Los grises

11ª parte

            Fueron a casa de Antonio y usó la ducha de la piscina para no perder tanto tiempo. Se vistió lo más rápido que pudo mientras Abby iba a su casa a por su coche, debía estar listo en cinco minutos.

 

            En siete estaban en la base del Atlántico y les esperaban el comandante, el capitán Masters y Tomás Guerrero.

            — Gracias por llegar tan deprisa señores —alabó Montenegro con el ceño fruncido—. Hemos perdido demasiado tiempo, la próxima vez espero que no tarden tanto.

            — Sí, señor —respondió Abby, avergonzada.

            Antonio la miró horrorizado. Recorrieron quince kilómetros en cinco minutos sin contar lo que tardaron en llegar al coche. El velocímetro superó los doscientos km/h casi todo el trayecto y, aun así no fueron suficientemente rápidos?

            — Tenemos nuevas noticias sobre Alastor gracias a su información —el Doctor Black miró a Antonio—. Hemos escaneado el atlántico norte en busca de señales extrañas y hay varios campos magnéticos a diez mil kilómetros de altura. Debemos ir a explorarlos. Dentro de la antimateria las leyes de la física no son las que conocemos, puede que no haya sonido, ni luz, quizás ni puedan pensar si se alejan de un campo magnético. Sólo serán tangibles las cosas que estén bajo su misma frecuencia.

            — ¿Será como una especie se sueño? —conjeturó Antonio.

            — Corre el riesgo de no volver a despertar. Hemos ajustado el generador de campo de la nave para que podamos adaptarla a la frecuencia electromagnética que le indiquemos —explicó Montenegro—. De ese modo podremos contactar físicamente con los restos que encontremos.

            — Debemos usarlo con extrema cautela —aclaró Black—, tendremos aproximadamente una hora de energía desde que salgamos de la base, aunque, apagando el generador de antimateria cuando alcancemos el cinturón de Van Allen, ganaremos un tiempo indeterminado. Puede que minutos o incluso horas. Si se nos acaba la energía habrá que esperar a otra nave que venga a buscarnos... Así que no cuenten con ese tiempo extra.

            — En realidad no existen más naves —completó el comandante

            — Joder... —Protestó Antonio.

            — Sin presión —bromeó Abby con media sonrisa.

            — Creo que sobra decir que somos la última línea que separa a los grises de la población terrícola —añadió el comandante—. Fracasen en esta misión y nuestra gente quedará indefensa ante ellos. Nos jugamos todo.

            — ¿Cuál es el objetivo? —Preguntó Tomás.

            — Ah, sí, usted no está al corriente. Hay un hombre atrapado allí, deben traerlo de vuelta a toda costa, su importancia es de nivel 5 —respondió Montenegro.

            — Disculpe mi ignorancia, ¿qué quiere decir eso? —Insistió.

            — Significa que cumplir la misión es más importante que nuestras vidas —musitó John.

            — Nivel 4 es que el objetivo es tan valioso como nosotros y de tres hacia abajo nunca tenemos permiso de actuar —completó el comandante.

            — Acostumbraos, casi siempre somos prescindibles —comento Abby.

            — Para eso estamos, teniente —respondió el comandante, con seriedad.

            — Claro, señor. Sólo quería que sepan a lo que solemos exponernos.

            — Esta vez será distinto, teniente —replicó James Black—. Nunca han luchado sin protección y en condiciones tan desconocidas.

            — Dudo que haya que luchar... Allí no habrá grises —replicó Abby, segura de si misma.

            — Se equivoca, hemos detectado actividad en la zona. Hay una nave alienígena en las mismas coordenadas que justo entraba cuando estábamos escaneando las frecuencias, por eso es urgente que salgan ahora. Hubiéramos preferido usar un halcón para probar los cambios de frecuencia del generador electromagnético pero cada segundo que pasa es una eternidad ahí arriba.

            — ¿Cómo iban a saber ellos que deben buscar allí al comandante general? —Protestó John.

            — Fausta... —Respondió Antonio.

            Todos guardaron silencio y le miraron intrigados.

            — ¿No lo sabéis? —continuó—. Ella fue la mujer que abdujeron cuando me alistasteis.

