Los grises

18ª parte

(Ilustración creada con la cámara de fotos de mi teléfono móvil)

 

            La nieve pasó sobre ellos pero él logró aferrarse al peñasco también gracias a su gran peso. A pesar de la fuerza con la que la nieve en suspensión tiraba de su amiga, la agarró con todas sus fuerzas y logró evitar que cayera arrastrada al precipicio.

            Pocos segundos más tarde ambos respiraban agitados, abrazados a las rocas. Dos metros más allá el vacío les reclamaba con el empuje de la ventisca.

            — ¿Estás bien? —Preguntó Antonio. Sus sistemas de comunicación no funcionaban y habló a gritos para vencer el ruido del viento.

            —Yo perfecta, ¿y tú?

            —No tengo nada roto... Pero estamos jodidos. ¿Cómo vamos a salir de aquí ahora?

            —No es momento de llorar, hay que buscar un lugar seguro.

            — ¿Crees que están muertos?

            —No creo que nadie pueda sobrevivir a eso... Pero iban muy bien equipados, nunca se sabe. Vamos, muévete, esta roca podría desprenderse.

            Reptaron por la cresta de la montaña hasta una zona resguardada del viento y allí descansaron, sabiéndose ocultos y protegidos por la peñas. Antonio estaba exhausto, moverse en ese entorno era terrible para sus castigados músculos.

            —Esto es el fin, ni siquiera puedo llamar a mi mujer y decirle que recoja a mi hijo... Joder, nunca saldremos de aquí... Maldita sea hoy estuve a punto de dejar esta mierda.

            — ¡Te quieres callar! Si no llega a ser por ti estaría en aquel agujero con todos los huesos rotos.

            Antonio la miró sin perder la mirada de niño asustado pero no replicó.

            —También se te ha reventado el escudo —dijo, al ver que su placa metálica del pecho humeaba.

            Ángela se lo quitó y lo tiró al barranco.

            —Supongo que esto nos pondrá las cosas un poco más complicadas.

            — ¿Qué quieres hacer? Sin el EICFD no tiene ningún sentido estar aquí. Y te recuerdo que estamos rodeados por los grises, nos dispararán en cuanto nos vean y sin escudo...

            Ángela le apuntó a la cara con su rifle de plasma y le miró con odio.

            —Ya me estás cansando con tus lloriqueos. Uno más y disparo, detesto a los llorones y nunca pensé que tú fueras uno de ellos.

            El aludido palideció.

            —Tranquila, solo era realista.

            —No, Antonio. Tenemos una misión, aniquilar a las fuerzas invasoras y robarles la maldita nave. Si no estás conmigo no te muevas de aquí y por favor no hagas el menor ruido.

            — ¿Cómo te voy a dejar sola?

            —Es como mejor trabajo. Si no puedes seguirme el ritmo quédate. Necesitaré tu apoyo estático, coge tu arma y dispara a todo lo que se mueva.

            —Quisiera poder decir que te puedo seguir.

            —Olvídalo, hazme caso, cuando la zona sea segura volveré a por ti.

            —Está bien.

            —Voy a cazar grises. Estate atento porque  huirán hacia aquí.

            Antonio se puso las gafas de visión verdadera y Ángela hizo lo mismo.

            —Buena suerte —dijeron a la vez.

            La mirada de despedida duró un segundo más de lo que debía. Luego Ángela galopó con ligeras zancadas por la empinada sucesión de rocas y la perdió de vista enseguida. Antonio habría tardado un par de minutos es subir esa cresta que ella saltó en un momento.

            —Espero que lo consiga y que no la disparen con esa súper arma.

            El hueco donde estaba era profundo y se acomodó tumbado en la roca, apuntando al risco que debía estar escalando su amiga. La ventisca impedía ver a demasiada distancia.

            Primero buscó supervivientes del impacto contra sus compañeros. Pensó en Abby y sintió una punzada de dolor en el pecho al pensar que podía estar muerta. Lo cierto era que los demás le importaban mucho menos y se sintió culpable de que no le dolieran sus muertes.

