La sombra de Verónica

5ª parte

            De camino al pueblo de Rebeca Antonio llamó a Brigitte para contarle lo que habían estado hablando y que se dirigía a Maello a buscar respuestas y Brigitte le contestó:

            — ¿No puedes dejarlo para mañana? No creo que puedas resolver el caso en una sola tarde.

            Antonio conducía mientras hablaba por el bluetouth del coche conectado a su teléfono móvil. Quizás así Rebeca se sentía tentada por la tecnología, aunque no parecía impresionada.

            — Ha visto al fantasma de Verónica detrás de mí, no podemos posponerlo —respondió Antonio.

            — Ay mi amor, ¿no se te ha pasado por la cabeza que pueden estar tomándote el pelo?

            Antonio se arrepintió de que Rebeca pudiera escuchar la conversación y no se atrevió a mirarla.

            — No puede ser, yo mismo he sentido su mano en mi brazo.

            — ¿Por qué no vienes a recogerme y te acompaño?

            — No puedo involucrarte, cariño, esta Verónica es muy peligrosa. No es la que nos ha estado ayudando. Debo poner fin a esto antes de esta noche.

            — ¿Cómo?

            — No lo sé, ya se me ocurrirá algo.

            Brigitte suspiró sonoramente.

            — Buena suerte, llámame en cuanto sepas algo nuevo.

            — Claro, te quiero.

            — Y yo a ti, ten mucho cuidado —se despidió Brigitte.

            Se cortó la llamada y Antonio devolvió su atención a la carretera. Ese era el mismo camino que había seguido cuando se marchó de aquel secuestro tan extraño que había sufrido a manos del extraño viejo Alastor. Unos meses que Brigitte le había dado por muerto y que él... En realidad no quería pensar en eso. Ahora el destino era bien distinto. Llevaba mucho tiempo sin tener noticias de ese viejo mafioso y no le echaba de menos. Habían salido de Madrid para ir a la playa y no recibió llamada alguna por parte de ese pelmazo. Al fin parecía que se había librado de él y desde luego, no le iba a preguntar por qué.

            — Debe ser bonito tener a alguien que te quiera tanto —opinó Rebeca, con nostalgia—. Tuve un novio hace dos años y no duró mucho, era un egoísta machista.

            — Vaya, pues es raro que no tengas más pretendientes, eres muy guapa —se sinceró Antonio.

            — No te creas, en la universidad como no vayas a las fiestas y no hagas pellas, no conoces a nadie interesante. Solo tengo tres amigas y solo las veo en clase, además los chicos son demasiado... infantiles. No quiero novio de momento.

            — ¿No te gusta ninguno? ¿Ni siquiera de un curso superior?

            — Que va, además, ya me dirás qué ganas puedo tener si cada día me encuentro a un fantasma mirándome fijamente. No podría salir con alguien sin contarle eso y si lo hiciera le espantaría.

            Aquella confesión le hizo sentir más afín a ella que nunca, ya que él se sentía igual antes de conocer a Brigitte. Le gustaba ir conociéndola más ya que empezaba a verla como una hermana pequeña.

            — No es para tanto, seguro que encuentras a un chico que se compenetre perfectamente contigo. Todo el mundo tiene su media naranja en alguna parte, solo es cuestión de paciencia.

            — Bueno, tú me has creído... Pero ya estás ocupado así que...

            Antonio la miró un instante y vio que el brillo de sus ojos iba dirigido a él. ¿Se le acababa de insinuar? Imposible, acababan de conocerse.

            — Sí, claro, yo estoy ocupado —repitió, también para acallar a su rebelde mente calenturienta.

            Ya había engañado una vez a Brigitte y le había perdonado a duras penas. No podía volver a cometer ningún error, no podía soportar la idea de perderla.

            — Estamos llegando, vas a tener que indicarme dónde vive tu tía.

            — Claro, te guiaré sin problemas. Es la calle de San Roque, ¿no lo indica ese chisme?

            Antonio miró su móvil y luego a Rebeca. Iba a decirle que no podía indicarlo si antes no le había dado la dirección. En un semáforo introdujo la calle y apareció la ruta dibujada en el mapa. Entraron en el pueblo y Rebeca le indicó que llegara hasta la calle de Portugal y aparcara por allí ya que por lo visto era difícil aparcar por la calle de San Roque, donde vivía su tía. Era un pueblo típico de la zona norte española, con casas abandonadas de adobe con cal y algunas de piedra rústica recién reformadas. Había una caja de ahorros en esa calle cosa que demostraba que no era un pueblo tan pequeño. Lo anotó en su mente por si necesitaba sacar dinero del cajero para pasar la noche allí.

