Los grises

17ª parte

23 de abril de 2015

 

            Faltaban tres días para el examen físico y no había perdido más que la mitad del peso que le obligaron a bajar. Además se despertó con dolores articulares y no se sentía capaz de mejorar tiempos. Mucho tendría que trabajar para perder la otra mirad en tan poco tiempo y que sus marcas fueran más aceptables.

            Ese día abrazó a Charly antes de entregarlo a sus cuidadoras en la guardería y pensó que no necesitaba trabajar, a diferencia de otros padres. Se podía permitir el lujo de tenerlo en casa y disfrutar de él todo el día. Sin embargo prefería jugarse el pellejo por ahí, por una gente que cada día le gustaba menos y por una causa que no compartía.

            Hasta la tarde anterior creyó que Abby y él eran colegas, amigos de confianza. Pero la teniente le dejó claro, con su actitud cortante, que le soportaba porque la obligaban a hacerlo. Si pudiera elegir compañero estaría el último de la lista.

            Por eso en aquel abrazo hubo un momento en que quiso dejar el EICFD. Charly le necesitaba y era un irresponsable jugándose la vida cuando nadie parecía agradecérselo y más bien le querían fuera del equipo.

            Pensando en esas cosas cuando llegó a casa y encontró a Abby no tenía el entusiasmo de otros días.

            — Hoy tienes que bajar de la hora —apremió nada más verlo—. Vamos, date prisa en cambiarte.

            — Ya voy. No me agobies.

            Pasó de largo junto a su coche y en cuanto entró en su casa y cerró la puerta se quedó apoyado contra la pared, pensativo.

            — ¡Vamos! —Ordenó Abby como si pudiera ver a través de la puerta.

            « ¿Cómo lo hace?» —Se preguntó con fastidio.

 

            Accedió a continuar con su programa de entrenamiento pero su cabeza estaba ofuscada en encontrar una salida a esa organización sin que le acarreara un problema. Si le echaban... Eso era fácil, era casi imposible que alcanzara las metas que le exigieron, no merecía la pena esforzarse.

            Durante su carrera de diez kilómetros en cuanto se fatigaba un poco caminaba para recuperarse, de modo que cuando llegó al parque donde esperaba Abby disimuló haciendo un sprint final y luego se dejó caer al césped, como siempre.

            — ¿Qué diablos haces? Has tardado hora y media.

            — No puedo más.

            — Descansa un poco y vuelve a correr.

            — Sí claro. Con suerte... —jadeó—, conseguiré levantarme.

            Abby resopló.

            — Te hice caso. Pedí los papeles y cuando los iba a firmar pensé: «¿Y si tiene razón?».

            Antonio resopló y se incorporó para mirarla.

            — Claro, nunca se sabe cuando Dios obrará un milagro. Pero si no le damos oportunidad...

            — No creo en Dios. Bueno, debe haber algo que no entendemos pero me parece muy primitivo decir: Es Dios. Vamos, ¿no puede haber millones de explicaciones que justifiquen las cosas que no entendemos?

            Antonio sonrió y se quedó sentado para hablar mejor con ella.

            — Estoy casi de acuerdo contigo. A mí me pasa lo mismo pero con otra cosa. No creo en el viento.

            Abby puso los ojos en blanco.

            —Bueno debe haber algo que no entendemos, evidentemente el aire sí que existe pero me parece muy primitivo decir que porque se mueva ya la gente diga: fue el viento. Vamos, ¿no puede haber millones de explicaciones? Como que fue un gris dando una patada a una lata...

            — Qué estupidez. Si Dios existiera no permitiría que ocurrieran todas las desgracias que pasan.

            — Ya estoy de acuerdo ¿si el viento existiera no soplaría también en habitaciones cerradas?

            — Eso es ridículo, deja de decir tonterías. No tiene nada que ver.

            — Abre las ventanas y te llevarás una sorpresa.

            — ¿Qué significa eso?

            — Que pongas a tu marido en sus manos  no en la de los médicos, que ya han hecho cuanto han podido. Mira, conozco varios casos... El que siempre me viene a la mente es un día, aún estaba con mis padres, cuando mi madre estuvo muy grave y a punto de morirse. Los médicos aseguraban que si sobrevivía no podría llevar una vida normal, necesitaría diálisis, no toleraría muchas cosas y mira, cuando me fui de casa estaba como una rosa, ni una secuela. Incluso la última vez que hablé con ella se la escuchaba bien, casi veinte años después.

            Abby le miró con pena.

            — Ya lo escuché. Te gustaría volver a verlos, ¿verdad?

            — Eso sí que es imposible...

            Abby sonrió comprensiva.

