La sombra de Verónica

3ª parte

            Aparcó justo en la puerta del portal. Tenía suerte de que hubiera tanto sitio porque no le apetecía nada caminar por la calle a los treinta y nueve grados que marcaba el termómetro del coche. Se estaba mucho mejor ahí dentro, con el aire acondicionado y deseó que la casa de esa tal Vanessa también tuviera ese invento celestial. Debería estar prohibido vivir en Madrid sin uno de esos chismes, pensó.

            Apretó el botón del telefonillo y esperó. Al cabo de unos segundos respondió la voz de la chica joven, una aterciopelada y extremadamente bonita.

            — ¿Quién es?

            — Soy Antonio Jurado, habíamos quedado.

            — Ah, sí, qué rápido ha venido. Suba, suba...

            Nada más entrar al portal se dio cuenta de que ya tenía la camisa mojada enpor el calor de ahí fuera. Al menos el portal estaba fresquito y deseó no apestar demasiado a sudor. Sabía lo desagradable que podía ser eso en una primera impresión. Aunque ahora se estaba preguntando por qué le importaba esa impresión ahora. Su propia mente respondió que una chica joven y posiblemente atractiva le esperaba arriba. Era su instinto masculino el que le había hecho pensar eso. Un instinto que la boda con Brigitte no había silenciado, por cierto.

            Llegó al primer piso subiendo las escaleras con tranquilidad, llamó al timbre y sin que hubiera separado el dedo del botón la puerta se había abierto.

            — Hola —invitó una preciosa chica de pelo castaño que no debía tener más de veinte años—. Adelante, pase, ¿quiere tomar algo?

            — ¿Estás sola? —preguntó, extrañado.

            — Sí, mi padre trabaja hasta las ocho y no llega hasta las nueve. Vaya, eso nos deja dos horas para hablar —añadió mirando su reloj.

            — Si el tema lo requiere, claro —respondió, algo nervioso.

            Por su cabeza pasó una fugaz idea a la que no pudo poner freno. Si los vecinos escuchaban esa conversación pensarían que estaban liados y lo cierto es que puede que con mucha envidia. Era una chica atractiva aunque para él no suponía más que una molestia ya que eso le distraería. Él solo tenía ojos para Brigitte, pero en ocasiones como esa, no tenía más remedio que mirar a alguien como Vanessa y dejar que le asaltaran deseos primitivos.

            — Es muy joven para ser detective —opinó ella, sonriente.

            — Y tú para requerir mis servicios profesionales. ¿Puedes decirme qué problema ha causado que me llamaras?

            La chica cerró la puerta tras él y le adelantó invitándole a tomar asiento en el salón.

            Se decidió por el sofá, que parecía bastante cómodo y ella se sentó justo al lado. Al estar en casa y hacer tanto calor llevaba un diminuto pantalón sedoso que no alcanzaba ni a la rodilla que se ceñía a su cintura de forma muy provocativa, cosa que sus ojos no pasaron por alto cuando se sentó tan cerca de él. Además su blusa blanca suelta evidenciaba que no llevaba sostén. Por si no se había puesto suficientemente nervioso por la proximidad de semejante chica, además olía a vainilla y sus instintos más primarios le decían que debía poseerla. Por suerte su mente era la que mandaba por lo que se forzó a sí mismo a mirar a la mesita del salón y evitar mirarla lo máximo que pudiera.

            — ¿Qué ocurre? —preguntó, nervioso.

            — Buf, no sé por dónde empezar.

            Ella también estaba nerviosa y se comenzó a morder las uñas. Suspiró antes de hablar.

            — Verás —le tuteó con confianza —. Tengo un problema pero creo que debería contarte lo que me ha pasado este último año. Estoy segura de que puede ayudarte a resolver el misterio, si es que puedes ayudarme claro.

            — Soy todo oídos y como bien has dicho, tenemos dos horas para hablar... Una cosa... Tu padre no sabe que me has llamado,¿ cierto?

            — Emmm, si llegara, ¿te importa fingir que eres mi novio?

            Antonio soltó una carcajada nerviosa.

            — ¿Qué? Ejem... —caraspeó—. Estoy casado, no puedo hacer eso.

            — No te digo que nos besemos ni nada de eso, simplemente haz como si hubieras venido a acompañarme y llevaramos unos días juntos. Creo que le tranquilizaría y alejaría sospechas.

            — ¿Sospechas de qué? —inquirió.

            — De que te he contratado para que... Para que... Es difícil de explicar. Verás hace un año mi madre murió de un cáncer. Desde entonces veo muertos en cualquier sitio, al lado de la gente, cuando cierro los ojos, no puedo evitar verlos. Los demás no los ven. Van con sus cuerpos destrozados, algunas con la piel podrida como si llevaran años muertos.  Es horrible y nadie me cree, mi padre se empeña en que vaya a un psicólogo pero no quiero que me droguen. Estoy segura de que están ahí, los veo con mis propios ojos y no sé por qué todos se me quedan mirando como si esperaran algo de mí.