            — ¿Has visto? —dijo Rebeca—. Este pueblo parece que no tiene habitantes, no hay un alma por la calle.

            Cuando llegaron a un cartel medio borrado que indicaba la dirección para ir a un pueblo llamado Blascoeles, Rebeca giró a la izquierda. Subieron por la calle de San Roque y llegaron a una casa vieja entre dos recién reformadas. Rebeca se detuvo junto a una puerta de pintura levantada. Era una casa de paredes amarillas que parecía abandonada hace tiempo.

            — Espero que esté en casa.

            — Sino vaya tontería de viaje —replicó él, encongiéndose de hombros.

            Llamó a la puerta con los nudillos y se escuchó el eco en el interior de la casa. Esperaron unos segundos y enseguida escucharon los pasos de una mujer bajando las escaleras. Cuando la puerta se abrió apareció una mujer de unos cincuenta años vestida de negro y con ojeras especialmente pronunciadas.

            — ¿Quién es? —preguntó, entrecerrando los ojos al ver a Antonio.

            — Tía, soy yo, Rebeca —llamó la atención la chica.

            — ¿Quién? —preguntó algo confundida, mirándola unos segundos.

            — Tu sobrina —apuntó ella abriendo los brazos para abrazarla.

            — Mi sobrina —repitió como una autómata.

            — ¿No te acuerdas de mí? Soy la hija de Fermín y Laura. Nos vimos hace un año en el funeral de mi madre.

            — ¿Laura y Fermín?

            Rebeca miró con preocupación a Antonio.

            — Laura era tu hermana, ¿no te acuerdas tía?

            — Sí, claro que me acuerdo de Laura, no soy estúpida —respondió ofendida—. Pero no te recuerdo a ti.

            Rebeca negó con la cabeza, fastidiada. ¿Cómo no iba a acordarse de ella?

            — Jo, tía, ¿no recuerdas que estuvimos invocando a Verónica en el espejo para ver a mi madre?

            — Ah... Sí, ahora te recuerdo... Dios mío, como has cambiado...

            — ¿Yo? Pero si estoy casi igual —se extrañó la chica.

            — Por favor, igual dice... Estás mucho más flaca. Un poco más y sales volando... Pasar, pasar.

            Les invitó a entrar en la casa atravesando un pasillo que olía a sudor rancio. Subieron unas escaleras y luego  les condujo hasta la cocina donde tenía una mesa desconchada de contrachapado con patas blancas oxidadas. Las sillas eran de madera marrón y el asiento era de polipiel roja estaba agujereado y quemado en múltiples partes. Antonio pensó que si no hubiera perdido veinte kilos en los últimos meses esas sillas no resistirían su peso. Aún estaba algo relleno, pero había dejado atrás la barrera de los cien kilos y ya solo pesaba noventa lo que seguramente había causado que la tía de Rebeca pensara que ella estaba demasiado flaca. A pesar de que aún tenía bastantes kilos de más, no se le notaban porque había estado haciendo deporte y su masa muscular había aumentado bastante.

            — Voy a por leña para la cocina, ¿queréis un café? ¿Cómo es que andáis por aquí, muchacha?

            — Hemos venido a verte. Tenemos preguntas que hacer —respondió ella.

            — ¿Preguntas a mi? Si yo no sé nada.

            — Es sobre el fantasma que invocamos.

            — ¿Sobre brujerías? —negó Francisca, con desilusión—. Ah, no, habéis venido a la puerta equivocada. La que sabe de esas cosas es la Fuencisla, yo solo la acompaño para que no se sienta tan sola. Preferiría jugar a las cartas, la verdad, el párroco me suelta un sermón cada vez que confieso que hemos estado haciendo hechicerías de esas. Pero esa mujer está obsesionada, ha montado un consultorio y todo, tiene tantos clientes que necesitan llamar para conseguir cita previa.

            — Fuencisla —repitió Rebeca, decepcionada—. Ya me lo temía...

            — ¿Qué queréis saber? A lo mejor he escuchado algo. Bueno, esperar, voy a por la leña y os preparo un cafelito.

            — No, no se moleste gracias —rechazó Antonio—. No nos quedaremos mucho tiempo.

            Eran las diez de la noche y esa mujer pretendía darles conversación hasta las tantas de la madrugada.

            — No es molestia —replicó arisca y desapareciendo por la puerta.

            Se quedaron solos en la cocina y hubo un silencio un tanto incómodo entre Rebeca y él.

            — Solo he perdido cinco kilos desde el año pasado, es una exagerada.

            — Estas muy bien, no le hagas caso.