            — Ya pero, ¿qué sabe? —Preguntó el comandante, pálido.

            — Todo. Es el oráculo de Alastor. Ella puede encontrarlo.

            — Mierda. ¡Qué hacemos aquí perdiendo el tiempo! En marcha.

 

 

            El doctor Black subió con ellos a la nave junto a Montenegro, y en el vuelo de ascenso se prepararon para la misión únicamente los cuatro. La piloto era una mujer de pelo castaño a la que llamaban Brenda. Antonio ya la conoció en los primeros vuelos, pero esta vez estuvieron presentes en la reunión del despacho junto a su copiloto Rick, su hijo. En total eran ocho los que viajaban al rescate del peor tirano de la tierra. Aunque él pretendía traer a una más, Ángela. Era su prioridad secreta y no sabía hasta qué punto comprometería la misión. Pero de una cosa estaba seguro... No volvería sin ella.

 

 

            El campo de antimateria se hizo visible cuando se mezcló con el de su nave formando ondas verdes de energía que hicieron temblar peligrosamente el suelo. Entonces Black apagó el generador de antimateria y las vibraciones cesaron. Aguantaron la respiración ya que si no funcionaba, los motores de la nave serían insuficientes para evitar la caída en barrena. Pero aguantó firme, seguían en el vacío existencial.

            Sin embargo ocurrió algo que nadie esperaba. Todos volvían a respirar y hacer ruido.

            — Doctor, ¿esto es normal? —preguntó Montenegro.

            — Señores, somos los primeros humanos en adentrarnos en este vacío existencial que algunos científicos llamarían "agujero de gusano". Cualquier cosa que veamos es un descubrimiento para la humanidad.

            — ¿Cómo vamos a ser los primeros? ¿Y las misiones a la Luna? —cuestionó Tomás—. Tuvieron que pasar por aquí envueltos en un campo magnético.

            — Un completo desastre —replicó Black—. Enviaron un módulo y en un plató de televisión prepararon una alternativa. Los americanos no podían quedar en ridículo ante los rusos. El Apolo desapareció tan pronto alcanzó los doce mil kilómetros de altura, se creía que había explotado por no resistir la presión interior en el vacío pero reapareció con problemas técnicos varias horas después, hasta ahora no sabemos lo que pasó, los astronautas perdieron el conocimiento y al despertar se les ordenó que vieran los videos y confirmaran ante la prensa que lo vivieron en primera persona. Lo que fue emitido en directo eran unos actores, era imposible de haber transmitido desde trescientos mil kilómetros y que todas las televisiones de la Tierra lo vieran a la vez. Unos hombres pisaban un plató televisivo saltando con gomas atadas a su cintura sobre una superficie cubierta de cenizas, los efectos especiales eran poco mejores que los de las películas de StarTrek. ¿por qué creen que nadie ha regresado desde los Apolos? ¿Cuánto tiempo iban a mantener la farsa?

            — ¿Cómo sabe todo eso? —Preguntó Antonio, incrédulo.

            — Fui el asesor del engaño para hacerlo creíble y que nadie sospechara nada. Como no estaba dispuesto a mantener el secreto me ofrecieron este trabajo a cambio de mi silencio.

            — Muy interesante, doctor, pero no perdamos tiempo —urgió el comandante—. Hay que localizar el objetivo.

            — El ordenador está escaneando las frecuencias —respondió Black, seco—. No me estoy rascando los cojones.

            La pantalla verde era barrida por una línea blanca que daba vueltas, como un sonar. No había nada.

            — Esto es como buscar canales en la televisión. Hay que tener cuidado, podríamos quedar integrados con otros objetos si nos desplazamos a ciegas.

            No hubo resultados, estuvieron atentos a la pantalla verde un buen rato hasta que al fin apareció una masa enorme a bastante distancia y otro no tan grande casi al lado. El segundo era como un disco, debía ser el ovni. En el segundo barrido se fusionaron en la misma masa luminosa.

            — ¡Bingo! Prepárense caballeros —ordenó Montenegro—, aproxime la nave, Brenda, debemos aparecer cerca pero no encima.

            — Rick enciende motores, propulsión al cincuenta por ciento —dijo la piloto.