            No tardó en escuchar los primeros disparos. Varios enemigos aparecieron justo a cincuenta metros de él. Eran de los grandes, al menos seis y se escondían y disparaban en dirección contraria. Sus potentes armas escupían rayos verdes que rezó por que no hicieran blanco.

            Apuntó al primero sonriendo y con calma. Al estar de espaldas tenía la nuca descubierta. Puso el fusil a máxima potencia y mínima cadencia y disparó. La cabeza explotó como una sandía mientras sus compañeros se afanaban en protegerse de los disparos de luz blanca que parecían venir de varios sitios. Si ya era difícil detectar un disparo de bala, el láser en la ventisca no se escuchó nada. Luego apuntó al más atrasado, para que los demás no se enterasen y su pulso no tembló. Otra cabeza reventó salpicando la nieve con sus restos auto incinerados.

            El tercero sería más complicado, estaba cerca de otro, aunque si mataba a los dos rápidamente el resto ni se enteraría.

           Bang —susurró, confiado mientras hacía blanco en el primero.

            El fusil tardó un par de segundos en cargar el siguiente disparo. Volvió a apuntar y se encontró al gris apuntándole con su arma. Se puso nervioso y disparó sin atinar para esconderse en las rocas un momento después. No sabía si le había dado y esperó a cubierto unos segundos. Luego se asomó por otro lugar con cuidado y descubrió que no quedaba más que una mancha negra donde antes estuvo el gigante.

           Buf, qué suerte.

            Cuando pensó que sólo quedaban dos, más alejados y difíciles de acertar, apareció un grupo de grises delgados cubiertos con una especie de armadura y casco. Por lo visto el frío no les sentaba muy bien y usaban escafandras como si no pudieran respirar el aire.

            El problema era que había muchos y si le descubrían no les costaría acabar con él.

            Su temor se vio mitigado al ver que una granada los reventaba a todos a la vez y los dos gigantes que quedaban se escondieron entre las rocas haciendo gestos con las manos a unos compañeros que no estaban detrás.

            —No sabía que Ángela tuviera granadas. Pito—pito, gorgorito... —musitó.

            Un nuevo disparo erró el blanco y el gigante miró hacia atrás, alarmado.

            — ¡Joder!

            Volvió a esconderse temiendo que le hubieran visto. Se movió a un lado y se asomó lentamente cuando un disparo de plasma destrozó la roca en la que antes se escondía.

            El arma de Ángela resonó a lo lejos y escuchó que reventaba un cuerpo con un asqueroso sonido al que estaba acostumbrado. Sacó el móvil de la junta del rifle y lo usó a modo de periscopio por un lado de la peña. El gris más alejado estaba derritiéndose pero el otro le apuntaba y disparó justo en ese momento. Las rocas que lo protegían saltaron destrozadas golpeándole por la espalda y la cabeza. Por suerte su abrigo también era de grafeno y amortiguó los múltiples impactos.

            Sabiéndose en peligro le apuntó con nerviosismo pero le dio en el pecho rompiendo parte de su coraza y no detuvo al agredido, que le iluminó con su mira y pudo ver el LED verde antes de que le disparase. Al percibirlo se pegó a las rocas y el disparo desgarró media capucha quemándole algún que otro pelo. Aprovechó ese tiempo que tardó el gris en recargar su arma y le apuntó a la cara. Disparó y falló... El muy canalla lo esquivó en el último momento. Pero una nueva bola de plasma blanca le alcanzó desde atrás y le reventó el pecho, que poco después quedó derretido como una masa amorfa de lava en las rocas.

            Esta vez estuvo demasiado cerca. De no ser por su amiga estaría frito en esas rocas perdidas de la mano de Dios. Saber lo cerca que estuvo de morir le provocó un temblor incontrolable en las manos.

            —Vamos, espabila, sígueme —Ángela apareció por detrás de repente y salto del susto.

