La sombra de Verónica

11ª parte

            Un día, mientras revisaba uno de los relatos que había escrito, su teléfono móvil sonó y vio el nombre de Rebeca reflejado en la pantalla del aparato. Le costó mucho trabajo creer que le volvería a llamar, su mujer le dejó claro que no quería saber nada de ella nunca más, pero él no lo creía justo. ¿Acaso la había ayudado? Y mientras sonaba el aparato se reprendió a sí mismo con palabras de su esposa:

            - No me conviene, si vuelvo a ver a esa chica me volveré loco.

            Pero pulsó el botón verde y contestó.

            - ¿Hola? -se escuchó la bonita voz de la chica.

            - Sí, Rebeca, ¿cómo estás?

            - Bueno, me gustaría decir que bien.

            - ¿Sigues teniendo visiones?

            - Claro, y lo peor es que no puedo hablar con nadie más. ¿Cómo estás? Me siento un poco culpable por lo que te pasó en mi casa.

            - Ya me han quitado los puntos y he empezado a dejar crecer el pelo. Aún me duele la cabeza casi todos los días, pero voy mejorando.

            - ¿Podemos vernos? Han terminado los exámenes y he aprobado casi todo así que no me pongas la excusa de que...

            - No creo que sea buena idea. Le prometí a... -Antonio recordó lo que le dijo Brigitte de que no volviera a meterse en temas paranormales pero en este caso Rebeca no parecía querer hablar de ese tema. Simplemente deseaba desahogarse con un amigo-... Qué diablos, necesito tomar el aire. ¿Dónde quedamos?

            - ¿En mi casa?

            - No, mejor en otro lado -la imagen de Rebeca moviéndose delante de él con esa ropa tan ligera subió su temperatura corporal con solo imaginarla.

            - ¿Qué te parece en el metro Gran Vía? - sugirió ella.

            - Estupendo, ¿nos vemos en una hora?

            - Allí estaré y... Gracias.

            Antonio sonrió como si estuviera haciendo una obra de caridad y se despidió sin decir nada más.

            - Ag -rezongó cuando se cortó la llamada-. Estoy seguro de que me voy a arrepentir de esto.

            Se tocó la nuca con sumo cuidado y recordó lo que le había pasado la última vez que se encontró con Rebeca. Suspiró pensando que llevaba todo ese tiempo sin ver sombras ni reflejos de Verónica así que no había de qué preocuparse, después de todo los embrujos de la hechicera africana parecían haber funcionado.

           

 

            Se encontraron donde convinieron y al verla esperando junto al McDonals el azote de instinto no fue menos violento que las últimas veces que la había visto en casa. Llevaba una minifalda que apenas alcanzaba a las rodillas y la tela parecía tan suave que diría que era más ligera que el aire. Aunque lo que le dejó sin respiración un par de segundos no era precisamente la ropa sino sus piernas torneadas, bronceadas y perfectas.

            No le dedicó ni un segundo más a mirar a la joven y en seguida se forzó a fijarse en los ojos.

            - ¿Has esperado mucho rato? -se disculpó a su llegada.

            - Acabo de llegar.

            - Estás muy guapa, ¿Sigues sin tener novio?

            - No, nadie me entiende.

            - Los chicos no necesitarán entenderte para acercarse a ti -bromeó.

            - Por eso no quiero novio -replicó ella, molesta-. Lo que busco es una persona con quien pueda contar para cualquier cosa, no que se pasen el día pensando en cómo meterme mano.

            Antonio se sintió un poco ridículo porque eso era exactamente lo que había sugerido y, en cierto modo, pensado de forma inconsciente.

            «Pues si vistes así... No habrá un chico o lesbiana que no lo desee  Pensó, mirando a otro lado para que no adivinara sus pensamientos.

            - ¿Tomamos algo? Tengo sed -sugirió Rebeca.

            - Claro, vamos, te invito.

            Se sentaron en una de las múltiples terrazas de la calle Montera y él pidió un refresco de naranja y ella una caña. El camarero sonrió servicial y se marchó al bar a buscar las bebidas. En principio él se sentó frente a ella pero al hacerlo la chica cambió de silla y se sentó a su lado. Tanta cercanía le puso nervioso aunque no quiso alejarse para que no pensara que le daba asco o algo así.

            - ¿Estás mejor? -preguntó ella-. Estuve muy preocupada pero cada vez que te llamaba tu mujer me colgaba el teléfono.

            - Ah, eso explica por qué no he sabido nada de ti hasta ahora.

            - ¿Es que te lo había confiscado?

            - Lo cierto es que le prometí no seguir investigando temas sobrenaturales. Es muy peligroso y siempre termino mal parado. La última vez, antes de conocerte, vi morir a mi esposa y luego yo mismo morí... Bueno, según ella, fue una pesadilla pero estoy seguro de que ocurrió y se me dio una segunda oportunidad.

