Los grises

22ª parte

 

            Sus otros dos compañeros respondieron a sus dudas abriendo fuego por encima de sus coberturas usando alternativamente la pistola y el fusil.

            Los enemigos se dispersaron, sorprendidos y dispararon a discreción. Algunos se hicieron visibles, lo que significaba que ya no tenían escudos. Antonio aprovechó el caos para disparar a uno de ellos a la cabeza salpicando de sangre a varios de sus compañeros.

            «Ahora os veo, cabrones» —musitó, triunfal.

            Abatió a tres más antes de que le descubrieran en su escondite. Le alcanzaron varios disparos de bala que el escudo absorbió a duras penas. Alarmado cambió la gravedad y se cubrió tras la estructura metálica que se cubría John.

            —Esos no cuentan como tuyos, yo les desactivé el escudo.

            —Totalmente de acuerdo, dame otro blanco y te cederé los puntos.

            —No me digas lo que tengo que hacer —protestó el capitán.

            La refriega dejó de tener bajas en ambos bandos durante varios minutos. Los disparos iluminaban la sala, repleta de pantallas holográficas y con algunos congeladores con muestras orgánicas, tubos de ensayo y demás material científico destrozados por el intercambio de proyectiles.

            Los ciborgs parecían asustados y no se exponían a su fuego desde que vieron morir a cinco de los suyos y ellos tres no tenían prisa por salir de sus coberturas.

            —Si no nos han tirado una granada es porque todo esto debe ser muy valioso —valoró Antonio.

            —O peligroso —puntualizó Abby.

            Su afirmación fue porque el cuerpo de Tomás estaba siendo bañado por un líquido procedente de una de las vitrinas, uno espeso y pardusco que reptaba con vida propia por el suelo buscando el cuerpo ensangrentado de su amigo. Ambos bandos vieron con asco la escalofriante escena. El gel de color cobrizo se introdujo por las heridas, por la boca y al penetrar, el cuerpo sufrió espasmos.

            Todos le apuntaron. Pero los otros cuatro muertos sufrieron la misma suerte y se retorcieron en el suelo con gemidos de dolor.

            Empezó a salir espuma blanca de los espeluznantes boquetes abiertos en sus carnes y solidificó en forma de bultos palpitantes, semejantes a corazones mutados.

            Tomás se incorporó como poseído por un demonio, sus ojos lagrimeaban sangre estaban opacos y no reconocía a nadie. Se arrojó sobre Antonio y éste le rechazó con una patada en el pecho dejándolo aturdido de espaldas a ellos. Luego aprovechó para empujarlo contra sus enemigos con un empelló en la espalda mientras estaban masacrando a los otros zombis que la habían emprendido con ellos. Éstos eran inmunes a los proyectiles por sus potentes escudos mientras que los soldados no podían defenderse de las dentelladas. Cuatro fueron mordidos y el zombi de Tomás aprovechó el pánico para alcanzar a un quinto.

            —¿En serio? —Preguntó Antonio, enojado—. ¿Estos hijos de puta los crearon?

            —Lo dices como si todo esto no fuera nuevo para ti —replicó Abby que aún estaba horrorizada.

            —Maldita sea, creí que nunca más volvería a ver zombis. Pero mira, nos ayudarán... Hasta que todos ellos se conviertan. Después más vale que nos larguemos... Infectados y con escudo óptico de alta frecuencia... Ni en mis peores pesadillas me he enfrentado a algo así.

            —¿A dónde nos vamos? Nos cortan el paso —farfulló Masters.

            —¡A casa! Ya sabemos lo que vinimos a averiguar ¿no?

            —No sé si son americanos o alienígenas los que llevan el cotarro —protestó John.

            —Y qué más da. Abre los ojos capitán, no podemos con ellos. Aprovechemos el pánico y volvamos por donde hemos venido. ¡Ya!

            —Estoy contigo, Antonio. Vámon...

            Una violenta explosión hizo temblar la estructura. Uno de los zombis debió atacar a alguien con bombas y éste decidió inmolarse con sus compañeros infectados antes de convertirse en uno de esos monstruos. El suelo se tambaleó y tuvieron que agarrarse a las paredes.

            Varios zombis cayeron al vacío y acabaron en la lava. Apareció un boquete por el que podía caber un caballo en el centro de la sala. Los anclajes del techo de la cueva cedieron y se les subió el corazón al cuello creyendo que se precipitarían con el trozo de edificio al mar de magma. Por suerte los anclajes resistieron, pero ¿cuánto tiempo?

            —Vámonos —urgió Antonio.

            —Maldita sea... —Protestó Abby—. Mi brazalete se ha roto. Marcharos sin mi.

            —¿Qué? —Antonio la miró contrariado.

            —No podéis sacarme, largaos.

