La sombra de Verónica

6ª parte

            Cuando el café estuvo listo lo sirvió en dos vasos, uno para Rebeca y otro para ella misma. Sacó leche de la diminuta nevera y Rebeca pidió que echara bastante. Además se echó una cucharada de azucar.

            — ¿No es un poco viejo para ti? —preguntó de sopetón Francisca mientras removía el café, mirando a Antonio.

            — ¿Qué? —preguntó Rebeca avergonzada.

            — ¡Tu novio! —gritó con voz de gallina desafinada.

            Antonio se llevó un susto tremendo con aquella voz tan aguda.

            — Eh... —intentó explicar Rebeca.

            — Sí, ya nos lo han dicho antes —replicó Antonio, buscando el modo de que esa mujer no volviera a levantar la voz de esa manera.

            — ¿Cuántos años le llevas? Lo menos quince.

            — Pues un poco más, unos veinte —se sinceró él, calculando los veinte de ella con los casi cuarenta suyos.

            — Dios mio, cada día os casáis con viejos más viejos —protestó la tía mientras servía el café en tres vasos grasientos—. Así no me extraña que la gente no tenga hijos, se casan tan mayores que ya no hay ni energías para tenerlos. Fíjate, cuando os queráis casar pueden pasa dos o tres años y luego si tenéis un crío tú tendrás cuarenta y cinco. Mira, yo a tu edad –miró a Antonio-, ya había mandado a la mili a mi hijo mayor, el pequeño ya andaba por ahí con chavalas y mi marido aún tenía pelo.

            — Eran otros tiempos, tía. Ahora no es tan fácil criar niños —respondió Rebeca—. Yo desde luego no pienso tenerlos antes de los treinta.

            — ¿Estás loca? Tendrá cincuenta para entonces. Puede que tengas que cambiar los pañales del niño y los de tu marido.

            — Nadie ha dicho que nos vayamos a casar, apenas hemos empezado a salir —replicó Antonio, fastidiado por la conversación.

            — Ah, ya veo, tú eres de esos que no se casa nunca. Por eso no te han pescáo todavía. Porque estás de muy buen ver... O eres divorciado o lo tuyo no es normal.

            ¿De muy buen ver? Aún tenía que perder más de quince kilos para estar bien. Pero si acababa de llamar flaca a Rebeca, que estaba perfecta, qué podía esperar. Antonio no quería seguir hablando de eso así que cambió de tema radicalmente.

            — ¿No deberías llamar a tu padre? —preguntó a Rebeca, señalándole la hora—. Debe estar preocupado. Te dejo mi móvil.

            La chica le miró como si no fuera buena idea. Antonio lo pensó mejor y se dio cuenta de que si llamaba ahora, su tía podría querer hablar con él y entonces la mentira del novio había que ampliarla indefinidamente, hasta finalizar la investigación.

            — Después —respondió ella—, cuando salgamos.

            — ¿Es que no sabe que estáis aquí? —preguntó Francisca con su voz letal "revienta tímpanos".

            — No, total, tenemos que volver a casa luego —replicó ella—. Solo vinimos un rato a hacerte unas preguntas.

            — Debe estar preocupado, déjame llamarlo.

            — Tía, en serio, no hace falta. Vamos —Rebeca se tomó todo el café a pesar de que estaba hirviendo—. No podemos perder mucho tiempo que mañana hay que madrugar. Vamos a ver a Fuencisla.

            La mujer miró al teléfono y a Rebeca alternativamente y finalmente se quitó de la cabeza llamar.

            — Sí, vamos, que está lejos su casa. Nos pasaremos a buscar a Fausta, la pobre se pasa el día sola en casa y está deseando que la saquemos de paseo.

            — No vive lejos, ¿no?

            — De camino, pasando por la calle del puente.

 

 

            Antonio quería ir en coche, pero si pretendían ir dos ancianas tendría que entrar al menos una en los asientos de atrás y su coche era de dos puertas. Sería complicado meterlas y puede que aún más sacarlas. Así que pensó que mejor daban un paseo y así las tías de Rebeca estiraban las piernas un poco. Se notaba que no hacían mucho ejercicio por lo encorvada que estaba Francisca.

           

            Siguieron por la calle de la Fuente hasta una casa igual de vieja y llamaron a la puerta. Fausta tardó dos minutos en abrir la puerta, lo que les dio una idea de lo terriblemente largos que se harían esos dos kilómetros. Cuando al fin salió se sorprendió de ver a su hermana tan acompañada.

            — Vamos a ver a la Fuencisla, ¿te vienes?

            — Por supuesto, me iba a ir a la cama pero la verdad es que no tengo sueño. Me paso el día dormida en el sillón viendo las novelas.

            — Vamos pués, coge tu cayata y cierra la puerta. No te olvides las llaves —indicó Francisca.