            - Yo también creo que los sueños son reales -apoyó Rebeca-. Al menos, que somos testigos de algo que ocurrió o que va a ocurrir.

            - O en mi caso, que podría haber ocurrido si no llego a soñarlo -completó Antonio, emocionado.

            - Claro, mi padre dice lo mismo. Son sólo sueños. ¿Lo ves? Hasta esto puedo contártelo. Eres muy especial, ¿sabes?

            Antonio empezó a sentirse nervioso. Esa conversación estaba llevando un camino peligroso y a pesar de que sus instintos más básicos le pedían a gritos que se liara con esa chica, su corazón le advertía de que no podía cometer un nuevo error o sino perdería para siempre a Brigitte. Si fuera amor por Rebeca, posiblemente no habría lucha alguna, pero lo único que sentía por ella era lujuria, simple y animal. Le costaba un enorme esfuerzo mantener sus ojos lejos de las piernas tan sensuales, de esos turgentes y provocativos senos que ofrecían un anticipo de sus formas a través de esa blusa ceñida.

            - ¿Lo soy?

            - Es desde que te conocí. Creo que nunca había sentido algo así por nadie.

            - ¿En serio? -Antonio sonrió como un idiota, no podía creer que se le estuviera declarando.

            - Me gustaría confesarte algo, pero es que no puedo mantenerlo callado por más tiempo.

            - ¿De qué estás hablando?

            Antonio frunció el ceño.

            - Estoy enamorada.

            - Guay, que suerte tiene el chico...

            - Él no sabe nada de que me gusta.

            - Ah, ya -la típica evasiva, pensó Antonio, le estaba dejando claro que era él pero no se atrevía a decírselo.

            - ¿Qué harías tú? ¿Cómo le dirías que me gusta bueno... Sin que suene a descarada y fresca?

            - Creo que lo estás haciendo muy bien... -opinó él, ya que no pensaba eso de ella.

            - ¿Cómo? Pero ni no le he dicho nada.

            Esa respuesta fue confusa para el maduro detective que se quedó mirándola unos instantes sin saber qué decir.

            - Va a la universidad y es muy guapo -continuó soñadora.

            Esta vez la cara de Antonio fue de decepción mezclada con alivio.

            - ¿Qué he dicho? -se disculpó ella con rostro inocente.

            - ¿Pero tú le has hablado alguna vez?

            - Uy, que va. No me atrevo ni a mirarle cuando él me mira.

            - ¿No habéis cruzado palabra nunca?

            Rebeca negó con la cabeza.

            - Vale, no te preocupes, eso se cura con una aspirina y hablando con otros chicos. Eso no es amor, es ajilipollamiento.

            La chica sonrió avergonzada.

            - Sí lo es.

            - Mira, cuando quieres a alguien no necesitas demostrar lo que sientes porque la otra persona lo sabe. Y por mucho que te empeñes en decir con la boca "te quiero", si no es verdad la otra persona también lo sabe. Lo tuyo es un sucedáneo enfermizo. Ese chico probablemente está en las antípodas de tu media naranja, si te gustan románticos él seguro que no lo es. Nunca te corresponderá, y si insistes en amarlo a pesar de que no es nada de lo que tú buscas en un hombre, hasta te podrá pegar, engañar y lo que quiera porque nunca le vas a rechazar. Te puedes empeñar en quererle toda tu vida y al final te darás cuenta de que nunca le amaste a él, sino a lo que tú esperabas que fuera.

            Rebeca le miró con una mueca de fastidio.

            - No es cierto. Yo sé cómo es, le he escuchado hablar con amigos...

            - Y aun así te gusta... Lo que tendrías que valorar es cómo te habla a ti y nunca lo ha hecho. Mira, no siempre he sido una persona casada, es más, en mi adolescencia también creí enamorarme de más de una chica. La primera fue una actriz que hacía de la mujer de Bobby en la serie Dallas, Pamela creo que se llamaba. Soñaba con crecer y casarme con ella.  Luego me enamoré de una niña de mi clase a la que no me atrevía ni a acercarme a menos de dos metros y si lo hacía me quedaba sin respiración. Nunca pasé de ahí. Más adelante me fui envalentonando y cuando tenía catorce años me enamoré de otra chica, una del pueblo de mis padres. Con ella sí conseguí cruzar un par de frases, pero tan desafortunadas que estaba convencida de que era tonto de remate. Con esa me duró más el atontamiento, ya que recuerdo que hasta los veinticinco aún pensaba que podíamos terminar juntos.

            - Sabía que me entenderías -animó Rebeca, sonriendo-. ¿Lo ves? Es que te lo puedo contar todo, tú sabes escuchar.

