La sombra de Verónica

10ª parte

            Los pitidos de un aparato le devolvieron la consciencia. Le costaba respirar aunque le quemaban los pulmones. Intentó abrir los ojos y la luz le deslumbró. Al hacerlo fue distinguiendo el rostro de una chica y con la vista, fue tomando consciencia de su cuerpo. Esa mujer tenía cogida su mano y al verle despertar le sonría con mucha alegría.

            — Brigitte —la reconoció, pero de nuevo fue incapaz de emitir sonido alguno. ¿Qué le ocurría?

            — Hola amor mío. Ya ha pasado lo peor. No te preocupes que no pienso separarme de ti.

            — ¿Por qué no puedo hablar? —volvió a preguntar sin producir ningún sonido.

            Evidentemente no recibió respuesta. Tenía la boca llena de tubos y una voluminosa mascarilla le obligaba a respirar un aire que le incendiaba los pulmones, le quemaba por dentro. Aunque, a medida que se despertaba y era más consciente de su cuerpo, lo que más le torturaba era la cabeza. Era como si hubieran clavado con chinchetas en el cráneo una peluca, le dolía tanto que quería gritar. Pero no podía moverse, era un mero espectador de su propia agonía.

            Al menos estaba ella, sentía su cálida mano agarrando la suya y si se concentraba en eso podía ignorar el dolor. Miró por la habitación buscando algo extraño. Tenía el vago recuerdo de unos cirujanos abriéndole la cabeza mientras el fantasma de Verónica se regocijaba en su dolor.

            — Vino la chica a la que intentabas ayudar —le contó Brigitte—. Dijo que había encontrado a alguien que podía, un exorcista muy famoso. Al parecer ha estado expuldando demonios de niños en África.

            — ¿Qué? —seguía sin escuchar su voz. La garganta le dolía con solo pensar en hablar.

            — Vendrá esta tarde, cuando se acabe el horario de visitas y te examinará.

            — ¿A mí? —se escandalizó en silencio—. Pero si yo no estoy endemoniado...

            — A veces ha conseguido exortizar en una o dos sesiones. No perdemos nada intentándolo.

            — ¿Cuánto piensa cobrarnos? — preguntó preocupado.

            Brigitte siguió hablando sin responder ya que no le estaba oyendo.

            — No es que confíe mucho en esa chica, pero es lo único que ha podido encontrar. Por lo visto el padre Fortea, la máxima autoridad en estos temas, no le ha respondido. No te preocupes cariño que, este que nos va a traer parece de fiar o eso dice.

            Antonio cerró los ojos más tranquilo, no quería seguir teniendo a un espectro tratando de matarle cada minuto del día. Saber que Rebeca había encontrado un exorcista le dio la calma que necesitaba para poder dormir un poco.

           

           

            Los minutos trancurrieron tan despacio como si fueran arrastrando cadenas. El calor era sofocante y más con esos aparatos puestos en su cara. El dolor no se iba y aún era incapaz de mover ni las manos. Le tranquilizaba que podía sentir el contacto de Brigitte pero no era mucho consuelo. De la cadera para abajo no sentía absolutamente nada.

            — ¿Puedes decirme qué dicen los médicos? — trató de decir. Era tan extraño, sentía que su boca se movía y emitía sonidos pero a su vez notaba los plasticos atragantándole y el aire de fuego entrando en sus pulmones. Al no escucharse a sí mismo pronunciar ningún sonido supo que imaginaba que hablaba.

            Brigitte estaba muy atenta a él y adivinó que quería decir algo por la expresión de sus ojos.

            — ¿Qué necesitas? —preguntó.

            — Me duele la cabeza, tengo calor, no sé lo que me pasa. Necesito que me aparten estos chismes para poder decirte lo que quiero.

            — ¿Hace calor? —adivinó ella—. Espera te daré un poco de aire.

            Cogió una revista y comenzó a moverla frente a su cara. El viento que le acarició las mejillas fue como una fuente celestial. Cerró los ojos, aliviado y suspiró. Al entender que había acertado lo que quería, Brigitte sonrió satisfecha.