            Antonio puso los ojos en blanco y se preguntó si antes de que despuntara el alba llegarían a la casa de esa tal bruja. Por suerte, la cayata, que no era más que un palo cortado de un árbol, la tenía junto a la puerta y las llaves en un recibidor que que había ahí al lado. Verlas tan desválidas le dio cierta lástima ya que parecía que a nadie les importaban.

            Se dirigieron hacia la calle del Extrarradio, un nombre peculiar para una carretera asfaltada hacía veinte años y que por un lado tenía una colina con pinos más o menos abundantes y al otro había un campo de trigo que ya había sido segado. Si hubieran ido ellos dos solos, habrían tardado veinte minutos en llegar, pero las abuelas caminaban con pasos muy rápidos de diez centímetros, casi como si tuvieran alzeimer lo que triplicó el tiempo de travesía hasta que el cielo pasó de ser azulado anaranjado a ser absolutamente negro y salpidado de estrellas. El aire allí era tan puro que podian distinguir una franja blanca en el cielo que debía ser la Via Láctea. A Antonio le apasionaban las estrellas, se sabía más de una docena de constelaciones de las cuales pudo distinguir con claridad la Osa mayor, Orion y la del Escorpión.

            Cuando al fin llegaron, guiados por las luces de las linternas de las ancianas, la casa de la bruja se levantaba en el lado de la colina, en un pequeño desvío de la carretera. No se veía luz dentro, pero ni cortas ni perezosas las dos viejas empezaron a llamarla con sus voces de flauta aguda y como si fueran dos gallinas cacareando consiguieron despertar a su hermana y probablemente a todos los habitantes de Maello.

            — ¡Fuencisla! —llamaba la más anciana, Fausta.

            — ¡Tenemos visita! —gritaba Francisca.

            — Su madre debía odiarla con toda su alma —opinó Antonio al oído de Rebeca—. Llamar Fuencisla a tu hija debería estar penado con la muerte.

            — Sí, antiguamente los nombres no se elegían, se ponía el del santo que tocaba el día que nacías.

            — Ah, vaya, eso explica muchas cosas.

            La puerta del caserón se abrió y apareció una mujer de muy buen ver, de unos cincuenta años. Lo primero en que se fijó antonio fue su esbelta figura, su talle y su escote generoros. Su melena negra y rizada hacía que sus rasgos parecieran de pura raza gitana. Era delgada y llavaba puesto un camisón floreado y un pañuelo alrededor del cuello.

            — Benditos los ojos —dijo—. ¿Necesitáis que venga gente de fuera para venir a visitarme?

            — Tú que no dejas de trabajar. ¿Cuándo fue la última vez que te pasaste por el pueblo?

            — No tengo tiempo, los negocios van bien.

            — ¿Con la crisis que está cayendo? —preguntó Antonio.

            — Algunos la sufren más que otros —le respondió con una mirada profunda. Podía referirse a ella misma pero con aquella forma de mirarle supo que se refería a él.

            Debía andarse con cuidado, esa mujer sabía mucho más de lo que él había contado a ninguna de las presentes. O era una estafadora o realmente era una bruja. ¿Y si ella había organizado todo para llevarle justamente allí? La gente era capaz de eso y mucho más por dinero.

            — Quieren hablarte de tus fantasmas. Nosotras no sabemos de esas cosas.

            — Supongo que sí —sonrió la mujer.

            — ¿Son hermanas las tres? —preguntó Antonio.

            — Sí, yo soy la pequeña –respondió Fuencisla-. Francisca me saca diez años y Fausta veinte. Somos las únicas hermanas que quedamos en el pueblo, las demás se fueron marchando a Madrid o Barcelona, otra se fue a Canarias.

            — ¿Cuántas hermanas sois? —se interesó él.

            — Doce, bueno, ya solo quedamos diez.

            — Sí –añadió Fausta-, mi hermano Manolo fue arrollado por un motorista y mi hermana Agustina murió cuando era niña, se bebió una botella de lejía pensando que era agua.

            Le llamó la atención que hablaba como si solo fueran hermanos de ella.

            — Qué horror —opinó él, imaginando la escena.

            — Son cosas que pasaban antes — aclaró Fuencisla—. No os quedéis aquí, pasar. Espero que no penséis quedaros mucho tiempo, tengo que ir a Madrid temprano.

            — Atiende a los clientes en Madrid —dedujo Antonio.

            — Exacto, aquí no podría ni comprar pan con los clientes de este pueblo. Algunos no me quieren ni ver, me han amenazado y todo para que me marche. Piensan que traigo mala suerte a sus cochechas. Por eso tuve que mudarme a las afueras. Me metían cartas debajo de la puerta amenazándome con quemar mi casa si no me iba.

            — Por favor, siguen anclados en el pasado —trató de justificar él.

