La sombra de Verónica

7ª parte

 

 

            Antonio aferró con fuerza la mano de Rebeca y la de la bruja y deseó que esas locas que tenía al frente se lo tomaran en serio y no se soltaran por el menor sobresalto.

            — ¿Mamá? —preguntó Rebeca, mirando fijamente a un punto de la sala—. ¿Eres tú?

            Allí no había nadie pero ella parecía estar viendo a su madre justo detrás de la bruja.

            — No te sueltes Rebeca, habla con ella desde aquí —recomendó Antonio.         

            — Tiene miedo, no quiere acercarse.

            — Si eres Laura, la madre de Rebeca, acércate a nosotros para que pueda reconocerte —ordenó la Fuencisla.

            Rebeca movió la cabeza lentamente como si el fantasma se estuviera acercando a ellas, su mirada se centraba en alguien que no estaba ahí. Francisca se volvió, debía estar justo detrás de ella y al no verla soltó una risa nerviosa.

            — ¿Eres realmente tú? —preguntó la joven, con una mirada esperanzada.

            No se escuchaba nada ni había nada detrás de esa mujer, en aquel sepulcral silencio la chica parecía estar escuchando algo.

            — ¿Y se está bien allí? —continuó.

            Otro inquietante silencio que parecía tener significado para ella.

            — Cuanto me alegro. Te quiero mamá.

            Por la sonrisa de felicidad y paz que se dibujó en su rostro, Laura debió decir lo mismo.

            — No te despidas de ella todavía —interrumpió Antonio—. Pregúntale si Verónica está por aquí.

            — Puede oírte —Rebeca miró hacia arriba y pareció escuchar —. Dice que... Me aleje de ti.

            — ¿Qué? —Antonio empezaba a asustarse.

            Otro silencio en el que la chica tenía presa la mirada en la nada. Un silencio muy preocupante a juzgar por la expresión de terror de la chica.

            — Dice que no puedo seguir cerca de ti, que Verónica intentará matarte hoy.

            — Si me estás tomando el pelo no tiene gracia.

            — No puedes hacer nada contra ella. Se acerca, vete, vete de aquí... ¡Tienes que marcharte!

            Rebeca soltó su mano bruscamente y se alejó de él.

            — ¿Por qué te sueltas? Has roto el círculo —se quejó, frustrado.

            Ninguna de sus tías parecía preocuparse por eso, todas le miraban como quien ve un leproso terminal.

            — Verónica te busca a ti —continuó la bruja, como si hubiera escuchado a Laura hablar—. No tendrá piedad con nadie que te ayude.

            — ¿Usted qué sabe de Verónica? —inquirió Antonio—. Me dijo Rebeca que llevan años invocándola, todo esto es culpa suya.

            — La conocí antes de que pactara con el Diablo. Era una buena chica que se enamoró de un chico y éste murió, quería verlo a cualquier precio y cumplí su deseo. El precio fue su alma, desde entonces vaga por el infierno y vuelve a la tierra a través de los espejos a atormentar a aquellos que la invocan y a los que considera culpables de un secreto oscuro.

            — Verónica ha subido al cielo, ya no es una asesina.

            — Nadie escapa del infierno. El infierno es eterno.

            Antonio iba a responder que él sí había escapado pero supo que no le creerían. De hecho, él mismo empezaba a pensar que aquello sólo había sido una pesadilla.

            — ¿Qué puedo hacer para librarme de su maldición? —preguntó.

            — Cuando señala a alguien con el dedo —respondió la bruja—, no hay salvación posible.

            — Te perseguirá hasta que consiga matarte —dijo Rebeca con la mirada perdida donde debía estar su madre—. Mi madre dice que lleva años tratando de vengarse del hombre que la mató. ¿Fuiste tú?

            — No sabéis lo que decís...

            Antonio se levantó de la silla sin querer responder ninguna pregunta más y salió corriendo del caserón, con la respiración agitada y la sangre tan fría como el hielo. Siguió el camino de la colina, en dirección al pueblo y caminó todo lo rápido que le permitían las piernas. Estaba deseando llegar al coche y largarse de allí cuanto antes. Esas brujas no sabían de lo que hablaban, Verónica le había perdonado.

            Durante diez minutos siguió caminando por la carretera cuando se encontró que el asfalto se acababa y se convertía en un camino de tierra.