            — Mira, hacemos una cosa... Tú abres mi ventana y yo abro la tuya.

            — ¿Qué?

            — Tú te ocupas del milagro de Dimitri y yo de que te acepten tus padres.

            — ¿Yo? Bueno, eso es Dios, yo no...

            — Te doy tres días. Si no hay milagro firmaré los papeles. Ahora levántate y corre que ya veo que estas más fresco.

            Antonio se levantó de mala gana.

            — Y esta vez ahórrate los paseos.

 

            Los primeros diez minutos las piernas se resistieron a responder pero, primero aguantando cada paso, después descubriendo que podía dar zancadas un poco más largas, cuando llevaba media hora  llevaba más de la mitad del camino.

            Pero su voluntad no bastaba para mover todos sus kilos y a los cuarenta y cinco le ardían los pulmones y la piel de la barriga le quemaba como si estuviera expuesta al fuego de unas ascuas. Exhausto tuvo que recuperarse caminando y, cuando pudo volver a correr, su ritmo volvió a ser lamentable.

 

            — ¿Una hora y veinte? —Bufó Abby—. Al menos no has empeorado. Levanta, tenemos una misión. Hay que llegar a la una al cuartel. Brenda nos está esperando y Ángela ya ha sido avisada.

            — Necesito un minuto... —replicó Antonio, sin aire.

 

 

 

            Llegaron al cuartel a la una menos un minuto. A pesar de la paliza que se acababa de dar, Antonio se había recuperado durante el vuelo.

            El comandante les ordenó ir a su despacho y allí estaba también James Black y dos nuevos reclutas. Un hombre de casi dos metros, unos cuarenta años y bastante musculoso.

            A su lado Antonio se sentía pequeño.

            También había una chica de pelo rubio ceniza, de unos treinta y cinco, delgada, un poco más alta que Ángela pero menos que Abby. Sus gestos serios y mirada altiva, enfocada en el infinito, contrastaban con los menos nuevos, que les miraban con curiosidad.

            — Bienvenidos, caballeros, señoras...—dijo Montenegro—. Hay buenas noticias. Pero no seamos descorteses, antes las presentaciones.

            Montenegro se acercó a ellos dos y les puso las manos en los hombros.

            — Vamos a ser más temibles ahora con vosotros a bordo. Ella es Shaida Harris, comandante de las fuerzas aéreas estadounidenses.

            — Ya no tengo rango, señor.

            — Conservarás tu título, aunque iguales el mío. Aquí no somos menos. Recuérdelo, Shaida. Y este es Olav Ericsen, comparte rango nuestros y espero que todos ustedes les guarden el respeto que sus galones merecen.

            — Sí, señor —replicó John con voz contundente.

            Todos se pusieron firmes al terminar las presentaciones mientras Montenegro volvía a su puesto.

            Al sentarse en su butaca mullida de cuero les miró un par de segundos, uno a uno, con orgullo hasta que llegó a Antonio que frunció el ceño como si le fastidiara verlo.

            — De acuerdo. Recibimos los refuerzos justo a tiempo para enfrentarnos al mayor reto al que nos hemos enfrentado...

            — No os preocupéis, es lo que dice siempre —murmuró Antonio Jurado cerca del oído de Shaida.

            Ésta le ignoró pero al volver a mirar al comandante éste le estaba asesinando con la mirada.

            — Hemos detectado un aterrizaje OVNI a setecientos cincuenta y siete kilómetros del Everest. Se encuentra a cinco mil metros de altitud y es un terreno muy hostil. En este momento la temperatura ronda los quince grados bajo cero y no tenemos ni idea de por qué han aterrizado allí. Es una nave relativamente pequeña y estimamos que no debe haber más de una veintena de grises.

            — ¿Y por qué seguimos aquí? —Preguntó Masters—. Podrían marcharse en cualquier momento.

            — Porque no es una misión como las habituales, capitán. Solemos enviarlos ahí fuera y somos la última línea de defensa. Esta vez será una ofensiva. Deben aniquilar a todo lo que se mueva, no se preocupen, no hay población civil y si la hubiera deberán velar por su seguridad, como hacen habitualmente.

            — ¿Y qué vamos a conseguir con este órdago? —Inquirió Antonio.

            — Su nave. Aprovecharemos nuestro número para robársela y con ella tratar de infiltrarnos en la base donde tengan al as de picas y la reina de diamantes.

            Antonio asintió comprendiendo que preferían usar nombres clave antes que reales.

            — ¿Como en la película "Independence day"? —Agregó riéndose—. Creo que es una locura pero si vamos a matar unos cuantos grises, me apunto.

            — Lo celebro, Jurado. Espero que los demás también se apunten.

