Los Grises

10ª parte

            El capitán pulsó el botón de la puerta de contención de "la máquina". El cadete Jurado seguía inmóvil en la misma postura que lo dejó. Se puso guantes de látex y preparó un saco de plástico negro para meter el cuerpo sin dejar huellas que le involucrasen con su muerte.

            «No creas que no me ha dolido, Wright. Pero por culpa de este desgraciado murieron mis mejores amigos... No le guardaba ninguna simpatía».

            Mientras abría la bolsa a sus pies, Antonio se levantó con furia en sus ojos y le dio un puñetazo tan fuerte que perdió el sentido antes de golpear su cabeza contra el suelo.

 

 

 

            — Hijos de puta, ¡joder! nunca debí fiarme de vosotros —siseó Antonio mientras le intentaba levantar.

            Pero John pesaba más de cien kilos, los brazos eran de aluminio con acero y le fue imposible quitarle la chaqueta.

            — Ahí te quedas, cabronazo.

            Cogió su pistola, una preciosa Eagle negra de las antiguas, sin sistema de seguridad detector de código genético y luego le quitó su fusil de plasma. En cuanto lo tocó el arma pitó con fuerza.

            — Que pena, va a explotar.

            La tiró al otro extremo de la sala metálica y cerró la puerta mientras escuchaba la explosión. Los pedazos se incrustaron en las paredes y quizás el capitán herido, aunque no lo lamentaba en absoluto.

            Después arrancó un pasamano de la escalera y lo tanteó. Le servía como arma y para comprobar su resistencia reventó el mecanismo de la puerta con varios golpes en los que descargó toda su rabia.

            — Está bien, comandante. Tengo ganas de tener una charla contigo, sin rangos de por medio.

            Subió las escaleras de dos en dos, sólo eran cuatro plantas y su cuerpo pedía ejercicio después del frenético viernes de entrenamiento con Abby.

            Se preguntaba qué le había pasado en aquella sala metálica. Si tenía un chip marciano debería estar muerto y lo cierto es que aún le dolía la cabeza y quizás moriría un poco más tarde, pero sus ojos estaban bien, se le habían irrigado nada más. Puede que si hubiera tardado unos segundos más en apagar la máquina su cráneo habría explotado como un maíz transformado en palomita.

            Ya estaba cansado de responder preguntas, era su turno de obtener respuestas.

            Al llegar al piso cero se dio cuenta de que el palo era demasiado aparatoso y le bastaba con la pistola. Lo dejó en una esquina de la escalera.

            Abrió la puerta lentamente y vio un pasillo vacío que daba a varias salas. Dos tenían el símbolo de relámpago por lo que debían ser de suministro eléctrico. Otra tenía un tubo de ensayo pintado en una placa de metal descolorido, sería un laboratorio. Pero tenía lector de ADN y supo que él no tendría acceso. Un poco más allá estaba una puerta abierta y vio que Abby hablaba con dos muchachos mientras uno de ellos escribía a toda prisa en el ordenador.

            — ¿Cómo dices que se llama?

            — Antonio Jurado.

            Al escuchar su propio nombre se quedó a curiosear.

            — No puede ser, no me deja cambiarlo.

            —Mira déjalo, tendrán que registrar su muerte sus familiares.

            — ¿Qué? ¡No os mováis!

            Les amenazó con su pistola.

            — Tú, levanta de ahí y no toques ni una tecla más.

            — ¡Estás vivo! —Ella quiso correr hacia él pero la apuntó a la cara se detuvo al ver que tanteaba el gatillo.

            — Cualquiera diría que te alegras de verdad, perra.

            — Claro que me alegro, cuando John me dijo...

            — ¡Cállate! Ahora mismo no confío no ni en mi sombra. A ver cómo lo hacemos... Estoy dispuesto a dejar vivo a quien me ayude a salir de la base.

            Los muchachos agacharon la cabeza esperando que les disparara.

            — Es curioso —deliberó—, si fuera un espía pondría en jaque mate a las fuerzas defensoras de la tierra. Bum, bum, muertos. Y sólo tendría que acabar con el comandante y los demás empleados.

            —No saldrías vivo —corrigió Abby.

