Los grises

21ª parte

            Sobrevolaron el continente americano en apenas unos minutos y llegaron al punto geográfico que marcó en el mapa James Black.

            Aterrizaron levantando una densa nube de polvo en el desierto y descendieron perfectamente armados y equipados frente a la falda de unas montañas.

            Antonio estaba tan preocupado por Ángela que llevó un par de granadas y Black les obligó a equiparse con el brazalete anti gravedad. Él dudaba de que les sirviera de algo.

            —Hay unas cuevas naturales en este lugar calificadas por los espeleólogos como de peligro extremo. Hay otras que están abiertas al público. Se llaman "tubos de lava". Los turistas y aficionados a las cuevas peligrosas se conforman con esas, pero créanme, son juegos de niños comparados con los que van a atravesar.

            —¿Vamos a buscar a Ángela en una cueva? —Preguntó Antonio.

            —No, en el Área 51. Si ella está aquí, la encontrarán.

            —Esto no tiene pinta de ser una base militar —valoró Tomás.

            —Por eso debe estar ahí. Los que aseguran haber estado lo describen como un lugar de acceso imposible para el ser humano.

            —Pero entonces ¿cómo acceden los que trabajan ahí? —Protestó Antonio.

            —La pregunta es —intervino Abby—, ¿de qué manera accederemos nosotros?

            —Para eso les he mandado llevar los brazaletes. Y respondiendo a su pregunta, señor Jurado usan naves como la nuestra —arguyó Black.

            —Tiene sentido —apoyó Abby asintiendo mientras se mordía el labio inferior.

            —Encuentren la cueva, está subiendo la colina donde es imposible aterrizar, yo veré a través de sus trajes, no me acercaré para que no nos detecten. Les indicaré el camino.

            —Me siento más tranquilo —se mofó Antonio.

            John le dedicó una mirada asesina.

            —Aunque preferiría ir solo que con éste —añadió, dirigiéndose a la teniente.

            Entonces sonó un teléfono y todos se detuvieron a mirar al dueño. Era su propio móvil invisible que recibía una llamada de Brigitte. No sabía que podía recibir llamadas en la otra punta del mundo.

            —Sí, ¿qué pasa? —Contestó.

            —¿Dónde estás? —Respondió enfadada.

           Em,... Trabajando.

            —¿Señor Jurado? —Le regañó Black—. Cuelgue inmediatamente, nos detectarán.

            —Tengo que dejarte, estoy en una reunión importante...

            —¿Cómo que trabajando? ¿me has mentido? Mira, me da igual... Tu amiga, Ángela, está de camino al hospital. Preguntó por ti antes de desmayarse por una herida de bala. Suponía que te interesaría saberlo... Y quizás puedas explicarme por qué vino a por ti en lugar de ir ella misma a urgencias...

            —¿A qué hospital la han llevado?

            —Al de Parla. ¿Sabes algo?

            —No, pero iré a verla en cuanto salga de la reunión.

            —¿Cómo?, ¿Pero tú no estabas tomando unas copas con tus compañeros de trabajo?

           Em... —Antonio se dio una palmada en la frente. Como allí era plena mañana olvidó que en casa eran las diez de la noche y que en teoría estaba de marcha.

            —¡Cuelgue! ¡Nos descubrirán!

            —Cariño, mejor te lo explico en casa.

            Y colgó con el corazón acelerado. ¿Estaba en un buen lío, cómo se lo iba a explicar? Esperaba que en el tiempo que tardara en volver se le encendiera la bombilla. Aunque lo más importante era regresar cuanto antes. Estaban siguiendo una pista falsa.

            —Tenemos que volver. Ángela está en Madrid. La han herido.

            —Aquí las órdenes las doy yo —se obstinó Black. Sigan adelante, esa mujer no es lo que andamos buscando.

            —¿Pero qué dice? ¿No quiere saber dónde está el OVNI?, ¿No veníamos por eso?

            —Sí, antes. Ahora la misión es descubrir si el área 51 tiene algo que ver con el ataque de esos misteriosos soldados en el Himalaya.