            — Mierda... —susurró acongojado.

            Así había comenzado su pesadilla del infierno, de repente estaba en un lugar que no existía. ¿Dónde estaba el pueblo? ¿Y la carretera? Se quedó en la parte que aún estaba asfaltada preguntándose si podría regresar si ponía el pie en el camino de tierra. ¿Y si esa era la puerta del infierno? Las imágenes de todos los círculos infernales se agolparon en su mente y el terror por tener que volver a enfrentarse a ellos le paralizó de la cabeza a los pies. Si volvía, estaba seguro de que nunca lograría volver a escapar.

            Tenía dos opciones, regresar a la casa de las brujas o continuar por ahí con la esperanza de que un poco más allá estaría el pueblo y su coche. No quería ver a las brujas y dudaba que ese camino llegara a ningún sitio conocido.

            Su cabeza se convirtió en un torbellino de ideas, primero pensó en llamar a Brigitte y decirle lo que había pasado, pero al examinarlo se dio cuenta de que el maldito cacharro no tenía cobertura allí. Intentó abrir los mapas para que al menos le ubicara en alguna parte, pero era como si no supiera dónde estaba. El mapa decía que estaba en medio de la nada, como podía comprobar con sus propios ojos. Allí solo había un camino de tierra frente a él, un camino de asfalto viejo detrás y una densa e impenetrable oscuridad le asfixiaba desde todas las direcciones. Sólo la tenue luz del móvil le permitía ver dónde pisaba. Tenía un programa que utilizaba la luz del flash para alumbrar más fuerte pero eso consumiría la batería y el aparato marcaba el treinta y cinco por ciento. Aún así usó el programa y encendió el flash alumbrando al frente.

            Como respuesta a sus temores, un bosque apareció ante sus ojos y una densa niebla impedía ver más allá. El robledal parecía engullir el camino y sus sombras parecían demonios que estaban deseando que se acercara a ellas.

            — Joder... ¿Qué voy a hacer ahora? —se dijo, convencido de que ya no tenía vuelta atrás.

            Tenía que volver, tenía que pedirle a la bruja que le librara de la maldición si es que aún podía regresar sobre sus pasos.

            Dio media vuelta y corrió por el camino de vuelta, esperando que la casa siguiera allí.

            De pronto su pie tropezó con una piedra y trastabilló cayendo de rodillas y haciéndose bastante daño en la derecha con el resquebrajado asfalto. Cuando se levantó vio a una mujer delante de él.

            — ¡Ah! —gritó aterrado, retrocediendo varios pasos.

            — Soy yo, Rebeca —reconoció su voz inmediatamente—. ¿Te has hecho daño?

            — Sí, creo que me sangra la pierna.

            — ¿Por qué has venido por aquí?

            — ¿Me dijiste que me fuera?

            — Sí, pero te has ido en dirección contraria al pueblo.

            Antonio asintió mucho más tranquilo. No había atravesado ninguna puerta del infierno, simplemente se había equivocado de dirección al salir de la casa.

            — Suerte que viniste —se dijo.

            — Creo que mi tía tiene razón, esto es un don —respondió Rebeca—. Pero yo no lo he pedido, voy a decirle que me lo quite.

            — ¿Qué te parecería que nos fuéramos de aquí? Detesto estar rodeado de oscuridad.

 

            Caminaron de regreso y por suerte no hubo nada extraño todo el camino. En compañía de Rebeca las mismas colinas oscuras no daban tanto miedo.

            — Gracias por volver a buscarme —murmuró él.

            — No seas tonto, no pienso quedarme en el pueblo. ¿Quién me iba a llevar a casa sino tu?

            — Creí que no querías verme.

            — Mi madre me dijo que no te viera. Me asusté, pero cuando te vi marchar entré en razón.

            Llegaron a la casa de Fuencisla y entraron. Antonio se sentía estúpido por haber pensado que Verónica le había devuelto al infierno. Cuando entraron vieron a las tres mujeres riéndose de algo. Eran risas estridentes y ensordecedoras. Al verlos llegar se callaron y les miraron a los dos.

            — Qué pronto habéis vuelto —dijo la bruja—. Supongo que ya no queréis nada más.

            — ¿Puede quitarnos las maldiciones? —inquirió Antonio—. Le pagaré cinco mil euros si nos las quita.

