La sombra de Verónica

4ª parte

            — ¿Qué he dicho?

            — ¿Verónica? —preguntó Rebeca.

            — Exacto.

            — La que se invoca en los espejos —continuó ella.

            — Esa misma... ¿La has invocado?

            — Yo no, pero vi a mis tías hacerlo hace un año. Cuando fuimos al pueblo al funeral de mi madre. Lo hacían como costumbre, como si fuera algo natural para ellas. Desde entonces pienso que son brujas y que posiblemente la maldición que nos ha caido encima viene por su culpa.

            — Quien sabe, es un punto de partida. ¿Dónde está tu pueblo?

            — Se llama Maello, en la provincia de Ávila —replicó—, pero no he ido desde el funeral, no me atrevo a verlas.

            — No te preocupes, no tienes que venir.

            — No conoces a mis tías, no hablarán con ningún desconocido de sus secretos. Y menos si les dices que eres un detective. Yo tuve el "privilegio" —adornó esta última palabra con unas comillas dibujadas en el aire con los dedos— de que me dejaran asistir a una de sus sesiones porque según ellas me consolaría escuchar a Verónica decir que mi madre había subido al cielo.

            — ¿Y qué pasó? —se interesó Antonio.

            — No quiero recordar eso.

            — Lo entiendo, pero creo que es importante que me lo cuentes.

            Rebeca suspiró profundamente y se lo quedó mirando a los ojos. Hubo un momento en que parecía que ella se echaría atrás pero Antonio insistió.

            — No me digas que después de lo que me has contado eso te da apuro.

            — No es apuro, es que aquel día fue la primera vez que vi un muerto... Bueno, muerta en este caso.

            Antonio comprendió. Debia haber visto a su madre. Recordar aquello fue tan doloroso para ella que fue incapaz de hablar. Agachó la cabeza y comenzó a llorar.

            — No es justo —consigió decir.

            — La muerte puede ser muchas cosas, pero nunca es justa —trató de consolar él, recordando aquel sueño tan real que había tenido hace meses donde perdía a su mujer y moría media humanidad.

            — Ya lo tenía superado pero cuando recuerdo su cara pálida, su piel negruzca, su fantasma atormentado... Siento que lo único que le espera es el suplicio eterno.

            — Espera, cuéntame exactamente qué ocurrió.

            Rebeca cogió un clinex de la mesita y se limpió las lágrimas. A esas alturas Antonio ya solo veía a una chiquilla indefensa que necesitaba su ayuda.

            — Invocaron nueve veces a Verónica ante un espejo mientras nos cogíamos de las manos en torno a el. Luego la vimos aunque no estoy segura, justo cuando apareció una mujer  las velas se apagaron de golpe. Comenzó a hacer mucho frío y entonces mi tía Francisca encendió una cerilla y fue cuando vi a mi madre al otro lado del espejo abriendo la boca como queriendo decir algo. Pero sólo escuché un gemido. Mis tías no la vieron. Fue horrible, es imposible que mi madre esté en el cielo después de verla así.

            Antonio no dijo nada pero estaba de acuerdo con ella. Si la vió al otro lado del espejo como mínimo estaba en el primer círculo del infierno. Y eso si no había profundizado más desde entonces. Por suerte no era eso lo que ella quería que arreglara, sino... Entonces se dio cuenta de un detalle ¿Qué era lo que ella quería?

            — Debiste pasar mucho miedo —contestó—. Aunque no sé exactamente qué esperas que haga por ti.

            — Quisiera dejar de verlos. Olvidarme de ellos para poder asimilar la muerte de mi madre.

            — ¿Cómo crees que podría conseguir eso?

            — Si lo supiera no te habría llamado —contestó ella, enojada.

            — Es que no soy especialista en comunicarme con los muertos, ¿entiendes? —recordó que en realidad podía comunicarse con una, la que supuestamente había causado la locura de Rebeca. Pero Verónica solo hablaba con él en asuntos de vida o muerte—. No sé si podré ayudarte. Lo que suelo hacer es hablar con los vivos, buscar testigos de cosas sobrenaturales para dar con una solución real a las cosas. No soy sacerdote ni puedo exortizar fantasmas, no soy medium y no puedo verlos ni oírlos.

