La sombra de Verónica

19ª parte

            "Amor, necesito que hagas algo por mí" - escuchó su voz dentro de su alma tan clara como si estuviera a su lado-. "Tenemos que liberar a la que me ha matado, está siendo esclavizada por el Deminio y sólo tú puedes ayudarnos."

            - ¿Ayudaros? -preguntó.

            "No he venido solo, Jesús está conmigo."      

            - Debo estar volviéndome loca -sentenció.

            "Escucha, no nos ha abandonado, tenemos que ayudarle a salvar a Verónica para que no siga causando el mal a otras personas. El Diablo la ha sometido contra su voluntad."

            - ¿Y cómo voy a ayudarla yo? -preguntó.

            "Debes aceptar que Jesús entre en tu corazón."

            - Claro que lo acepto, lo acepté hace mucho tiempo.

            "No lo has entendido, debes dejarle entrar, que tome las riendas de tu cuerpo".

            - ¿Cómo hago eso?

            "Relájate, él lo hará."

            - De acuerdo.

            Cerró los ojos y respiró profundamente. Empezaba a creer que estaba loca y no esperaba que sucediera nada.

            Pero ocurrió. Sintió que una gran energía la invadía, una paz infinita la poseía a pesar del dolor por la pérdida de Antonio.

            Se levantó y fue directa al cuarto de baño de su marido sin saber por qué ni quién la estaba llevando. Allí tenía el espejo más grande y debía ser un detalle importante porque Jesús iba hacia allá con determinación.

            - ¿En serio eres tú Señor? -preguntó como si no pudiera creerlo.

            - He venido escuchando tus oraciones -respondió con su propia voz-. Una vez liberemos a Verónica veremos lo que podemos hacer por Antonio. No pierdas la esperanza, para mí no hay nada imposible.

            - ¡Gracias! -se respondió a sí misma. Ahora sí que parecía una lunática, hablándose y respondiéndose. Pero no le importaba, sentía a alguien puro en su interior y éste sabía lo que hacía. Si su muro de cordura había caído, no pondría resistencia.

            Llegaron al espejo del baño y sin preámbulos de ningún tipo puso sus dos manos sobre la fría superficie de cristal.

            - Ábrete -pronunció con solemnidad.

            Al momento siguiente sufrió un extraño mareo y sintió que todo le daba vueltas. Aparentemente no había ocurrido nada pero se sentía extraña.

            - Hemos atravesado el espejo. Ahora hay que encontrar a Verónica -pronunció ella misma.

            Salieron del baño y entendió a lo que se refería. Al salir no estaban en su casa, era una especie de nave industrial abandonada llena de basura por las esquinas y pintadas por las paredes. Olía a putrefacción y había ratas en los rincones más oscuros.

            - Parece que no estoy tan loca... O que he traspasado los límites de la cordura definitivamente -se dijo.

            - Estamos cerca, la siento por aquí.

            - ¿Qué haremos si la encontramos?

            - Debemos dar con quien maneja sus hilos. Verónica es sumamente peligrosa, no dudará en matarnos y me temo que no será visible salvo su sombra.

            - ¿Sufre alguna clase de maldición?

            - El Diablo no podía someter a su alma pero atrapó su sombra.

            Brigitte esbozó una sonrisa, por muy realista que fuera esa fábrica oscura y abandonada, su locura se hacía más evidente cuando se escuchaba a sí misma hablándose y respondiéndose.

            - ¿Y cómo encontramos al Diablo?         

            - Dando con Verónica -respondió como si fuera obvio-. Él delatará su presencia.

            - Genial, claro, es que vencer al Diablo es fácil.

            - No lucharemos con él -añadió Jesús-. Sólo...

            Un golpe sacudió a Brigitte tan fuerte que la hizo caer de bruces contra el suelo. Ni siquiera le vio venir.

            - Nos ha visto -se quejó, llevándose la mano a la mejilla. Había sido un puñetazo, la pregunta era ¿de quién?

            Se levantó buscando sombras pero reinaba muy poca luz, no veía casi ni la suya propia. Afortunadamente Jesús la estaba protegiendo y no sentía ningún daño en su cara.

            - No debísteis venir -habló el viento-. Matar a la bruja si queréis ayudarme.

            La voz se escuchaba en todas las direcciones y Brigitte se levantó. Jesús seguía tranquilo y eso le daba a ella la paz necesaria para no salir corriendo aterrada.

            - He venido a por Verónica -dijo Brigitte con la seguridad que le daba el espíritu que llevaba dentro.

            - Hay que matar a la bruja -ordenó la voz siseante.

            - No lo haré, dime dónde te escondes.

            - Acaba con ella -repitió el viento.