            —Ni hablar, yo vuelvo —insistió.

            —Puede estar así hasta mañana —se quejó el capitán.

            —¿Cómo piensa regresar? —respondió Black, tranquilo—. Yo piloto la nave y no me iré sin saber la verdad de esa cueva.

            —Y si lo es, ¿qué importa?

            —Conocer a tu enemigo es crucial en cualquier guerra. Y hemos recibido una señal de alerta procedente de ese agujero.

            —¿Qué? No pienso meterme en un nido que puede estar atestado de hijos de puta mejor equipados que nosotros. Volvamos...

            —Tú no das las órdenes —escupió John a sus pies.

            Antonio miró a Tomás y a Abby y sólo ésta parecía dispuesta a apoyarle.

            —Yo quiero saber lo que nos ha pasado en China —reconoció tranquila ella—. Si los hijos de puta que nos atacaron fueron son los americanos, hay que devolvérsela.

            —Estoy de acuerdo —apoyó Tomás.

            —Si vas a largarte, adelante, no te necesitamos. Sólo serías un lastre —añadió John.

            Suspiró, preocupado por el estado de Ángela, pero convencido de que tenía que demostrar otra vez a ese egocéntrico que él era mejor soldado que él.

            —Si tan ciegos estáis, adelante, os seguiré. No tengo prisa de volver a casa. Al fin y al cabo mañana no hay que madrugar.

            Continuaron el ascenso hasta llegar a una grieta de origen volcánico. Según las indicaciones de Black era la gruta que debían descender.

            —Utilicen el brazalete apuntando a las paredes —indicó el excéntrico científico—. Podrán descender como si caminaran en la rueda de un hámster.

            Antonio resopló.

            —Me pregunto por qué ha puesto ese ejemplo... Somos sus cobayas, supongo.

            —Señor Jurado, debe pensar que no oigo todas sus estupideces, ¿no? —reprendió Black.

            —A veces lo olvido.

            —Haga un favor al mundo y cierre la boca.

            —Es que no calla ni debajo del agua —agregó John.

            Abby soltó un profundo suspiro y Tomás se rio.

            Hicieron lo que indicó el profesor y descendieron con relativa comodidad por el abismo que parecía llevar al infierno.

            —Aquí no hay señales de que ningún hombre haya llegado —puntualizó Tomás—. ¿Cómo pueden tener una base súper secreta?

            —Yo no opino —replicó Antonio.

            —Les garantizo que ahí abajo encontraremos muchas respuestas —respondió James por el comunicador.

            —¿Por qué nos engañó con que encontraríamos aquí a Ángela? —puntualizó Antonio.

            —Nunca dije que estuviera ahí. Supuse que se habría adelantado por ser el siguiente lugar al que yo iría tras lograr dominar una de sus naves. Esa gruta donde más avistamientos ha habido desde mucho antes de que los egipcios construyeran sus pirámides...

            —¿De qué está hablando? Acaba de decir que esto es el Área 51, que aquí íbamos a encontrar a los que nos atacaron. ¿Ahora dice eso?

            —Esa cueva existe hace setenta y cinco mil años. Ha habido terremotos de todas las magnitudes y está sigue en pie. Los indios americanos adoraban estas montañas porque era donde veían descender y partir a sus dioses. Si existe un lugar en el mundo en el que yo construiría una base de investigación extraterrestre, es este.

            —Sí claro, ¿Y si no hay nada? —se burló Antonio.

            —Obviamente no lo puedo asegurar, pero apostaría una ronda de cervezas a que descubrirán algo insólito. Muchos espeleólogos han intentado bajar con cuerdas y la mayoría se rindió cuando llegaron a la gran cueva, llevo años estudiando los posibles enclaves del Área 51 y éste es el que más papeletas tiene. Los que llegaron abajo aseguran que ni la más potente linterna les permitía ver el fondo, algunos incluso postularon la teoría de que toda América del Norte está hueca. Ustedes llegarán donde nadie ha llegado, simplemente caminarán por el techo, no les supondrá un gran esfuerzo gracias al brazalete.