            Las manos de Vanessa temblaban por el nerviosismo, estaba claro que no le había contado eso nunca a nadie. Por otro lado, conocer su secreto había logrado alejar las fantasías sexuales que luchaban por abrirse paso en su mente.

            — Vanessa, es muy probable que esos muertos sigan ahí hasta el fin de tus días...

            — ¿Vanessa? —preguntó ella, extrañada—. Me llamo Rebeca... Ah, oh, perdona... Te mentí por teléfono... Te juro que no suelo mentir, es solo que no sabía si podía fiarme de ti.

            — Rebeca —repitió Antonio, asintiendo—. No importa yo también he mentido... Mi nombre es Abel, pero me llamo Antonio Jurado en plan profesional, suena mejor ¿no crees?

            En cuanto dijo eso se sintió estúpido y avergonzado por haber abierto la boca. Más de una vez Brigitte le había advertido: "piensa las cosas antes de hablar." ¿Y si ocurría algo y Rebeca le decía a la policía su verdadero nombre? Lo que le faltaba.

            — Llámame Antonio, así me llama hasta mi mujer aunque sabe que no es mi nombre verdadero —trató de rectificar.

            — Está bien, Antonio. ¿Crees que estoy loca?

            — Por supuesto —respondió sin pensar.

            Rebeca se lo quedó mirando sorprendida.

            — Hay que estar muy loca para dejar pasar a un tio que no conoces a tu casa sin que nadie más sepa que lo has llamado. ¿Tienes idea de lo que podría hacerte? Eres demasiado inocente, Rebeca, no deberías confiar tanto en los desconocidos. Y eso ya lo sabía antes de que me contaras nada de tus visiones de muertos, aunque tampoco se puede decir que ver muertos ayude en absoluto para avalar tu cordura.

            — Vaya...

            — No te preocupes, soy inofensivo, has tenido suerte —sonrió—. Pero te lo digo por si otro día te da por llamar a otro, piénsalo un poco. Soy un detective de lo sobrenatural, como mínimo tengo que estar tan loco como tú. ¿Y si resulta que soy un violador? Bueno, esa no es la cuestión —rectificó inmediatamente al identificar su propia obscenidad abriéndose paso por su mente—. La cuestión es si la gente que está loca lo está porque sí y ve cosas que no existen, o si ve cosas que los que no están locos no pueden ver. Así que nuestra primera tarea consiste en averiguar que clase de locura es la tuya.

            — Caramba...

            — ¿Acaso dudas de tu locura? —preguntó intrigado.

            — Bueno, tal y como lo has puesto... No.

            — No me entiendas mal. Estar loco es sano, es divertido, te permite hacer cosas que nadie más haría y lo haces disfrutando. Cuando lo asumes, no te importa hacer ciertas cosas como meterte en la fuente de Cibeles a bañarte a las tres de la tarde o quedarse a dormir un día en el parque del retiro. A ver, la locura es relativa y como todo, en exceso es peligrosa pero en su justa medida es la sal de la vida. No pretendia insultarte ni nada por el estilo.

            — Ah, menos mal —suspiró Rebeca.

            — Existen unas medidas que en terminos científicos nos ayudan a valorar el grado de locura de las personas. Para que te hagas una idea, de 0 a 2 son personas absolutamente cuerdas, tanto que son incapaces de aceptar hechos que no puedan comprender. Son personas tan estrictas en sus mentes que jamás aceptarían a un hijo gay, jamás tirarían una bola de pan al vecino en medio de una boda. Gente tremendamente aburrida y a la que nadie quiere ver cerca, ¿entiendes? También están locos pero muy poco, demasiado poco. Volviendo a las analogías, es como si haces una paella y le echas poca sal. Está sosa.

            — ¿Eres psicólogo? —preguntó ella, interesada.

            — ¿Yo? Qué va, esto es una teoría mía. Así puedo entender mejor a las personas. Como te iba diciendo, de 2 a 4 están los que aceptan hechos que no entienden pero se sienten superados por esas realidades y simplemente las aceptan. Aunque no aceptan ninguna teoría que explique eso sin pruebas científicas. Si un día se les enciende la luz de casa sin que nadie toque el interruptor dicen: "Qué fuerte, cuando se lo cuente a mis colegas lo van a flipar". Pero no se ponen a pensar qué pudo ser lo que encendió la luz, ¿me sigues? Tú sigues lejos de esa puntuación. Bueno y yo ni te cuento.

            — Sí conozco muchos así.

            — Es lo normal. Luego también hay muchos de 5. Estos sí se ponen a pensar lo que ha pasado, miran la bombilla, la ajustan y abren el interruptor y apretan los tornillos. Son personas que explican estos hechos con un "habrá sido un cable suelto". A estas personas es a las que la gente les cuenta las cosas que le pasan porque siempre tienen una respuesta racional y dejan tranquilos a los que confían en ellos.