            - Por eso te lo digo -Antonio no sabía si sentir alivio o decepción. Ahora que no era él quien alimentaba las fantasías eróticas de Rebeca podía hablarle con mucha más soltura-. Los amores platónicos son una mierda pinchada en un palo.

            Rebeca le besó sin mediar más palabras y Antonio se quedó helado unos segundos, disfrutando de la inesperada experiencia de sentir sus labios tiernos contra los suyos. Algo que había deseado desde el momento en que la conoció aunque su mente y su corazón rechazaban de pleno.

            Cuando se dio cuenta de que estaba incurriendo en lo que el común de los mortales considera "infidelidad", la apartó de él y la miró enojado.

            - ¿No decías que te gustaba ese chico? -increpó.

            - Claro, antes de conocerte -rebatió ella, sonriendo-. No te molestes en negar tus sentimientos hacia mí, se te ve en la cara cuánto te gusto, tú mismo lo has dicho, no es necesario que lo digas para que sepa lo que sientes.

            - No, no, no es que no me gustes, pero no, no, no y no. Estoy casado y en período de prueba... No puedo volver a fallar a mi mujer.

            - ¿La has engañado antes?

            - Fue un error que no pienso repetir.

            - Si le has puesto los cuernos no es la mujer de tu vida, no la quieres de verdad.

            - Claro que la quiero. Pero por Dios, no puedo evitar que me atraigan otras personas, lo que tengo que hacer es no volver a cometer el mismo error. Por favor, comprende que tú y yo no podemos tener nada.

            - Me gustan los hombres que luchan por ser fieles.

            - Qué bien, pues éste -se señaló a sí mismo- ya tiene grilletes.

            - ¿En serio? -Rebeca volvió a sonreír-. Así que te sientes esclavo de tu mujer.

            - No es eso, quise decir que ya estoy pillado, que te olvides de mí.

            - ¿Cómo voy a hacer eso? Te quiero.

            Al escuchar esa declaración Antonio frunció el ceño y la miró angustiado.

            - ¡Pero qué dices! -la regañó-. Creo que ha sido un error venir a verte. Creí que tenías algo que contarme sobre Verónica... Bien pensado es mejor que no nos volvamos a ver.

            - De acuerdo, lo siento, no te molestaré más sobre mis sentimientos -aceptó dolida.

            - No es que no me importen -trató de disculparse él-. Es que quiero a mi mujer. Solo deseo que mi matrimonio no se vaya a la porra por que me apetezca acostarme contigo...

            Cuando dijo eso se mordió la lengua y no terminó la frase. Recordó la cantidad de veces que Brigitte le decía que pensara las cosas antes de hablar. Acaba de decir que le apetecía un revolcón con ella y por la expresión de sus ojos al escucharlo, parecía aceptar aunque fuera solo eso.

            - ¿En serio?

            - No -replicó, arrepentido.

            Pero ella le abrazó como una gata en celo y le besó ardientemente. La gente que pasaba a su lado se los quedó mirando, algunos con asco, otros con envidia o simplemente por pura curiosidad.

 

 

 

Comentarios: 3
  • #3

    x-zero (miércoles, 22 agosto 2012 07:31)

    CONTINUACIOOOOON

  • #2

    Lyubasha (martes, 21 agosto 2012 18:32)

    ¡Qué bien que hayas vuelto, echaba de menos tus relatos y a veces pasaba por aquí para ver si había algo nuevo! Respecto a este relato, decir que cada vez está más interesante y que tengo emociones encontradas: por una parte me gustaría que Antonio acabara con Rebeca, hacen tan buena pareja... pero por otra me da pena de Brigitte.
    Espero la continuación :)

  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (martes, 21 agosto 2012 14:23)

    Bienvenidos de nuevo a mi página después del parón de agosto. Podéis comentar aquí para pedir continuaciones, criticar o decir que os gusta.
    ¡Gracias por volver!

Animal es el que abandona a su mascota.

Si es la primera vez que entras a la página, te recomiendo que entres al Indice.

¿Te gusta esta página?

 Ilustración por Wendy Naomi Arias Audiffred

El asesino que escribía cartas de amor

 

Libro primero de la recopilación de relatos más relevantes de la página.

Disponible a la venta. 

 

Haz click para ver detalles.

  

Ilustración por Antonio J. Fernández Del Campo.

 

Próximamente:  Segundo volumen recopilatorio.

 

Fausta

 

Ya disponible en papel

 

CONTACTO: 

 

Si quieres recibir por email los avisos de las novedades más recientes, inscríbete en el enlace siguiente.

 

Si quieres contactar conmigo directamente por email, escríbeme a esta dirección:

 

tonyjfc@yahoo.es

Chat

Contenido protegido por la ley

El disco de 2 Gb más pequeño del mundo
El disco de 2 Gb más pequeño del mundo