 

 

 

 

            Caminar por la nieve le devolvió la serenidad que necesitaba. Sus manos recuperaron la estabilidad y se obligó a sí mismo a dejar de pensar en cosas inevitables.

            En cualquier momento podían reventarles con el láser trueno que atacó a sus compañeros. Pero Ángela parecía muy segura de si misma.

            — ¿No crees que nos puedan disparar aquella arma tan potente? —Le preguntó.

            —Lo dudo. He corrido por la zona y ni siquiera han disparado una vez. Creo que no nos ven con la ventisca.

            —Pero antes llevábamos escudos ópticos, nos hubieran visto menos.

            —Yo qué sé, igual tienen detectores de escudos. Si quieres les preguntamos cuando lleguemos —se rió.

            Las reflexiones de su amiga no le tranquilizaron demasiado. En cualquier momento podían escuchar un trueno ensordecedor y eso sería lo último que escucharían. La adrenalina de no saber si moriría al paso siguiente le angustiaba y al mismo tiempo daba fuerzas extras a sus agotados músculos.

 

            Alcanzaron el platillo volante en la cima de la cresta más alta. Era similar a la que vieron en el interior de los cinturones de Van Allen y atisbaron un grupo de ocho nuevos soldados. Estos llevaban armadura con trazas rojas y eran corpulentos como Antonio. Parecían humanos alterados... ¿Serían abducidos convertidos? Desde luego nunca vieron unos que se comportaran de forma tan humana. A los otros les habían borrado la memoria y actuaban como robots.

            —Estamos cerca, no puede haber muchos más, esa nave no es demasiado grande. Ah, y ten cuidado con lo que piensas.

            —De acuerdo.

            —Vamos a crear una distracción —añadió—. Esto lo hacía en el orfanato a los quince y nunca falla.

            Hizo una bola de nieve del tamaño de su puño, que no era demasiado grande y la tiró a unos treinta metros.

            Cayó a poca distancia de los guardias, tras unas rocas. Los más cercanos miraron hacia allí y se acercaron con cautela al lugar donde escucharon el ruido.

            Antonio sonrió, sólo quedaban cinco, de los que uno miraba hacia la puerta dialogando con otro y los demás... Estaban fumando.

            —Espera. Están en sus cabales, son humanos —dijo Antonio.

            —Ahora no, espero que no te importe dispararles si es necesario.

            —No, claro.

            Flanquearon a los que quedaban, siempre protegidos por la ventisca y Ángela se coló en la nave, rápida como una gata. Antonio la intentó seguir pero uno de los que hablaba le vio y avisó al resto con un grito. No se fijó en lo que hicieron, aplicó la máxima "pies para qué os quiero" sin mirar atrás y una vez dentro se quedó paralizado. A cinco metros de la puerta había un robot que duplicaba la estatura de Antonio con un brazo equipado con un láser del tamaño de sus piernas. La sorpresa fue mutua y el enemigo se volvió hacia él con lentitud, lo que le dio tiempo a correr a refugiarse tras unas cajas.

            — ¡Te ha visto! —Le regaño Ángela, que también se escondía allí.

            —Y los de fuera —replicó, asustado.

            Se escuchaban las pisadas aproximándose desde el exterior mientras gritaban en un idioma que sonaba humano.

            —Salgamos de aquí, no te separes —ordenó Ángela.

            Salió corriendo de su cobertura escondiéndose tras otras cajas y él fue detrás preguntándose qué estaban metiendo en ellas. Probablemente los primeros disparos le sacarían de dudas.

            —Tenemos que despistarlos o somos fiambres —bufó Ángela—. Ve a las cajas del fondo, les distraeré.

            Voló como una sombra caminando por una pared haciendo la esquina de dos zancadas. Poco después Antonio se asomó y vio que tres soldados le señalaban mientras iban hacia allí.

            Una bola de plasma dio a uno de ellos y le arrancó de cuajo el hombro y y el brazo izquierdo. El grito de dolor demostró que era humano y en lugar de desintegrarse quedó tendido retorciéndose.

