            — Él no sabía nada —replicó Joel—. Solo que mañana estaremos muertos.

            — ¿Llamaste a tu hermano?         

            — No, te dije que no lo haría.

            — Puede que si le hubiéramos pedido perdón... Aunque no lo sientas de verdad, ¿vale? —Añadió Diana—. Él sí estaría mañana en el hospital.

            — ¿Y qué más da que esté cuando hayamos muerto? —Preguntó Joel—. Lo de Eduardo no tiene arreglo, admite que tampoco tú quieres verlo.

            — Son tan arrogantes... —asintió Diana—. Pero la familia tiene que perdonarse todo.

            — Lo sé...

            — Ahí viene la grúa. Por favor, salgan del coche —ordenó el guardia que estaba justo al lado.

            Diana salió del vehículo y ambos se retiraron de la carretera pasando por encima del quitamiedos. La grúa aparcó delante del coche y procedió a saludar a los agentes de la ley y luego a ellos.

            — ¿A dónde tengo que llevarlo?

            Le dieron la dirección de la casa, allí pondrían la rueda con más calma. En cuestión de diez minutos el coche era remolcado a la plataforma trasera de la grúa y sin más dilación salió para llevarlo a casa.

            — ¿Lo ves? Podía haber ido con él —reprochó Diana.

            — Y si te pasa algo a ti sola —insistió él.

            — Saquen su vehículo del arcén, hagan el favor —ordenó un guardia civil.

            — Sí, ahora mismo —aceptó Joel.

            Se dirigieron al vehículo con miedo. Sacó su teléfono móvil antes de meterse en el coche y buscó el número de Eduardo. Lo miró unos segundos y finalmente escribió un mensaje que envió sin pensarlo dos veces.

            — ¿Qué haces? —preguntó Diana.

            — Puede que sea tarde, pero si vamos a morir es mejor que sepa que lo lamento —explicó.

            — ¿Qué le has dicho? —insistió ella.

            — ¿Qué le voy a decir? Eso...

            — Dímelo.

            — Nada especial, en serio... —a Joel se le humedecieron los ojos.

            — Déjame el teléfono —exigió Diana.   

            Él se lo cedió y arrancó el coche mientras ella leía el mensaje en silencio.

            — Oh, Joel... ¿Lo ves?, no era tan difícil.

            — Sí lo era —respondió él, metiendo primera marcha y saliendo del arcén cuando el guardia le indicaba.

            — "Ojala pudiera borrar las cosas malas que he dicho sobre vosotros. Perdonarme, por favor." —leyó ella, orgullosa del mensaje.

            — Quedará muy bien en nuestra esquela —respondió Joel, sonriente y con una lágrima resbalando por su mejilla.

            Condujo con la sensación de que en cualquier momento pasaría algo inevitable. Sus manos temblaban al apretarlas con demasiada firmeza en el volante. Miraba a los espejos cada tres segundos para asegurarse de que no vendría nadie a toda velocidad por detrás. Cuando llegó el desvío de su casa puso el intermitente casi un kilómetro antes de llegar, se salió de la autopista y ambos suspiraron aliviados. Sin embargo tenían que cruzar varias vías peligrosas y no se confió ni un minuto, pasó por todas las calles a treinta kilómetros hora, en los cruces donde debían cederle el paso se detenía para asegurarse antes de pasar. Hasta que llegaron al aparcamiento de su casa, donde el señor de la grúa les esperaba anotando algo en una hoja que tenía en la mano.

            — ¿Han pillado atasco o qué? Llevo esperando veinte minutos —protestó.

            Salieron del coche y Diana firmó el documento para que pudiera marcharse. Entraron en casa como si no creyeran su suerte de estar vivos y se dejaron caer en el sofá soltando un enorme suspiro.

            — Estamos en casa —afirmó él, pletórico.

            En ese momento sonó el teléfono como si hubiera llegado un mensaje de texto. Se miraron intrigados antes de abrirlo.

            — ¿Te habrá perdonado? —preguntó Diana.

            — Solo hay una forma de averiguarlo —respondió él.

            Abrió el contenido del mensaje y leyó en voz alta:

            — "Disculpe, pero no tengo su número. Ha debido equivocarse."

            Diana le miró asustada. Joel dejó caer el aparato sobre el sofá y soltó otro suspiro, esta vez de frustración.

            — Dile que eres tú —insistió ella.

            — Lo sabe de sobra —replicó él—. Te dije que nunca me perdonarán.

            — Vamos a cenar... Tanta tensión me ha dado mucha hambre —sugirió Diana.

            — Buena idea.

 

            Meterse en la cama después de haber creído que nunca más volverían a hacerlo fue el mejor afrodisíaco que podían tomar. Felices de seguir juntos y con vida, con la perspectiva de un sábado absolutamente tranquilo, se abrazaron desnudos entre las sábanas y dejaron que sus más ardientes deseos se desataran.

