La violeta muerta

4ª Parte

 

            - No soy quien tú crees que soy - dijo, sonriente -. No estamos en el otro lado del espejo.

            Verónica abrió los ojos como platos. Había pensado que era el Gemelo, el Diablo. Pero solo le había visto en el infierno y para ello necesitaba atravesar el espejo y superar al menos la primera de las puertas del infierno. Si estaban en el lado Real... Ese no era el Gemelo.

            - ¿Realmente tú eres... tú?

            - He venido porque me has llamado.

            - ¿Lo hice? - preguntó, confusa -. Espera, ¿qué haces aquí? ¿Vienes a buscarme?, ¿me voy a morir? No lo entiendo, tú no puedes llevarme, soy una mala persona.

            - ¿En serio? - dijo él, sonriente -. Eres una persona muy especial.

            - No lo soy, te he dado la espalda muchas veces, he cometido pecados imperdonables.

            - Yo lo perdono todo.

            - No a mí. Puedo recaer en cualquier momento.

            - La voluntad de las personas es efímera y débil. ¿Acaso crees que hay alguien perfecto?

            Verónica vaciló.

            - Soy una asesina sin escrúpulos - añadió ella.

            - Escúchame, Verónica, tú eres la persona que yo quise que fueras.

            Esto provocó que ella soltara una risa de locura e incredulidad.

            - ¿Por qué querrías tal cosa?, ¿por qué me has hecho sufrir tanto?, ¿por qué me has dado el poder de hacer sufrir a tanta gente?

            - Porque para que un edificio sea más alto que todos los demás, ha de tener los cimientos más profundos. Y los edificios, se construyen desde abajo.

            Verónica negó con la cabeza sin dejar de sonreír. Probablemente ningún ser humano había caído tan bajo, ni cometido pecados tan terribles como los suyos.

            - ¿Insinúas que mi maldad son los cimientos de mi edificio?

            - Eres única, he estado a tu lado cada vez que lo has pasado mal, cada vez que has causado mal. Te he escuchado cuando pedías ayuda a mi Gemelo, como tú lo llamas, y he visto cómo te ha utilizado para sus propios planes. Sientes furia contra mí, contra el Gemelo, contra el mundo entero pero sobre todo contra ti misma. Es hora de que uses toda esa fuerza para construir y no para destruir.

            - ¿Me estoy muriendo y me pides que construya algo? - replicó ella.

            El hombre se sentó junto a la niña que la miraba y ésta parecía no ser capaz de verlo. Sin embargo su cercanía la tranquilizó, parecía que ya no la tenía miedo desde que él llegó.

            - ¿Puedo preguntarte algo? - añadió ella.

            - Adelante.

            - ¿Cómo te llamas? Dime tu verdadero nombre.

            - ¿Mi nombre? Sabes quién soy.

            - Solo sé... que tú «eres». Que no hay nada fuera de ti.

            - Los judíos me llamaron Yahvé, los cristianos Joshua o Jesús, los islamistas Alá, los...

            - Vale, vale, ya sé cómo te llaman todos, pero quiero tu verdadero nombre - le interrumpió.

            - Llámame Pedro, Samuel, Juan, no importa. ¿Sabes para qué sirven los nombres?

            - Para hablar con la gente, para llamarse, supongo - se burló ella.

            - Oh, no, eso es cuando hay varias personas a las que nombrar. Pero solo estoy yo - añadió con un deje de tristeza-. Ahora y siempre. Solo hablan conmigo de verdad aquellos que no me nombran y no necesitan hacerlo, porque ellos saben quién soy realmente. Y tú lo sabes, no necesitas llamarme.

            Verónica suspiró. Se sentía muy bien con él cerca y quiso sentarse a su lado, en su mismo banco aunque no quiso hacerlo por que se sentía impura y no creía que él aceptara su cercanía. Sin embargo ardía en deseos de hacerlo, estar junto a él, tocarle la mano, abrazarlo... Se sentía tan bien como cuando estaba con Pedro, compartiendo sus sentimientos.

            - ¿Qué va a pasar conmigo?, ¿voy a morir? - le preguntó.