            - ¿Por qué tuviste que matar a Antonio? -se le quebró la voz al formular la pregunta.

            - Por infiel y mentiroso.

            Brigitte frunció el ceño sin entender.

            - ¿No lo sabías? -sonó con cierta burla sin saber de donde venía el sonido.

            - ¿Qué? -preguntó dolida.

            "No la hagas caso, quiere atormentarte para que no pueda esconderme más tiempo dentro de ti" - esta vez la voz resonó en su cabeza.

            - ¿Qué quieres decir? - insistió.

            - Es incapaz de mantener la polla en su bragueta -respondió la voz inhumana de Verónica con fuerza, con odio-. ¿No lo sospechabas? Se ha follado a Rebeca hasta reventarla, lo ha hecho sin importarle lo que tú pienses. Así son los hombres, cerdos, mentirosos y sin ningún sentimiento de culpa o infidelidad.

            - ¡Mientes! -escupió furiosa.

            - ¿Ah sí?

            Por un instante la forma traslúcida de una mujer se apareció ante ella y le tocó la frente apenas un segundo. Después se esfumó en la nada.

            Tuvo una visión en la que Antonio estaba sentado en una terraza del centro de Madrid y Rebeca a su lado. Ella se acercó a él y le besó en los labios, un beso puntual al que parecía que Antonio rechazaba, pero luego fue él quien la besó a ella.

            - Apenas se recuperó de mi anterior castigo -canturreó la voz con tono infantil- y ese marido tuyo ya estaba detrás de la niña otra vez.

            - No puedo creerlo, él me juró...

            - Sí, son unos puercos, ¿a que sí? ¿A que ahora me agradeces que le haya matado por ti?

            - Dime que no es cierto -suplicó en voz alta queriendo dirigirse a su voz interior. Sin embargo no hubo contestación, la furia abrasaba sus entrañas como para escuchar cualquier cosa que saliera de su corazón. Una ira que también le causaba sufrimiento porque no podía encarar a su marido para poder abofetearle.

            - "No es cierto" -contestó Verónica, burlona-. "Pero sabes que lo es."

            El fuego que hubiera en el infierno parecía una hoguera de niños en compraración con la furia que quemaba ahora el alma de Brigitte. De repente se preguntó qué estaba haciendo allí. Antonio la engañaba, por lo visto con cualquier chica que se le pusiera a tiro. Por hacerle un favor se había metido en ese lío, pero lo más patético era que no sabía regresar sin Jesús y en ese momento tenía tanto odio en su interior que dudaba que pudiera ayudarla en nada.

            - Qué valiente, has dejado que te utilice el hijo de Dios y ahora dónde está. Mi maestro estará contento cuando vea a quién le he traído -se enorgulleció Verónica.

            - Mientes, él no me volvería a serme infiel -ya no hablaba ella, era su propio deseo de creerse a sí misma.

            - No me invento nada -insistió la sombra-. Tan solo te muestro lo que ocurrió, ¿o es que quieres ver detalles más pornográficos? ¿Acaso te gustaría ver cómo se la mete a esa guarra? ¿O con qué ritmo se la chupó ella?

            - No, por favor... -rogó, con lágrimas en los ojos.

            Verónica soltó una risa fantasmagórica que venía de todas las direcciones. Era como escuchar un eco sin origen.

            Brigitte vio que se acercaban dos enormes hombres con patas de cabra, debían medir más de dos metros y medio y sus brazos eran fuertes como columnas de acero. Sus ojos estaban iluminados de color rojo y cada uno iba hacia ella desde una dirección. Lo primero que le dijo su instinto fue que huyera de modo que corrió cuanto pudo hacia el fondo de la nave y los hombres festejaron su actitud con risas graves y seguras. Cuando llegó al otro extremo de la nave se dio cuenta de que estaba atrapada. No había salida por ningún lado.

            - Señor, confío en ti, sácame de este lugar -suplicó.

            Pero por encima de todo estaba el odio enfermizo a Antonio. Le había perdonado y confió en él como una idiota. Su nueva infidelidad la hacía sentir insultada, ridícula, estúpida. ¿Por qué confiaría en él? Todo ese odio acumulado le impedía ver en su interior y, por tanto, estaba aún más indefensa.

            La rodearon y no tuvo a dónde escapar. Cuando uno de ellos le puso una mano encima algo le golpeó en la cabeza tan fuerte que se la arrancó de cuajo. Posteriormente el otro demonio trató de defenderse, pero nada pudo impedir un nuevo puñetazo de fuerza colosal que reventó sus costillas dejándolo hecho un manojo de carne en el suelo. Al mirar a su salvador deseó golpearle con todas sus fuerzas.

            - ¡Cerdo mentiroso! -gritó enfurecida.