            Les invitó a entrar y subieron unas escaleras nada más pasar la puerta de la cocina. Arriba les llevó a un salón lleno de adornos que parecían sacados de una película de hechicería. La lámpara estaba hecha de piedras que parecían preciosas, la luz era ténue pero con los reflejos de las piedras parecía que era un lugar lleno de magia viva. En el centro había una mesa camilla y junto a la pared había varias sillas. Les invitó a coger una cada uno y se sentaron alrededor los cinco.

            — ¿Qué os trae por aquí a estas horas?

            Antonio miro el reloj, eran las once de la noche.

            — Quiero que me digas qué ocurrió cuando invocamos a Verónica aquella noche, cuando el entierro de mi madre —se anticipó Rebeca—. Necesito enteder...

            — ¿También los ves? —preguntó en un susurro.

            — ¿Tú lo sabías? —inquirió, enojada.

            — Siempre se transmite el don de una generación a la siguiente. Te ha tocado a ti, hija.

            — ¿Don? No lo quiero, quítamelo.

            — No puedo quitártelo —se rio Fuencisla—. Es como si naces con tres pechos, no puedes regalar uno.

            — Genial, pues sabes qué, no quiero ser una bruja. No me da la gana ser la recadera de los muertos.

            — ¿Crees que eso les importa? —inquirió Fuencisla—. No te van a dejar.. Saben que puedes hablar con ellos y están desesperados. Cuanto más les ignores más violentos se llegarán a poner.

            — ¿Cómo puedo engañarlos?

            — ¿Te das cuenta de lo que estás diciendo, Rebeca? Tienes un don, puedes hablar con los muertos, puedes invocarlos y puedes verlos. Puedes llamar a tu madre y ella acudirá a ti. Muchas brujas ni siquiera les escuchan con claridad, apenas ven luces en las sombras y sin embargo tú les ves con total nitidez, tú les escuchas. Llama a tu madre, compruébalo, lleva mucho tiempo tratando de comunicarse contigo.

            — No quiero llamar a mi madre, está muerta —se negó.

            — Pues claro que está muerta –exclamó la gitana, enojada- pero te atormenta no saber más de ella. Puedes salir de dudas, ella puede hablarte, puede decirte cosas que no pudo decirte en vida.

            — No quiero verla y que me diga que está en el infierno —detalló Rebeca, enojada.

            — ¿Por qué? —preguntó Fuencisla—. Ya lo crees, ¿no? ¿Qué puedes perder?

            Antonio estaba muy interesado en esa conversación pero temía que se centraran en la madre de Rebeca y nadie sacara a la luz el nombre de Verónica. Necesitaba que esa mujer la exortizara para que no le siguiera cuando se marchara a casa. De todas formas esperó pacientemente porque sabía que podían ayudarle.

            — No estoy segura –pareció ceder la joven.

            — Pues yo sí y durante este año me ha estado diciendo que como no quieres hablar con ella te ha estado enviando mensajeros. Lo que pasa es que tú tampoco querías verlos.

            — ¿Mi madre te ha estado hablando? —preguntó incrédula—. ¿Y cómo está?

            — Pregúntaselo tú misma.

            Rebeca se secó las lágrimas con un pañuelo y miró a todos los que estaban con ella, dubitativa. Antonio le dedicó una sonrisa conciliadora.

            — Está bien —aceptó la chica.

            Juntaron las manos y Fuencisla comenzó a hablar entre susurros con una voz más másculina que femenina. Antonio se puso nervioso ya que nunca había estado en una invocación de fantasmas y por experiencia sabía que no era algo con lo que quisiera jugar. Sin embargo confiaba en que esa mujer supiera lo que estaba haciendo.

            — Laura, tu hija te está buscando. Ven a nosotras y manifiéstate.

            Rebeca miró alrededor de la mesa sin soltar las manos.

            — Pase lo que pase, no os soltéis o romperéis el círculo protector —advirtió la Bruja.

            — ¿Y qué pasará si se rompe? –preguntó Antonio.

            — Nada bueno —respondió Fuencisla.

 

 

Comentarios: 4
  • #4

    x-zero (jueves, 05 julio 2012 22:14)

    continuacioooon, espero ke se rompa el circulo, para ver ke pasa, se pondria mas interesante la historia :D

  • #3

    Lyubasha (jueves, 05 julio 2012 17:17)

    Está muy interesante, espero que el círculo no se rompa durante la invocación. Por cierto, yo también tengo una tía que se llama Fuencisla, pero como no le gusta el nombre prefiere que la llamemos por su diminutivo que es Lila.
    Un saludo.

  • #2

    yenny (jueves, 05 julio 2012 17:00)

    No avanzo mucho, espero que la otra parte tenga mas emocion.
    Continuacin por favor Tony...

  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (jueves, 05 julio 2012 14:14)

    Hora de comentar ese capítulo. No se te ocurra pensar que no me interesa lo que estás pensando.

Animal es el que abandona a su mascota.

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