            —Me encanta —se entusiasmó Tomás—. La espeleología siempre me llamó la atención.

            —Pues yo de niño tuve una pesadilla en la que entraba en una cueva como esta —añadió Antonio—y con un derrumbamiento me quedaba atrapado sin que nadie supiera que estaba allí... Oh, espera, ¿quién sabe que estamos aquí?

            —Si quiere llamo a su madre —replicó jocoso el profesor.

            —Qué gracioso...

            Siguieron caminando por la extraña cueva cilíndrica. No sabían si seguía siendo vertical o estaba torciéndose pues el brazalete no daba pistas de la gravedad real. Antonio se agachó, soltó un poco la correa del fusil y descubrió que subía lo que significaba que estaban cabeza abajo.

            El radio de la gruta era de unos treinta metros y se había ensanchado desde que entraron. No era un lugar turístico ya que no veían ningún tipo de vegetación, era pura roca de origen volcánico. Más bien era la boca de la caverna de un dragón e intimidaba porque no parecía tener fondo y podía esconder cualquier cosa.

            Después de caminar una hora llegaron a lo que anunció el profesor, un inmenso hueco en el que no se veía fondo. Aunque para ellos fue como llegar a la superficie en plena noche donde no se distinguían estrellas. Las estalagmitas parecían construcciones artesanales hechas por algún tipo de ser prehistórico que supiera caminar como ellos, contra la gravedad.

            —Tíos —se confesó Tomás—, quiero deciros que esto es lo más alucinante que he hecho en mi vida. No me refiero a bajar a esta cueva, que es acojonante... Sino a todo lo que hemos visto justos. Joder, somos como los "Guardianes de la Galaxia", Han Solo y Luke Skywalker, el capitán Kirk y Spock, Apolo y Starbuck...

            —Ya lo hemos entendido —se hartó John.

            —He cumplido mi sueño infantil, no podía soñar con experiencias tan alucinantes.

            —Nos vas a hacer llorar —repuso la teniente.

            —Lo sabía, te gusto pero no quieres admitirlo.

            Abby se detuvo un momento para mirarle con reproche.

            —Ese sueño nunca se te cumplirá.

            —Pierdo la señal —escucharon a Black—. No olviden misión.. Les ...espero ...fuera.

            Y dejaron de oírlo a medida que caminaban adentrándose más y más en las entrañas de la Tierra.

            —¿Qué misión? —Replicó Antonio.

            —Averiguar qué ocurre aquí abajo —contestó John, seco.

            —¿No eras escritor? —Preguntó Tomás—. Deberías estar entusiasmado de ser testigo de la existencia del Área 51.

            —Si no estuviera en peligro la vida de Ángela y pudiera confiar en James, puede que compartiera tu euforia.

            —A mí me encanta este trabajo —contestó su compañero—. Vamos a dar por culo a esos asquerosos grises.

            Incomunicados del exterior continuaron el descenso por la gruta que recordaba a una madriguera de dragones, y después de media hora vieron algo que no necesitaban iluminar con la luz de sus cascos. Un camino doble de luces y, al fondo, una base militar iluminada con millares de focos. Sobre sus cabezas había un océano de magma que burbujeaba a unos dos mil metros de altura. El calor allí era sofocante aunque no más que un día cualquiera de julio en Madrid.

            —Los hemos encontrado —bufó Antonio—. ¿Hacemos una foto y nos vamos?

            —No sabemos nada de esto —replicó John, exasperado—. Hay que investigarlo.

            —Algo me huele mal —habló Abby—. James dijo que les estaban atacando los grises pero esto está muy tranquilo.

            —Vamos a echar un vistazo, procurar que no os vea nadie —ordenó Masters.

            —Si no hay quien nos pueda ver —se quejó Tomás.

            Se aproximaron con cautela, haciendo un uso intensivo del brazalete. Antonio estaba nervioso porque si ese chisme fallaba caerían al magma que tenían sobre sus cabezas. En esa base todos los edificios debían estar usando la misma tecnología y eso no le aclaraba nada acerca de sus ocupantes. ¿Habría grises o humanos ahí dentro?