            — Me sorprende tu sinceridad porque significa que no puedes hacer nada por mí.

            — Pero voy a intentarlo —añadió Antonio—. Hay una persona del más allá que habla conmigo. Alguien que puede ayudarte. ¿Te importa guardar silencio? Voy a concentrarme.

            — ¿Lo puedes hacer aquí? —preguntó ella, mirando el reloj.

            Antonio hizo lo mismo por instinto, eran las siete y cuarto.

            — No voy a tardar mucho. Puede que baste hablar con esta persona para que tus problemas se resuelvan, merece la pena intentarlo.

            — Claro —invitó Rebeca.

            — Antes de nada... Hace un calor espantoso, ¿no tienes un ventilador o algo así? Estoy empezando a sudar como un pollo.

            — Tengo uno en el cuarto, lo pongo para dormir. Estos días es la única manera de poder conciliar el sueño.

            — Si no te importa traerlo, llevo fatal las altas temperaturas.

            — No claro que no, voy a por él —aceptó Rebeca.

            Cuando regresó trajo un ventilador típico con base corta y hélices redondas protegidas con una rejilla. Lo enchufó y lo puso a la máxima potencia. Luego ella regresó al sofá, esta vez más alejada para dejarle concentrarse.

            Él asintió y se apoyó en el respaldo del sofá, puso las manos sobre sus rodillas y cerró los ojos tratando de vaciar su mente. Cuando había hablado con Verónica no necesitaba tanta concentración, ella simplemente le hablaba aunque estuviera haciendo otras cosas. Pero decició que un poco de teatro no vendría mal. Además, con los ojos cerrados no tendría que ver esas piernas tan suaves que le desconcentrarían. Pensó que no sería buena idea decir el nombre de Verónica delante de Rebeca de modo que se limitó a llamarla en sus pensamientos.

            «Verónica, si puedes escucharme ven y háblame. Necesitamos tu ayuda.»

            Casi inmediatamente después de llamarla hubo un cortocircuito y se apagó el ventilador.

            — Vaya por Dios, qué oportuno... Voy a ver los fusibles —ofreció Rebeca, volviendo a levantarse.

            Antonio esperó mientras se preguntaba si no había sido casualidad. ¿Qué estaba pasando ahí? Verónica ya no atormentaba a los que la invocaban aunque le había dicho que mientras era novia del diablo podía viajar a través del tiempo. ¿Y si ese era uno de sus viajes? Si era así, ¿qué clase de Verónica se encontraría?

            — No han sido los fusibles —explicó Rebeca, extrañada, intentando encender la luz del salón—. Vaya, qué raro, tampoco hay luz.

            — ¿Seguro que has comprobado los fusibles correctos? —preguntó Antonio mientras se levantaba y se acercaba a ella.

            Ésta le enseñó dónde estaban y le condujo a un cajetín que estaba junto a la entrada de la casa. Antonio examinó cada interruptor y vio que todos estaban hacia arriba, lo que indicaba que ella tenía razón. La luz se había ido. Abrió la puerta de la casa y probó el interruptor de la luz del pasillo. La bombilla se encendió.

            — Qué suerte que sea de día —comentó él—. Sino nos habríamos llevado un buen susto.

            Cuando se giró hacia su joven clienta, se dio cuenta de que Rebeca no le miraba a él. Tenía cara de asustada y miraba a alguien que debía estar justo a su espalda.

            — ¿Qué te pasa? —preguntó.

            — Detrás de ti hay una mujer... Y no me gusta su aspecto.

            Antonio se volvió bruscamente y miró tras él, asustado. Allí no había nadie, solo la puerta de los vecinos de Rebeca.

            — Joder, me estás asustando.

            — ¿Cómo crees que me siento yo de verlos a diario?

            — ¿Sigue ahí?