            Aprovechó para correr al punto indicado por su compañera y en el trayecto un disparo le alcanzó en la espalda, entre el hombro y el brazo izquierdo. Le ardió la piel y su traje quedó destrozado por esa zona. Hubiera jurado que le alcanzó una bala de gran calibre. En en suelo vio que el que disparó volvía a apuntarle y su cabeza voló con un preciso impacto del arma de Ángela. Fue un instante que se grabó en su memoria, el feo rostro torturado, con su expresión de odio, ojos negros sin esclerótica, explotando en una desagradable masa amorfa de sesos, sangre y huesos.

            Al saberse a salvo, por ahora, trató de moverse y evaluó los daños recibidos por los movimientos que no podía hacer. Se levantó y corrió a la siguiente cobertura mientras movía la mano izquierda y descubría con alivio que la piel de Supermán absorbió la mayoría del ataque.

            Dos menos, pero aun estaba el robot y seis soldados más. Su única razón para ser optimista era que no sabían dónde estaban. A lo lejos, saliendo a otra sala vio que Ángela se deslizaba sin hacer el menor ruido. Qué agilidad tenía... Era una suerte contar con ella. Suponía la diferencia entre la muerte segura y la posibilidad de salir ganando de esa misión suicida. Si la alcanzaban estarían perdidos y si la perdía de vista él muerto.

            Por esa razón corrió hasta su posición desesperadamente, sin pensar en otra cosa. El movimiento continuo les daba una oportunidad...

            Un disparo le despertó de sus cábalas ya que uno de los soldados le localizó y vio a dónde iba.

            —Mierda.

            El miedo dio alas a sus pies y llegó junto a ella deslizándose por le suelo metálico.

            —Te han visto, joder —protestó Ángela.

            —Ya.

            —Corre, ¡salgamos de aquí!

            La siguió de cerca y salieron a un pasillo en el que se veían varias plantas y en el de arriba un soldado les señalaba y avisaba al resto. Antes de poder entrar en la siguiente sala les disparó y falló por un centímetro. Antonio sintió calor en la oreja.

            Se acurrucaron entre una escalera y un hueco sin salida.

            —Sube, ¡rápido! —Apremió Ángela.

            Ella tomó la delantera y Antonio corrió detrás. Esta vez dispararon a todo lo que se movía en la planta de arriba y mataron a dos soldados más. Ángela se asomó desde su posición y vio al robot saltando a grandes zancadas por el pasillo, examinando salas. Aprovechó la elevación ventajosa y le disparó en la caja que llevaba como una mochila a la espalda. Reventó esa parte pero el cacharro siguió operativo y se volvió hacia ella. Disparó un láser menor, que pasó por encima de su cobertura.

            —Antonio remátalo.

            Éste se asomó y apuntó a lo que parecía una diminuta cabeza. Con el impacto explotó como una sandía y el armatoste de tres metros trastabilló y cayó, inerte.

            —Buen disparo, les tenemos contra las cuerdas —celebró la chica.

            —Somos dos y ellos siguen siendo... Un huevo.

            Ángela aprovechó la cercanía para darle un beso en los labios y, de paso, callarle.

            — ¿Qué haces? —Preguntó, turbado.

            —Sígueme y cállate. No pueden dispararnos con toda su potencia de fuego —explicó—. No quieren tener agujeros cuando salgan al espacio. Aprovechemos ese miedo.

            —Si tú lo dices...

            La chica siguió corriendo por el pasillo hasta que llegó a una puerta de plasma luminosa y azul. No se veía forma de abrirla pero cuando la alcanzó Antonio la cortina de luz desapareció. Dentro vieron a dos grises que corrieron hacia ellos. Ángela reventó la cabeza de uno y Antonio disparó al pecho del otro. Al entrar la puerta se cerró de nuevo.

