La sombra de Verónica

16ª parte

            Abrió los ojos y se encontró en su coche viejo, el destrozado Mazda Rx—8 negro que tanto le había gustado, el mismo que explotó en su visita a Lourdes, casi un año atrás. Se encontraba aparcado en el parking francés donde lo vio explotar. Tenía las llaves puestas y sintió unas repentinas ganas de moverse de allí y evitar la explosión. Arrancó y escuchó el silbido característico de ese potente motor de 231 caballos. Sintió ganas de abrazar el volante, había pensado comprarse uno igual después de lo ocurrido pero Brigitte le convenció que solo podría encontrarlo de segunda mano y que nunca sería su primer coche juntos. Al final no compró ninguno parecido.

            — Vaya, machote, estás como nuevo — acarició el volante.

            Aceleró suavemente y sintió la vibración de su potencia mover esa ligera carrocería. Le habían avisado en la tienda que tuviera cuidado en las curvas ya que tenía poca carga aerodinámica, que estaba ante un desbocado potro negro de increíble potencia. Así lo describieron y él siempre lo imaginó así. Era su corcel, el que le había llevado a tanto sitios con Brigitte...

            ¿Dónde estaba ella? —se preguntó. Luego se dio cuenta de algo más intrigante... ¿Y él? Era fácil saberlo, eso era Lourdes, pero, ¿por qué estaba allí? Condujo lenta y placenteramente por esa curiosa ciudad dedicada a una Virgen María que en realidad no era otra que la mítica Isis egipcia, una mujer de carne y hueso que solo se dejaba ver por contadas personas y en ocasiones especiales por miedo a su padre, Alastor. Durante el antiguo Egipto vivió como diosa entre los mortales, junto a sus hermanos hasta que se reveló contra su padre y decidió desaparecer. Desde entonces solo unos pocos la habían visto. Lo que le recordó que él se encontraba entre esos afortunados, que fue a su encuentro a esa ciudad por petición de Alastor y éste la castigó al encontrarse con ella. De todas las cosas por las que se sentía culpable en su vida, esa era la que más escocía en su corazón.

            La tristeza le hizo parar el vehículo y aparcarlo de nuevo. Su mente tenía multitud de recuerdos posteriores a su visita a ese pueblo francés, ¿acaso había recibido un golpe y se olvidó de cómo regresó a ese lugar?

            No, su mente no estaba mal. La imagen de Verónica en sus recuerdos era tan nítida como su Mazda. En las escaleras que daban al garaje de su casa, le había agarrado con fuerza sobrehumana y elevado a más de dos metros de altura para luego soltarle en una posición que le impidió caer bien. Sufrió un escalofrío al recordar que se rompió todo...

            — ¿Por qué estoy aquí? —se preguntó.

            Bajó del coche caminó por las desiertas calles de esa religiosa ciudad.

            — Puede que aún esté tiempo de evitarlo —se dijo esperanzado—. No sería la primera vez que tengo visiones de futuro, podría cambiarlo todo.

            Corrió al santuario, a la gruta de las apariciones y mientras corría le llamó la atención que las calles estaban completamente vacías. A pesar de ser medio día no había nadie. Eso era imposible, en ese pueblo lo normal era ver las aceras llenas de gente. Además las tiendas estaban cerradas y podía ver todo el merchandising mariano detrás de los cristales. ¿Qué día era hoy? ¿Por qué estaba desierto?

            No se interrumpió y llegó hasta el santuario arrepintiéndose de no haber llevado el coche. Hubiera podido aparcar en cualquier sitio ya que tampoco había vehículos aparcados.

            — Es increíble, estoy en plena forma —se dijo sin resoplar, feliz de tener su cuerpo tan ágil. A sus cuarenta años solía cansarse por correr diez minutos y ahora había recorrido toda una ciudad con fuertes pendientes y no estaba cansado en absoluto.

