La Violeta Muerta

3ª Parte

 

            Cuando despertó, su madre la estaba mirando con el miedo escrito en los ojos y al verla despierta se levantó de su silla y caminó hacia la puerta. Verónica la detuvo con un leve gesto de la mano y su madre se detuvo.

            - Ven, mama - dijo -. Siento mucho todo lo que os he dicho.

            Su voz era débil pero las lágrimas que brotaron de sus ojos eran una fuerte confirmación de la sinceridad de sus palabras. La mujer se acercó a ella sonriendo y con los ojos encharcados en lágrimas. La cogió de la mano y la besó repetidamente, arrodillada junto a su cama.

            - Vamos mama, no llores o me harás llorar - dijo Verónica, medio fastidiada, sin tener en cuenta que ya estaba llorando.

            - Te hemos extrañado tanto, hija...

            - Lo siento, me he portado muy mal. No puedes imaginar cuánto de mal - dijo la chica.

            - No importa lo que hayas hecho, mi hija, tú recupérate que es lo que más importa ahora.

            - ¿Por qué me cuesta moverme? - preguntó -. ¿Por qué estoy tan cansada?

            Su madre no fue capaz de mirarla a los ojos. Verónica esperaba que le dijeran que habían amarrado sus manos y piernas, o que la mantenían drogada, para que no volviera a escapar ya que le resultaba imposible mover sus miembros.

            - Lo siento, Emilia - su madre volvió a llamarla por su primer nombre -, estás demasiado débil porque... ha habido demasiados daños. Tienes una hemorragia interna que los doctores no pueden cortar. Te están haciendo transfusiones pero necesitan volver a operarte para encontrar el problema y temen que no despiertes por tu estado de debilidad por lo que no pueden operarte si no te recuperas un poco más.

            - ¿Me estoy muriendo? - preguntó, asustada.

            Su madre negó con la cabeza mientras sus lágrimas decían lo contrario.

            - No saben qué hacer... estamos rezando mucho por ti. Intenta guardar tus fuerzas, no hables cariño.

            Aquello fue como un analgésico fuerte para su embotada mente. Por un lado se sentía aliviada de no tener que seguir viviendo con la culpa y sabiendo que sería inútil luchar contra sí misma por ser lo que había sido. Era una forma de justicia divina que la aliviaba, en cierto modo. Pero por otro lado, al saber que estaba viva, había albergado la esperanza de levantarse, volver a Argentina y tratar de volver a empezar. Cuando no temía por su vida, ésta no tenía valor alguno, no sabía qué hacer con ella. No quería volver a trabajar, no quería volver a relacionarse, no quería amigos de los que encariñarse... Pero, sabiendo que la muerte la esperaba, era distinto. Ahora quería levantarse, abrazar a su madre, perdonar a su padre, quería irse a Argentina con ellos, quería volver a ver a sus amigos de allí. Sería como olvidar esos años de pesadilla.

            - ¿Cuánto tiempo creen que me queda? - preguntó.

            - No lo saben. Dicen que podrías morir en cualquier momento. Me han pedido... que firme un consentimiento para que te operen. Es tu última esperanza.

            - ¿Por qué no has firmado?

            - Porque necesitaba hablar contigo. Porque...

            - Ya... - entendió Verónica -... porque no sabes si realmente quieres que me cure.

            - Sí que quiero - se enojó su madre -. No he firmado porque si te operan podrías morir en la operación. No tengo valor para verte morir, hija. No podría soportarlo y mucho menos que mueras porque tomé la decisión incorrecta.

            - Solo he sido una fuente de sufrimiento para ti y para papa. Deberías alegrarte de que me vaya…

            Verónica cerró los ojos, y aunque su madre le dijo más cosas, no pudo escucharla. Volvía a tener mucho sueño. Realmente no necesitaba saber lo que le estaba diciendo su madre ya que había visto su corazón y sabía que era una dolorosa carga para ellos. Aquella conversación había acabado con todas sus fuerzas y su consciencia volvía a difuminarse como una gota de leche en medio del océano.

            Pero no quería volver a dormir, tuvo miedo de no volver a despertar más y escapó de su cuerpo justo antes de perder el sentido. Su mente estaba despierta y con el paso de los años había adquirido la habilidad de disociarse de su cuerpo o, como mucha otra gente lo llamaría, tenía el don de controlar sus sueños.

            Al salir de su cuerpo vio a su madre a los pies de su cama y a ella misma con un aspecto realmente malo. Estaba pálida y tenía oxígeno entubado por su nariz. Había una máquina que le comprobaba los latidos del corazón, muy débiles y tenía algunos sensores en la cabeza que debían medir su actividad cerebral. Tenía el abdomen cubierto de vendas ensangrentadas y los tubitos de sangre y suero que tenía clavados en el brazo, unido al oxígeno y al aspecto moribundo de su rostro, la asustaron. No tenía buen aspecto. Era curioso cómo su cerebro emitía picos de actividad cuando ella veía algo curioso o pensaba en algo.

            De algún modo su mente permitía esos viajes y se sentía insegura al saber que su cerebro registraba sus pensamientos ya que su corazón podía detenerse en cualquier momento y eso supondría perder el control de sus actos. Podía acabar en el infierno en cualquier instante.

            - No pienso pasar encerrada en un hospital mis últimas horas - dijo, mientras los picos del sensor de pensamientos mostraban varias montañitas en el monitor.

            Caminó hacia la puerta delante de su madre. Ella no podía verla pero había alguien que miraba desde fuera hacia ella y la miraba muy fijamente. No miraba a su cuerpo dormido sino directamente a los ojos, a ella. Era una niña de unos diez años y la seguía con la mirada. Se acercó a ella, desafiante, y la niña cogió con fuerza la mano de su madre, que estaba a su lado.

            - ¿Puedes verme? - le preguntó.

            La niña no se movió, estaba aterrada.

            - Mucha gente podría verte - le dijo alguien, a su espalda.

            Verónica pensó que sería un comentario casual pero se volvió y se encontró con una persona que conocía a la perfección. Era un chico de aspecto joven al que podía considerar el paradigma de la belleza masculina. Seguro de sí mismo, simpático, mirada atractiva, facciones perfectas. Vestía como ella, como un joven con vaqueros azules y una camiseta blanca con unas graciosas huellas de perro dibujadas en forma de corazón. Su pelo ondulado y negro parecía fresco, como si estuviera todavía húmedo por haberse duchado hace poco. Su barba no era muy cerrada ni muy larga, pero tenía la misma textura brillante y fresca que el pelo de su cabeza. Lo más llamativo eran sus ojos azules, del color del cielo. Eran tan penetrantes que sentía que podía ver hasta sus pensamientos más profundos.

            - ¿Vienes a buscarme? - preguntó, asustada -. No puedes, aún sigo viva, no estoy lista para volver al infierno.

 

Animal es el que abandona a su mascota.

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