            Era difícil creer que estaban cabeza abajo. El brazalete sólo necesitaba saber en qué objeto enganchar la cuerda de gravedad y mientras estuviera sobre él no importaba lo que se movieran. Cuando debían saltar a otras paredes disparaban un haz gravitatorio y el mundo se volcaba como si estuvieran girándolo a su antojo de la misma manera que en una habitación de feria. Por ello esa cueva parecía un mundo en miniatura a dos kilómetros de un Sol moribundo.

            Apagaron los focos, pues ya no eran necesarios por la anaranjada luz del magma, y aprovecharon las estalagmitas para ir avanzando de una cobertura a otra.

            —Me pregunto si el aire aquí es respirable —dijo Tomás.

            —No te quites el casco por si acaso —respondió Abby.

            Las edificaciones no tenían puertas ni ventanas, eran como cajas metálicas conectadas por pasadizos encajados con los distintos módulos.

            Entonces apareció de la nada una nave por encima de sus cabezas apuntando hacia ellos con dos cañones. Podían ver al piloto a través de su cabina de mando, era similar en tamaño a un coche y parecía diseñada para la guerra. El piloto no era humano.

            Se acurrucaron entre las rocas justo cuando abrió fuego sobre ellos y desprendió decenas de estalagmitas, que cayeron hacia el magma. Abby corrió tras un edificio, Antonio la siguió con una lluvia de disparos de plasma pisándole los talones y John aprovechó para disparar sobre la nave. El proyectil luminoso rebotó como en un espejo.

            —¡Maldita sea!

            La lluvia de disparos destrozó la estalagmita en la que se cubría Tomás y varios proyectiles le alcanzaron antes de poder cubrirse en el edificio más cercano. El escudo emitió pitidos de alerta por consumir toda su carga.

            Antonio aprovechó para correr tras él y esconderse detrás la misma estructura.

            —Joder, la ha tomado conmigo —protestaba su compañero.

            —Aquí no dispararán, no van a destrozar su propia base —opinó él, resoplando de cansancio.

            Efectivamente centró sus disparos en Abby que aún estaba a bastante distancia. La alcanzó hasta desactivar su escudo y ella apuntó su brazalete al muro y voló en caída libre. En los últimos metros volvió a situar su gravedad en el techo rodando por el suelo y chocando con Tomás y Antonio.

           Ey nena, primero quítate la ropa —protestó.

            —Tú sigue así y tendré que pegarte un tiro.

            —Así que te va el sado. No hay problema, yo comulgo con todo.

            —¡Tomás! —Gritó exasperada.

            Antonio se reía aunque entendía que no era el momento para bromas.

            John se los llevó a todos por delante cuando corrió hacia la misma cobertura y quedaron desparramados por el techo aturdidos por el impacto.

            —Lo siento —se limitó a decir con voz trémula—. Esa maldita nave va equipada con escudos ópticos.

            Antonio cogió una de las granadas con las que se equipó, unos discos que podían lanzarse como los platillos de la playa, con el diámetro de una pelota de tenis, carcasa de acero negro pesado, y un botón rojo cubierto con una fuerte protección de goma.

            —¿Cuánto tiempo tengo desde que pulso hasta que explote? —Preguntó a quién lo supiera.

            —Tres segundos —indicó Abby.

            —Joder, qué poco.

            —Si no sabes contar tres, retírate —le reprendió sarcástica.

            —Está bien...

            Se asomó y soltó la bomba justo después de activarla. Al estar cabeza arriba no necesitó lanzarla para que cayera sobre el fuselaje del monoplaza aéreo que les acechaba.

            La explosión no se hizo esperar y por la cantidad de fuego y metralla que liberó, debió hacer bastante daño al aparato. El sonido se amortiguó por los cascos de grafeno pero aun así quedaron sordos un par de segundos y luego quedó un pitido agudo.

            Se volvió a asomar y sonrió triunfal. Una columna espiral de humo caía en barrena al océano de lava.

            —¿Cuántos puntos dan por esto? —Bromeó.

            John corrió a verificar su logro y al verlo con sus propios ojos golpeó la pared del edificio, enojado.