            Pestañeó y se encontró de repente en la gruta sin haber atravesado las vallas exteriores del santuario. Estaba frente a la piedra mojada donde "La Inmaculada Concepción" se había aparecido a Bernardita de Soubirous. Otra cosa que le llamó la atención fue que sobre la roca no encontró ninguna estatua blanca. ¿Habían robado la figura de la Virgen? Aunque la pregunta que más le intriga era cómo demonios llegó tan rápido hasta allí.

            — Estás muerto, Antonio —respondió a su pregunta no formulada una voz conocida.

            — ¿Isis? —preguntó, confuso.

            Al darse la vuelta vio a una deslumbradora mujer vestida de blanco con sus pies descalzos flotando a escasos centímetros del suelo.

            — Sí, supongo que es uno de mis nombres —respondió ella, sonriente.

            — ¿Por qué estoy aquí? —preguntó—. Espera, tenemos que irnos, Alastor va a venir y te va a hacer mucho daño.

            — No te preocupes, no puede llegar a este lugar.

            — Hazme caso, lo he visto.

            — Tranquilízate —recomendó ella riendo por su falta de conocimiento—. Se acabó tu tiempo de padecer. Ahora estás en el cielo.

            Eso lo explicaba todo. Lo había sospechado pero no quería admitirlo porque eso significaba que estaba muerto.

            — Y tú también —se dio cuenta él, triste—. ¿Alastor te mató?

            — Mi cuerpo sigue vivo. Cortó el cordón de plata que unía mi alma con él. Estoy en el cielo porque aún no ha llegado la hora de regresar. Pero Dios tiene marcado el día exacto en su calendario y despertaré cuando lo estime necesario.

            — Vaya, me alegro de que te lo tomes así... Sin rencores. Yo fui quien te entregó a ese viejo.

            — Lo sé, no hubiera querido que fuese otro. Lo ocurrido fue voluntad del creador.

            — ¿No me odias?

            — ¿Por qué? —Isis sonrió con una mueca leve, su rostro era el más hermoso que había visto jamás.

            Se fijó en sus ropas blancas y se quedó asombrado de ver que eran etéreas. Juraría que vestía luz pura en lugar de una seda blanca. Tuvo que tragar saliva al comprender que su cuerpo estaba oculto a su vista por la cegadora luz blanca que emanaba de ella y por tanto debía estar desnuda. Aunque no podía saberlo porque la luz de su aura le cegaba.

            — Si estoy muerto, ¿qué será de mí ahora?

            — He venido a llevarte a la presencia de Dios.

            Antonio sonrió incrédulo.

            — Lo siento pero tengo que volver a casa, Brigitte me estará esperando.

            — No, ya no. Tu vida pasada ha terminado.

            — No hablas en serio, necesito volver.

            — Sigues emponzoñando lo que digo con tu mente mortal. Cógeme de la mano y entenderás.

            — He estado en el infierno —discutió—. ¿Cómo podría estar ahora en el cielo?

            — La misericordia de Dios es infinita, le has agradado y quiere que compartas la eternidad con él.

            — ¿Y por qué no viene él a buscarme? —preguntó, empezando a asumir que ya nunca volvería a ver a su mujer hasta que muriera.

            — ¿Acaso no le estás viendo? —respondió ella, encogida de hombros—. Soy yo.

            — ¿Qué? ¿Dios es una mujer? —preguntó asombrado.

            — ¿Cuándo se dijo que era un hombre? —trató de explicar ella con paciencia infinita.

            — Acabas de decir que Dios te tiene marcado en el calendario el día y la hora en que regresarás al mundo.

            — Sí, dije eso, pero no lo has entendido —sonrió.

            — No, no lo entiendo.

            — Ay, hombre, tienes tanto tiempo para comprender —rió ella con una carcajada sincera—. Vamos, dame la mano.

            Tragó saliva. Los dedos de Isis parecían tan frágiles que no se atrevió a extender su ruda extremidad. Esa luz le hacía sentir paz y confianza plena en ella al mismo tiempo él se sentía sucio y basto a su lado. Era un aura tan pura que lo que más deseaba instintivamente era no solo aferrar su mano sino quedarse agarrado a ella para siempre y sentir esa fuerza divina lo más cerca posible de él. Al cogerla su corazón bombeó agua a todos los rincones de su cuerpo, que sin saberlo, sufría una sed crónica de ese líquido fresco que llenaba de vida cada molécula de su ser. Quería reír a carcajadas y gritar a los cuatro vientos que era feliz, pero su mente seguía despierta y le decía que eso era dejarse llevar por la euforia y hacer el ridículo, cosa que quería evitar a toda costa ante esa criatura tan maravillosa que estaba ofreciéndose a mostrarle el camino a Dios.

