La sombra de Verónica

8ª parte

            Cuando salieron de la casa y regresaron al pueblo, el teléfono recuperó dos líneas de cobertura. Llamó a Brigitte y le contó que ya estaban regresando. No tenía ningún sentido seguir investigando esa noche de modo que él y Rebeca estuvieron de acuerdo. Cuando el Sol alejara todos sus miedos, sus ideas serían más útiles.

            En el regreso ninguno dijo nada. Ella se quedó dormida a mitad de camino y a Antonio empezó a entrarle sueño. La carretera estaba desierta a las dos de la mañana y casi todo el trayecto era recto. Sus ojos comenzaban a cerrarse y para evitar quedarse dormido cogió un caramelo del salpicadero y se lo metió en la boca. Al levantar la mirada vio una figura vestida blanco en medio del autopista. El susto fue mayúsculo pero no tuvo tiempo de reaccionar antes de pasarle por encima.

            No hubo impacto. Sujetó el volante con fuerza y el coche sufrió unos pequeños giros dentro del carril.

            — ¿Qué pasa? —preguntó Rebeca, con los ojos medio cerrados.

            — Nada, ha sido un... efecto óptico.

            — Estoy cansadísima —confesó ella, como si no le hubiera escuchado—. ¿Puedes poner la calefacción? Tengo frío.

            Antonio miró el termómetro que tenía el coche y vio que marcaba veintidós grados. Si ponía más calor se dormiría.

            — Sí claro, la subiré un poco —aceptó de mala gana.

            El reciente sobresalto le había quitado el sueño por completo de modo que no tuvo más incidentes extraños el resto del camino.

 

            Dejó a Rebeca en la puerta de su casa y prometió llamarla al día siguiente en cuanto se levantara.

            — Siento haberte metido en este lío —se disculpó ella.

            — No has sido tú —replicó—. Es mi trabajo, estoy acostumbrado a situaciones similares. Me pregunto si merece la pena trabajar en algo así con lo poco que gano...

            Rebeca sonrió.

            — No te preocupes te pagaré en cuanto termine la pesadilla.

            — Ya, claro —protestó él, entendiendo la indirecta de que si no conseguía nada no recibiría un céntimo. De todas formas, no estaba haciendo eso por dinero, al menos no desde que compartía maldición con ella.

 

 

            Volvió a casa y dejó aparcado el coche en el garaje. Cuando iba a apagar las luces miró de refilón al asiento de atrás y en su interior distinguió la silueta oscura de una chica de pelo negro sentada detrás. Se asustó tanto que apartó la mirada y trató de convencerse de que no había visto nada. Se estaba obsesionando, seguramente fue un reflejo o un efecto óptico como lo del autopista.

            Apagó la luz, cerró la puerta del garaje con llave y subió a la casa donde una figura pequeña y negra le esperaba en lo más algo de los escalones. Movía alegremente su colita y jadeaba con la lengua fuera mientras le miraba fijamente.

            — Hola Thai, ¿me has extrañado mucho? Espero que mamá te haya dado de cenar.

            — ¿Por qué llegas tan tarde? —preguntó Brigitte desde el comedor donde se veía el tenue resplandor de la televisión encendida.

            — No debiste esperarme despierta, tienes que madrugar.

            — Estaba preocupada, no pegaba ojo.

            — Vaya lo siento, vamos a la cama, me muero de sueño.

            — ¿No vas a cenar?

            — Creo que aún tengo reservas suficientes para no morirme de hambre —palmeó su siempre abultada barriga.

            Según subían al primer piso él le contó lo que había estado haciendo y lo que Rebeca vio. Brigitte parecía no escucharle mientras se metía en la cama pero cuando terminó de contar todo le dijo:

            — ¿Hasta cuándo vas a seguir jugando con esas cosas? —inquirió.

            — Me aburro, necesito algo que me estimule.

            — Pues haz otra cosa, comprate más videojuegos, aprende idiomas... Creo que meterte en problemas sobrenaturales deberías colocarlo al final de la lista de hobbys.