            — Activados —respondió su hijo.

            Se desplazaron notando el zumbido de los generadores de campo y Antonio no veía nada a través de la enorme cristalera que cubría sus cabezas. Sólo la misma neblina verde.

            — Aquí es. Los tenemos justo debajo. Prepárense en la cámara de vacío. Colóquense los respiradores.

            John, Tomás, Abby y Antonio se metieron en el pequeño habitáculo de la cola y cerraron la puerta herméticamente. Se pusieron los cascos sobre los hombros, que eran como peceras con 360 grados de visión. Se colgaron a la espalda la mochila del oxigeno y esperaron instrucciones.

            — ¿Están preparados? —Escucharon al comandante.

            —Cambiamos frecuencia —añadió Black—, agárrense, no hemos hecho esto nunca. Estamos en el radio del campo magnético al que vamos a acoplarnos. Tengan cuidado ahí fuera.

            De repente el sonido cesó y un fogonazo de luz les cegó por completo. Antonio se agarró a una barra y luego recuperó la vista paulatinamente. La compuerta trasera se abrió y tomaron tierra en una especie de desierto de arena marrón. El viento provocado por la nave levantaba polvo y cuanto veían parecía tangible y real.

            — Esto no es un portaaviones —declaró—. Debemos regresar, Alastor no estará aquí.

            — Hemos aterrizado a doscientos metros del campo magnético —explicó Black—. Compruébenlo porque nunca regresaremos.

            — ¿Estáis seguros de que esto no es la Tierra? —Preguntó Tomás arrodillándose para coger arena con la mano—. Ahí está el Sol.

            — No pierdan tiempo, avancen.

            — Seguidme —ordenó Masters.

            Corrieron en la dirección que les indicó Black y apenas veinte metros más allá de la nave se toparon de frente con dos extraños seres con cabeza sin pelo, ojos negros como carbón y un cuerpo mutilado que reposaba en una plataforma voladora. Tenían dos brazos mecánicos, uno de ellos armado con un láser.

            — ¡A cubierto! —Apremió el comandante.

            No necesitó dar la orden, todos se tiraron al suelo buscado rocas o montículos para evitar la lluvia de ráfagas láser que les obsequió la pareja de aliens.

            — Extremen las precauciones —aconsejó Black—, los ciberaliens tienen vista mejorada y se desplazan muy rápido gracias a sus jetpacks.

            — Doctor no les distraiga. Disparen, aniquílenlos —ordenó Montenegro.

            John fue el primero en acercarse a ellos pero Antonio probó suerte desde la distancia. Apuntó a la cabeza de uno y disparó una ráfaga larga. Le alcanzó en un hombro pero no le derribó. Al contrario, le enfureció y les arrojó algo que cayó en medio de los cuatro haciendo explosión y levantando una espesa nube de polvo. Varios fragmentos alcanzaron el traje negro de Antonio pero los notó como patadas. El tejido resistió aunque los músculos, resentidos por tanto deporte, sufrieron los impactos con dolor intenso.

            — Maldito cabrón —bramó Masters, que parecía ileso.

            Abby se cubría la cabeza y estaba bien, Tomás corrió a otra cobertura lejana para evitar que les siguieran bombardeando.

            John disparó pero el alien activó el propulsor y salió despedido hacia arriba cayendo justo detrás de Tomás.

            Abby abrió fuego y le alcanzó en un brazo haciendo saltar fragmentos de su armazón metálico. Pero no murió,  se volvió hacia ella y la disparo y alcanzándola en una pierna que tenía desprotegida. Abby chilló aunque su traje parecía intacto. Sin la protección de la piel de Supermán los efectos de las armas enemigas eran desconocidos hasta ese momento pero estaban resistiendo mejor de lo que esperaban.

            Antonio apuntó a la cabeza del ciberalien y abrió fuego. Dio en el blanco y le reventó el cráneo. Su propulsor explotó como si llevara una bomba y los fragmentos les golpearon con fuerza.

            — Joder, uno menos —rugió Antonio, victorioso.