            —¡Maldito seas!

            —¿Qué he hecho ahora?

            —John era el que nos sacaba las castañas del fuego antes de llegar tú —contestó Abby—. Está celoso.

            —¿Te crees que todo esto es un juego? —Protestó Antonio.

            —Habla el que quería saber los puntos por derribar al caza —bufó el capitán.

            Abby arrancó la segunda granada de Antonio de su cinturón y la pegó a la pared  del edificio.

            —¡A un lado!

            Cuando apretó el botón rojo los cuatro se arrojaron en plancha al suelo lo más lejos posible de la bomba. La explosión hizo un enorme boquete en el muro de acero y la onda expansiva resquebrajó el duro cristal del casco de Antonio. Apareció una grieta desde el cuello hasta la altura de la nariz y se lo palpó con miedo a que de deshiciera al tocarlo. Sus dedos no percibieron la grieta, aún estaba duro.

            Al parecer fue el único afectado y los demás lo tenían intacto ya que al tirarse al suelo cayó cobre una roca.

            —Esto no aguantará otro golpe.

            —¡Vamos, entrar todos! Tomar posiciones —ordenó John.

            El interior estaba completamente invertido y tuvieron que cambiar el sentido de la gravedad para no tener que saltar los tubos de ventilación. Al menos todos excepto Antonio que prefirió darse un minuto de margen, agazapado entre ellos hasta que estuviera segura la zona y de paso, que hubiera recuperado el aliento. Las piernas amenazaban con darle calambres. Llevaba un día tremendamente agotador y su corazón se había acelerado tanto que sólo notaba un flujo continuo en lugar de latidos.

            Entonces escuchó disparos sobre su cabeza. Vio que decenas de láseres y balas salían de todas direcciones sin origen visible. Los escudos ópticos de sus compañeros absorbieron a duras penas los impactos. 

            —¡A cubierto! —Bramó John.

            Antonio no vio quién disparaba a pesar de que debían estar ahí encima. Colocó el móvil sobre la mira de su fusil y miró a través de él.

            Al menos treinta soldados cibernéticos les estaban esperando. Que los pudiera ver así evidenciaba una tecnología superior a la que tenían ellos, equipados con escudos de alta frecuencia.

            Apuntó a uno a la cabeza pero prefirió no disparar. Al parecer ninguno le había visto agazapado entre los tubos de ventilación. Si disparaba se delataría y ni siquiera lograría penetrar el potente escudo que tenían.

            —Salgan con las manos en alto —ordenó uno de los soldados.

            «Hablan español» —se sorprendió Antonio.

            —¿Sois humanos? —Preguntó Tomás, aliviado y saliendo de su cobertura, obediente y con los brazos en alto.

            Antonio suspiró aliviado. Pero una segunda batahola de disparos se concentró sobre su compañero y ni su escudo, ni la piel de Supermán evitaron que saltaran fragmentos de Tomás por toda la sala.

            «Hijos de puta» —pensó enfurecido y paralizado por la sorpresa y el horror.

Comentarios: 5
  • #5

    seguus (jueves, 08 octubre 2015 03:41)

    Antñio angela y su esposa se la podrian pasar muy bin juntos una noche jajajaja

  • #4

    Yenny (martes, 06 octubre 2015 15:42)

    Mataron a Tomás, eso no lo esperaba. Tony continuación pronto por favor :)
    Quiero saber que pasará con Ángela y Briggite, aunque no creo que se les mencione hasta dentro de un par de partes.

  • #3

    Chemo (martes, 06 octubre 2015 04:31)

    La historia está excelente. Creo que ya lo habían comentado, pero quiero una lucha a muerte entre la esposa de Jurado y Ángela. Jeje

  • #2

    Jaime (sábado, 03 octubre 2015 17:33)

    Excelente historia. Espero la continuación con ansias.

  • #1

    Tony (sábado, 03 octubre 2015 05:10)

    Siento el retraso. La tenía lista desde el jueves pero no he encontrado media hora para subirla.

Animal es el que abandona a su mascota.

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