            — Minucias para alguien que no piensa por sí mismo y anda por ahí como un títere.

            Dejó de apuntarles y depositó la pistola en las manos de Abby.

            — Quiero hablar con el comandante, ¿puedes acompañarme?

            — ¿A qué ha venido eso? —Preguntó enojada.

            — Tu amigo John, que casi me fríe el cerebro.

            — ¿Es su pistola?

            — Le dejé encerrado en la sala de interrogatorios. El muy imbécil me daba por muerto. Es un lujo tener compañeros que se preocupan por ti.

            — Estará muy cabreado cuando salga.

            — Que se joda.

            — Parece que has superado la prueba, eso quitará bastante hierro al asunto.

            — Espero que no volváis a repetir algo así —se quejó uno de los empleados—. Menudo susto nos habéis dado.

 

 

 

            — Comandante, ¿da su permiso? —Preguntó Abby en la puerta del despacho.

            — ¿Qué ocurre, teniente?

            Al volverse hacia ella y ver a Antonio saludándole en postura de firme borró su mueca de preocupación y sonrió.

            — ¿Qué ha pasado ahí abajo? Vamos a tener que poner cámaras si me quiero enterar de las cosas. Le daba por muerto señor Jurado, me alegra haberme equivocado.

            — Entonces sabrá que no soy un topo.

            — Ya lo veo.

            — El capitán no es imparcial conmigo, no sé qué mosca le ha picado.

            — ¿Dónde está?

            — Tuve que reducirle y encerrarle.

            — ¿Usted solo? —Miró a Abby.

            — Era necesario, quería enterrarme.

            El comandante suspiró sonriente.

            — Sorprendente pero me gusta, no le creía capaz de reducir al capitán. Cuando vuelva estará muy enfadado. Lo importante es que está vivo, lo que significa que no es un espía.

            — ¿Alguna idea de por qué me dolió tanto?

            — ¿Le dolió? Muy buena pregunta. Pero de temas científicos es mejor que hablemos con el doctor James Black. Ahora hay cosas más urgentes. Según el capitán conocía a Alastor. Pero lo que me inquieta es que además dijera que era extraterrestre.

            — ¿Era su jefe?

            — Fundó el EICFD, su prioridad era obtener toda la tecnología que pudiéramos de los grises. Si un país ponía pegas en financiarnos intervenía y solucionaba el problema.

            — Quería una nave operativa para viajar a su planeta natal —explicó Antonio.

            — No hemos logrado contactar con él desde hace mes y medio y la última reunión que tuve con el consejo fue desalentadora. Ni con gráficas de la evidente evolución de sus incursiones les convencimos de que necesitamos urgentemente financiación.  Islandia se retiró y a punto estuvieron Rusia y Noruega.

            — ¿Sabiendo que nos atacan constantemente, protestan?

            — La palabra no es "atacar". Dijo el embajador de Islandia. "Si hay tantas incursiones quizás no sean hostiles y haya que dejarlos en paz".

            — Por eso no intervenimos a menos que se produzcan víctimas...

            — Por esa y por otras razones. Sabemos que casi siempre pasan desapercibidos y aunque aparezcan señales en ciudades grandes lo que hacen es tan sutil que nadie se entera. Raptan personas y las devuelven con el implante o a veces ni eso, se limitan a observar. Llenan la tierra con millones de ojos y oídos que no son conscientes de que están siendo manipulados por ellos.

            — Hasta que desaten una guerra y la mayor parte de la población mundial les apoye —completó Antonio, horrorizado.

            — Exacto. Pero esto es como la ley, hasta que no ocurren las cosas y no hay un clamor popular no se toman medidas.

            — Pero qué pasará si no regresa Alastor.

            — Perderemos a todos, nos quedaremos sin financiación. Es cuestión de tiempo, puede que un mes. Si atacan y no intervenimos se enojan porque no sirve de nada el mantenernos, y si logramos detenerlos alegan que no somos necesarios porque no ha pasado nada. Alastor tenía siempre los argumentos para convencerlos, si no vuelve el día 26, cuando es la próxima reunión, será el fin del EICFD. Por eso es imperativo que me respondas a esta pregunta. ¿Dónde está?

            — Alastor es mucho más peligroso que los grises, puede estar seguro.