            Una plancha de metal cubrió el acceso por su lado y al sentirse a salvo se dejó caer en el suelo para respirar.

            — ¿Qué es esto? —Preguntó Ángela, acercándose a un panel de mandos. Antonio la miró y se sorprendió por ver un enorme monitor donde veía el exterior de la sala. Varios soldados en color azul se movían alrededor la cabina.

            —Fíjate, no salimos aquí. Te lo dije, somos invisibles para sus radares,

            Antonio se fijó que no sólo se veía dentro del OVNI sino también una buena distancia en el exterior. La pantalla era de al menos ciento cincuenta pulgadas. Al acercarse se dio cuenta de la genialidad alienígena. No necesitan pixeles, sencillamente la imagen se proyectaba en el aire y estaba seguro que con una lupa descubriría infinidad de detalles.

            Tocó la pantalla flotante para saber si era real y donde la rozó apareció un círculo rojo con un signo de sumar dentro, como si fuera un punto de mira. Sin embargo no sintió nada en el dedo, era pura luz.

            Ángela tanteó dos bolas de acero que sobresalían del panel inferior y la imagen cobró vida. Con la bola izquierda aumentaba el zoom y con la derecha desplazaba el mapa.

            —Guau, ¡yo quiero esto en mi buhardilla! —lo festejó la chica.

            —Hay botones aquí...

            —No los toques —urgió Ángela.

            Antonio apartó las manos y las levantó.

            Los grises intentaban entrar por la fuerza pero la puerta ni siquiera tembló con los golpes.

 

Comentarios: 6
  • #6

    CECILIA (jueves, 03 septiembre 2015 17:18)

    Hola Tony FELICIDADES!!! bendiciones para tu familia con la llegada de tu bebe, disfrutalo mucho porque el tiempo se pasa rápido....
    y bueno nada que comentar solo decirte que esta parte estuvo mucho mas interesante; con más acción, espero la continuación siga igual de fascinante... abrazos.

  • #5

    Jaime (jueves, 03 septiembre 2015 03:32)

    Me he quedado con ganas de leer más. Yo pienso que los Grises también tienen humanos a quienes les han lavado el cerebro para que los obedezcan fielmente, o bien, han encontrado aliados terrestres. Espero que puedas publicar la próxima semana, Tony, y suerte con tu nuevo hijo.

  • #4

    Yenny (miércoles, 02 septiembre 2015 18:37)

    Disfruta este momento Tony y aprovecha al máximo a tu bebé porque extrañarás estos momentos cuando crezca, tómalo con calma la historia va bien aunque debes tomar notas para que no te olvides como va a continuar jajaja
    Suerte en todo y bendiciones.

  • #3

    Tony (miércoles, 02 septiembre 2015 17:22)

    En este caso es por el nacimiento de mi hijo. Otras veces me bloqueo y no sé continuar pero en esta historia aun no me ha pasado y más bien es lo contrario, quiero escribir más de lo que puedo.

  • #2

    Yenny (miércoles, 02 septiembre 2015 16:17)

    Me gustó esta parte por fin algo de acción, y la relación de Ángela y Antonio es interesante, creo que es la única que puede calmarlo en situaciones de peligro.
    Espero que en la otra parte se explica que hacían esas personas ahí, eran abducidos o estaban por voluntad propia con los grises.
    No se si es por falta de tiempo o porque no sabes como continuar la razón por la que has tenido problemas para escribir, pero vas a ver que si lo puedes hacer Tony, aunque te tengamos que esperar un poco más.
    Pd.: quedó bien la foto, sería interesante que las imágenes fueran creación tuya, sólo para saber como imaginas tus historias y personajes :)

  • #1

    Tony (martes, 01 septiembre 2015 18:45)

    Estoy teniendo problemas para escribir estos días. He podido publicar gracias a que esta parte la tenía escrita casi completa desde la semana pasada. Espero que la próxima pueda salir en una semana... No prometo nada.
    Por favor, no olvidéis comentar.

Animal es el que abandona a su mascota.

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