            - Seguro, algún día, puede que hoy. Quiero enseñarte muchas cosas y vas a tener que acompañarme. Claro que no puedo llevarte si no te acercas y me das tu mano.

            - Lo siento, mi mano está demasiado sucia.

            - ¿Recuerdas lo que dijiste? - preguntó él.

            - ¿El qué?, ¿que lo sentía?, ¿que me perdonaras?

            - No hace falta una ceremonia para que el arrepentimiento de corazón llegue a mis oídos. Mucha gente se confiesa en una iglesia, con un sacerdote y no siente los pecados que menciona, eso es como tratar de limpiarse aceite de las manos con simple agua. Soy una persona - hizo una mueca graciosa, como si hubiera dicho una cosa obvia-, y como tal escucho a las personas desde el corazón, perdono todo mientras quien me pida perdón sea sincero... aunque sepan que recaerán. Sé que lamentas tu pasado y que has hecho cosas horribles, sé que aún así hay cosas que te cuesta arrepentirte, como amar a Pedro y causar su muerte y la de su novia, cosas que crees que eran justas como la muerte de ese médico que quería jugar con tu cerebro, o ese detective al que llevaste al infierno. Piensas que no tienes culpa del suicidio de Samuel ya que tú no sabías la verdad en aquel momento. Son cosas que lamentas de corazón por que sabes que en el fondo son injustas pero que no puedes arrepentirte porque lo volverías a hacer si pudieras volver atrás en el tiempo porque tu ira y odio te habrían consumido igual.

            - Si sabes tantas cosas, ¿por qué sigues aquí? Déjame morir e ir a pagar toda mi condena en el infierno.

            - Eso sería terrible - replicó él, sonriente.

            - ¿Por qué? Es lo justo - dijo ella.

            - Porque te quiero - admitió -. No pienso permitir que tu vida acabe tan mal. No tienes idea de cuánto te amo.

            - ¿Que me quieres? ¿Cómo que me quieres?

            El hombre suspiró y le tendió la mano para que ella se la cogiera.

            - Dame la mano.

            - No - dijo, negando con la cabeza -. Te he negado infinidad de veces, no entiendo por qué me quieres aún.

            - Sé que nunca te sentirás digna aunque salves al mundo de su fin, y por eso te amo tanto. Adoro tu humildad, cómo estuviste dispuesta a entregar tu vida, tu alma, por saber si Pedro te amó realmente. No te valoras y eso te da un valor incalculable para mí. Cuando un gran arquitecto hace una torre gigante, hermosa, que la gente mira con la boca abierta... el arquitecto sonríe y se enorgullece de sí mismo. Publica fotos de su proyecto y hace que montones de críticos vayan a ponerle nota a su esfuerzo. Ve su torre y se vanagloria diciendo: "Impresionante, soy lo máximo".

            Verónica sonrío, aunque se estaba yendo por las ramas, resultaba divertido verle hablar como un humano corriente, como un chico simpático. Siempre había imaginado a Dios como un ser viejo, barbudo y con muy mal humor.

            » Pero yo hice a cada hombre, moldee cada rostro, por cada diferencia siento un orgullo inmenso. La gente busca pruebas de que existo y no se da cuenta de que las tiene delante, no existen dos seres humanos idénticos cuando el ADN de todos es tan semejante. Tú eres preciosa, cuando te viniste al mundo supe que me harías llorar de tristeza y llenarme de alegría. Te amo, Verónica, y me siento orgulloso de haberte creado. Y sin embargo, aunque todos mis ángeles se postren ante ti, seguirás pensando que no mereces reconocimiento alguno.

            - Nadie va a inclinarse ante un monstruo - ella trató de alejarse pero deseaba estrecharle la mano y contemplar hasta dónde podía llevarla. Quería hacer cosas buenas por el mundo, su corazón ansiaba reparar los males que había hecho pero no se sentía capaz. Temía que volviera a apoderarse de ella el odio y la ira en cuanto él se alejara.

            - ¿Recuerdas cuándo fue la primera vez que me llamaste? ¿Cuánto tiempo hace? - preguntó él.