            — Desapareció al moverte... Tenía el pelo negro y no se le veían los ojos, parecían cubiertos por una oscuridad. Llevaba un pantalón vaquero y su camisa blanca estaba gris... Flotaba sobre el suelo y no tenía sombra.

            — ¿Puedes verla ahora en alguna parte? —inquirió él preocupado.

            — No —Rebeca examinó el pasillo con tranquilidad—. Deberías entrar, los vecinos ya piensan que estoy suficientemente loca.

            Antonio regresó, cerrando la puerta tras sus pasos y caminó hasta el salón. Al ver que Rebeca se sentaba en el sillón como si nada tuvo ganas de salir corriendo de allí. Su corazón debía estar latiendo a ciento cincuenta pulsaciones por minuto.        

            — ¿Y cada día ves a un muerto distinto? —preguntó con nerviosismo.

            — No suelen ser los mismos. No te preocupes, haz como mi padre, ignórame. Dice que tengo mucha imaginación.

            Alguien le puso la mano en el brazo como tratando de calmarlo lo que provocó que diera un salto por el susto. Al ver hacia allí no vio a nadie.

  ¿La has visto ahora? Estaba a mi lado, me ha tocado.

  No, no te estaba mirando.

            — La verdad, no quisiera tener que enfrentarme al fantasma de Verónica —arguyó Antonio—. Sé que ella no es mala ahora, que ha ido al cielo... Pero hubo un tiempo en que servía al diablo. Y en ese tiempo ha matado a mucha gente en el pasado y en el futuro.

            — ¿Cómo que en el futuro?

            — Sí, ella era mensajera de la muerte, se llevaba a los que la invocaban al infierno si es que los consideraba culpables de algo.

            — Entonces no la invoques... —recomendó ella, como si fuera obvio.

            — Me temo que ya lo he hecho. Justo cuando cerré los ojos la llamé en mi mente.

            — No lo entiendo, ¿sabiendo cómo es, por qué la has llamado? ¿Es que no me creías?

            — Normalmente hablo con ella, pero es la del cielo. Me ha salvado unas cuantas veces ya y confiaba en que me ayudaría a ayudarte.

            Rebeca le miró con recelo.

            —¿Has invocado a Verónica después de que yo te dijera que es la causante de mi maldición?

            Antonio la miró sintiéndose estúpido.

            — Ahora que recuerdo, una vez me dijo que no podía estar dos veces en el mismo sitio y en el mismo tiempo... Creo que se refería a esto. No puede encontrarse consigo misma. Mierda, entonces... Estamos jodidos.

            — No, yo ya lo estaba antes de que tú vinieras —replicó ella, enojada—. Ahora al menos estamos los dos jodidos. Quería ayuda, pero no esperaba que quisieras compartir maldición conmigo.

            Antonio sonrió aún sin poder creer lo que había pasado. Entonces volvió la luz y el ventilador comenzó a moverse de nuevo.

            — Un corte de luz puntual —siseó—. No ha sido un fantasma.

            Rebeca soltó una carcajada histérica.

            — ¿Un fantasma? Ninguno de los que he visto ha sido capaz de hacer nada, solo están ahí, como estátuas. Parece que solo buscan asustarme.

            — Si es Verónica la que te acosa, puedes estar segura de que es capaz de hacer que se vaya la luz y mucho más. No podemos bajar la guardia, es peligrosa.

            — Antes dijiste que solo hacía daño a quienes ella consideraba culpables. ¿Tu eres culpable de algo?

            La pregunta de Rebeca pretendía calmarle si la respuesta era, como ella esperaba, un rotundo no. Pero no era el caso.

            — Es una larga historia... Y creo que sí... Ella me culpará de algo... De todo. ¿Podríamos ir a ver a tus tías hoy? Si dicen que la han invocado muchas veces, puede ser que nos ayuden.

            — ¿Hoy? —preguntó sorprendida. Miró su reloj y se mordió el labio inferior, preocupada—. Las ocho... Será mejor que mi padre no te pille aquí.  Es mejor que sigamos en contacto, ya te avisaré cuando pueda ponerme en contacto con ellas.