            No era otro que su marido.

            - Te ha mentido, no he tenido nada con Rebeca. Escucha a tu corazón, Jesús sabe que es cierto.

            - Te he visto besarla -rugió ella mientras lloraba y le golpeaba el pecho con los puños.

            - La besé, sí, lo siento, fue un momento de debilidad... Pero solo te quiero a ti, te lo juro. Después de ese beso me di cuenta de lo que te quería y no volví a tocarla más.

            - ¿Y se supone que eso me tiene que consolar?

            - Ya da igual, no me perdones si no quieres pero no me odies.

            - ¿Qué haces aquí? -preguntó ella, deteniendo sus golpes y preguntándose por qué estaba entonces en el infierno.

            - He venido a salvarte. Pude ver que las cosas no iban exactamente tan bien como las planeabamos.

            - ¿Y por qué no viniste tú desde el principio?

            - Ignoraba que pudiera hacerlo.

            - ¿Y ahora sí puedes?

            - Sí, vuelvo a estar vivo... Puedo. El señor me resucitó para que pudiera ayudaros ya que tú te niegas a razonar con él.

            Aquello la dejó sin aliento. ¿Estaba vivo? ¿Debía alegrarse? No había pasado un minuto desde que se alegró de su muerte. ¿Como iba a creerle?

            - Un encuentro muy empalagoso -opinó Verónica.

            Antonio le dedicó toda su atención dejando de mirar a Brigitte.

            - Además tienes bastante fuerza para ser humano. Esos demonios podían levantar un autobús.

            - He venido a llevarte conmigo -dijo la voz de Pedro desde sus labios.

            Verónica flotaba alrededor de ellos dos.

            - El príncipe de las tinieblas no dejará que salgáis nunca más del infierno -replicó-. Sois unos imbéciles. Os di la oportunidad de salvarme matando a esa bruja.

            - Escúchame Verónica, puedes luchar -insistió Antonio.

            - ¿Para qué? Nunca me permitió salir del infierno. Todo fue una pesadilla, desde mi resurrección hasta mi muerte y posterior subida al cielo, fue parte de mi condena eterna, de mi castigo por tratar de soñar con la libertad. ¿Crees que no me duele recordar nuestro tiempo juntos, Pedro? Es mi mayor dolor. El Diablo nunca me liberará, estoy a su merced y nadie tiene más poder en este mundo que él.

            - Estás equivocada, Verónica -insistió Antonio-. El Diablo encontró un modo de atraparte en el cielo... No perteneces a este lugar.

            - ¡Nunca estuve en allí! -gritó ella como loca-. ¡No vuelvas a repetir eso!

            - Entonces, ¿dónde está tu cuerpo? -inquirió Antonio.

            Verónica se quedó callada ante esa cuestión. Al ser invisible incluso para sí misma, se preguntaron si trataba de verse.

            - Yo te lo voy a decir, está esperándote en el cielo. No puede retenerte aquí contra tu voluntad, esto solo es una pesadilla para ti -explicó Pedro.

            En ese momento apareció ante ellos el joven de pecho desnudo y patas de cabra que habían visto ya en el pasado. El Diablo estaba allí.

            - Nunca pensásteis que volveríais a mi casa por voluntad propia, ¿cierto? -preguntó con desdén.

            Ni Antonio ni Brigitte respondieron. Esperaban que llegara, pero tenerle delante no hizo sino que se preguntaran qué demonios querían conseguir allí. Verónica no razonaba y el viaje parecía absolutamente inútil.

            - Ya os lo dije -les señaló con el dedo-. La partida no se acaba hasta que se juegan todas las cartas y a mí me quedaba una.

            Señaló a Verónica, que ante él se había manifestado como una forma traslúcida en actitud servicial.

            - Y mira tú por donde, en la última mano, he pillado al As de Oros.

 

Comentarios: 6
  • #6

    x-zero (miércoles, 26 septiembre 2012 23:30)

    continuacion, ya ha empezado lo mejor, ya lo esperaba la verdad jeje

  • #5

    carla (miércoles, 26 septiembre 2012 05:50)

    continuaciooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooon!!! \o/

  • #4

    Bellabel (martes, 25 septiembre 2012 16:27)

    Va muy bien... espero la continuación!!!

  • #3

    Jaime (lunes, 24 septiembre 2012 23:45)

    Sigue así; espero la continuación.

  • #2

    Lyubasha (lunes, 24 septiembre 2012 22:07)

    Está muy interesante, me gusta más de lo que pensaba. ¡¡¡Continuacióoooooooooon!!!

  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (lunes, 24 septiembre 2012 18:59)

    Ya puedes comentar la historia.

Animal es el que abandona a su mascota.

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