            — ¡Las personas más felices son la que no juzgan! Y menos a la mano que les da de comer.

            — Si ese viejo pudiera contactar con los grises podría condenar a la humanidad, ¿no lo entiende?

            —Eso es ridículo, anhelaba su tecnología pero nunca nos pidió que contactáramos con ellos. Conteste, ¿dónde está?

            — No lo sé.

            — ¿Qué?

            — Le vi desaparecer en medio del Atlántico cuando le alcanzó una cortina de verde de luz. Suponía que ustedes podían averiguar lo ocurrido, —no quería que ese viejo regresara pero era su oportunidad de encontrar a Ángela.

            — Explíqueme eso.

            — ¿Yo? No soy científico, deberíamos hablar con uno que entienda lo que pasó. Lo único que le puedo decir es eso.

            La puerta del despacho estalló en pedazos y aparecieron por un patadón de Tomás Guerrero y John Masters apareció detrás, ambos apuntando a Antonio con sus rifles.

            — ¡Al suelo! —Bramó el capitán.

            — ¡Bajen las armas! —Ordenó Montenegro.

            Masters le miró con frustración contenida.

            — Es un infiltrado, señor.

            — No, Masters, tiene mucha información y ha demostrado estar libre del implante. Obedezca.

            El capitán sacó el dedo de encima del gatillo pero le fulminó con la mirada. Ni Arnold en sus mejores tiempos, cuando hizo la película "Terminator", intimidaba más que él.

            — A la orden —gruñó, escupiendo las palabras.

            El capitán bajó el arma y después lo hizo Tomás.

            — Ya que están aquí, vayan al laboratorio y traigan al doctor James Black.

            — Como ordene, señor.

            Se volvieron sin vacilar y corrieron por el pasillo lleno de trozos de madera humeantes.

            — Al menos no se ha cabreado por romper su puerta —dijo Tomás mientras corrían.

            — Hay que hacer algo con esos dos —protestó el comandante—. Están demasiado motivados, ¡qué desastre! por todos los santos. Ni que nadáramos en dinero. Teniente, ¿qué le pasa a Masters?

            — El capitán no acepta su última orden, señor –respondió Abby—. Debería levantar su prohibición...

            — ¡Espiaba a una humana! —Explotó en comandante—. ¿Sabe lo que podría pasar si se enteran en el consejo?

            — Sí, pero estaba siendo acosada por los grises —completó la teniente.

            Antonio frunció el ceño intrigado. ¿De qué estaban hablando?

            — No tenemos permiso de actuar cuando se nos antoje. Si no se detecta amenaza no podemos intervenir.

            — Con el debido respeto, comandante, los grises nunca tienen buenas intenciones. Haga la vista gorda, déjele vigilarla, no le pide ayuda, quiere que mire a otro laso. Ese es el motivo de que quiera ganarse su respeto a toda costa.

            El comandante la miró enojado.

            — Limítese a hacer su trabajo, Wright. No nos interrumpa. Continúe, señor Jurado.

            Antonio se quedó pasmado. El comandante la había preguntado y la amonestaba por contestar.

            — Si es por eso que está tan nervioso deberían... —Trató de apoyar.

            — Si mandáramos a un soldado a velar por cada persona que es espiada por los grises, necesitaríamos millares de hombres —replicó el comandante, zanjando el tema—. ¿Dónde sucedió lo de Alastor?

            — Ocurrió en el triángulo de las Bermudas. Una ola en los cinturones de Van Allen le alcanzó y simplemente desapareció junto a todo el portaviones en el que estaba.

            — Y nosotros ¿por qué íbamos a saber explicarle nada?

            — Conocen el tema, su teletransporte se basa en el mismo principio. Magnetismo y antimateria hacen desaparecer cosas. Podríamos ir en la nave cucaracha y buscar los restos de un portaaviones. Por eso necesito a un científico, quiero saber qué pasaría si el generador de antimateria no se apagara nunca.

            — Ahí vienen —dijo Abby.

            Llegaron corriendo, el doctor era un hombre con gafas estrechas, flaco, de unos cincuenta años, pelo canoso y corte militar. Era alto y muy fibroso, se notaba que estaba en forma.