            — No lo entiendes, si no vamos hoy mismo a verlas puede ser demasiado tarde. Ellas la invocaron y ahora ella me ha escuchado invocarla. Tenemos que ir para que la pidan que se marche.

            La respiración de Antonio era agitada, se le notaba el pánico en la mirada vidriosa.

            — Hoy ni de coña —respondió ella, sin tomarle en serio—. Es mejor que te vayas, te estás alterando mucho y me pones nerviosa. Vete, anda, no quiero que mi padre te vea y menos en ese estado.

            Antonio no estaba dispuesto a irse, pero se dio cuenta que ella no le estaba tomando en serio. Si se marchaba, él no sabría defenderse de Verónica. No podría verla y podría atacarle desde cualquier espejo. Claro que le consideraba culpable, él la había matado. Ahora recordaba que en sus conversaciones le había avisado de que no podía estar dos veces en el mismo sitio y estaba seguro de sabía que ese día llegaría. Trató de calmarse, recordando la última vez que se había enfrentado al espíritu maligno de Verónica. Ese día le había arrastrado al infierno y fue la experiencia más traumática que recordaba. No podía volver a casa llevando la maldición sobre sus hombros, podría arrastrar con él a Brigitte.

            — Dime, al menos su dirección —suplicó—. Tengo que verlas hoy mismo.

            Rebeca suspiró y de mala gana se dio la vuelta y fue a una habitación. Volvió con un listín telefónico y buscó a una de ellas.

            — Apunta la de mi tía Francisca. Pero ya te digo yo que no te va a hacer caso si no voy contigo.

            — Parece que ha quedado claro que no vas a venir —replicó él mientras leía y apuntaba en su móvil los apellidos y la dirección completa.

            Cuando terminó se despidió y se dio la vuelta, enojado. Ella le había metido en ese lío y ahora se desentendía... ¿Qué podía esperar?

            — Espera, espera... Dame un minuto... —rectificó la chica con cara de estar arrepintiéndose de decir eso—. Voy a cambiarme. Espero que no nos pille mi padre aquí.

 

 

 

            Cuando se vistió con un pantalón negro que le llegaba hasta las rodillas y una blusa de color rosa con un osito dibujado se dirigieron al coche y antes de abrir la puerta Antonio se detuvo y se la quedó mirando.

            — ¿No quieres avisar a tu padre? ¿Tienes teléfono móvil?

            — No, no uso de eso. Detesto la tecnología.

            — Vaya, no creí que existieran personas sin móvil... Es increíble.

            — Un día los ordenadores serán piezas de museo. No confío nada en esos trastos y al final el mundo me dará la razón.

            Antonio sonrió asombrado. Esa chica estaba realmente loca.

 

 

 

 

 

Comentarios: 6
  • #6

    Antonio J. Fernández Del Campo (viernes, 20 julio 2012 08:00)

    Ya lleva tiempo puesta, solo esta mal el enlace.
    Arreglado.

  • #5

    gaby (viernes, 20 julio 2012 06:10)

    La otra partee!

  • #4

    yenny (domingo, 01 julio 2012 16:09)

    Hola, estoy de regreso no pude comentar porque he estado unos dias enferma :( (bueno han sido varios), me gusta la trama de esta histoia, en general me gustan todas las historias de Antonio y Veronica espero que esta sea tan buena como las otras o mucho mejor.
    Saludos Tony cuidate y voy a tratar de comentar mas seguido.

  • #3

    x-zero (viernes, 29 junio 2012 20:11)

    continuacion porfavor O:

  • #2

    Lyubasha (viernes, 29 junio 2012 15:35)

    Vaya interesante que fue este capítulo, leyéndolo hasta tuve un par de escalofríos.
    Espero la segunda parte ^_^

  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (viernes, 29 junio 2012)

    Comenta aquí lo que te va pareciendo la historia.

Animal es el que abandona a su mascota.

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