La reina de los corazones rotos

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Nota: Si no te has leido "La mano negra" o "Entre la tumba y el ataud" quizás te interen antes o después de leer esta.

            Dejó la carta sobre la mesa del salón y miró el comedor durante unos segundos, despidiéndose para siempre de lo que había considerado su hogar. La televisión en la que habían visto juntos tantos capítulos de Friends, de House o de Perdidos. El sillón donde se habían acurrucado viendo películas y la Fórmula Uno, que les encantaba a ambos, la mesa donde habían cenado numerosas ocasiones con las velas encendidas. Como aquella vez que se fue la luz y jugaron a las cartas con nueve velas... Esa casa era un nido de dolor. Era incapaz de mover nada de su sitio porque quizás Antonio fue el último que lo tocó.

            Sus mejillas volvieron a llenarse de lágrimas, agarró la maleta y se marchó.

 

            Tenía comprado billete de avión para ir a Buenos Aires. Había estado investigado por Internet dónde podía empezar a investigar fenómenos reales sobrenaturales y había encontrado un reportaje escrito por un tal Ernesto Gutiérrez, en el que documentó con su propia muerte la existencia del fantasma de la carretera. Lo titularon postmortem como: "La mujer de blanco". Tenía los billetes necesarios para volar y viajar en autobús hasta Santa fe, el pueblo donde supuestamente pasaban todos esos fenómenos. Ese viaje la entretendría durante semanas. Se había comprado libros esotéricos, de exorcismos, para leer por el camino. El vuelo sería agotador.

            No quería pensar qué pasaría después de resolver el caso. Si sobrevivía, volvería a buscar otro entretenimiento. Lo que no podía hacer era volver a estar sin hacer nada nunca más.

 

            El viaje fue muy pesado y aburrido. Además había viajado en una época del año que no iba mucha gente para allá, en pleno mes de marzo por lo que tuvo el asiento de su lado vacío.

            Al llegar a Santa fe se encontró con un pueblo normal y corriente. Esperaba un pueblo polvoriento, como en las películas del oeste, pero solo encontró una localidad tranquila y acogedora. La gente era muy amable y más en las tiendas y en los bares. Era tan diferente de cualquier sitio de España que le dieron ganas de quedarse.

            Lo primero que hizo en cuanto se instaló en un hostal fue buscar una librería local. Según tenía entendido, el reportaje de "La mujer de blanco" se vendía allí y la mayoría de turistas se lo terminaban comprando. Preguntó en la recepción del hostal si había muerto alguien más en la carretera misteriosamente y le dijeron que casi todos los años pasaba algo. Y todos terminaban diciéndole:"Pregunte a la policía, ellos lo saben todo."

            Compró su ejemplar del libro y no tardó ni diez minutos en terminar de leerlo. Lo guardó en su bolso y se preguntó si ese relato sería real. Si quería ir a la policía no podía hacerlo como turista, debía usar una placa que le diera autoridad para que la trataran con respeto.

            Buscó entre las que tenía y pasó de largo la del FBI que se hicieron en Nueva York, pasó la de la policía nacional española que la acreditaba como inspectora y finalmente se quedó con una menos llamativa pero más importante.

            - Me llamo Brigitte Keira y soy periodista del periódico "New York Times".

            Sacó su acreditación y se la mostró al policía que estaba en recepción.

            - He venido a investigar el caso de la chica muerta en la carretera, Sara...

            - Sí, claro, otra que viene a curiosear. Era Sara Evangelina Sánchez Crespo, tiene en el pasillo la carta de despedida, hemos hecho copias para los turistas. Son cinco pesos, por favor.

            Brigitte se quedó boquiabierta al escuchar ese precio por una fotocopia. Encima una fotocopia que ya venía en el libro que había comprado.

            - No lo entiende, quiero hablar con algún agente que haya presenciado algo relacionado. Ya estoy al corriente de la historia de Sara.

            - Pues lo siento, tienen prohibido hablar con turistas sobre el fantasma, en horas de trabajo y dudo que quieran perder el tiempo con usted cuando salgan para sus casas.

            - Soy periodista de uno de los periódicos más prestigiosos del mundo - recalcó ella.

            No hubo ninguna reacción por parte de ese agente, que la miraba con resignación.

            - Lo que significa - añadió -. Que pagaré bien a quien me ayude.

            Los ojos del policía se iluminaron.

            - Cinco mil dólares americanos y tendrá toda la documentación fotocopiada en un sobre mañana por la mañana.

            Brigitte le miró asombrada.

            - Cinco mil pesos querrá decir - intentó regatear con sutileza.

            - No, va a sacar mucho más dinero que eso para su periódico. Quiero cinco mil dólares.

            - ¿Cómo sé que no serán información inútil?

            - Le garantizo que tiene mucha miga - aseguró el agente, sonriente.

            - ¿A cuánta gente se la ha vendido? - preguntó ella.

            - Es la primera que veo que puede pagarlo. Nadie más conoce todos los detalles, ni tiene todos los documentos, accidentes con sus fechas, todas las fotos, sus informes policiales... Créame, vale la pena.

            - ¿Por qué tendría que fiarme de usted? A lo mejor son falsificaciones.

            El policía se encogió de hombros y siguió copiando cosas en su cuaderno. Brigitte se puso de puntillas para ver lo que hacía y se llevó una decepción al ver que estaba rellenando un crucigrama. Suspiró ya que no tenía elección.

            - Trato hecho, mañana traeré el dinero, tenga el sobre preparado.

            - Será un placer - dijo el hombre, sonriente como si le hubiera tocado la lotería.

 

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