La sombra de Verónica

9ª parte

 

            — ¿Diga? —escuchó su voz adormilada.

            — ¿Rebeca? —preguntó—. ¿Estás bien? Tengo una llamada perdida tuya a las cuatro.

            — ¿Quién es? —insistió ella—. Ah, sí Antonio Jurado, sí te llamé...

            — ¿Qué pasó?

            — Nada, tuve una pesadilla. Te la iba a contar pero me di cuenta de la hora y colgué antes de que lo cogieras.

            — Vaya, qué casualidad, yo también soñé con ella.

            — ¿Con quien? —inquirió Rebeca.

            — Con Verónica, con quién soñaste tú.

            — No, en mi sueño estabas en la cama. Te dije que te levantaras, o no sé, no me acuerdo muy bien, entonces cuando te voy a tocar descubro que habías muerto. Tenías los ojos muy abiertos mirándome y te salía sangre de la nuca. Ahí me desperté.

            Antonio se quedó sin habla al escucharla. Ese sueño fue el que tuvo él, una chica llamándole y pidiéndole que se levantara. Pero él se tapó y se volvió a dormir.

            — Qué extraño —opinó—. Ojalá supiera interpretar estas cosas.

            — ¿Y tú? ¿A quién viste?

            — Creía que era Verónica... Puede que fueras tú. No sé algo confuso, creo que yo te vi llamarme, pero me asusté y me tapé hasta la cabeza. No te vi la cara.

            — No jodas —Rebeca soltó una risita—. Hemos soñado casi lo mismo... Qué fuerte, tío.

            — No sé si tendrá que ver con la maldición.

            — ¿Podemos vernos? —pidió la chica—. Me gusta hablar contigo, me siento más segura cuando estás cerca.

            — ¿No tienes que ir a la universidad?

            — Sí y mi padre está trabajando. No se enterará de que hago pellas.

            — No, no, deberías ir. No quiero que pierdas un curso por mi culpa.

            — Si tengo los apuntes de todo. Se pueden bajar por internet y con ponerme las pilas las semanas antes de los exámenes...

            — Ya quedaremos por la tarde —se resistió él.

            — Solo un ratito, no pienso ir a clase aunque no vengas. ¿Quedamos en mi casa a la una? —insistió—. Prometo estudiar hasta entonces.

            — Está bien, a la una estaré allí —aceptó de mala gana. Recordó que le había prometido a Brigitte no hacer nada sin que ella volviera pero Rebeca no parecía aceptar un no por respuesta.

            De todas formas tenían que verse porque era necesario encontrar un sacerdote especialista en exorcismos y no sabían ni por donde empezar a buscar.

 

            Rebeca le esperaba con su ropa de estar en casa como si no supiera las tentaciones que provocaba en el instinto de Antonio. Sus muslos que parecían hechos para el pecado y la camiseta ajustada de algodón, tan ligera que casi transparentaba su evidente falta de sostén, eran una invitación insoportable. Tragó saliva, y entró en su casa tratando de mirarla lo menos posible.

            — Hace calor —opinó, suspirando exageradamente. Dio gracias a Dios por haberse puesto las gafas de sol ya que sino Rebeca habría visto cómo la miraba en el momento de abrirle la puerta.

            — Sí, es cierto —apoyó ella, que tardó un poco en cerrar tras él.

            Antonio se la quedó mirando sorprendido. ¿Acaso había visto algo...? Pero como no dijo nada él tampoco le consultó. Estaba tranquilo y no quería que su ánimo cambiara.

            — ¿Qué hacemos? —preguntó ella, nerviosa.

            — No lo sé, hablar supongo, ¿no?

            — Ah, sí, estuve buscando por Internet algo sobre los exorcismos pero no consigo localizar ningún sacerdote que se ofrezca. He pensado llamar al obispado o alguna parroquia cercana, quizás nos puedan ayudar. Hay un especialista pero está muy solicitado, no creo que venga.

            — De camino hacia aquí he pensado que es posible que no necesitemos nada de eso —recapacitó Antonio—. Si pudieras comunicarte con ella y preguntarle qué es lo que quiere de nosotros... Pero claro tendrías que verla.

