Los grises

24ª parte

 

            —Necesito algún analgésico —pidió Ángela—. No podré soportar el dolor y creo que me tocaba pastilla ahora.

            Black extrajo un botiquín de un compartimento y buscó dentro.

            —Tengo cicatrizante y protector.

            Le mostró dos sprays.

            —No sé si servirá, pero mal no vendrá.

            Destapó su herida y Brigitte tuvo que apartar a Charly para que no la viera. Tenía el hombro morado y cinco puntos que cerraban un boquete por el que parecía haber pasado una pelota de golf. Por la espalda sólo tenía dos.

            —¿Pero cómo se le ocurre salir del hospital con este destrozo? —Protestó Black.

            Le aplicó el primer spray y Ángela chilló por el intenso dolor. Luego puso el segundo y la herida quedó cubierta por una capa de protección similar a la piel de Supermán.

            —Esto evitará que se le infecte, pero no mueva ese hombro o se le soltarán los puntos internos.

            —No se preocupe doc, si lo muevo veo las estrellas.

 

            Aterrizaron en la explanada donde estaba el platillo volante, en un parque infantil inacabado del pueblo de Casarrubuelos. A esas horas las únicas criaturas vivas que vieron fueron unos conejos que percibieron de alguna manera la presencia del aparato invisible y huyeron a sus madrigueras del arroyo con presteza.

            La cercanía al OVNI les permitió verlo incluso en la oscuridad de la noche. El escudo a esa distancia era como una cortina de luz hecha de finos haces de colores. El aparato era inmenso en comparación con el que estaban dejando. Su circunferencia plateada daba cuenta de su robustez y peso, que parecía hecho de acero y piedra. Debido a su gran tamaño el campo de invisibilidad era más amplio y podía verse desde más lejos que el Halcón plateado, que así se llamaba la cucaracha de Black.

            Subieron a la nave extraterrestre mientras Brigitte se frotaba los oídos, pensando que el viaje anterior la había dejado sorda.

            —Antonio nunca me habló de ese trabajo —musitó, dolida.

            —Alto secreto —explicó el profesor con voz áspera—, en adelante usted deberá abstenerse de divulgar todo lo que vea.

            Para Brigitte aquello rompía su modelo sempiterno del universo. Antes era fácil dormir o sentirse tranquila contemplando un cielo nocturno. Pero ahora cada estrella parecía estar mirándola amenazadora. Al mirar hacia arriba una luz amarilla cayó a gran velocidad como si el cielo le lanzara un mensaje de advertencia: "sabemos que conoces nuestro secreto".

            —Contárselo a alguien... ¿Y quién me iba a creer?

 

 

 

            El doble de los arpones ataque le habría atravesado como una salchicha si no se hubiera girado justo a tiempo por acto reflejo. Agarró la silla y desde el suelo la volteó sobre él, impactando con una masa invisible. Los zancudos eran duros pero ligeros y se lo quitó de encima con facilidad.

            El golpe hizo que el enemigo cayera de lado haciéndose visible por completo como si su escudo natural no fuera capaz de regenerarse salvo lo justo para volverse invisible cuanto antes.

            Saber eso le aumentó la confianza y adrenalina en sangre. Una vez derribado el monstruo pataleó nervioso sin acertar a incorporarse debido a que sus patas resbalaban en el suelo, aunque Antonio no era mucho más ágil y cuando se puso en pie su adversario desapareció de nuevo. Cogió la silla y la uso de parapeto creyendo que mantendría a distancia a su enemigo pero un empellón la disparó por los aires a la derecha y un nuevo golpe le sacudió en el casco haciéndole caer. El cristal de grafeno mostró nuevas y preocupantes grietas, era un milagro que resistiera ese último impacto.

            Sin embargo ni el escudo ni el fusil se recargaron aun. Entonces recordó algo.

            "John usa el brazalete como arma"—recitó en sus recuerdos la aterciopelada y disciplinada voz de Abby.

            —No pierdo nada intentándolo.

            Se levantó y corrió en dirección contraria a donde debía esta su enemigo.  Buscó una cobertura firme, había un muro tras el que estaban las máquinas de café y sándwiches.