            — Un momento, si tú eres Él, ¿por qué tienes que llevarme a su presencia? ¿Es que no lo estoy?

            — Ay, Antonio, las palabras humanas son tan limitadas que nunca podrías entender lo que te digo si solamente hablamos. Tienes que verlo.                      

            — Lo que veo es que tú sola darías luz a las estrellas —manifestó él, llevado por un éxtasis de paz.

            — No, estás empezando a disfrutar de la Gloria de Dios —respondió Isis—. Pronto comprenderás todos los misterios y le alabarás con todas tus fuerzas. Antonio, te conozco por tu nombre y te concedo la entrada al segundo círculo celestial.

            — Es magnífico estar tan cerca de ti mi señora... —la siguió alabando—. Iré donde me digas.

            Isis no respondió avanzó hacia la gruta de las apariciones, que aún seguía allí y al llegar junto a la roca descubrieron que en realidad un camino estaba oculto por algún tipo de efecto óptico. Era estrecho pero, a medida que avanzaban se iba agrandando hasta ser tan amplio que podían entrar los dos sin problemas. Se sintió como un descubridor de un gran secreto. Nunca había imaginado que esa gruta podía contener el camino al paraíso.

            — Los que quieren entrar en el cielo deben hacerse muy pequeños. Hay que reducirse a nada, olvidarse de todo lo que eres y admitir ante Dios la insignificancia de tu ser. Por eso los orgullosos jamás podrían atravesar esta puerta.

            — ¿Estás diciendo que no todos pueden llegar hasta aquí? Me refiero a los que llegan al cielo.

            — Por supuesto que no. El reino de Dios es inmenso, ni cien tierras juntas podrían contener a todos sus habitantes, en cada uno de sus círculos.

            — ¿Tanta gente se ha salvado? —preguntó, estupefacto, recordando que en el infierno la multitud era tal que se imaginó el cielo prácticamente vacío.

            — Si el mundo no tuviera tantas almas bondadosas y entregadas a Dios, la creación no podría sostenerse. Lo que ocurre es que una persona santa pasa desapercibida, Él sabe cómo son pero el resto del mundo les considera meros nombres perdidos en los cementerios. Para Dios estas almas iluminan la creación como las estrellas la noche de los mortales. En el primer círculo están las personas que han sabido ver a Dios en los demás, que han sido siempre la mano sobre la que otros se han apoyado y cuando no lo han hecho, se han sentido culpables. Han hablado con Dios y se han mostrado fieles, le han servido con el corazón y le han pedido perdón por sus errores. Pero hay que llegar más lejos si quieres alcanzar el segundo círculo. Hay que negarse a sí mismo y dar por sentado que tus actos no fueron más que obras de Dios.

            — ¿Voy a poder entrar? —se preguntó Antonio, dudoso.

            — ¿Cual era tu mayor deseo? —replicó ella.

            — No lo sé.

            — Yo sí, solo querías ayudar a todo el mundo. Y cuando lo hacías te sentías culpable porque no creías que fuera suficiente.

            — Pero he hecho cosas horribles. Entre otras, te he puesto una trampa para que tu padre te encontrara...

            — Lo hacías con tu corazón, sintiendo que era lo correcto. A veces nuestras buenas acciones perjudican más que ayudan, pero Dios no hubiera querido que actuáramos de otra manera por egoísmo.

            — Me siento muy honrado por tus palabras, de verdad, pero no puedo creerlas —Antonio no podía perdonarse lo que le había hecho.

            — Por esa razón estás entrando en el círculo del gozo eterno.