            El otro ciberalien comenzó a emitir un zumbido extraño y se parapetó tras una roca. Un momento después aparecieron en la distancia, corriendo en su auxilio, tres inmensos tanques andantes. Medían unos cuatro metros y esos no eran ciborgs sino corpulentos bípedos cubiertos de una coraza imponente. Parecían humanos alterados genéticamente para tener más fuerza y robustez aunque sus rostros estaban marcados por un gesto de sufrimiento y furia, difíciles de describir.

            — Busquen coberturas, no se alejen demasiado pero no se agrupen —ordenó el comandante. Concentren sus disparos en el ciborg volador.

            — Yo creo que deberíamos retirarnos, no podremos con ellos —opinó Tomás—. Mirar sus fusiles, son más grandes que nosotros.

            — Haga lo que le digo, soldado.

            Las instrucciones del comandante tenían sentido, los gigantes eran lentos y aun estaban lejos, debían aprovechar para abatir al ciborg.

            Como si les hubiera oído, el alien activó sus propulsores y desapareció tras la loma. Unos segundos más tarde los gigantes estaban a tiro. John tenía el fusil bloqueado por intentar derribar al otro sin éxito y les disparó con su pistola. Las balas se hundieron en la coraza del gigante pero sólo sirvieron para enfurecerle.

            Tomás se acercó a Abby, más alejada del enemigo y antes de cubrirse le disparó una ráfaga que el monstruo ni siquiera notó.

            — ¿Pero qué hay que hacer para matarlos? —Protestó colérico.

            — Voy a probar por su espalda, cubrirme —pidió Antonio.

            Saltó varias rocas y encontró una cobertura perfecta. Antes de resguardarse vio, más allá de su posición, tras un terraplén de dos metros de profundidad, una estructura metálica y varias figuras que se escondían al verlo.

            Se giró y disparó al gigante a una bombona que llevaba a su espalda. Los impactos la hicieron explotar y su portador cayó mientras su cuerpo se derretía como un muñeco de cera en una hoguera.

            — Buen disparo Jurado —escuchó al comandante.

            Abby por su parte disparó al segundo mastodonte aproximándose saltando a una cobertura más cercana. Su blaster hizo bastante daño al gigante pero aparentemente fueron daños superficiales.

            Entonces Antonio vio elevarse al ciborg a la derecha de la teniente y le disparó. Hizo blanco pero sólo consiguió desestabilizarlo y llamar su atención. Esos malditos eran duros.

            — ¡Demonios con el novato! —Protestó John, enérgico—. Déjanos alguno.

            — Buen disparo Eco4 —alabó el comandante—. Eco2 vigile su retaguardia, posición elevada.

            Abby se volvió y abrió fuego contra la unidad enemiga voladora. Hizo blanco y explotó en mil pedazos.

            — Eco3 vigile a las dos en punto —alertó el comandante.

            Tomás vio que se aproximaban más enemigos robóticos por detrás de los dos gigantes. Los tenía a tiro y disparó sin pensar.

            El disparo alcanzó a uno de los enormes alienígenas en la sien izquierda y cayó burbujeando, consumido por su sangre.

            — Buen tiro, chico —alabó John.

            El capitán corrió hacia ellos, pues no tenía a su alcance a ningún enemigo y lanzó al aire una bomba de luz.  Era una de las armas que podían elegir antes de cada misión y Antonio se preguntaba para qué servía. Al verla explotar quedó suspendida en el aire como un helicóptero de juguete y su potente foco iluminaba el campo de batalla como si estuvieran a pleno Sol.

            — Jurado, dispare al último gigante —ordenó John, consciente que era el único que lo tenía a tiro

            Obedeció y disparó. Lo creía tan fácil que por confiarse el monstruo esquivó el disparo y rugió enfurecido. Luego devolvió el fuego alcanzando a Abby en el hombro. La bestial bola de energía consumió parcialmente su armadura y por suerte no pareció dañarla a ella, pero otro disparo en el mismo sitio y estaba muerta.

            —Teniente, repliéguese, no se exponga inútilmente. Utilice el kit de reparación de armadura y vuelva al combate.

            Antes de poder obedecer el robot flotante arrojó sobre ella y Antonio un objeto ovalado, cristalino y con una luz parpadeante.

            — ¡Al suelo! —Gritó la teniente.

