Los grises

13ª parte

            Al salir del platillo volante Antonio se giró a hacerle una foto rápida. No quería que ninguno de sus compañeros supiera que  lo hacía. Al ver la nave esperándoles en la explanada, corrieron y se introdujeron en ella.

            En cuanto se cerró la compuerta, la nave despegó. Mientras lo hacían se quitaron los maltrechos trajes y descubrieron que estaban todos heridos excepto Ángela. Antonio tenía quemaduras en la parte izquierda de su espalda y un corte con sangre coagulada en el hombro derecho. John se quemó el pecho, Tomás era el más afortunado pues sólo tenía un corte en el antebrazo derecho y Abby, la más afectada, con quemaduras en el hombro, moretones en la espalda, un profundo corte en la pierna derecha y varios arañazos en la cara de cuando les reventó la cubierta de cristal de la cabeza.

            — No podemos irnos —protestó Ángela—. Hay mucho material allí, armas y tecnología aprovechable.

            — La zona está limpia respondió por el altavoz el comandante—, enviaremos al equipo de limpieza y se recuperará todo lo aprovechable.

            Ángela bufó, lo quería para ella.

            — Me conformaré con esta monada —susurró acariciando su fusil plateado.

            Mientras se ayudaban a desinfectar y vendar heridas la nave salió del campo magnético del portaaviones y regresaron a la Tierra. Cuando salieron de los cinturones de Van Allen los oídos les pitaron y después regresó el silencio al activar su propio campo de antimateria.

            Una vez en sus asientos, Ángela se sentó en el puesto Eco5, junto a Antonio y pasó el viaje estudiando cada detalle de aquella nave de aspecto frágil.

            En tiempo de reloj estaban de regreso en la base justo una hora después de salir. Lo primero que escucharon al apagar los motores fue un silbido de James Black.

            — Increíble, sólo hemos gastado el cuarenta por ciento de energía.

            — Buen trabajo, señores —alabó Montenegro—. Ojalá hubiéramos llegado antes, aunque no hemos sufrido bajas la misión ha sido un fracaso.

            — ¿Es usted el chivato de sus orejas? —Preguntó Ángela.

            Montenegro la miró con seriedad.

            — La pregunta es... ¿Quién es usted? —replicó, arisco.

            — Soy la heredera de Alastor. Ahora me encargo de sus asuntos, mi nombre es Ángela Dark. ¿Qué es lo que quieren? Yo puedo hacerlo.

            — ¿Se supone que tu nombre debe decirme algo? Le necesitamos a él para convencer al consejo de que no retiren su apoyo. ¿Puedes conseguir eso? Te diré lo que pienso, nos hemos jugado la vida por ti y no sé qué ganamos con ello.

            — Es la única que ha regresado ilesa —dijo Tomás—, señor, necesitamos soldados y ella ha demostrado ser excepcional.

            — Si me necesitáis para luchar, ¡me apunto! Pero no soy barata.

            — Aquí no se apunta nadie mientras no tengamos la reunión pertinente. Hay muchas cosas que me tienen que contar, especialmente usted, Jurado, que ya me está cansando de que nos arrastre a su zaga y que se guarde información crucial.

            — Les dije que Alastor era el peor criminal de la humanidad y seguían empeñados en buscarlo —replicó enojado—. Si me hiciera más caso yo confiaría más en el EICFD.

            — La cuestión es si podemos fiarnos de usted en el futuro.

            Antonio no respondió, comprendía perfectamente las dudas del comandante y antes de la misión estaba seguro de que se metería en problemas por buscar a Ángela. Debía estar agradecido de que no le metieran en otra máquina.

            — Acompáñenme a mi despacho.

            Subieron las escaleras y al final del pasillo vieron a cuatro albañiles colocando la puerta nueva.

            — Mierda, había olvidado que aquí sólo han pasado unos minutos desde que nos fuimos. Vamos a la sala de reuniones.