            En la explosión la teniente, como acto reflejo por agarrarse a algo, lo golpeó contra la pared y éste humeaba con  el botón rojo del dorso de la mano destrozado.

            —Encontraremos otra salida —dijo Antonio, pálido.

            —De todas formas yo no pensaba irme —añadió John—. Tenemos una misión.

            Por suerte los enemigos que les impedían continuar ya no estaban ahí, en su lugar estaba el enorme agujero de la explosión. Lo rodearon con cuidado mientras Antonio pensaba en voz alta.

            —Me pregunto qué pasa si se rompe el brazalete estando con la gravedad cambiada.

            —Se corta el ancla y simplemente regresa la terrestre —respondió Abby.

            —¡A las dos en punto! Disparar —Exclamó John.

            Un zombi con el escudo óptico reactivándose se levantaba como un resorte entre los escombros. El capitán disparó varias ráfagas de su fusil de plasma, que a través de las pantallas eran líneas rojas con partículas dibujando una espiral a su alrededor. Los impactos se detuvieron en el aire a un palmo de distancia del destino antes de que la batería de John pitara por sobrecarga.  Antonio y Abby dispararon al unísono y tras lograr superar el escudo alcanzaron al zombi en el cuello y en el ojo derecho respectivamente.

            —Esperar, podemos usar sus escudos, son mejores que los nuestros —propuso Antonio.

            —¡No lo toques! —Apremió Abby—. Sólo funcionan si coincide el código genético, sino explotarán. ¿Es que no piensas?

            —Lo había olvidado.

            —¡Concentraos, se levantan todos! —Urgió John.

            Antonio recorrió la sala con la mira de su fusil y vio numerosas formas levantándose a la vez.

            —Son demasiados.

            —Larguémonos —ordenó el capitán que aún tenía el fusil en fase de recarga.

            Tuvieron que abrir una esclusa que les impedía salir del laboratorio y la volvieron a cerrar para que no les siguieran. Luego siguieron corrieron por el pasillo con los fusiles por delate hasta llegar a otra sala llena de ordenadores. Antonio se volvió para cerrar la puerta, que era semejante a la anterior, como las de los submarinos, con una manivela de metal para sellar el acceso.

            —Mierda, ¿qué ha pasado aquí? —Bufó Abby examinando los tableros humeantes.

            Los ordenadores estaba destrozados, parecía que alguien los había reventado a conciencia con algún arma de fuego. ¿Temían que ellos encontraran algo?

            —Son teclados QUERTY —apuntó Antonio—. Esto deja claro que no es una embajada de los grises.

            —Pues yo tengo más preguntas —objetó John—. Esto no ha sido por nosotros, mirad.

            Sus compañeros se acercaron y vieron un agujero en el suelo hecho por la sangre ígnea de algún gris abatido.

            —Continuemos, esto tiene cada vez peor pinta —añadió con voz ronca.

            —Nos hemos visto es situaciones peores —dijo Antonio.

            —Ya veremos... —terció John.

            El siguiente pasillo era un matadero de soldados cibernéticos. Vieron Al menos tres de ellos descuartizados y sus restos sanguinolentos esparcidos por todo el pasillo por lo que era difícil determinar cuántas víctimas estaban viendo.

            —¿Quién ha hecho esto? —Preguntó Abby—. No ha sido reciente, la sangre está coagulada.

            —No nos estaban esperando... —dedujo John—. Se escondían de lo que está aquí fuera. Algo "irracional" ya que creyeron que estarían a salvo con sólo cerrar la esclusa.

            —Genial, y ¿por qué dispararon a Tomás? —Preguntó Antonio.

            —No tenían un jefe —argumentó Abby—. Eran soldados asustados, no escuché que nadie diera orden de disparar ni de que dejaran de hacerlo. Sea lo que sea lo que les asustaba tanto, sigue aquí.

            —Joder... —Antonio tragó saliva.

            —Últimamente llegamos tarde a todas las fiestas —bromeó la teniente.

            Volvió a examinar la sala con su dispositivo móvil aunque era evidente que estaban solos o ya estarían muertos. Su rastreo lo confirmó.

            —Maldita sea esto me recuerda... —susurró Antonio.

            —¿Una película? Ahórranoslo —bufó John.

            —No, yo me he enfrentado ya a unos entes invisibles, los llamaba sombras porque era la única forma de verlos.

            —Los escudos ópticos dejan pasar la luz —explicó Abby con aburrimiento—. No proyecta sombra.

            —¿Los de alta frecuencia también?

            —Es la misma tecnología mejorada —desengañó la teniente.

            —Ya...  Tiene que haber una forma de verlos, dependemos demasiado de esto.

            Señaló la voluminosa mira de su fusil.