            — ¿Me necesita, comandante?

            John y Tomás corrían detrás.

           Sii —alargó la respuesta—. Le diría que cierren la puerta, pero ha habido un incidente —miró de reojo a Masters.

            — ¿Qué ha pasado aquí?

            — Un mal entendido —respondió Tomás, conteniendo la risa.

            — Necesitamos su asesoramiento, doctor Black —añadió Antonio—. ¿Qué ocurriría si una de nuestras naves sufriera una avería y el generador de antimateria y no pudiera apagarse?

            — ¿Tiene idea de la energía que necesita? Eso es imposible —replicó burlón.

            — Digamos que ocurre —intervino el comandante.

            El doctor se encogió de hombros.

            — Desaparecería para siempre. Pero no hay energía en este planeta que pueda mantener un campo de antimateria más de una hora.

            — Hablamos de los cinturones de Van Allen. ¿Los conoce? —inquirió.

            — Oh, sí... Interesante pregunta —susurró, pensativo—. Podríamos viajar por ellos sin consumir tanta energía, lo investigaré.

            Se dio la vuelta, entusiasmado.

            — No, no, hay algo más —le detuvo Antonio.

            — ¿Qué?

            — ¿Se podría rescatar a alguien atrapado en los cinturones?

            — Sospechamos que Alastor, está en uno de ellos —completó Montenegro.

            El doctor Black miró al comandante con preocupación.

            — Las leyes de la física son un misterio en ese vacío existencial. Sabemos que la cantidad de antimateria que producen nuestros generadores desvinculan nuestras naves de fuerzas como la inercia y gravedad, inhiben los circuitos eléctricos de mediana potencia y detienen el reloj. Pero pequeñas corrientes como las de nuestro sistema nervioso sí pueden funcionar. El maestro Tesla dejó muy claro que un cambio en la intensidad de los campos producirían efectos inesperados. Él aprendió la ecuación de los grises y por tanto nunca la hemos puesto en duda. Usted sabe perfectamente las consecuencias de modificar las constantes de sus fórmulas.

            — El experimento Filadelfia...

            — ¡Exacto!

            — ¿Entonces?

            — ¿Quiere una respuesta? Deme tres días. Usaré los halcones para mis pruebas.

            — Le cedo el número uno, está dañado y cuesta lo mismo repararlo que construir uno nuevo.

            Black suspiró resignado.

            — Espero que sirva.

            — Quiero respuestas, James, la agencia depende del éxito de sus experimentos.

            — A la orden.

            El hombre se marchó haciendo sus elucubraciones mentales susurrando en voz alta.

            — ¿Tres días? —Preguntó Abby—. ¿Qué prisa hay?

            — Trabaja mejor bajo presión, él mismo se impone los plazos. Seguramente tenga algo antes de mañana. Es un hombre muy activo, más de una vez me ha pedido actuar en alguna misión pero su valor como científico no compensa el riesgo de perderle en la batalla.

            — Con los pocos que somos cualquier ayuda es bienvenida —opinó Abby.

            — Si fuera necesario contaréis con él. Mientras tanto olvidaros. ¿Cómo llevas el entrenamiento?

            Antonio carraspeó, sorprendido porque aun pensara en eso.

            — Bien... Supongo.

            — ¿Cuánto has perdido?

            — No me he pesado. Hoy pensaba ponerme a correr todo el día pero me habéis traído aquí. De hecho estoy deseando ponerme en marcha.

            — No pierda el tiempo, soldado. Teniente supervise su entrenamiento, le quiero ágil para la próxima misión.

            — Sí señor.

            — Retírense.

            Al abandonar el despacho no le pasó por alto la mirada cargada de odio del capitán Masters. Prefirió ignorarlo y seguir a Abby hasta la nave cucaracha.

 

 

            Eran las doce cuando pudo salir a correr. No soportó corriendo ni quince minutos y tuvo que caminar con la lengua fuera. Después se puso música y logró resistir a buen ritmo otros veinte minutos.

            Cuando llegó al jardín donde esperaba Abby con aburrimiento tuvo que dejarse caer para recuperar el aliento tumbado panza arriba. Se moría de sed, no podía más y el cronómetro corría.