            Antonio pensó que debía protegerla pero no llegaría a tiempo y se tiró por el terraplén. La explosión le chamuscó levemente la espalda cristalizando el traje en esa zona. No sabía qué fue de Abby pero debía regresar cuanto antes a ayudarla. Corrió cuesta arriba, resbalándose con la arena suelta y al llegar vio que la teniente ya no estaba en su lugar. Sólo un robot humeante abatido, con casi toda seguridad, por ella.

            Ahora le faltaba aire, la subida le dejó exhausto.

            — A cubierto Eco4 —urgió el comandante.

            — ¡Aquí! —Avisó Abby tras un remonte.

            Corrió hacia allá y se acuclilló cerca de ella que se aplicaba una pasta gelatinosa sobre el hombro herido y, apenas cinco segundos después, solidificó cubriendo la piel con un parche de grafeno transparente que poco después se volvió negro.

            — Dos hostiles se aproximan a su posición, quiero fuego friendo a esos desgraciados —ordenó en comandante.

            Antonio levantó la mirada y vio dos robots voladores acercándose a ellos. Apuntó a uno y con ayuda de la potente luz del cielo vio hasta su núcleo entre las alas y armas. Disparó una ráfaga y el cacharro explotó en pesados. El otro llegaba desde atrás y le disparó de la misma guisa, acertando de lleno y llenando la explanada de restos humeantes.

            Abby le aplicó el gel en su costado izquierdo y notó que su coraza de grafeno recuperaba elasticidad y firmeza.

            — Gracias.

            — Eco3, avance hacia el último gigante. Le hemos intimidado y hay que aprovechar, abátalo antes de que lleguen más refuerzos.

            Tomás salió de su cobertura y corrió tras un tronco de árbol seco.

            — Blanco no está a la vista —señor.

            La bomba de luz descendió y John la recogió. La volvió a montar y la lanzó en la dirección en la que vieron al gigante por última vez.

            — Persíganlo, no le den tiempo a reorganizarse con sus compañeros.

            — ¡En marcha! —Ordenó John, abriendo el paso, corriendo hacia la dirección indicada.

            Tomás le siguió de cerca y Abby y Antonio, que estaban más alejados tuvieron que emplearse a fondo para alcanzarlos. Pocos metros más allá vieron el casco de un inmenso barco enterrado... O sería más preciso decir "integrado" en el suelo. Se veían montículos de tierra a los lados y máquinas de cuatro patas extraían paladas del interior. Por suerte eran robots de trabajo y no llevaban armas.

            — Siguen buscando, hemos llegado a tiempo —observó James.

            — No es alentador que busquen bajo tierra. El Señor estaría muerto —respondió Montenegro.

            — Blancos a las dos en punto —advirtió John—. El gigante ha contactado a un gris vestido con túnica.

            — Eso es nuevo —bufó Abby—. Esos seres no tienen sentido del desnudo.

            Cuando les alcanzaron repartidos por diversas coberturas el gigante señalaba hacia ellos y el otro les miró con sus enormes ojos negros. Era tan alto como el primero pero mucho más delgado y ligero. Fijándose bien descubrieron que no tenía pies, estaba flotando en el aire. Antonio se llevó las manos a la cabeza cuando cruzó su mirada con él.

            — Sus latidos estás disparándose —dijo el comandante—. Jurado respire hondo.

            «No la encontrarás si no te libras de ellos —escuchó una voz en su cabeza—, no podrás encontrarla si tus compañeros siguen con vida. El capitán te odia, te matará si tiene ocasión, haz que disparas al extraterrestre y dale en la cabeza, creerán que erraste el tiro».

            — ¿Estás bien? —Preguntó Abby.

            — Sí... Me duele la cabeza. Pero debe ser por lo de la máquina, creo que me ha dejado alguna secuela.

            — Abran fuego, acaben con esos dos antes de que lleguen refuerzos —ordenó furioso el comandante.

            John disparó varias ráfagas al ser delgado y falló sus disparos.

            — ¿Que cojones...? —Bufó, tanteando la mirilla y asegurándose que no se movía—. No puedo creer que haya fallado, el blanco está quieto como una estatua.