 

            Al día siguiente les despertó una llamada telefónica.

            Joel cogió el auricular con los ojos casi cerrados y respondió con voz ronca y carrasposa.

            — Dígame.

            — Joel, soy tu madre —reconoció su voz de inmediato. Aún no había luz y eso le preocupó bastante—. Tu hermano...

            — ¿Qué ha pasado, mama?

            — Eduardo se ha suicidado —respondió con la voz rota—. Ayer discutió con Elena... Él me llamó antes de hacerlo... Me dijo que quería reconciliarse contigo y su mujer se negó. Discutieron y ella cortó con él... Me gritó que le habías destrozado la vida, que por tu culpa tenía que hacerlo... No le entendí pero al cabo de unos minutos me llamó Elena llorando... Oh, Dios...

            Joel dejó caer el teléfono sobre la cama y se quedó mirando a Diana, que le miraba asustada.

            — Vamos para allá, ¿Do... Dónde está? — preguntó, recogiendo el teléfono.

            — En el hospital doce de octubre, en la UCI.

            — Salimos en cuanto nos vistamos —respondió y colgó.

            — ¿Estás loco? —le regañó Diana, enojada.

            — No podemos dejar a mis padres solos.

            — Lo que no debemos hacer es salir de casa, ni aunque se caiga un elefante en nuestro tejado, ¿entiendes?

            — ¡Ha muerto mi hermano por mi culpa! —gritó.

            — ¿Qué? —Diana no supo qué contestar.

            — Se ha suicidado, al parecer sí quería perdonarme pero Elena discutió con él y le dejó. Edu llamó a mis padres y les dijo que se iba a suicidar por mi culpa.

            — No puedo creer que te incriminara a ti.

            — Joder, pues lo ha hecho.

            — Eso explica por qué tus padres estaban tan mal en el hospital, después de nuestro accidente. Eduardo también murió ese día. ¿No te das cuenta? No podemos ir... Les harás aún más daño si vamos y nos pasa algo.

            — Tengo que ir Diana, quédate tú si quieres.

            — No... No te dejaré marchar —se empecinó ella sonriendo con malicia.

            Joel no tuvo tiempo de reaccionar. Diana se levantó corriendo y cogió las llaves de ambos coches. Las metió en un joyero de combinación que tenía ella y movió los números aleatoriamente.

            — No vas a ninguna parte —le retó.

            — ¿Estás loca? —preguntó—. Es mi hermano.

            — No te importaba tanto ayer. Y además, ya no puedes hacer nada por él.

            — ¿Por qué han terminado las cosas tan mal? —Preguntó Joel, derrumbándose y llorando como un niño sobre la cama—. ¿Por qué no podía haber cerrado la boca cuando dije todas esas cosas de ella? Dios, soy yo el que debería estar muerto, no él. Ojala pudiera cambiarlo todo... Pero ni mi tío Basilio, que podía viajar en el tiempo, pudo hacer nada. Creo que él lo ha desencadenando al avisarnos, Diana. Si no le hubiera mandado ese mensaje, nos odiaría igualmente, pero estaría vivo.

            — Amor, ya no se puede hacer nada. Tenemos que quedarnos aquí, así que no te culpes. Pediste perdón y no salió bien, no es culpa tuya, no importa lo que dijera Eduardo. No le obligaste a suicidarse, nadie deja a su marido por querer perdonar a su hermano, por el amor de Dios. No puedes culparte de la actitud de otras personas.

            Joel la miró sin dejar de llorar y asintió. Tenía toda la razón, no podía preveer que reaccionarían así tanto Eduardo como Elena. Era culpable de muchas cosas pero no de que llegaran a tales extremos.

            — Si es verdad, ¿por qué me siento tan mal?

            — Porque en el fondo les querías.

            — ¿Y por qué tenía que decir esas cosas de ellos? —se auto recriminó Joel.

            — Todo el mundo critica... —respondió ella, encogiéndose de hombros.

            Volvieron a la cama y en un rato su teléfono volvió a sonar. Se habían quedado dormidos estando abrazados y ya amaneció... Pasaron varias horas, eran las doce.

            — ¿Estás bien Joel? —preguntó la voz preocupada de su madre.

            — Sí, mamá, no hemos salido de casa todavía.

            — Ah..., ya entiendo... -su voz se quebró-, ni estando muerto eres capaz de hacer las paces con él...

            Le colgó sin decir nada más.

            — Joder...

            — ¿Qué pasa ahora? -murmuró Diana.

            — Mi madre se ha molestado porque no hemos ido.

            — Ya le pedirás perdón mañana, le enseñaremos el diario y te creerá. Vamos no te atormentes.

            — Pensará que lo he escrito yo para fastidiar Eduardo. Nunca entrará en razón.

            — No la hemos mentido, tendrá que creernos —insistió Diana, que ni siquiera levantó los párpados para hablar.

            — No puedo permitir que mis padres también me odien —insistió Joel.