            — No creo que lo consigas —opinó ella—. Pero sigue esforzándote a ver que podemos hacer.

            — Necesito... Un minuto —bufó Antonio, que notaba que su cuerpo ardía por dentro y sus pulmones bombeaban fuego.

            — Estoy intrigada con lo que pasó en la máquina. Si no tienes el implante, ¿por qué perdiste el sentido?

            Antonio quiso contestar que tenía las mismas dudas pero decidió que no merecía la pena el esfuerzo.

            — Vamos ya has descansado, sigue corriendo.

            — Un minuto más —rogó.

            — Voy a comprarte una bebida a la tienda de al lado, a ver si espabilas.

            Antonio se quedó mirando el cielo y se preguntó cuántas estrellas había ahí arriba. Ahora que sabía que no estaban solos en el universo el azul del medio día era más intimidante. Al igual que en una casa de noche, donde la luz interior impide ver el exterior, y desde fuera se ve con claridad lo que hay dentro, el mundo a plena luz del día debía ser como un gigantesco proyector enfocado a las estrellas. ¿Le estaría observando alguien?

            Un botellazo en la cara le despertó de sus pensamientos. Por suerte era una botella de plástico.

            — Bebe y sigue corriendo.

            Se escuchó un timbre cristalino desde el bolsillo de Abby. Sacó su teléfono y contestó.

            — ¿Sí?

            Antonio escuchó la voz del comandante pero no entendió nada. Sin embargo por su tono urgente supo que algo iba mal.

            — A la orden, estaremos allí lo más pronto posible.

            Colgó y le ayudó a levantarse.

            — ¿Problemas?

            — Alerta de nivel 5.

            — ¿Qué quiere decir eso?

            — Que muevas el culo, tenemos una misión.

 

 

Comentarios: 8
  • #8

    Chemo (sábado, 04 julio 2015 00:50)

    Espero que reaparezca Angela.

  • #7

    Yenny (viernes, 03 julio 2015 23:08)

    Ya falta poco para el martes :) , espero que ese capítulo resuelva muchas dudas.

  • #6

    Tony (viernes, 03 julio 2015 16:30)

    Creo que no puedo cortar el próximo capítulo en la longitud estándar. Está siendo muy frenético y cortarlo puede sentaros muy mal así que mejor lo termino y el martes publico todo junto (bastante más largo de lo habitual, pero lo entenderéis cuando lo leais). Se hace corto y creo que hay que leerlo del tirón.
    Espero que no os impacientéis demasiado.

  • #5

    Yenny (jueves, 02 julio 2015 18:00)

    Siiii, ojalá puedas publicar pronto Tony :)

  • #4

    Tony (jueves, 02 julio 2015 09:43)

    Intentaré anticipar la parte 11. Ya está escrita, sólo necesito corregir y conseguir un ratillo para publicar.

  • #3

    Yenny (miércoles, 01 julio 2015 18:44)

    Me dio mucha risa la comparación con Arnold :), quisiera que se pudiera explicar porque Antonio reaccionó de esa manera con la máquina.
    Yo al contrario de Jaime creo que es a Génesis es a quién buscan o talvez algún descendiente de Tesla .
    Saludos Tony suerte en todo y sube la continuación pronto.

  • #2

    Jaime (miércoles, 01 julio 2015 03:28)

    Me hubiese gustado que Antonio atacase a Montenegro y los demás del EICFD, pero parece que lo han readmitido al grupo. Si Montenegro responde directamente a la Organización, seguramente les informará sobre Antonio y el paradero de Alastor. El cuerpo de Antonio fue modificado genéticamente por Génesis, así que tal vez sea lo que los Grises buscan en la Tierra.
    Predicción: La Organización patrocinará al EICFD para tener controlado a Antonio e investigarlo, así como realizar la búsqueda de Alastor. En las siguientes misiones de Antonio se le pondrá a prueba para probar sus poderes que aún se encuentran latentes. Incluso podrían investigar a su hijo para ver si heredó su condición.

  • #1

    Tony (miércoles, 01 julio 2015 01:23)

    Espero que os esté gustando la historia. No olvidéis comentar aunque tener cuidado si acertáis, podéis destripar la historia a otros.

Animal es el que abandona a su mascota.

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