            — ¿Entonces qué hora es? —Se preguntó Antonio, sacando su móvil—. Las doce y cuarto... Vaya, creí que era la una y media por lo menos.

            — No se preocupe por su entrenamiento —apuntó el comandante—. Volverá en unos minutos.

            — No tengo prisa. Era por saber cuánto me queda para ir a recoger a mi hijo.

 

            La sala de reuniones tenía una pantalla de plasma del tamaño de una pared. Había una mesa ovalada de madera negra en el centro y doce sillas equidistantes. Una vez acomodados en sus asientos el comandante se preocupó por Abby, que no fue capaz de sentarse sin ayuda por el dolor de su pierna. Además el vendaje estaba rojo y goteaba sangre.

            Montenegro llamó a la enfermería y pidió que alguien se acercara.

            — Doctor Stephen, tenemos heridos en la sala de reuniones. Necesitamos asistencia urgente, traiga ayuda.

            El costado le seguía doliendo a Antonio aunque lo que peor llevaba era su espalda. Por lo visto si hacía ejercicio el dolor se mitigaba y cuando dejaba reposar los músculos se volvía insoportable.

            — Primero de todo, quiero dejar claro que no toleraré un comportamiento como el de hoy. Le di una orden, Jurado. No sólo desobedeció sino que se marchó sin dar explicaciones.

            — ¿Se refiere a cuando debía disparar y Abby me quitó el arma? Por cierto, ¿no debería haber explotado el fusil?

            — El sistema de seguridad se activa a los tres segundos —respondió.

            — Ya. Y tú sabías a dónde iba. Me dijiste ve a por ella y lo tomé como una orden.

            — ¡Hablaba del arma! —Replicó airada—. Dijiste "sal de mi cabeza". Supuse que alguien te manipulaba y consideré oportuno impedirte disparar a nadie antes de que hicieras una tontería. Me aseguré de que tendría cubierta mi espalda el tiempo justo para matar al desgraciado ese.

            — Es interesante saber que no se ponen de acuerdo, al menos tengo a un solo desertor. Pero volvamos al asunto, usted me desobedeció...

            — El gris trató de entrar en mi cabeza y lo resistí.. No puede decirse lo mismo de John, que me habría matado de no ser por el traje y por Ángela.

            — Yo también tengo ganas de dispararle, así que cállese. No vamos a discutir quién es el peor —protestó Montenegro—. John es un soldado sin tacha y sé que no lo hizo a propósito. La diferencia es que usted me desquicia, no me respeta como debe por mi cargo y no pienso tolerarlo.

            Antonio guardó silencio aunque se mordía la lengua para no enojar más al comandante.

            — Quiero que nos dé su palabra, aquí y ahora de que obedecerá mis órdenes sin la menor protesta y no vacilará ni un sólo instante.

            — ¿Qué? No puedo prometer semejante cosa. A veces da órdenes absurdas. Me dijo que disparase al gigante y estaba más cerca de disparar a John que al enemigo. Hay cosas que se le escapan y no pienso obedecer a ciegas.

            — Hubiera disparado a John...

            El aludido resopló fastidiado, Abby puso los ojos en blanco, Tomás frunció el ceño juntando aun más sus pobladas cejas y Ángela se rió abiertamente.

            — ¿Y usted de qué se ríe? —La reprendió el comandante.

            — Es que este hombre no va a cambiar nunca. ¿Quiere domarlo como un perrito? Buena suerte —y volvió a reír.

            — Con todos los respetos, comandante —añadió James Black—. Nunca antes había tolerado esa conducta a nadie del equipo, no deje que se sigan riendo. Si yo fuera usted les echaría de aquí y no volvería a convocarles jamás.

            Montenegro le miró con seriedad.

            — Cuánta razón tienes, amigo —repuso el comandante.

            Antonio se quedó callado. No quería perder ese trabajo, le encantaba. Ángela le miró negando con la cabeza y omitiendo: “No tienes remedio, nunca encajarás en ningún sitio".

            Mientras hablaban llegó el equipo médico y les atendió empezando por Abby.