            —Esto servirá.

            Sin embargo en su carrera distinguió el traqueteo del bicho pisándole los talones y giró bruscamente a la derecha. El zancudo resbaló y escuchó el chirrido de sus patas tratando de frenarse, alejándose tres metros por el pasillo. Se agarró al muro y se abrazó a él mientras con la mano derecha apuntaba al rastro dibujado por sus patas quitinosas. Disparó el rayo anti gravitatorio a ciegas.

            Como esperaba sintió que la gravedad se giraba noventa grados y se apoyó en el muro. Algo invisible arrancó un pedazo de metal del suelo y escuchó un chillido animal. Rápidamente desactivó el rayo gravitatorio y el monstruo se estrelló contra la ventana del fondo, salpicándolo con una especie de moco verde. Se hizo visible y creyó que le había matado pero se incorporó enrabietado y colocó de nuevo sus antenas hacia él. Un caparazón de cristal se materializó frente a él y un instante después desapareció de nuevo. Pero estaba dañado porque hasta ahora nunca vio cómo aparecía el escudo.

            El traqueteo de sus patas no se hizo esperar y Antonio usó el brazalete para subir al techo. La máquina de café exploró soltando chispas y una vez mas apareció el monstruo en medio del estropicio sacudiendo sus extremidades para limpiarse del líquido. Antonio desactivó la gravedad artificial y cayó justo detrás.  Agarró con fuerza sus antenas luminosas y se las arrancó.

            El zancudo chilló de dolor pero volvía a hacerse translúcido. ¿Cómo lo hacía? Al tenerlo tan cerca aprovechó para rodear su diminuta cabeza con el brazo y trató de arrancársela. Pero una de las pinzas superiores se lo quitó de encima de un golpe seco y casi le partió un brazo.

            La criatura chilló victoriosa y sabiéndolo acorralado saboreó su victoria levantando los arpones sobre él.

            Entonces un haz de ácido anaranjado cubrió a la criatura y se derritió ante sus ojos. Sus gemidos lastimeros no le dieron ninguna pena. Se apartó lo máximo que pudo ya que el líquido no se conformó con el cuerpo del zancudo y siguió perforando el suelo de acero hasta que los restos del monstruo cayeron al magma por el agujero.

            —¿Quién ha sido? —Preguntó buscado el origen del disparo y saltando el hueco abierto ante él.

            Una figura alargada de unos dos metros de estatura pero extremadamente delgada se materializó con un fusil láser en la mano, apuntándole a la cara.

            —Mierda...

            Era un gris, su cabeza tenía forma de almendra, sin pelo. Sus ojos negros poseían párpados que se cerraban horizontalmente y su boca era diminuta. No se le veían orejas y en la parte de arriba de la cabeza se distinguían unos bultos pequeños. Su cuerpo estaba cubierto por un traje blanco sedoso, sin adornos, con un cinturón del que se sujetaban diversos artilugios.

            —Recuerda esto humano, te he salvado la vida —dijo con voz metálica.

            Dicho eso desapareció como un espejismo.

            Antonio se quedó sin respiración, creyó que le mataría igual que al zancudo y tardó varios segundos en comprender que no lo haría. Su escudo se reactivó y su fusil se recargó. Se miró la mano y se sorprendió de que aun tuviera agarradas las antenas de su enemigo. Pensó tirarlas, asqueado, pero se dio cuenta de que el profesor Black le mataría si hacía eso. Seguramente no conseguirían otras jamás aunque dudaba que pudiera averiguar gran cosa de cómo funcionaban, estando muertas.

            Con cuidado de no tocar la sangre verdosa que chorreaban buscó un recipiente donde llevarlas. Encontró una bolsa de deporte con una toalla azul de los Ángeles Lakers y las envolvió con mucho cuidado. Se limpió la sangre pegada en su guante con la parte interior de la toalla. Aunque no quedó rastro decidió desinfectarlo apenas tuviera oportunidad, no sabía si podía contagiar el virus de los zombis.

