La sombra de Verónica

13ª parte

            Finalmente llegaron al pequeño pueblo de Maello y aparcaron en la puerta de la casa de su tía Fausta. Justo cuando apagó el motor del coche Antonio se dio cuenta de que había cometido un error de cálculo. ¿No trabajaba durante el día en Madrid?

            - ¿Crees que estará? -preguntó.

            - Puf, yo que sé -replicó su acompañante.

            - Solo tenemos una forma de saberlo -se bajó del coche y cuando sintió que Rebeca salía y le seguía le dio al botón de cerrado. Tenía la costumbre de hacerlo siempre aunque en ese caso fuera innecesario ya que no había un alma a dos kilómetros a la redonda. Pero no quería que nadie pudiera robarle su único modo de escape de ese pueblo perdido en la sierra de Ávila.

            Llamó a la puerta con el puño cerrado. Ésta se abrió con el impulso del primer golpe y el segundo se perdió en el aire debido a que la madera se movió por la fuerza de su brazo.

            - Qué confiada, ¿no? -opinó el detective.

            - Puede que nos esperara -conjeturó Rebeca.

            - Claro, por algo es bruja -bromeó él.

            - Adelante, os aguardaba -invitó la voz de Fausta desde arriba.

            - Pues sí que lo sabía -murmuró la chica, sonriendo.

            - Esto me da muy mala espina -replicó él.

            Subieron las estrechas escaleras de madera causando un ruido rechinoso que daba la impresión de que alguno de los escalones podría romperse bajo su peso. Rebeca en cambio, apenas hacía ruido con sus pisadas. Una vez más Antonio se dio cuenta de que aún le sobraban bastantes kilos.

            Al llegar arriba la bruja les esperaba tomando una taza de té mirando el televisor desde su sofá rojo y blanco de terciopelo.

            - Siento mucho lo de su accidente -dijo Fausta como si le divirtiera.

            - No sé por qué, pero lo dudo -replicó él.

            - Estaba siendo sarcástica -susurró ella, decepcionada-. ¿Quiere que solucione su problema?

            - Lo siento pero no he venido a eso, sé que todo lo que me ha pasado es por su culpa.

            - No diga tonterías. Mientras Verónica le persiga, su vida correrá peligro. Soy la única persona que puede salvarle.

            - ¿Entonces por qué su sobrina me ha pedido que venga a matarla para que la libere?

            Fausta le miró fijamente con fiera seriedad.

            - No lo ha entendido. Usted le ha hecho daño, la ha intentado matar, su alma ansía con fuerza acabar con su vida. Y sólo yo puedo persuadirla para que no lo haga.

            - Pues hágalo entonces.

            - Las fuerzas oscuras requieren un alto precio. Debe pagar antes.

            Antonio sonrió incrédulo.

            - ¿En serio? ¿Se refiere a dinero? Cuánto.

            - La voluntad. Pero tendiendo en cuenta la fortuna que tiene debería ser generoso. Sólo cuando es un sacrificio importante el más allá se muestra agradecido. Para alguien como usted... Cincuenta mil no estaría mal.

            Esa respuesta borró todas las dudas del detective. Ahora lo entendía todo.

            - ¿Lo quiere en cheque o tiene que ser por transferencia bancaria? -preguntó sonriente.

            - Un ingreso sería perfecto.

            - Ahora era yo el sarcástico -replicó.

            - Pues debería tomárselo en serio. A veces hay que sacrificar un poco de lo que uno tiene para salvarlo todo.

            - ¿Y si me niego?

            - Yo en su lugar no lo haría. Tendrá que lidiar usted solo con el espectro más peligroso de los infiernos.

            - ¿Piensa enviármela esta noche? ¿Acaso no entiende que ya he desenmascarado el misterio? Desde el principio me la ha azuzado como un perro. Pero sepa que no le está saliendo todo lo bien que piensa. Su perra infernal me ha pedido que acabe con su esclavitud y...

            - Y, ¿qué va a hacer usted, detective? -interrumpió la gitana con prepotencia-. ¿Va a matarme? No lo niegue, no sería la primera vez que soluciona así sus problemas.

            Antonio estaba alucinando con la actitud de esa bruja, ¿Acaso no valoraba su vida?

            - Si le doy el dinero, ¿cómo sé que dejará libre a Verónica?

            - No lo sabe -sonrió con suficiencia la mujer.

            - ¡Vale ya! -exclamó Rebeca, sin poder creer lo que estaba escuchando-. Tía, no es cierto lo que él dice, ¿verdad?

            Fausta le dedicó una mirada cargada de pena.

            - Con la crisis casi nadie me llama. No llego a fin de mes, cariño. Tengo que buscar la manera de sobrevivir.

            - ¿Con cincuenta mil euros? -preguntó cabreado Antonio-. Señora, búsquese a otro gilipollas.