            —Da gracias que lo tenemos —completó John—. Sea lo que sea lo que se esconde en este complejo hay que destruirlo.

            —Y encontrar un medio de transporte que nos saque de aquí —añadió Abby.

            John fue a la esclusa del fondo de la sala dispuesto abrirla. Entonces Antonio vio su propia imagen en un monitor y al moverse le imitó como un espejo invertido. En la esquina superior derecha un led rojo titilaba.

            —Mirar, nos están grabando... Y no somos invisibles.

            Abby se acercó y buscó los controles. Estaban justo debajo de la pantalla y el de grabar estaba manchado de sangre. Quien lo activó les había dado la posibilidad de ver a qué se enfrentaban antes de morir.

            —Rebobina.

            En la pantalla apareció un hombre nervioso al que le costaba hablar por agotamiento. Tenía la cara salpicada de sangre y detrás se veía movimiento caótico de soldados.

            —Aquí Área 57, estamos en alerta roja, una de las formas de vida extraterrestre, la S507, infectó a uno de nuestros soldados y en cuestión de segundos enloqueció contagiando a todo su equipo, los intentos de destruirlo fueron inútiles. Los aislamos en la sección delta, pero eclosionaron en forma de "insectos". Destrozaron los cristales de las celdas y... Ejecuten la orden 47, repito, solicito que la base se auto destruya por peligro crítico contra la humanidad. Si una sola de estas cosas llega arriba... Dios les ampare.

            El hombre tenía un brazo mecánico y piernas de robot, lo vieron cuando se alejó de la cámara y corrió siguiendo a sus compañeros, igualmente mutilados en diversos grados y reconstruidos como mecanos. Su acento era mejicano, lo que explicaba que hablara español.

            —Orden 47 —susurró Antonio, paralizado—... Suena mal.

            —Área 57 —añadió John—. Al menos hay 56 bases secretas más.

            —¿Qué tal si movéis el culo y buscamos una forma de escapar mientras no seamos una bola de fuego? —Les recriminó Abby, furiosa.

            Los dos asintieron y corrieron hacia la puerta.

            —Mejor vamos con calma y asegurando blancos —añadió Abby—. Sospecho que si fuera cuestión de pulsar un botón, esa gente ya lo habría pulsado. Y de nada sirven las prisas si nos matan esos monstruos por el camino.

            —Voy a abrir el portón —avisó John—. ¿Listos?

            —Recordar las palabras del comandante: "Pensar rápido, actuar aun más deprisa" —recitó Abby—. No disparéis a la vez al mismo blanco o nos quedaremos vendidos cuando caigan sus escudos.

            —Eso lo hacemos bien —valoró Antonio.

            —Pero dispara tú primero —protestó John—. No te vas a llevar toda la gloria.

            Dicho eso giró la rueda y se parapetaron Antonio y Abby a ambos lados apuntando con su mira al otro lado.

            —Despejado —dijo la teniente.

            Avanzaron por el pasillo sembrado de trozos de cristal y fragmentos de metal arrancados por la balas. Sus dispositivos no revelaban presencias de modo que continuaron ojo avizor.

            No tenían idea de lo que buscaban, si un aeródromo o una salida por túnel, pero la prioridad era peinar las instalaciones y eliminar todas las amenazas hasta encontrar un medio de transporte.

            Al examinar el siguiente módulo encontraron dos salidas a izquierda y derecha. Ambas estaban abiertas. Antonio examinó la de la diestra y Abby y John la otra.

            —Nada, ni rastro de hostiles —dijo El capitán.

            —¡Me atacan! —Gritó Abby, presa del pánico.

            Vieron cómo forcejeaba consigo misma, aparentemente, y después de soltar un puñetazo al aire algo voluminoso, pesado e invisible cayó sobre unas cajas de cartón aplastándolas con su gran peso. Los móviles no mostraban nada. Inmediatamente después Abby disparó su arma sobre "el vacío" y vieron que los impactos hacían visible un escudo a través del cual no atravesaban los disparos.

            Cuando se acabó la batería de la teniente John disparó con el suyo con un furioso grito de guerra. la cosa saltó y el capitán apuntó a todas las direcciones. Una de las ráfagas le alcanzó a Antonio, que trataba de ubicar la amenaza pero la habían perdido.

            —Maldita sea, ¿dónde se ha metido? —Bramó Masters, con el fusil pitando sin energía y sacando su pistola de repetición.

            —No podemos como eso, ¡correr!

            Abby se levantó de un salto y huyó por el corredor de la izquierda, John le hizo un gesto para que les siguiera y tomó el mismo camino.

            Antonio se hallaba paralizado por el pánico. Se quedó quieto por la absurda creencia de que si no respiraba sería invisible, como ocurría en las películas americanas. Cuando comprendió que era una estupidez logró mirar a su alrededor esperando tener pistas de dónde podía estar el enemigo.