            — Si yo puedo, el problema es que no me contestará.

            — ¿Por qué lo dices?

            — Supongo que no pierdo nada intentándolo. ¿Has escuchado? —preguntó hacia la puerta del salón. Al principio él pensó que le estaba tomando el pelo pero cuando la vio mirar tan seria ahí atrás se volvió y miró también.

            Por alguna razón comenzó a sentir frío, a pesar del tremendo calor que hacía. Como temía, en esa parte de la casa no había nadie.

            — ¿Lo ves? —preguntó Rebeca, decepcionada.

            — ¿Está ahí?

            — Vino contigo y se quedó en la puerta mirándonos.

            — ¿Y por qué no me lo dijiste? —inquirió él, tratando de ocultar su enfado.

            — ¿Es que no lo sabías? Vale, disculpa, había olvidado que tú no puedes verlos.

            — Creo que puedo sentirlos, pero no los veo —afirmó Antonio—. Intenta hablar con ella más amablemente. Me consta que es una chica razonable.

            — Dile lo que quieras y te diré si contesta algo.

            El investigador tragó saliva y se quedó mirando la puerta durante unos segundos.

            — Verónica, ¿de verdad eres tú?

            Ambos guardaron silencio pero no ocurrió nada.

            — No contesta —sentenció la chica.

            — Por favor, ¿qué te ha pasado? Tú y yo solíamos ser amigos...

            — Se está acercando —explicó Rebeca—. Es escalofriante, flota como si fuera un globo.

            — ¿No dice nada?

            — No se detiene, va directa a por ti.

            La chica estaba tan asustada que se alejó de él con evidente terror en los ojos. No sabía cómo reaccionar y se quedó paralizado.

            — Se ha detenido justo delante —explicó ella—. Está acercando su cara a tu oído susurrándote algo.

            Él vio, estupefacto, cómo su aliento se volvía visible como si estuvieran en un potente congelador.

            — ¿La escuchas? —preguntó Rebeca.

            — No... —apenas tenía voz por el miedo.

            De repente una fuerza imparable le empujó hacia la ventana y voló por los aires atravesando todo el salón, estrellándose contra el cristal, golpeándose la cabeza en el marco y rompiendo en pedazos el vidrio. Por suerte tenía la cortina en medio y no cayó por la ventana sino que quedó tendido en el suelo, inconsciente, con hilo de sangre descendiendo tras la oreja derecha.

            — Oh, Dios mío —oró Rebeca, aterrada—. ¿Estás bien?

            Fue corriendo a ayudarle y al darse cuenta que no respondía le dio miedo tocarlo. Estaba tal y como le había visto en su pesadilla, boca arriba, con los ojos abiertos mirando al infinito y de la nuca le salía muchísima sangre.

            — Vamos levántate… Mierda, ha muerto,...

            — ¿Quién? —preguntó él, moviéndose con dificultad mientras se llevaba la mano a la cabeza.

            — ¡Estás vivo!

            — Creo que me he roto la crisma pero aún respiro.

            — Te llevaré a un hospital.

            — ¿Tienes carnet de conducir? No quiero morir en un accidente de tráfico —bromeó él, que lo único que movía era el cuello.

            — Está bien, llamaré a una ambulancia, no te muevas.

            Antonio inclinó débilmente la cabeza y trató de sentarse, pero le dolía tanto la herida que desistió inmediatamente.

            — Buscaremos un exorcista, como pensamos —dijo ella desde lejos, mientras buscaba el teléfono—. Y no me pidas que vuelva a hablar con esa chica.

            — No pensaba pedírtelo —siseó él.

 

 

 

 

 

            La ambulancia no tardó en llegar y cuando los enfermeros entraron en el comedor y encontraron a Antonio en el suelo se detuvieron un par de segundos como si no entendieran qué había pasado.

            — ¿Qué le ocurre? —preguntó uno de ellos.

            — Se tropezó y cayó contra la ventana de espaldas —explicó Rebeca, poco convincente.

            — ¿Estás segura? —inquirió el otro, mirándola como si sospechara que se había defendido de alguna clase de agresión sexual.