            — No es sólo un hobby. Ya te lo dije, cuando me tocó la lotería me iban a meter en la cárcel y en un momento de intimidad con Dios le ofrecí dedicarme a esto si me sacaba de allí. Él cumplió su parte y ahora yo cumplo la mía.

            — Dios no hace pactos, ese es el Diablo. ¿Estás seguro de que no era Él?

            — Mujer, pues claro.

            — ¿Crees que te castigaría si dejas tu hobby?

            — No lo sé —refunfuñó—. Si quieres mañana seguimos hablando.

            — Está bien, pero si escucho cualquier cosa te encargas tú —contestó ella.

            — ¿Cuándo te has levantado tú a ver?

            — Lo digo para que quede claro. Mientras estabas fuera no hacía más que escuchar golpes en las ventanas, ruidos en la cocina... Y como Thai no se asustaba pensé que podía ser cualquier tontería, pero ahora si escuchamos algo te levantas y vas a ver qué es.

            — ¿Tienes miedo? No te preocupes, si aparece Verónica será para hacerme daño a mí.

            Brigitte suspiró poniéndole la mano en el hombro.

            — No lo tengo porque no creo que haya ningún fantasma. Te has sugestionado, eso es todo.

            Antonio notó el temor en su voz. Decía eso pero estaba tan asustada como él o más.

            — No te preocupes encontraré una solución a esto. Siempre lo hago —trató de calmarla.

            — Quiero que cuentes conmigo mañana para lo que decidas hacer —se ofreció ella—. No soporto la espera sin saber lo que te puede estar pasando. Y los dos sabemos que te lo crees todo, necesitas a tu lado a alguien que aporte cordura a tu cabeza.

            — Sí, tienes razón.

            Apagaron las luces y enseguida sintieron unas patitas arañando el suelo y saltando a la cama entre las piernas de los dos. Luego el cuerpecito de Thai se dejó caer en el colchón y emitió un suspiro prolongado para invocar al sueño. Antonio se quedó dormido inmediatamente después.

 

 

            La alarma de Brigitte sonó y sintió cómo se levantaba de la cama.

            — ¿Piensas quedarte ahí tumbado? —preguntó una voz femenina que no era la de su mujer.

            Abrió los ojos y no vio absolutamente nada. Tanteó el colchón junto a él y sus dedos alcanzaron la figura de Brigitte, respirando acompasadamente. Sintió un escalofrío intenso que le hizo temblar hasta los huesos y notó que en la oscuridad alguien le miraba con odio desmedido.

            Asustado se tapó la cabeza y trató de convencerse a si mismo de que fue una pesadilla y que allí fuera sólo había un armario.

            — Grrrr... —era Thai la que gruñía junto a sus pies.

            — Ven aquí —la invitó Antonio.

            La perra, obediente, caminó sobre las sábanas y llegó hasta su cabeza. Como si supiera lo que pasaba se metió debajo y se aplastó contra su pierna. Era ridículo sentirse más seguro por estar bajo esa fina tela, incluso el cuchillo más pequeño podría atravesarlas, pero comenzó a entrar en calor y cuando se convenció de que todo había sido un sueño, volvió a dormirse.

 

 

            — Me voy ya —le despertó Brigitte nuevamente. Thai ya no estaba junto a su pierna y ahora entraban puntos de luz por la persiana de la habitación.

            — Vale, ten mucho cuidado —aconsejó con la voz grave.

            — Recuerda, no hagas nada hasta que vuelva. Quiero ir contigo.

            — Pero quizás tenga que ver a un sacerdote y va a ser difícil encontrar uno.

            — Puedes hablar con quien quieras, pero no juegues a los fantasmas sin mí.

            — De acuerdo, no te preocupes... Te quiero.

            — Y yo a ti, chaito.

            Le dio un beso y la vio salir de la habitación con un vestido rosa con diminutas figuras blancas. Se había pintado las uñas y los labios del mismo color y estaba preciosa, como de costumbre. Lamentó no poder pasar más tiempo con ella y cerró los ojos de nuevo por si aún podía dormir más. Quería estar descansado ese día.