            - Ya le encontré a usted -replicó sonriente-. Y olvida que soy bruja y veo el futuro. No va a poder matarme a sangre fría, veo que ha cambiado y no será capaz de matarme. Además no le he dado a Verónica la orden acabar con usted, sino la de conseguir convencerlo para que pague. Puede que eso la obligue a... -se encogió de hombros-... Qué sé yo, dar un susto a su mujer. Hasta ahora ha sido testigo de su eficacia, no la obligue a emplearse a fondo.

            El detective sintió que le poseía un ataque de ira al escuchar eso. Metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó una pistola apuntándola a la cabeza.

            - Aquí la gilipollas es usted. Sabe que he matado antes por mucho menos y aun así se atreve a chantajearme.

            - Ha cambiado -replicó la bruja-. Verónica me lo cuenta todo, se ha vuelto blando.

            - Ningún asesino cambia como para no volver a matar si se ve acorralado -amenazó él apretando el dedo en el gatillo.

            - ¿A mi sobrina también? -inquirió Fausta, muy tranquila-. Ella será testigo de su acto criminal y no querrá ir a la cárcel por encubrir a un asesino.

            Antonio miró a Rebeca consternado.

            - Miserable... Utilizar así a su sobrina.

            - Ya se lo he dicho, tengo muchas facturas y pocos ingresos. Pague, solo le pido eso. Le aseguro que mantendré alejada a Verónica, no soy tonta. No muerdo la mano que me da de comer.

            - Mientras no necesite más pasta -adivinó él-. Hay otra solución para resolver sus problemas -añadió Antonio, entrecerrando los ojos.

            - ¿Cuál?

            La apuntó a la cabeza y disparó. Rebeca saltó en su silla por el susto y la sorpresa.

            Una bolita de plástico rebotó inocentemente en la frente de la bruja aunque su expresión fue de terror. El arma era una réplica casi exacta que disparaba a baja velocidad esferas del diámetro de una lenteja. La chica cerró los ojos temiendo ver una escena dantesca, con los sesos de su tía esparcidos por la habitación.

            - No tendríamos problemas si trabajara para mí -ofreció Antonio, sonriente y feliz por haber visto las caras de susto de tía y sobrina.

            Fausta le fulminó con la mirada. Al parecer no le hizo tanta gracia como a él.

            - Maldito seas, mal nacido -escupió escribiendo una cruz en el aire, entre ella y él.

            - No hay que ser tan inmaduros, vamos, nunca tuve intención de matarla, era una broma.

            - No ha tenido ninguna gracia -repuso Rebeca, que aún estaba blanca por la impresión.

            Antonio las miró fastidiado, ¿es que no le habían escuchado? Le pagaría un sueldo de por vida.

            - No repetiré la oferta, y con respecto al mal de ojo... Le advierto que esas cosas a mí no me afectan. Así que no ponga demasiadas ganas porque le va rebotar.

            - Ahora tendrá que pagarme cien mil euros si quiere que se lo retire. Como ve, no necesito a ningún espíritu infernal para conseguir lo que me propongo.

            - Es inútil hablar con usted. Está chiflada. Ah y como le pase algo a mi mujer, le juro que la mataré. Esta vez sin sustos.

            - Ya vendrá a buscar un remedio con el dinero en la mano.

            Antonio se levantó enojado por la actitud cerrada de la bruja y echó una mirada a Rebeca.

            - Me voy de aquí. ¿Vienes?

            - Claro -ella se puso en pie y le siguió escaleras abajo.

 

 

 

            Llegaron al coche y una vez dentro, con los cinturones puestos y el vehículo en marcha ella habló.

            - Creí que la matarías.

            - Todo llegará. Más vale que no pase nada estos días.

            - Pero pasará, ella dijo que Verónica debe convencerte para pagarle. Si tienes tanto dinero, ¿por qué no la pagas y te olvidas del asunto?

            - Porque no pienso dejarme estafar por una bruja de tres al cuarto. Antes de soltar un céntimo, la mataré.

            - ¿En serio has matado por menos?

            - Sí. Pero todas ellas debían morir, o eso creí en su momento.

            Rebeca permaneció pálida.

            - ¿A quién?

            - No creo que sea asunto tuyo ni de tu tía la bruja -replicó enojado, convencido de que Rebeca se llevaría una parte del botín. Ella nunca lo confesaría, pero estaba tan claro como el agua que estaba metida en ese lío. No debía confiar en ella nunca más.

                       

 

 

            Fausta golpeó la mesa con toda la fuerza de su brazo cuando escuchó que el coche se alejaba de su casa. Se levantó de la silla y sintió que se rasgaba algo. Miró hacia abajo y vio que se había pillado el vestido con la pata de la mesa y se rasgó. Su traje de gitana, su uniforme de trabajo...

            - Maldita sea... Espero que se pueda coser -renegó mientras examinaba la tela. Como temía, no había sido en la costura, sino en pleno paño.

            De pronto comenzó a toser un minuto hasta que casi se asfixió, se llevó la mano a la boca con un pañuelo y al mirar la tela se lo encontró lleno de sangre.

            - ¿Qué es esto? -se preguntó, asustada.

            «No le ponga demasiadas ganas porque le va a rebotar.» -recordó la voz burlona del detective.