 

 

 

            Corrieron hasta encontrar otra compuerta cerrada y John trató de abrirla. Estaba atascada por el otro lado.

            —¡Abran la puerta! —Ordenó a grandes voces.

            —Hay monstruos invisibles ahí fuera, no pienso hacerlo —escucharon una voz chillona.

            —O la abre ahora o la reviento y no podrá volver a cerrarla, amigo.

            No tenía modo de cumplir su amenaza pero el del otro lado no podía saberlo así que la desatrancó y abrió con evidente prisa.

            —Tienes tus ocurrencias —felicitó Abby.

            Al abrir la puerta se encontraron a un hombre canoso medio calvo con bata blanca y gafas redondas.

            —De prisa, qué... ¿Quiénes son ustedes?

            De nada sirvió que tratara de volver a cerrar en sus narices, John empujó la compuerta con tal fuerza que el científico cayó de espaldas.

            —Esa es la pregunta que nos ha hecho venir, contéstemela usted.

            —¿Cómo? Son ustedes los que han venido a nuestras instalaciones, han destruido nuestros años de trabajo y liberado muestras de virus letales en estudio.

            —No se equivoque, nosotros hemos llegado tarde a la fiesta —replicó Abby.

            —¿Entonces quién ha sido?

            John le apuntó con el fusil con cara de enfado.

            —Las preguntas las hacemos nosotros, no abra la boca a menos que sea para responderlas. Asienta si lo ha entendido.

            El hombre levantó las manos y movió la cabeza afirmativamente.

            —Sugiero cerrar esa puerta antes —murmuró el hombre.

            —Yo me ocupo —se ofreció Abby para que John no quitase el ojo de encima al científico.

            —Responda sin pensar o tendré que hacerle unos cuantos agujeros a su bata. ¿Cuántos supervivientes quedan?

            —¿Cómo quiere que lo sepa?

            —¿Quién financia estas actividades?

            —El gobierno americano.

            —¿Cuál es su propósito?

            —Yo sólo trabajo aquí.

            —John ya sabemos lo que vinimos a averiguar, no son grises.

            —¿Qué? Ellos son el enemigo, llevamos combatiéndoles medio siglo.

            —Y no sólo a los grises, también a nosotros.

            —¿Qui... Quienes son ustedes? —preguntó con miedo.

            —Cállese.

            —¡De acuerdo!

            John suspiró para calmarse.

            —Debemos salir de aquí, ¿hay alguna nave?

            —El intruso... Que imagino que no son ustedes, destruyó el hangar en cuanto llegó, vino en un pequeño OVNI de combate. No hay modo de salir de aquí y... —miró el reloj—. Nos quedan 14 minutos antes de que la base se descuelgue sobre la lava. Deberían aprovechar este tiempo para rezar sus últimas oraciones.

            —Mierda —protestó Abby.

            —Debe haber alguna forma de escapar —dijo John.

            —Si esperan que yo les diga cómo... ¿Creen que me habría escondido aquí?

            —El intruso debió traer su propia nave —adujo Abby, esperanzada.

            —Creo que se la rompimos cuando llegamos, teniente —respondió Masters.

            —Puede ser —Recordó que Antonio dejó caer una bomba en un pequeño monoplaza y fue derribado.

            —¿Ustedes se llevan bien con alguien? —Bromeó el científico—. No les voy a mentir, me alegro de que ese hijo de puta haya pagado lo que nos ha hecho, pero si no sabían ni quienes somos...

            —No se haga el chulo, amigo. Limítese a responder.

            —Es lo que hago.

            —Ya está bien —cortó Abby con brusquedad—. Si discutimos no saldremos de aquí. Puede que el hangar este destruido pero ¿tienen teléfono? Llamaremos a Black, él nos sacará de aquí.

            —Claro que hay, lo tienen ahí mismo —señaló uno sobre un escritorio lleno de papeles.

            —Estupendo.

            La teniente corrió para llamar al excéntrico profesor pero al coger el auricular no escuchó línea.

            —Creo que lo han cortado.

            —No, no, no, pulse el cero delante,  mujer —explicó el hombre.

            Lo hizo y sonrió al escuchar el tono.