            Con el aire en la cara el dolor fue suavizándose, quizás porque se estaba acostumbrando a él y, sin darse cuenta, se quedó dormido.

           

 

Adiuro te, Satan, hostis humanae salutis

cognovit justitiam et bonitatem Dei Patris

tui iudicio damnata superbia et invidia.

Puerum suum vade Antonius,

qui eius imaginem,

donis ornatum adoptavit eum in filium et misericordiam suam.

Adiuro te, Satan, princeps huius mundi

cognoscit virtutem Christi

percutere te in deserto

obtinuit in paradiso

ego spoliavit in cruce

et cum surrexisset a mortuis

eius victoria regnum lucis.

Terga hoc creatura,

genuit quod frater eius

acquisivit Sanguine suo, et mortuus est.

Amén

 

 

            Antonio abrió los ojos. Ante él encontró a una mujer de color con labios gruesos y nariz ancha que debía tener cincuenta años. Llevaba un traje de lo más extraño, había colocado algo en su pecho, puede que una cruz y oraba muy bajito para que nadie más en la habitación la escuchara. Él la entendió muy bien, le estaba haciendo el exorcismo como si fuera él el problema. Aunque la oración podía servir para protegerlo del diablo no solo dentro de su cuerpo sino fuera. Deseó con toda su alma que funcionara contra Verónica.

            — He terminado, son cinco mil euros — añadió la mujer ofreciendo su mano a Brigitte, apenas un minuto después de completar la oración.

            — ¿Qué? —preguntó su esposa, estupefacta.

            — Estas cosas no son habituales y es un trabajo peligroso, he tenido que desplazarme desde sudáfrica y el billete de avión no sale barato. Me dedico a esto y tengo que comer, puede que no surja otro caso hasta el mes que viene.

            — Puta timadora de mierda —quiso exclamar él.

            No debió pensar eso porque la africana no pasó por alto su mirada cargada de odio y en cuanto le vio, le amenazó con la cruz.

            — ¡Sigue endemoniado señora! —gritó—. Hay que sacar el mal de sus entrañas.

            — Pero qué coño —pensó él—. Saquen a esa loca de aquí.

            Nadie le escuchó y Brigitte le miró asustada como si la hubiera creído.

            — ¿Qué va a hacer? —preguntó su mujer.

            — Hay que abrirlo en canal y extraer la ponzoña del mal —explicó la exorcista.

            Sacó un cuchillo, de no se sabe donde, y con determinación quiso clavárselo en el corazón. Pero Brigitte estuvo espabilada y la detuvo a tiempo. La empujó y la bruja africana se cayó estrepitosamente hacia los pies de la cama.

            — ¡Largo de aquí puta embaucadora! —gritó—. No me obligue a llamar a la policía.

            — No sabe lo que hace, señora, su marido está poseído. Si no me deja sacarle al demonio de dentro la matará, ¡los asesinará a todos!

            — No quiero volver a verla, ¡fuera de aquí!

            Según salió la africana entró corriendo Rebeca, que parecía asustada.

            — ¿Qué ha pasado?

            — Tu amiga es una farsante, casi le mata. ¿Esa es la ayuda que nos puedes aportar? No te quiero ver a ti tampoco, lárgate y no vuelvas a acercarte a nosotros... Y no se te ocurra volver a llamar a mi esposo.

            — Pero ella es la única que podía librarnos de la maldición.

            — Si eso es lo que te preocupa, ya ha soltado su hechizo, o lo que sea, así que tu maldición ya está quitada. Ahora vete y no vuelvas.

            Brigitte no tenía paciencia y empujó a Rebeca fuera del cuarto sin decirle nada más. La chica repitió que ya se iba, aún así su mujer no dejó de empujarla suavemente fuera de la habitación.

            — Vaya amigos que tienes —le reprendió al volver a su lado—. Si no llego a estar aquí te encuentro destripado. Quiero que me prometas una cosa.

            Le miraba sumamente enojada y esperaba alguna clase de respuesta por su parte. Como no podía hablar, cerró los ojos una vez con fuerza.