            - Mucho - confesó ella -. Creo que demasiado.

            - Haz memoria.

            - Creo que fue cuando hice la primera comunión. Decían que estabas en las iglesias, en el sagrario, en las formas sagradas, en los templos, en las personas más necesitadas y yo no te veía. Te busqué y no viniste.

            - Me encantan los perros - dijo él, cambiando de tema como distraído.

            - ¿Qué? - replicó ella, extrañada.

            - Sí te acercas a uno con el corazón alegre, ellos te devuelven alegría. Si vas con voluntad de hacerles daño, te muerden o te gruñen y si eres su dueño te miran con la cabeza gacha y con el rabo entre las piernas. Por eso me gustan, son criaturas puras que reflejan el espíritu humano. Son como ángeles de la tierra que viven y sufren, son tratadas como si fueran criaturas inferiores y a pesar de ello, siempre son felices junto a sus dueños.

            - ¿Qué tiene que ver eso conmigo? - protestó ella.

            - Los perros son todo corazón. Ellos pueden ver el espíritu de las personas pero no son rencorosos, si alguien les pega, al momento siguiente vuelven a ser cariñoso, éstos siguen moviéndoles la cola a sus dueños.

            - Pero, ¿qué tienen que ver los perros conmigo? - preguntó Verónica, confusa.

            - Ellos no necesitan altares, nombres,... lugares, religiones, para verme.

            Verónica entendió súbitamente. Se refería a que ellos podían verle en el corazón de las personas, incluso las personas más malvadas. De algún modo entendió que si no había sido capaz de verle a lo largo de los años era porque nunca le buscó con amor, con respeto, con ojos generosos y serviciales, con la perspectiva que tienen los perros cuando miran a las personas; siempre dispuestos a perdonar, siempre atentos a un gesto cariñoso. No le buscó esperando encontrar una señal de amor, un gesto de cualquier tipo que la hiciera entender que él estaba allí. Ella buscaba con ojos acusadores, a un genio con poder infinito, un ser que concede deseos a cambio de algo. Él nunca se había escondido de ella, siempre estuvo ahí, pero como no hacía milagros, ni apariciones sobrenaturales, ella creyó que no le importaba. Por eso nunca le encontró, porque le nombraba con todos los nombres que el ser humano había inventado para él, pero buscaba a quien no era.

            - Entiendo, tú… eras Pedro y por eso me enamoré de él... porque me entendía, porque me quiso, porque era como tú. Oh, cielos, eras Samuel, cuando me sentí abandonada por mi familia, cuando lo dejó todo por mí y...

            - Siempre he estado contigo.

            - ... Y te di la espalda... Tantas, tantas veces...

            Verónica se sentía en paz, feliz al lado de él. Sabía quién era y que a pesar de todo, la amaba. Pero se le hacía raro llamarle Dios porque para ella esa palabra no encajaba en un joven de unos treinta años vestido como un chico del siglo XXI, y que hablaba de esa manera tan coloquial. Ese no era un ser grande, intimidador, vengativo, lejano... era un chico adorable que lo sabía todo sobre ella y... la quería.

            - Sabes, nunca tuve un perro - admitió Verónica -. Ojala hubiera tenido uno.

            - Lo sabrás cuando tengas uno.

            - ¿Es una profecía o una promesa?- conjeturó ella, cada vez más a gusto con él.

            - No quieras leer las últimas páginas de tu historia - dijo, sonriente -. Son las más emocionantes.

            - Y supongo que falta poco para llegar a ellas - intentó sonsacarle Verónica.

            El sonrió con la mueca más hermosa que había visto en ningún otro ser humano.

            - Quiero enseñarte muchas cosas - dijo él, eludiendo su pregunta.

            - ¿Más cosas? - replicó ella, sonriente.

            - ¿Me vas a dar la mano ahora?

            Ella se acercó tímidamente y aunque se sentía indigna de hacerlo, se la tendió. Ya estaba cansada de decirle que no y ahora se sentía tan bien que no quería separarse de él.

 

 

Animal es el que abandona a su mascota.

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