            Rebeca asintió sonriendo. Parecía que lo entendía y aceptaba todo como si fuera un sabio oriental y estaba hablando con lo primero que le venía a la cabeza. Tenía esa teoría de la puntuación de las personas hace mucho tiempo, pero nunca la había compartido con nadie que él recordara.

            — Luego estan los de 6 y 7. Estos ya empiezan a ser mucho más receptivos a ciertas cosas que pasan continuamente y que nadie más capta. En el 6 podría ponerme yo, que una chica le llama diciéndole que ve muertos por todas partes y yo voy a tu casa y te digo: "Pues te creo". Así, sin más, sin verlos con mis propios ojos. Claro que a partir de este punto la locura puede llegar a crecer peligrosamente. Puedes ser un 6 casi toda tu vida pero la puntuación que realmente importa es la que define tu comportamiento más loco. Por ejemplo yo una vez visité el infierno en sueños y creo que realmente no fue un sueño, que estuve allí y gracias a Dios logré escapar... Miento, estuve dos veces. Casi lo olvido.

            — ¿Qué? —preguntó ella, sorprendida—. ¿Has estado en el infierno?

            — ¿Lo ves? Yo estoy más loco que tú. Mi realidad es demasiado fuerte incluso para alguien como tú.

            — ¿Eso debería consolarme?

            — No te preocupes, en mi escala tú eres del 6 y yo del 7. Los peligrosos son los que llegan a 8, 9 y 10. Son los que directamente pierden la noción de realidad. Muchos vienen de un 0 ó un 1. Salen de su realidad cuadriculada cuando ocurre algo que no pueden comprender y tampoco pueden asimilar. De repente la realidad se hace pedazos y su mente pierde coherencia indefinidamente. Si uno de esos viera muertos como tú, no podría volver a salir nunca a la calle por el terror. Pero por suerte estamos en unos límites que la mente resiste. Tú has aprendido a no contar a casi nadie tu "don", y yo he aprendido lo mismo. Sabemos que nuestras realidades podrían tener otras explicaciones para ciertas personas, la mayoría, y que se sentirían muy satisfechas consigo mismas intentando convencernos de que somos nosotros los equivocados y que lo que vemos solo ocurre en nuestra cabeza. Estamos lo suficientemente cuerdos para entender que no podemos confiar en todo el mundo.

            — Eso sí es verdad —replicó Rebeca.

            — Ahora dime qué quieres de mí. Me has contado tu problema pero no tu teoría de qué es lo que lo provoca. Si no tuvieras una teoría, no me habrías llamado.

            — Bueno, no tengo ni idea. Me siento genial a tu lado y es la primera vez que puedo decir eso desde la muerte de mi madre. Tengo la sensación de que la espantas...

            — ¿Que la espanto? ¿A quién?

            — A mi maldición.

            — ¿De qué maldición estás hablando?

            Rebeca suspiró y tragó saliva.

            — Creo que he debido hacer algo malo en otra vida y ahora lo estoy pagando. Por ejemplo esta mañana soñé que era un verdugo y cortaba la cabeza a una bruja en los tiempos de la inquisición. Estoy convencida de que es un recuerdo latente que explica por qué las desgracias persiguen a mi familia.

            — En primer lugar —corrigió Antonio—. Las brujas no eran decapitadas, la inquisición las quemaba en la hoguera. No digo que no sea cierto que lo soñaras, pero tienes que entender que los sueños a veces son oníricos, es decir, muestran lo que tu subsconciente quiere ver, no tienen por qué ser reales. Quizás soñaste eso porque ya creías antes que tu mala suerte viene de una vida pasada que desconocías.

            — Puede ser —contestó ella, sin mucha convicción.

            — ¿Algo más que pueda serme útil?

            — Tú mismo has dicho que soñaste que estuviste en el infierno y que sabes que fue real. ¿Por qué lo mio no iba a serlo?

            — Porque yo nunca quise ir al infierno, nunca pensé que fuera así y porque yo me metí con la persona equivocada. Lo mio fue un castigo.

            — Entiendo,... ¿con quién te metiste?

            — Es una historia muy larga —replicó—, no quiero aburrirte.

            — Son las siete y media y yo ya te lo he contado todo —animó Rebeca.

            — Fue una chica a la que estuve buscando durante años. Resultó que era un fantasma muy conocido entre las leyendas urbanas, no sé si te sonará, se llamaba Verónica.

            Rebeca abrió los ojos y la boca, asombrada.

 

 

 

 

Comentarios: 2
  • #2

    naruto7 (miércoles, 27 junio 2012 15:11)

    Esta muy buena la historia pon pronto la continuación

  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (miércoles, 27 junio 2012)

    Puedes comentar aquí tus impresiones.

Animal es el que abandona a su mascota.

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