La violeta muerta

7ª parte

            Le vio mientras hablaba con un amigo suyo del trabajo. Le estaba contando que su vida era un asco y no quería seguir viviendo. El amigo le dijo que se animara, que podían ir a un Pub y conocerían chicas nuevas. Samuel se negó, dijo que estaba cansado y se fue a su casa, cogiendo el coche. Verónica le siguió y se colocó en el asiento de atrás. No sabía de qué modo podría hablar con él, quería que la viera, que supiera que sentía el mal entendido. Sin embargo se dio cuenta de que en ese tiempo en el que estaban, ella le detestaba. No podía decirle que volviera a llamarla.

            Cuando él arrancó el coche condujo a una velocidad prohibida y peligrosa. El alcohol, unido a la música metal que escuchaba, fue una mezcla explosiva que le afecta  a su manera de conducir, como si al correr huyera de su propia realidad.

            Escuchó sus pensamientos. Estaba cansado de vivir, no soportaba el empleo que tenía y no podía dejarlo ya que a duras penas podía pagar su habitación alquilada, que compartía con unos polacos. Al no ser un trabajador legal, le pagaban cuando al jefe le parecía bien y encima era una miseria. Lo justo para comer y muchas veces ni eso. Todo por sacrificar su prometedor futuro en Argentina, a la que no podía volver por falta de dinero y porque tampoco tenía la seguridad de que allí le iría mejor, después de unos años fuera.

            Apretó el volante con fuerza y aceleró. Iba a ochenta por una carretera de doble sentido donde apenas cabían dos coches. Pero no había nadie delante, podía correr, creía que al hacerlo huiría de su realidad.

            - Yo te amaba – dijo, de repente.

            Verónica quiso explicarse, deseo cambiar el pasado y perdonarlo antes de que muriera. Pero no podía hacerlo, estaba tan ofuscada en su odio que nunca entraría en razón.

            - ¿Por qué tuve que salir aquel día? – se preguntó Samuel, asqueado de sí mismo-. Ni siquiera quería hacerlo. Solo fue para que se diera cuenta de lo solo que me sentía cuando ella se marchaba.

            Cerró los ojos, llorando, y aceleró el coche hasta ciento veinte. Verónica vio que se acercaba peligrosamente a un cruce y que si no paraba o giraba se mataría contra los árboles de un parque.

            - ¡Detente! - le gritó ella, desde atrás.

            Inconscientemente le puso la mano en el hombro para que le hiciera caso, olvidó que solo estaba allí en forma espiritual. Sabía que se estrellaría y tenía que impedirlo. Al menos necesitaba el tiempo suficiente para hablar con él.

            Entonces Samuel sintió su mano y se asustó. Miró hacia atrás y la vio en el mismo instante que el coche giraba bruscamente y dio vueltas de campana destrozando cristales y empotrándose finalmente contra un árbol.

            Verónica estaba aterrada, había intentado salvarle y como consecuencia había provocado el accidente en el que murió. Ella le había matado...

            El tiempo se aceleró, vio su entierro. Ni siquiera lo celebraron. No fueron ni sus compañeros de trabajo, no hubo rito religioso. Era solo el entierro de un sin papeles, en una fosa común de un cementerio del instituto anatómico forense para los cadáveres que no tenían quién los reclamase. Solo estaba ella, en forma de espíritu, llorando su muerte y lamentando haberse portado tan mal con él.

            - ¿Por qué estás aquí? – preguntó él, justo al otro lado de la fosa.

            Ella le miró asustada.

            - Siento mucho no haberte escuchado.

            - Qué importa eso, ¿no? Ni siquiera viniste cuando me maté. ¿De dónde vienes?

            - Vengo de un lugar donde vi todo el mal que he hecho. Lamento…

            - ¿Lo lamentas? – preguntó él, enojado -. ¿Me has matado y lo lamentas? Me has tratado como una basura, me has hecho dejar todo por ti, has conseguido que mi vida acabara en una fosa común, que a nadie le importe que haya muerto y ¿solo puedes decirme que lo lamentas? No, Verónica, yo lamento haberte conocido.

            No tuvo valor de enfrentarse al espíritu de su exnovio y volvió a su cuerpo, en la cama del hospital, llorando y temblando de dolor.

            - Yo le maté, yo le maté... - dijo, entre sollozos.

            Eran las cuatro de la mañana y solo podía ver el rostro enojado de Samuel, al verla en su funeral. Esa imagen se había grabado a fuego en su mente. Verónica temblaba compulsivamente mientras trataba de entender lo que había pasado. Su primer intento de hacer algo bueno había terminado en tragedia y no podía soportar la idea. Quería preguntar a Dios cómo era posible que con buenas intenciones se pudiera hacer tanto mal, pero no tenía valor de verle de nuevo. Su odio irracional hacia sí misma era ahora incontrolable.

            «Ahora comprendes que nunca podrás escapar de mis cadenas»- escuchó en su cabeza la voz del Gemelo -. « ¿Cuántas personas tienen que morir para que sepas que eres mía?»

            - Maldito seas, cállate - susurró, mientras trataba de calmarse.

            «Olvídate de tu ridículo arrepentimiento, Dios no puede salvarte si yo no dejo que lo haga.»

            - ¿Qué es lo que he hecho mal?

            «Usaste el poder que yo te he dado» - replicó el Gemelo, con orgullo.

            - Aléjate de mí, no quiero escucharte. Dónde estás..., ¿por qué no me dijiste tu nombre? Te necesito, vuelve conmigo.

            El silencio fue toda la respuesta que recibió. Su corazón estaba encogido y angustiado por saber que su primer intento de hacer el bien, había llevado a la muerte a la persona que pretendía ayudar. A pesar de todo ella estaba segura de algo, que no pretendía hacerle daño. Que todo fue un trágico accidente y que si no hubiera intervenido, posiblemente se habría matado igualmente. Y aún sabiendo que no era totalmente culpable, se sentía mucho peor que si ella le hubiera matado.

            - Soy un cáncer, no merezco vivir. Merezco arder en el infierno y no salir de allí jamás - se dijo, llorando, desesperada.

            Poco a poco se fue serenando y sus lágrimas le dieron sueño. Estaba agotada de tanto llorar y se volvió a tumbar en su cama, tratando de dormirse.

            - Por favor, esta vez no quiero soñar - susurró.

Continuará...

Animal es el que abandona a su mascota.

Si es la primera vez que entras a la página, te recomiendo que entres al Indice.

¿Te gusta esta página?

 Ilustración por Wendy Naomi Arias Audiffred

El asesino que escribía cartas de amor

 

Libro primero de la recopilación de relatos más relevantes de la página.

Disponible a la venta. 

 

Haz click para ver detalles.

  

Ilustración por Antonio J. Fernández Del Campo.

 

Próximamente:  Segundo volumen recopilatorio.

 

Fausta

 

Ya disponible en papel

 

CONTACTO: 

 

Si quieres recibir por email los avisos de las novedades más recientes, inscríbete en el enlace siguiente.

 

Si quieres contactar conmigo directamente por email, escríbeme a esta dirección:

 

tonyjfc@yahoo.es

Chat

Contenido protegido por la ley

El disco de 2 Gb más pequeño del mundo
El disco de 2 Gb más pequeño del mundo