            — Ya, pero fastidia. Lo primero que te suelta cuando te ve es "ala, que gorda" o "ala que flaca", como si ella pudiera hacer un desfile de modelos.

            — No le des más importancia a esa tontería, centrémonos en el asunto que nos ha traído aquí —cortó Antonio, cansado de esa conversación.

            — Tranquilo porque si sólo sabe del tema Fuencisla, hemos venido para nada. Ella vive en una casa apartada de toda civilización, a dos kilómetros del pueblo.

            — No fastidies — se quejó Antonio—. ¿Ya es muy tarde para ir a verla?

            — No lo sé, le preguntaremos a mi tía cuando venga.

            — Está bien, a ver si llega.

            Aún tardó un par de minutos en subir de la bodega con tres leños del tamaño de un puño. Abrió la puerta metálica de la cocina oxidada y los echó dentro, donde aún quedaban unos rescoldos al rojo vivo.

            — Pues sí, hija, la Fuencisla ha encontrado el negocio del siglo con su locura. El caso es que dicen que lo acierta todo, desde luego no voy a negar que acertó de lleno que si se hacía bruja se iba a llenar los bolsillos de dinero. ¿Qué es lo queréis saber?

            Mientras hablaba llenaba la cafetera italiana con café molido de marca barata y luego la puso al fuego.

            — En serio, yo a estas horas no quiero café —repitió Antonio.

            — Bueno, a mí sí me apetece uno —dijo la mujer, sin mirarlo.

            — Tía, necesitamos saber qué pasa cuando invocáis a Verónica, si es que lo habéis hecho más veces.

            — ¿Qué va a pasar? Que Fuencisla entra en trance y la Verónica habla a través de su boca. Eso si te lo crees, claro.

            — Pero cuando lo hicimos hace un año no paso eso.

            — ¡Ay, demonio!, nos asustamos cuando se apagaron las velas todas a la vez. Y no había ni una ventana abierta —levantó los párpados lo máximo que daban sus ojos como si eso sellara la autenticidad del testimonio—. Nos dimos un susto del carajo.

            — Pero, no quedó ahí la cosa —añadió Rebeca—. Desde entonces no hago más que ver muertos por todas partes.

            Francisca se la quedó mirando como si estuviera loca.

            — Otra que va pa bruja... No si esta familia está condenada al infierno —opinó.

            — ¿Otra? —preguntó Antonio, intrigado.

            — La Fuencisla empezó igual. Con sus amigos invocaba espíritus en las hogueras y un día empezó a decir que veía a los muertos. Casi la ingresan en el manicomio pero entonces aprendió que podía hablar con ellos y según ella les ayudaba. Desde entonces se montó en el carro del dinero y no se ha apeado hasta ahora.

            — ¿Podemos verla hoy, tía? —inquirió Rebeca, con timidez.

            — Claro mujer, tomaros el café y luego nos damos un paseo hasta su casa. Muchas veces voy a hacerle una visita para que no se sienta tan sola aunque hace tiempo que no voy. La pobre solo tiene amigos muertos, es bueno que tenga alguno vivo en casa para que no se vuelva demasiado rara.

            — Genial —aceptó Antonio—. Estoy impaciente por conocerla.

 

Comentarios: 6
  • #6

    yenny (miércoles, 04 julio 2012 18:05)

    Que lindo Tony, muchas gracias tus historias me entretienen mucho.
    Espero con ansias la siguiente parte y espero que Thai tenga mas apariciones me gusta mucho esa perrita :)

  • #5

    Antonio J. Fernández Del Campo (martes, 03 julio 2012 23:45)

    Que bien que estés mucho mejor Yenny. Intentaré hacer tu completa recuperación más amena.
    Tienes razón cuando dices que la historia tiene para diez o más partes. No quiero contar nada para no romper la sorpresa pero la siguiente parte va a ser muy reveladora del camino que llevarán las siguientes continuaciones.

  • #4

    Lyubasha (martes, 03 julio 2012 14:34)

    Cada vez está más interesante, por favor sube la continuación pronto.

  • #3

    x-zero (lunes, 02 julio 2012 21:43)

    continuaciooon!!

  • #2

    yenny (lunes, 02 julio 2012 19:53)

    Gracias Tony ya estoy mucho mejor,extrañaba ser de las primeras en comentar :), va muy bien la historia y tiene argumento para ser larga espero que pase de las 10 partes.
    Estare esperando la proxima parte subela pronto por favor *o*

  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (lunes, 02 julio 2012 18:32)

    Comentar aquí lo que os va pareciendo la historia.

    Por cierto, bienvenida Yenny, espero que los problemas de salud se te hayan pasado.

Animal es el que abandona a su mascota.

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