            No quiso darle más importancia, simplemente debió coger un catarro pero estaba segura de que no era así. Solamente había echado dos males de ojo en su vida, una por encargo de un cliente que terminó provocando la muerte de su suegra y esa, para la que había empleado un odio mucho más letal. Fue a la cocina a prepararse algo que beber pero a mitad de camino sufrió otro ataque de tos y esta vez estuvo encogida sobre el estómago tanto tiempo que cayó de rodillas y comenzó a sentir que le ardían los pulmones hasta casi asfixiarla.

            - Verónica, no puedes dejarme morir. Vendí mi alma a para que me sirvieras toda mi vida y me proporcionaras riquezas -tosió con más fuerza y esta vez manchó todo el suelo de sangre.

 

            Recordó uno de los días que solían invocar a Verónica ella y sus hermanas para preguntarle por algún muerto conocido, y pensaron en que quizás podía decirle un número de la lotería o una combinación de las quinielas. Pero el fantasma respondió en la Ouija que no podía hacer eso. Era cuando empezaba a tener apuros económicos y la clientela cada vez pagaba menos. Apenas le quedaban cien euros para comer cada mes ya que el alquiler del local se llevaba casi todos sus ingresos. Decidió que podía hacer un pacto con el Diablo y cuando le invocó le pidió riquezas a cambio de su propia alma. Al fin y al cabo ninguna bruja puede entrar al cielo, no tenía nada que perder.

            Sin embargo al invocarlo, el príncipe de las tinieblas le dijo que era muy poco lo que pedía a cambio de un tesoro tan grande como era su alma. Las de las brujas eran especialmente valiosas para él. A ellas las atormentaba con mucha más saña ya que se pasaban la vida negociando con él con almas ajenas. Ella lo sabía y pensó mejor el trato. Ya que iba a ser torturada toda la eternidad merecía la pena hacer que la vida la compensara por todo.

            Le pidió que le enviara a algún demonio que la sirviera hasta el fin de sus días y que atacara a quién señalara. La respuesta que recibió fue difícil de comprender, aunque dio resultado, le mandó a alguien.

            «Te enviaré a la sombra de Verónica».

            El espíritu de la atormentada novia del diablo no era como los demás con los que había tratado. Cuando hablaba con los muertos, éstos solían ser más interactivos. Se interesaban por algún ser querido, le pedían que les ayudara o que transmitiera mensajes. Verónica en cambio carecía de empatía. No tenía ningún interés por nada, no albergaba sentimientos por nadie. Diría que carecía de alma.

            - Si quieres riqueza y poder tendrás que permitirme contactar con tu sobrina. Ella te llevará a un hombre con tal cantidad de dinero que podrías gastar toda tu vida sin volver a preocuparte si llegas a fin de mes.

            - Haz lo que tengas que hacer, pero traeme todo ese dinero.

 

 

 

            Habían pasado dos semanas desde aquello, su sobrina acudió con un hombre, tal y como profetizó la sombra de Verónica. Además estaba podrido de dinero. La sirviente del infierno cumplió su pacto, pero ahora la estaba abandonando y se lo recriminó.

            - Cumple tu palabra, sírveme mientras me quede un aliento de vida -añadió-. Quítame este mal de ojo.

            «Nunca se te dijo que vivirías mucho tiempo» -replicó la voz de una mujer invisible a escasos pasos de distancia-. «Has intentado echar un mal de ojo a alguien inmune a ellos. No puedo protegerte de tu propio poder.»

            - Ayúdame, quítame la maldición...

            «Pero, mi señora, la magia curativa no está a mi alcance a menos que tengas algo con qué pagar...  Pero ya no te queda nada que ofrecer.»

            La voz del más allá sonaba burlona.

            - En ese caso - replicó la bruja, casi sin aliento-. Cumple mi mandato, ya que Antonio Jurado no quiere pagar, ¡le quiero muerto!

            Dicho eso sufrió un nuevo ataque de tos y con el esfuerzo y la falta de aire quedó tendida en el suelo, inconsciente.

            «Como ordene mi señora» -fue lo último que escuchó decir a su sirviente del más allá.

 

 

 

 

 

 

 

Comentarios: 6
  • #6

    carla (miércoles, 05 septiembre 2012 03:29)

    ooooooooooooooooh O.O

  • #5

    naruto7 (jueves, 30 agosto 2012 23:43)

    continuacion pronto

  • #4

    x-zero (martes, 28 agosto 2012 01:41)

    CONTINUACIOOON *-*

  • #3

    Jaime (lunes, 27 agosto 2012 19:23)

    La historia ha dado un vuelco inesperado. Será acaso esta Verónica la misma que está en el cielo o una sombra o reflejo de lo que fue en el pasado...
    ¡Esperando la continuación!

  • #2

    Lyubasha (lunes, 27 agosto 2012 17:13)

    Hola:
    Has dejado el relato en la parte más interesante. ¡Espero la continuación!

  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (lunes, 27 agosto 2012 15:45)

    Puede que te hayas quedado con ganas de más. No te calles y reclama la continuación.

Animal es el que abandona a su mascota.

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