            Dicho eso la luz dejó de deslumbrarles y se abrió ante ellos un inmenso mundo de agua en el que los que podía ver estaban bañándose en playas tranquilas de poca profundidad. Todo el mundo jugaba y corrían unos tras otros, terminando fundidos en abrazos. Las risas se escuchaban en todas las direcciones y los animales eran más numerosos más que las personas, veía perros jugando con sus dueños en las arenas brillantes que colindaban con el mar y gatos haciendo travesuras y después perseguidos por perros —incluso en el cielo eran traviesos y se llevaban mal con los canes, lo que sorprendió a Antonio—. Al sentir que pisaba esa agua azul tan pura el frescor invadía hasta el último de sus cabellos. Le invadió tal felicidad que quiso correr con Isis aprovechando ese magnífico estado de forma en que se encontraba. Se hubiera quedado allí para siempre pero aún agarraba la mano de esa espléndida mujer que aún deslumbraba con su luz y le gustaba más su contacto que la expectativa de disfrutar de aquel lugar.

            — Nunca había visto un sitio tan bonito —manifestó él, sobrecogido.

            — Y sin embargo nuestro camino no acaba aquí —desengañó ella, que continuó caminando varios centímetros sobre las arenas sin llegar a tocarlas como si tuviera unas alas invisibles.

            Al desear hacer igual que ella, él también se elevó sin peso y voló a su lado.

            — Tenemos que seguir, mira el Sol —indicó Isis.

            Antonio lo miró y por acto reflejo cerró los ojos temiendo quemarse, pero su luz no le dañó. Se dio cuenta de que allí arriba había algo más que una bola de luz, era un mundo en el que sonaban millones de voces de indescriptible belleza.

            — Vamos, nos espera.

            — ¿Quién? —preguntó confuso, emprendiendo el vuelo a la velocidad que ella surcaba los vientos, directa a la lejana bola de luz.

            — Ya te lo he dicho, vamos a ver a Dios —explicó ella—. Que no se diga que no puedes alcanzarme.

            Su reto no cayó en saco roto. Isis parecía un misil buscando la órbita de la tierra. Aún así se concentró en seguirla lo más cerca posible y pronto consiguió que dejara de alejarse. La veía como una estrella fugaz volado directa hacia el orbe luminoso que les esperaba haciéndose cada vez más grande. Miró abajo y vio que el mundo se hacía pequeño y se perdía de vista junto a toda esa gente que parecía no haber descubierto que podían volar como ellos.

 

 

Comentarios: 7
  • #7

    x-zero. (jueves, 13 septiembre 2012 08:02)

    continuaciooooon por fin empieza lo interesante o:

  • #6

    Antonio J. Fernández Del Campo (miércoles, 12 septiembre 2012 09:46)

    (Para Lyubasha)
    Gracias por tu crítica y entiendo que lo veas así ya que, por decirlo de alguna manera, se pierde contacto con la frontera de lo creíble.
    En este caso este viaje al más allá es necesario para desentrañar toda la historia. Te recomiendo que no la pierdas de vista.

  • #5

    naruto7 (miércoles, 12 septiembre 2012 05:22)

    esta muy buena la historia espero la continuacion pronto por favor

  • #4

    Ale02 (martes, 11 septiembre 2012 18:43)

    Continuacion x favor! No me gusta mucho la idea de q Antonio este muerto, pero bueno hay q esperar aver en q queda todo esto! :-) Buena historia!!!

  • #3

    Lyubasha (martes, 11 septiembre 2012 18:06)

    Siento decirlo, pero la historia ya no me dice nada. Me ha pasado lo mismo que con "Nueve de Corazones" y las de Verónica: al principio me gustan pero después empiezan los viajes al más allá, los diálogos con Dios, las visitas al Infierno, y pierdo el interés. Supongo que volveré a pasar por aquí para comentar el final.

  • #2

    Jaime (lunes, 10 septiembre 2012 22:33)

    Poner la continuación, por favor. Espero se revele el misterio de la Verónica malvada.

  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (lunes, 10 septiembre 2012 18:45)

    Si os gusta la historia o todo lo contrario podéis decirlo aquí.

Animal es el que abandona a su mascota.

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