            Thai comenzó a gruñir, se le subió a la espalda y movió la cola con impaciencia. Cuando empezaba a coger el sueño la perra volvía a moverse sobre él y gruñía con insistencia.

            — Venga, déjame un poco más —pidió.

            — ¡Guau! —eso no sonó como un ladrido, fue la voz de una niña suplicante.

            — Ya, ya, vale, te daré el desayuno, venga bájate, que no puedo moverme contigo ahí arriba.

            Como si le hubiera entendido, que estaba convencido que le entendía todo, la perrita brincó al otro lado de la cama y comenzó a revolcarse donde había estado Brigitte. Hizo como si escarbara en el colchón y luego se restregaba de nuevo. Antonio no pudo evitar sonreír al ver cuánta alegría tenía. Se sentó en y le rascó la barriga al alegre animal que le miraba con ojos de loca, panza arriba y con la lengua fuera.

            — Vamos, anda. Es imposible dormir más contigo.

           

 

            Le preparó el desayuno y se vistió con un pantalón corto. Se lavó la cara y se peinó hasta que se miró en el espejo y se dio cuenta de que la noche antes decidió no acercarse a ninguno mientras no se librara de la sombra de Verónica.

            Miró tras él con nerviosismo pero allí no había nadie. Suspiró aliviado y salió con prisa del baño porque se imaginó que se cerraría la puerta y ella le estaría observando desde el otro lado del espejo. Éste se rompía y con uno de los pedazos Verónica lo degollaba sobre el lavabo. Fue una visión instantánea tan real que otra vez el frío le hizo temblar de pies a cabeza a pesar de los veintidós grados que hacían.

 

            Desayunó un sándwich mixto con Thai observándole desde la puerta de la cocina. Se sentía a salvo con ella cerca, estaba seguro de que si hubiera un fantasma en las inmediaciones, la perrita le ladraría como una loca. Se sentó en el sillón del comedor y encendió la tele para ver noticias.

            Más recortes económicos, subida de la prima de riesgo, más bajadas del IBEX... Menos mal que él no tenía acciones en bolsa porque en los últimos años habría perdido un dineral.

            El día iba a ser absolutamente soleado, sin una sola nube en el firmamento, apagó la tele, cogió las llaves, el teléfono móvil y Thai entendió el mensaje de que iban a salir de paseo. Le puso el arnés y salieron a dar una vuelta para que la perrita hiciera sus necesidades. En cuanto pisaron la calle ésta se agachó e hizo su primer pis mañanero.

            — Muy bien —la felicitó.

            Miró su teléfono y vio una llamada perdida. Se extrañó ya que no lo había escuchado en toda la noche y lo tuvo junto a su cama. Era de Rebeca a las cuatro de la mañana.

            — Mierda... Espero que no le haya pasado nada.

            La llamó y se puso el aparato en la oreja.

 

Comentarios: 7
  • #7

    naruto7 (martes, 17 julio 2012 08:51)

    Continuación por favor que esta muy buena

  • #6

    JORGE (lunes, 16 julio 2012 09:46)

    Espero la continuación pronto

  • #5

    x-zero (viernes, 13 julio 2012 19:34)

    continuaciooooooooonnn!

    espero ue ya llegue la verdadera accion .. .-.

  • #4

    melich (viernes, 13 julio 2012 18:21)

    me encantó!!!

  • #3

    Bellabel (viernes, 13 julio 2012 17:15)

    Me encanto!

  • #2

    Lyubasha (viernes, 13 julio 2012 15:28)

    Vaya capítulo tan interesante, además me ha gustado mucho eso de no dejar claro si lo que vio Antonio en la autopista y cuando estaba en la cama fueron apariciones reales o se trataba solo de su imaginación. Me ha dejado intrigada la llamada de Rebeca, espero que no le haya ocurrido nada malo.
    Quedo a la espera del próximo capítulo.

  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (viernes, 13 julio 2012)

    Puede que no tengas nada que decir, pero si estás leyendo esto di algo para que sepa que has leído hasta aquí y que quieres que continúe.

Animal es el que abandona a su mascota.

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