            Tomás apuntó al gigante y le dio en un brazo. Se enfureció y se escondió tras y una cobertura disparando con su cañón hacia ellos. No apuntó bien pero al impactar en el suelo las explosiones levantaron una humareda que les cegó momentáneamente.

            «Dispara ahora, John está en tu línea de tiro».

            — Sal de mi cabeza —siseó, apretándose las sienes tratando de contener el dolor.

            — Eco4 dispare—ordenó el comandante.

            Abby le quitó el arma y la arrojó a diez metros, lejos del enemigo.

            — ¿Qué haces? —Protestó.

            — Ve a por ella, yo me encargo de ese desgraciado.

            «¿Se referirá a...? —se sorprendió—. ¿...al arma o a Ángela?».

            La mirada cómplice de la teniente le hizo suponer lo primero. ¿Pero cómo sabía sus intenciones?

            — Gracias —susurró.

            — ¿Qué están haciendo? —se desesperó el comandante—. ¡Disparen de una vez!

            Abby se volvió y disparó al gris delgado. Los hilos de luz azul rebotaron y no hicieron blanco. Uno de los disparos la alcanzó a ella en el pecho y su armadura la salvó quedando reducida a cenizas un poco más abajo del corazón.

            — Ese hijo de puta repele los disparos —gritó John—. Pero no podrá detener esto.

            Sacó una granada y se la tiró a los pies. La explosión destrozó todas las coberturas y hasta alcanzó al gigante, que le dejó gravemente herido. Aun así les disparó y les obligó a agacharse buscando refugio. Los impactos derretían las piedras dejando grandes boquetes incandescentes y tuvieron que retroceder para buscar nuevas protecciones.

            — Eco4 regrese a su posición, ¿a dónde demonios va?

            — Tengo algo que hacer, comandante, corto.

            Abby miró hacia él y vio que se alejaba corriendo.

            — ¿Qué haces Antonio? —inquirió ella asustada—. Estás comprometiendo la misión.

            — Antes vi algo, tengo que investigarlo. Volveré.

            Tomás sacó su granada y la arrojó a los hostiles. La nueva explosión derribó al gigante y el otro salió indemne por un escudo de fuerza invisible que le protegió. Abby aprovechó que estaba concentrado en detener la granada y le disparó a la cabeza. Cayó fulminado.

            — Buen trabajo. Ahora siga a ese traidor. No dejen que contacte con nadie.

            — Con el debido respeto —intervino James—. ¿No deberíamos buscar a Alastor? Deben adentrarse en el buque y encontrarlo cuanto antes, nos quedan veinticinco minutos de energía.

            — Mierda... —Bufó.

            — ¿Nos separamos? —Propuso Abby.

            — No,  entren en la estructura, busquen indicios de Alastor. Tenemos que aprovechar antes que lleguen más.

            — Si le sirve de consuelo, señor, conozco bien a Jurado —dijo Abby—. No sé qué es lo que está haciendo, pero no es un traidor.

            — Dios la oiga teniente.

 

Comentarios: 5
  • #5

    Tony (miércoles, 15 julio 2015 01:06)

    Te quejarás, Chemo. He tardado un minuto desde que la has pedido jejeje.

  • #4

    Chemo (miércoles, 15 julio 2015 01:02)

    Continuacion...

  • #3

    Chemo (viernes, 10 julio 2015 02:43)

    Espero que aparezca Angela en la siguiente parte.

  • #2

    Yenny (miércoles, 08 julio 2015 20:13)

    Por fin un poco de acción de parte de Antonio, parece que está en mejor forma.
    No creo que Alastor con todo el poder que tenía este muerto, me gustaría que Ángela este viva y me queda la duda que pasó con Fausta hasta ahora no sabemos que hicieron con ella.
    Ahora a esperar otra semana :(

  • #1

    Jaime (miércoles, 08 julio 2015 02:47)

    Presiento que Antonio y Ángela se reencontrarán, aunque puede ser que Alastor aún siga con vida. Espero que aparezca Génesis muy pronto. ¿Quién será el ser vestifo con túnica? Me imagino que será algún ente con poderes sobrenaturales quien está usando a los Grises para sus propios fines. Utiliza a Fausta para encontrar a Alastor o Génesis y robarles su conocimiento.

Animal es el que abandona a su mascota.

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