            — Lo decidiré después —añadió el comandante—. Ahora quiero información. Usted, señorita Dark, dígame ¿qué   demonios hacía ahí arriba?

            —Es una larga historia —replicó.

            —Cuéntemelo todo.

            Ángela le miró fijamente y tardó un segundo en decidir qué ocurriría contándole lo sucedido. Esa gente tenía recursos para luchar contra los invasores.

            — Alastor, sus soldados y yo aparecimos en esa especie de desierto después de... —miró a Antonio—... Que una energía que bajó del cielo nos envolviese.

            Su mirada de complicidad no pasó por alto al comandante.

            —Si se guardan otro secreto, juro que les mataré yo mismo —gruñó Montenegro.

            «Quizás me quiera disparar si le cuento que eso ocurría mientras luchaba contra su adorado jefe. Mejor me lo guardo.»

            — Estábamos juntos y cuando escapé y la vi desaparecer creí que había muerto. Me alegro de que no haya sido así.

            — Ya, me pregunto qué hacían todos en medio del Atlántico. Puede que no supiéramos demasiado del comandante general pero no era ningún secreto que era imposible encontrarlo. Él acudía, nos convocaba. ¿Qué hacíais con él?

            Antonio miró con preocupación a Ángela y ésta sonrió.

            — Echar un pulso, no te jode.

            — ¿Cómo ha dicho? —Montenegro la mató con la mirada.

            — Se lo acabo de decir, subnormal. Soy su heredera y no me gusta el tono con el que me hablas. Déjeme hablar ante el consejo y lo corroborarán.

            El comandante titubeó y no replicó.

            — Lo cierto es que tiene lógica, antes de desaparecer postergó dos reuniones del consejo —intervino James Black.

            — Me cuesta mucho creerlo. En cualquier caso lo aceptaré de buen grado si traen de vuelta al comandante general y él mismo me lo corrobora.

            Antonio la miró preocupado, si le encontraban estaría tan furioso con ellos que les mataría sin mediar palabra.

            — Pues entonces le costará más creer que no fue secuestrado sino que entró en la nave por su propio pie y pactando un trato con sus captores. ¿Piensa que está indefenso ahí arriba? Él sólo podría destruir a todos los invasores chasqueando los dedos. Que se encontraran y entendieran puede ser más peligroso que el invento de la bomba atómica.

            — ¿De qué habla? Es un hombre octogenario. ¿Cómo va a poder destruir él solo...

            — No sé en qué mundo de fantasía vive usted, ¿era su jefe y no sabía de lo que era capaz de hacer?

            — Se lo he intentado decir —apoyó Antonio—. Traer de vuelta a ese hombre causará más calamidades que los propios grises.

            — No me importa lo que piensen ustedes. Dígame lo que vio y guárdense las opiniones.

            — Sobrevivieron a la ola de energía unos cincuenta soldados, incluido "el viejo". Cuando llegaron los grises sólo quedaban diez. Al principio resistieron pero esos dos mentalistas o como se llamen tomaron el control de los soldados y apuntaron a su comandante. Alastor aplaudió esa demostración y hablaron con ruidos extraños. Conocía su idioma y después de parlamentar se fue con ellos. No pude colarme en su nave por miedo a que me detectaran con sus poderes mentales. Me quedé sola y unas horas después regresaron con un ejército de gigantes y máquinas. Entonces aparecisteis y os liasteis a tiros.

            — Es curioso... —Dudó Montenegro—. Pero si eres la heredera como aseveras, por qué no te llevó con ellos.

            — Alastor no sabía que estaba allí. Estuve escondida.

            — Ya... Me cuesta creer lo que dices. ¿Y los que murieron antes de la llegada de los grises? ¿Qué les pasó?

            — Enloquecieron, se mataron entre ellos.

            — ¿Qué opina usted Doctor Black?

            — Desde luego es una sorpresa que Alastor conociera su idioma. Los pocos contactos pacíficos con grises que ha habido se han producido porque usaban la lengua de sus contertulios.