            — Nunca más investigarás nada extraño, te buscarás otra afición y te olvidarás de este rollo de los fantasmas, los vampiros, los zombis, etc. ¡Prométemelo!

            A Antonio le alegró tanto saber que contaba con su completa recuperación que pestañeó con alegría y quiso levantarse a abrazarla.

            Pero claro, no pudo.

 

 

 

 

            La recuperación fue mucho más rápida de lo que esperaba. En dos días le quitaron los tubos de la boca y al día siguiente, finalmente decidieron que no necesitaría más la mascarilla de oxígeno. Su cabeza le seguía doliendo pero con el paso de los días recuperó el habla y la movilidad en todo su cuerpo. Al principio muy débil y después, día tras día la mejora era plausible. En dos semanas podía caminar y ya no quedaba ninguna grapa en su cabeza. Cuando por fin se pudo tocar la calva notó que su cráneo había cambiado de forma desde la última vez. Antes era una curva contínua que acababa en la nuca, ahora la placa  terminaba súbitamente y hacía un desnivel extraño. Por suerte, cuando le creciera el pelo nadie lo notaría. En ese tiempo se enteró de lo ocurrido mientras estaba fuera de combate. Se fracturó el cráneo y le operararon para retirar todos los trocitos de hueso que quedaron sueltos en su líquido endefalorraquídeo. La operación provocó un aumento de presión en su cerebro que fue la causante de su parálisis temporal. Fue un milagro que su cerebro no recibiera ningún daño pero como no tenía suficiente materia ósea que pudieran volver a colocar en su sitio tuvieron que ponerle una placa de titanio especial para cubrir el hueco. Le habían extirpado el hueso occipital y lo sustituyeron por una prótesis metálica, un trabajo de ingeniería. El cirujano bromeó sobre el tema diciendo que lo único que no podría hacer en el futuro era usar la cabeza para abrir ventanas —aluciendo al extraño accidente que había tenido—. Le hizo gracia el chiste, pero no le gustó recordar el motivo de su hospitalización.

            No pudo evitar pensar que Verónica podía volver en cualquier momento y empujarlo a donde quisiera, a la carretera esperando un semáforo o por la ventana si es que se asomaba a una. Brigitte achacaba el accidente a su torpeza continua y al peligro que él representaba para la humanidad. Estaba segura de que debió resbalar con una alfombra y se golpeó la crisma contra el marco. La versión que él contaba no solo no podía creerla sino que le llegó a convencer de que había olvidado lo ocurrido por el golpe y esa parte del fantasma se la pudo haber imaginado para tapar el vacío de recuerdos.

           

            Con el paso de las semanas, lo que realmente ocurrió se transformó en una vivida historia que Antonio escribió, como otras muchas. En lo más profundo de su mente había mucho más de verdad que de fantasía, aunque su lógica le decía que Brigitte tenía razón. La sugestión le llevó hasta el punto de ver cosas inexistentes.

 

 

Comentarios: 8
  • #8

    gaby (jueves, 16 agosto 2012 04:51)

    Quiero la otra parte!!

  • #7

    carla (lunes, 06 agosto 2012 16:24)

    :) espero ansiosamente la proxima parte

  • #6

    laura (martes, 31 julio 2012 19:29)

    hola ahora si que tomaste unas largas vacaciones porque no has subido la continuacion de la sombra de veronica
    espero que pronto subas algo para leer

  • #5

    Lyubasha (jueves, 26 julio 2012 04:30)

    Pobre Antonio, si no llega a ser por Brigitte nos lo matan ahí mismo. Espero la continuación.

  • #4

    x-zero (martes, 24 julio 2012 22:11)

    intrigante...

  • #3

    naruto7 (martes, 24 julio 2012 02:27)

    me gusta esta parte espero la siguiente

  • #2

    Jaime (lunes, 23 julio 2012 21:17)

    Buena historia. Espero que en las siguientes partes se revele quién causó el accidente de Antonio, o si fue mera fantasía.

  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (lunes, 23 julio 2012 16:12)

    Puedes escribir aquí lo que te parece la historia.

Animal es el que abandona a su mascota.

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