            — Claro, ha sido un accidente. ¿No me cree?

            — Sí, por supuesto, veamos.

            — Dígame su nombre y apellidos —pidió el que llevaba la caja con el equipo médico.

            — Antonio Jurado. Soy inglés, no tengo cartilla de la seguridad social.

            — No se preocupe por eso, es para asegurarnos de que es plenamente consciente. Se ha pegado un golpe tremendo.

            Le tocaron la nuca con sumo cuidado y uno de los enfermeros negó con la cabeza cuando, al apretar un poco más, Antonio soltó un grito de dolor.

            — Hay que ingresarlo y hacerle radiografías, tiene muy mala pinta —decidió el que le examinaba.

           

                       

           

           

            — ¿Qué parte de "no hagas nada hasta que yo vuelva" no entendiste? —escuchó la voz de Brigitte y abrió los ojos. Ni siquiera recordaba cuando perdió el sentido, y mucho menos haberla llamado.

            Allí estaba ella, llorando a su lado en una cama de hospital. Le trasladaban en ese momento y no sabía a dónde le llevaban.

            — No íbamos a hacer nada, se suponía que...

            Algo iba mal, no se estaba escuchando a sí mismo.

            — ¿Me escuchas? inquirió.

            — No te mueras, ¿me oyes? —ordenó ella, dejando claro que no le escuchaba.

            — ¿Qué me está pasando? —preguntó—. ¿A dónde me llevan?

            Nadie le respondió.

            — Dios mío, no dejes que la muerte me lo arrebate. Por favor, ayúdale a salir bien de la operación, dale fuerzas y sobre todo inspira al cirujano para que la intervención salga a la perfección ahí dentro. Te lo pido por favor, Señor. No te lo lleves... Apenas hace un año que volviste a reunirnos, no sería justo.

            — Amor, no te preocupes, estoy bien. No me duele nada.

            Aún seguía sin escucharse. Tampoco podía moverse y ni siquiera sabía por qué. Notaba algo en su garganta, ¿sería un tubo? Intentó levantarse pero estaba tan pesado que no lo logró ni un milímetro.

            Llegaron a una sala oscura donde una lámpara circular con varios focos le deslumbraron. Tres médicos, dos mujeres y un hombre, con batas y mascarillas verdes se acercaron a él y le miraron atentamente. Detrás de ellos vio a una chica de pelo oscuro que le miraba con avidez, con un odio desmedido. Comenzó a sentir frío y quiso gritar, pero ésta no se acercó más. Simplemente le observaba en la distancia disfrutando del espectáculo.

            — ¿Por qué me quieres matar? —preguntó.

            No hubo respuesta, como siempre.

            Los cirujanos empezaron a sacar instrumental y vio cómo acercaban sierras eléctricas a su cabeza. No quería verlo de modo que cerró los ojos y deseó que al menos no pudiera sentir lo que hacían ahí dentro.

 

 

            No es culpa tuya. Ahora sabes lo que se siente cuando juegan contigo como si fueras un muñeco de trapo.

            — ¿Voy a morir? —preguntó al vacío que le rodeaba.          

            El silencio fue su respuesta.

 

 

 

Comentarios: 5
  • #5

    x-zero (sábado, 21 julio 2012)

    Continuuuuaaacioooooooon

  • #4

    carla (viernes, 20 julio 2012 22:59)

    muero de la emocion!!!! me puso los pelos de punta esta historia. se que tenia mucho sin entrar pero kiero la contiii yaaaah!!!!!! :D no te tardes porfis :)

  • #3

    Jaime (miércoles, 18 julio 2012 21:10)

    Creo que es simplemente algún tipo de prueba de Verónica. Espero la continuación.

  • #2

    Lyubasha (miércoles, 18 julio 2012 20:56)

    ¡Qué interesante! A ver si ahora que Verónica le contesta, Antonio puede averiguar a qué se debe ese cambio.

  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (miércoles, 18 julio 2012 19:05)

    Ya puedes comentar o pedir la continuación.

Animal es el que abandona a su mascota.

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