            — La reunión a terminado. Deben descansar —decidió el comandante—. Y yo tengo mucho en qué pensar. Estén atentos a sus móviles.

            — Sí, señor —respondió John.

            — Ah, teniente —se dirigió a Abby—, ¿cómo está Dimitri?

            — Sigue en coma. Los médicos aún no saben si volverá a despertar o si reconocerá a alguien cuando lo haga.

            — Mucho ánimo. Seguro que todo irá bien, es un tipo duro.

            — Eso espero, señor.

            Tomás miró a Antonio y éste se encogió de hombros.

            — Para los nuevos, ese es el tercer soldado que aún vive. El marido de Abby.

            — Ah —dijo Antonio—. ¿Qué le pasó?

            — Le dieron en la cabeza hace un mes —explicó ella.

            Guardaron silencio sin saber qué decir. Se mezclaron sentimientos de compañerismo por la teniente, miedo por comprender que era un trabajo peligroso y angustia por el deseo frustrado común de que sucediera un milagro.

 

 

 

            Al regresar, una vez que el halcón azul les dejó en tierra, Abby llevó de copiloto a Ángela y Antonio detrás. La sensación de peligro y velocidad no eran menores desde esa posición, pero ya se estaba acostumbrando a pasar a coches caros que circulaban a 180km/h como si estuvieran parados. Le causaba gracia cuando Abby les hacía señales con las luces para que la dejaran pasar y estos les miraban sorprendidos al adelantarles como un misil.

            — Tú eres piloto de carreras, ¿no? —preguntó Ángela, silbando y disfrutando del paseo.

            Abby la miró con una sonrisa sin decir nada. Se salieron en el desvío de su pueblo a más de 160 km/h y frenaron en apenas cincuenta metros.

            — Los radares no pueden multarme. Así que aprovecho. ¿Dónde te dejo?

            — En la casa de Antonio. Ya me acercará él, gracias. Tenemos muchas cosas que hablar.

            Así lo hizo, les dejó en la puerta de su casa y civilizadamente se marchó respetando los límites de velocidad. En zona urbana iba incluso demasiado despacio. En la autopista pisaba tan fuerte que el pedal tocaba fondo.

            — Pasa, estarás hambrienta —invitó Antonio.

            — Pues ahora que lo dices... No recuerdo cuanto hace que no como.

            — Dudo que las sobras de la nevera te apetezcan demasiado y no tengo ganas de cocinar, tardaríamos mucho. Vamos a comer fuera. ¿Qué te apetece?

            — Todo.

Comentarios: 5
  • #5

    Tony (miércoles, 29 julio 2015 11:50)

    Siento el retraso, espero que esta noche pueda publicar.

  • #4

    Yenny (jueves, 23 julio 2015 19:23)

    Quiero saber que pasó en todo el tiempo que Ángela estuvo en la nave, Tony espero que des todo los detalles en la próxima parte.
    No creo que Alastor se traiga algo bueno en entre manos, espero que aparezca pronto Génesis ya que es la única que puede enfrentar a Alastor.
    Ahora a esperar otra semana :/

  • #3

    Tony (jueves, 23 julio 2015 07:33)

    Mejor no respondo a tu pregunta, Jaime. No quiero destriparos la historia.

  • #2

    Jaime (jueves, 23 julio 2015 02:54)

    Ya quiero saber qué va a contar Ángela a Antonio. Aunque seguramente Montenegro dejó ir a Ángela para vigilarlos de cerca. ¿Será que Alastor es de la raza de los Grises o los conoce desde la antigüedad? Espero que Ángela cuente a Antonio sobre el paradero de Génesis. Sería interesante que Ángela y Brigitte se conociesen. Por cierto, Tony, ¿va a aparecer algún otro de tus personajes en esta historia?

  • #1

    Tony (jueves, 23 julio 2015 01:03)

    Espero que os haya gustado esta parte. No olvidéis comentar.

Animal es el que abandona a su mascota.

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