La violeta muerta

8ª Parte

            - No se suicidó - le dijo una voz tierna, comprensiva, a su lado.

            - ¿Qué? - ella abrió los ojos y buscó a Dios con ansiedad.

            Allí estaba, junto a ella, en aquella bonita pradera suiza.

            - Cambiaste las cosas, él no se suicidó y por tanto, no se condenó al infierno - repitió él, con infinita paciencia.

            - Quería pedirle perdón, quería evitar que se suicidara - dijo Verónica, desconsolada.

            - No podías cambiar su destino en la tierra - replicó él -. Aunque te dijo esas palabras tan duras, en el fondo sentía dolor por no haber sido correspondido. El te amaba hasta su último aliento, eso fue lo que más le dolió, que tú a él no.

            - ¿Irá al infierno? - preguntó ella.

            - ¿Te importa? - dijo él, con expresión triste.

            - No quiero que se condene.

            - Lo sé…

            Verónica sonrió levemente. Estaba de nuevo con Él, se sentía feliz de que, a pesar de lo que había hecho, él seguía a su lado.

            - Pero yo quería hacer más - dijo.

            - Es imposible hacer algo totalmente bueno en el mundo - replicó Dios.

            Ella asintió  pero no comprendió.

            - Debo dejar de usar mi poder - dedujo ella -. Es un poder maligno.

            - Hagas lo que hagas, el mal no está en el instrumento, sino en la intención de tu corazón. Si haces algo con odio y resulta que es bueno para quién se lo haces, no vas a ganarte su gratitud por más que disimules. Pero si haces algo por amor, aunque sea perjudicial, siempre puedes obtener el perdón.

            - Gracias - susurró ella, tímidamente -. Creí que me habías abandonado.

            - Nunca lo hice y nunca lo haré - respondió él, poniendo la mano sobre su hombro -. No importa lo que el Gemelo te diga.

            Verónica cerró los ojos y suspiró. Dejó que la tibieza de su mano la llenara de fuerza y se regodeó sintiendo su contacto. Ella había cambiado, su corazón volvía a latir con fuerza y estaba deseando poder demostrarlo. Quería ayudar a todos, quería hablar con sus padres y reconciliarse con ellos. Quería tantas cosas... estaba llena de amor para repartir. Había estado muerta tanto tiempo que esa sensación de plenitud la hizo sonreír como una tonta.

            Sin embargo aparecieron en su mente instantes horribles. Vio sus torturas del infierno, el dolor físico que padeció y se vio a sí misma suplicando a los demonios que se detuvieran, y... sus gritos incluían blasfemias insultando a Dios, recriminándole por qué permitía que sufriera así. Aquellos recuerdos eran tan duros que no se atrevió a abrir los ojos por que no quería preguntarle. No estaba segura de que hubiera una respuesta. Sabía que, como ella, mucha gente tenía dolores semejantes, enfermos, secuestrados y torturados, niños, niñas en lugares donde no tienen dinero ni para ir al colegio... Tanta gente sufría en el mundo y ahora que le tenía delante no se atrevía a preguntarle por qué. ¿Por qué tanta gente buena tenía que padecer tanto? Ella no era tan buena, pero cuando estaba siendo torturada no había matado todavía a nadie y era inocente. Por evitar esas torturas el Gemelo le había sacado la promesa de hacer lo que él le pidiera.

            Cuando abrió los ojos y le miró, él también miraba al suelo, entristecido.

            - Necesito preguntarte una cosa - susurró ella, conteniendo las lágrimas. No podía enojarse con él, estaba segura de que había una razón para el sufrimiento humano aunque se sentía incapaz de comprenderla.

            - Entiendo que no lo entiendas - dijo él, dejando claro que había escuchado sus pensamientos.

            - ¿Por qué permites que los inocentes sufran tanto?

            - Sabes, una vez bajé a la tierra para decirle a tus semejantes cuánto les amaba. Les di ejemplo y les enseñé que se puede conseguir todo, hasta resucitar a los muertos. Me di cuenta de cuán difícil es vivir en ese mundo sin pecar y que es imposible no hacerlo porque cuando vives, necesitas hacer cosas que no siempre son buenas para todos. Cuando estaba visitando el templo más majestuoso de la región, del que se sentían tan orgullosos mis familiares y amigos, vi cómo la gente vendía de todo en su puerta, gritaban a pleno pulmón para que los peregrinos compraran sus productos que luego iban a ser presentados en el templo. Yo me enfurecí... Destrocé puestos ambulantes, les increpé que en los templos solo debe haber silencio. Las personas deben ir a estar en contacto conmigo, no van a parlotear, no a hacer fiestas y alardes de lo que pueden comprar. Algunos trataron de detenerme pero les golpeé para que me soltaran, cogí palos y destrocé todo cuanto había a la puerta del templo. Mis discípulos me ayudaron aunque estaban asustados, no entendían mi reacción. La gente dejó de verme como el Mesías, no comprendían como alguien que pide paz, provoca un altercado en las mismas puertas del templo, y menos aún comprendían que me enfrentara a ellos y no a los romanos.

            - Debió ser duro ser humano y Dios durante un tiempo - dijo ella -, pero no entiendo qué tiene que ver eso con el sufrimiento.

            - Quería salvar a todo el mundo del pecado. Quería mostrar el camino hacia mí. Las almas de las personas más puras se perdían en el infierno porque no sabían cómo llegar. Pensaban que era evitando ciertos actos como comer cerdo, no dejar entrar a los extranjeros a sus hogares, no permitir a los leprosos vivir en las ciudades, acudiendo puntualmente al templo, adorando a Dios como si fueran autómatas, leyendo las escrituras y aprendiéndoselas de memoria, circuncidándose para marcar sus cuerpos... La gente se había olvidado de lo más importante para llegar a mí. Amarse a sí mismos, amar a los demás y amarme a mí. Cuando vi a toda esa gente que se decía fiel a Dios, faltarle al respeto a Dios en la mismísima casa de Dios… Me enfurecí. Entendí que el hombre a veces necesita que le golpeen con fuerza para que entienda que debe cambiar.

            Entonces Verónica comenzó a verlo con ojos diferentes. Por primera vez no era un chico normal, muy guapo y con unos ojos increíbles. Ahora sabía que estaba conversando con el mismísimo Jesucristo.

            - Podría haber sido rey, pero... el hombre nunca me hubiera aceptado como Dios, sino como un buen rey. Vine para darme a la humanidad como ejemplo, como camino para llegar al cielo. La gente podría estudiar mis pasos y algún día llegaría hasta mí.

            Jesús la miró con ojos suplicantes, como si quisiera que comprendiera.

            - Todo el mundo sufre, justa o injustamente. Sí, quería que aprendierais el camino.  Debes entender que aún en el sufrimiento más extremo yo me olvidé de quién era y le increpé a Dios que me había abandonado. Mucha gente, en cualquier instante, sufre calvarios similares al mío y entiendo que clamen al cielo y me increpen que por qué no estoy ayudándoles.

            - ¿Qué sentido tiene tanto dolor? - preguntó ella.

 

Continuará

Animal es el que abandona a su mascota.

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