            — Por supuesto señor —se apresuró a decir John.

           Abby, Shaida, Tomás y Olav, no les obligo a ir. Es una misión peligrosa y pueden renunciar sin consecuencias.

            — Cuente conmigo, comandante —respondió Abby.

            — Yo voy —añadió Tomás.

            — Estoy deseando verme las caras con ellos —dijo Olav.

            — Para eso nos han reclutado, señor —completó Shaida.

            — Pues si no hay más preguntas, no perdamos más tiempo...

            — ¿Cómo piensan pilotar el platillo volante? —Cortó Antonio—. El último que vimos no parecía sencillo.

            — Los seres humanos son la única especie del universo que se complica la vida diseñando cosas. Todo necesita un manual de instrucciones. Los grises son más prácticos. Sus artilugios son tan básicos que los usan hasta los gigantes, que no superan la inteligencia de un chimpancé. Y no se preocupe por eso porque James Black se las apañará.

            — Disculpen que yo no vaya con ustedes, prefiero quedarme a estudiar este juguetito.

            Se acercó a Ángela y le pidió el rifle de plasma.

            — ¿Tú te drogas? Esto se viene conmigo.

            —Sólo necesito unas fotos, por favor.

            Ángela se lo prestó y Black le sacó instantáneas desde todos los ángulos. Luego se lo devolvió.

            — De acuerdo, vámonos —ordenó Montenegro.

 

 

 

 

            Era la una y media, horario español, cuando la nave descendió en una cresta del Himalaya y salieron los siete con el escudo activado. Para soportar el frío se pusieron abrigos blancos con capucha y guantes de cuero con forro polar.

            La ventisca hizo peligrar la estabilidad de la nave que por suerte estaba posada sobre la nieve con las patas hundidas más de medio metro.

            En cuanto salieron se hizo invisible, seguramente buscando un lugar no demasiado lejano desde donde poder transmitir las órdenes.

            — Adelante —ordenó John—. No os detengáis.

            Antonio lamentó haber tenido una sesión de entrenamiento desde el primer paso. Sus pies se hundían en la nieve hasta las rodillas y era terrible el esfuerzo que le costaba avanzar al ritmo de sus compañeros.

            — Eco4, no se quede atrás —ordenó el comandante.

            — Como si fuera tan fácil.

            Ángela se volvió y le esperó para no perderle en la ventisca.

            — Esos cabrones saben donde esconderse —bufó, refiriéndose a los grises.

            — Vamos grandullón —dijo ella, animándole con un gesto de la mano.

            Escucharon una especie de relámpago que hizo temblar el suelo. Un potente chorro de luz surgió de la cresta de la montaña hacia abajo.

            — ¡Nos disparan! ¡Sáquenos de... —Bramó la voz del comandante.

            Justo en ese momento hubo una explosión en el lugar que impactó la luz y la señal se interrumpió.

           ¿Qué demonios... —rugió John por el altavoz.

            — ¿Esa era nuestra nave? —Escucharon decir a Shaida.

            — Eso me temo, maldita sea, ¡les han dado! —Respondió Abby, muy nerviosa.

            — No puede ser, joder, es nuestro medio de salida —añadió Antonio.

            Un segundo resplandor surgió de la cima y esta vez el disparo alcanzó al grupo de delante haciéndoles saltar por los aires.

            Los gritos desgarrados de sus compañeros pronosticaron algo aún peor. Un enorme alud de nieve cayó sobre ellos dos y les sepultó con toneladas de hielo pulverizado.

            Rodaron ladera abajo y una de las rocas hizo saltar la alarma del escudo óptico de Antonio. El siguiente impacto lo recibió de lleno en el pecho y con él la placa metálica de su escudo se partió en pedazos desprendiéndose al fondo del abismo. En ese momento vio que Ángela no tenía mejor suerte y por acto reflejo le echó la mano derecha y la agarró por la capucha en plena caída libre.

Comentarios: 3
  • #3

    Yenny (miércoles, 26 agosto 2015 19:36)

    Debe estar prohibido dejarnos en la mejor parte. También espero la aparición de Génesis creo que debe aparecer en esta historia, ella ayudaría a develar tanto misterio sobre los grises.
    Ahora a hacer cuenta regresiva hasta el martes :(

  • #2

    Jaime (miércoles, 26 agosto 2015 02:42)

    La historia se ha quedado en la mejor parte. Presiento que aparecerá Génesis al rescate de Antonio para darle información sobre los Grises y su relación con Alastor.

  • #1

    Tony (miércoles, 26 agosto 2015 01:05)

    Espero que la espera haya merecido la pena. El martes que viene más.
    No olvidéis comentar.

Animal es el que abandona a su mascota.

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