            Fuencisla entrecerró los ojos con picardía y les invitó a entrar de nuevo.

            — Algo se podrá hacer...

            — ¿Yo dejaré de ver muertos? —preguntó Rebeca, esperanzada.

            — Siempre hay solución a todos los problemas —replicó Fuencisla—. Especialmente cuando hay dinero para pagar.

            Antonio se sentó en una de las sillas de la mesa y suspiró. Mientras la gitana y sus hermanas se sentaban en torno a ellos dos, cerró los ojos y trató de ponerse en contacto con Verónica, la que había sido su amiga, para pedirle consejo.

            — ¿Verónica? —preguntó Rebeca, mirando justo delante de Antonio. No debía estar ni a medio metro de distancia... en medio de la mesa.

            — ¿Está ahí? —al preguntar eso salió vapor blanquecino de su boca como si hiciera mucho frío.

            — No responde — Rebeca apretó la mano sobre su antebrazo, la chica estaba aterrada.

            — ¿Qué hace? —Antonio estaba paralizado.

            — Te mira... Dios, por favor, no quiero este don, quítamelo tía.

            — Pero Rebeca —replicó Fuencisla mirando hacia donde ella miraba—. No veo a nadie ahí.

            — Pues te garantizo que está ahí.

            — ¿Cómo es?

            — Es una chica, su pelo negro le cubre media cara, sus mejillas están manchadas de algo rojo, puede ser sangre. Tiene algo escrito pero no consigo leerlo…  y no veo sus ojos, una oscuridad los oculta.

            Se escuchó un agónico grito femenino y de repente la mesa saltó de su sitio y se estrelló contra el techo. Todos cayeron de sus sillas al suelo y la mesa rodó por la sala al caer al suelo. El corazón de Antonio latía tan deprisa que le temblaba la mandíbula incontrolablemente. Estaba aterrado, nada de este mundo podía lanzar una mesa tan pesada con tanta fuerza contra el techo.

            Fuencisla fue la primera en reponerse del susto, que trató de colocar la mesa camilla y las sillas mientras le temblaban las manos.

            — Este poder es demasiado fuerte para mí —explicaba—. No puedo hacer nada por vosotros, será mejor que os marchéis.

            — ¿Quién puede ayudarnos entonces? —preguntó Antonio.

            — Probar con un sacerdote, necesitáis un exorcismo.

            — ¿Un exorcismo? Pero aquí no hay ninguna posesión.

            — Qué estúpido, sirven para expulsan espíritus malignos de cualquier sitio, personas, casas,... Yo no me dedico a eso. Podría intentarlo con soluciones caseras, podéis protegeros con sal, talismanes, hierbas... Pero esta oscuridad procede del mismo Diablo. Nada de lo que yo pueda daros podría defenderos de él.

            — ¿Todavía existen sacerdotes que hacen esas cosas? —preguntó Rebeca.

            — Si no los hay, estáis perdidos —fue la escueta respuesta de Fuencisla—. Lo siento, no puedo ayudaros más.

            — ¿Hay algun sacerdote en el pueblo? —insistió Antonio.

            — ¿Tengo pinta de ir a misa? —bromeó Fuencisla.

            — No está aquí —intervino Francisca—. Hace años que no vienen nada más que los domingos a dar misa. Algunas veces dan funerales. Pero ya es muy tarde, no habrá nadie en la iglesia.

            — ¿Puedes verla ahora, Rebeca? —preguntó Antonio.

            La chica echó un rápido vistazo a la sala y negó con la cabeza. Ambos se levantaron del suelo y ni siquiera se volvieron a sentar.

            — Gracias por todo, buscaremos alguno por ahí. Vamos a ver cómo salimos de ésta —agregó él, pesimista.

Comentarios: 3
  • #3

    x-zero (viernes, 13 julio 2012 07:07)

    continuacioooooooooooonnnnnnnnnn D:

  • #2

    Lyubasha (lunes, 09 julio 2012 13:46)

    Bueno, al final se rompió el círculo jejeje. Me gustó mucho el capítulo, por unos momentos pensé que Verónica había vuelto a enviar a Antonio al Infierno. La historia cada vez está más interesante, quedo a la espera del próximo capítulo :)

  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (lunes, 09 julio 2012 12:09)

    Puedes comentar aquí si te va gustando la historia.

Animal es el que abandona a su mascota.

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