            El silencio era completo, sólo su respiración acentuada por la estrechez del casco lo rompía y le impedía escuchar sonidos menores en el exterior. Por ello acortó las inhalaciones lo máximo que pudo, para escucharse lo menos posible.

            Un impacto le hizo volar por los aires, su escudo óptico fue visible al estrellarse contra la pared pero siguió activo cuando vio un pequeño resplandor rojizo acercarse a él con la velocidad del rayo.

 

 

 

            —Donde está Antonio —preguntó Abby cuando pasó John por la esclusa y no le vio aparecer.

            —Mal asunto, ¡cierra ya!

            La teniente obedeció presurosa y giró la manivela de metal tan rápido como pudo.

            —Espero que no estemos encerrados ahora —dijo John, mirando a su alrededor.

            —Debimos esperarle.

            —Recuerde la misión, teniente. Hay que sacar toda la inf...

            —A la mierda, ¿me habrías abandonado a mí? —chillo la mujer.

            —No es muy recomendable alzar la voz en las presentes circunstancias. Y por si o ha olvidado, teniente, dio una orden de retirada que el recluta no obedeció. Ahora expondríamos nuestras vidas por nada ya que lo más probable es que ya esté muerto.

            Abby golpeó la manivela con la palma de la mano. Por un lado quería regresar, por otro sabía que John tenía razón, era demasiado tarde.

            —Hemos tenido suerte —observó el capitán—, hay otra salida. Abby, no hay tiempo para lamentar la muerte de nuestros compañeros, sigamos adelante.

 

Comentarios: 9
  • #9

    Alfonso (domingo, 18 octubre 2015 22:20)

    Yo también quiero leer una historia de terror. No sé cómo funcione tu idea, Tony, pero la historia que escribiste el año pasado fue muy buena y no tuvo que ser bastante larga.

  • #8

    Tony (viernes, 16 octubre 2015 09:16)

    He pensado que voy a escribir algo con los nombres de personajes de aquellos que comenten más en los grises antes del 31 de octubre. Sólo aquellos que comenten el relato, eh, nada de "sacame a mí" jejeje

  • #7

    Tony (viernes, 16 octubre 2015 06:24)

    Un relato de terror de una sola parte... No sé.
    Ultimamente es complicado asustaros jeje.

  • #6

    Jaime (viernes, 16 octubre 2015 02:51)

    Por cierto, Tony, quería recordarte que se acerca el Día de todos los Santos y nos debes una historia de Terror. Llevo esperando leer una historia de terror desde hace tiempo en esta página.

  • #5

    Alfonso (miércoles, 14 octubre 2015 02:28)

    Buena historia. Espero la continuación.

  • #4

    Yenny (domingo, 11 octubre 2015 18:31)

    Continuación, :)

  • #3

    Jaime (domingo, 11 octubre 2015 02:32)

    No me esperaba que los zombis fuesen creación extraterrestre. Seguramente hasta los fantasmas y espectros que Antonio ha perseguido lo sean. Todavía faltan or responder muchas preguntas como: dónde están Fausta, Génesis y Alastor, quién es Elías, cuál es el rol de la Organización y los extraterrestres en la situación actual y, la más importante, qué pasará entre Ángela y Brigitte. En la próxima parte, Antonio resucitará de entre los muertos ya que es inmune a los zombis y ayudará al equipo del EICFD a salir del Área 51 o 57. ¿Qué opináis?

  • #2

    seguus (sábado, 10 octubre 2015 20:13)

    Muy poco importan los reclutas al jhon

  • #1

    Tony (sábado, 10 octubre 2015 05:35)

    Ya podéis comentar. Intentaré subir la próxima parte en una semana pero no prometo nada.

Animal es el que abandona a su mascota.

Si es la primera vez que entras a la página, te recomiendo que entres al Indice.

¿Te gusta esta página?

 Ilustración por Wendy Naomi Arias Audiffred

El asesino que escribía cartas de amor

 

Libro primero de la recopilación de relatos más relevantes de la página.

Disponible a la venta. 

 

Haz click para ver detalles.

  

Ilustración por Antonio J. Fernández Del Campo.

 

Próximamente:  Segundo volumen recopilatorio.

 

Fausta

 

Ya disponible en papel

 

CONTACTO: 

 

Si quieres recibir por email los avisos de las novedades más recientes, inscríbete en el enlace siguiente.

 

Si quieres contactar conmigo directamente por email, escríbeme a esta dirección:

 

tonyjfc@yahoo.es

Chat

Contenido protegido por la ley

El disco de 2 Gb más pequeño del mundo
El disco de 2 Gb más pequeño del mundo