            Diana abrió los ojos con fastidio.

            — ¿Prefieres perder la vida?

            — ¡Por Dios! Tengo que ir con ellos.

            — ¿Y qué piensas hacer? Toda tu familia sabe que te llevabas fatal con él. ¿Qué les vas a decir a todos cuando te vean llegar y susurren a tus espaldas lo falso que eres?

            — Tienes razón, no puedo ir...

 

           

            Y nunca fueron. No les ocurrió nada y siguieron su vida con normalidad. Joel trató de llamar a sus padres el día siguiente pero no le cogieron el teléfono. Lo intentó toda la semana y casi todo el mes y nunca le respondían. Se dio por vencido y finalmente decidieron que era inútil, asumió que jamás les dirigirían la palabra.

            Un día, tranquilamente, leyeron el diario de Basilio buscando el día de su muerte y lo encontraron intacto. Se miraron extrañados y volvieron a leerlo.

 

           

         18 de agosto de 2012, 23:55 h

 

         Hoy estuve en el hospital porque alguien había muerto, creo que mis sobrinos Joel y Diana. Sus padres estaban solos allí y lloraban con amargura. Me ha llamado la atención que no ha aparecido su hermano Eduardo y mi hermana no hace más que preguntarse qué ha hecho tan mal para que sus hijos se odiaran tanto y entre lágrimas entendí que Joel y Diana habían muerto. Me parte el alma que estén solos ella y su marido en un momento tan duro. Me parece muy triste que la familia pueda llegar a estar así de rota como para que a un hermano le importe tan poco la vida del otro... Joel no había cumplido aún los treinta años. Ojala pudiera evitar la tragedia.

         No podía acercarme mucho a mi hermana ya que a partir del día 4 de agosto del 2012 es cuando yo muero de un infarto, si me hubieran visto no sé cómo reaccionarían, de modo que pregunté a los médicos y éstos me dijeron que un camión se llevó por delante su coche sin que pudieran verlo ni evitarlo. El accidente se debió producir por la mañana, no sé ni a dónde iban ni en qué lugar estaban. Quizás debería ir a ver a Joel, pero no me creerá.

 

 

 

            — ¿De qué camión habla? —preguntó el chico, extrañado.

            — Quien sabe, tu tío no era muy explícito —replicó Diana—. Quizás lo que tu madre dijo es que para ella era como si estuvieras muerto por no ir al hospital. Tu tío lo entendió mal, no es de extrañar, estaba lejos y no podía preguntarles para que no le vieran. Y en cuanto al accidente, él preguntaría por la pareja muerta y los médicos no lo relacionarían con Eduardo, que murió solo. Casualmente morirían otras dos personas recientemente y eso fue lo que le contaron.

            Diana comenzó a reírse de forma incontrolable y Joel sonrió sin comprender.

            — ¿No lo entiendes? Nunca hemos muerto, todo ha sido un malentendido —explicó ella.

            — Ojala pudiera alegrarme como tú —replicó Joel—. ¿Pero sabes qué...?

            — ¿Qué?

            — Pues que no habría pasado nada si mi tío no se hubiera metido en nuestras vidas —y se mordió la lengua.

            Ya estaba criticando otra vez.

 

FIN

Comentarios: 6
  • #6

    carla (lunes, 08 octubre 2012 01:36)

    Waooo O.O
    Buenisiiimaaaaa ^-^ Me encantoo :)
    El final estuvo increible \o/

  • #5

    lulu69 (viernes, 28 septiembre 2012 15:55)

    Muy buena la historia. Sólo matizar que no creo que el tío Basilio tuviera la culpa, ya que la muerte de Eduardo ya estaba en el diario antes de saberlo Joel.

  • #4

    naruto7 (viernes, 28 septiembre 2012 07:19)

    a estado bueno el final, te felicito te quedo bien hecho

  • #3

    Jaime (jueves, 27 septiembre 2012 23:52)

    Debo felicitaros por el final de la historia. A decir verdad, nunca me hubiese imaginado que todo hubiese sido culpa del diario de Basilio. Una de las mejores historias, sin duda alguna.

  • #2

    Lyubasha (jueves, 27 septiembre 2012 21:55)

    Bueno, soy la primera en comentar:
    Me ha gustado mucho la historia en conjunto y sobre todo este último capítulo. Me hizo gracia el final cuando Joel se ponía a criticar a su tío después de decir que no volvería a hablar mal de nadie y me pareció muy original que todo lo ocurrido fue por culpa de los viajes astrales de Basilio.

  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (jueves, 27 septiembre 2012 15:57)

    Gracias a todos por vuestras ideas y aportaciones. Creo que entre todos hemos sacado una fantástica historia.

    Si os ha gustado pronto publicaré una encuesta para que decidáis cuál será la siguiente.

    Ahora opinar, criticar, desahogaros. Sé que no todos votasteis por este desarrollo ni por este final.

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