            —Estamos salvados.

            Sacó su móvil de la mira del arma y buscó el número. Los otros dos se acercaron a escuchar la conversación.

            —No da señal ¿lo tendrá apagado?

            —No me sorprende, teniente. Dudo que admita llamadas entrantes de números desconocidos. Es un maniático del espionaje.

            —Pues era nuestra única opción. Si pudiera llamarle con el móvil... Joder, sin servicio.

            —¿Cómo va a funcionar a dos mil metros de profundidad si en el metro ya no hay señal?  —Preguntó el científico, como si fuera tonta.

            —¡Abran la puerta! —Escucharon a otro lado del único acceso.

            —Antonio... —Se alegró Abby—. Tiene más vidas que un gato.

            —O mucha suerte —rezongó John, como si le fastidiara que siguiera vivo.

            Abrieron la exclusa y el compañero cruzó jadeando.

            —¿Qué ha pasado? —Se interesó Abby.

            —No estoy muy seguro... —Trató de recuperar el aliento.

            John se acercó sonriendo y dio dos golpecitos a su casco maltratado.

            —Tienes que darle duro a estas bolas para partirlas de esta manera. ¿Quién ha jugado al fútbol con tu cabeza?

            —¿Preocupado por mí? Qué sorpresa.

            —¿Yo? Sólo preguntaba porque también quería jugar.

            —El monstruo que te ataco, Abby, está muerto. Además ya sé que los zancudos no son extraterrestres.

            —¿Cómo? —Respondió la rubia—. ¿Quién te lo ha dicho?

            —No estamos solos. Hay un gris aquí que me salvó la vida. ¿Por qué iba a hacerlo si el zancudo fuera su sabueso?

            —¿Ha visto al intruso? —Preguntó el científico—. ¿No decían que lo habían matado?

            —No me pareció el enemigo de la humanidad —respondió Antonio, enojado —. Mirar esto, logré arrancar las antenas que lo hacían invisible —arrojó la mochila abierta ante ellos—. Son metálicas, estoy seguro de que lo han fabricado aquí.

            —¿Quién se cree que es este imbécil? No sabe de lo que está hablando —protestó el hombre de la bata.

            —Si os ha dicho otra cosa, miente —terció Antonio.

            John apuntó al científico con su fusil.

            —A mí sólo me interesa una cosa —interrogó el capitán—. ¿Quién es el responsable de la existencia de los zancudos?

            —¿No pensará dispararme? Baje ese arma, les diré todo lo que sé, tranquilícese.

            —Empiece.

            —Supongo que no quieren la clase de historia. ¿Qué saben de nosotros?

            —Resuma, por favor —suplicó Abby.

            —¿Han oído hablar del incidente de Roswell?

            —Demasiado —confirmó John.

            —Se dice que un ovni se estrelló... Pero es mentira. Nosotros lo derribamos —relató con orgullo—. Durante décadas, puede que siglos, los grises nos han observado, estudiado, diseccionado como ratas de laboratorio. Por eso Los Estados Unidos crearon nuestro cuerpo de élite, soldados a los que ofrecen un acuerdo antes de morir. ¿Quieres enmendar tus errores? Puedes elegir, la cámara de gas o dar la vida por la humanidad dedicando el resto de tus días al servicio de Eisenhower, otros se alistaron bajo la promesa de tener piernas y brazos cibernéticos en lugar de vivir mutilados, nuestra gente muere a su vida pasada y nace como héroes de la humanidad. Pero no lo entenderían si no me remonto al tratado de Holloman.

            —¿De qué habla? —Preguntó Abby, impaciente.

            —En 1954 los grises aterrizaron en una base americana de Nuevo México. Tuvieron unos encuentros con el presidente Eisenhower y establecieron un tratado de paz en el que los grises debían compartir su tecnología con Estados Unidos a cambio de que ellos pudieran vivir en secreto en territorio norteamericano. Eran seres desesperados que no tenían dónde ir ya que su planeta, cerca de la constelación de Orión, se había vuelto inhabitable.

            —No teníamos ni idea de eso —rezongó John.

            —La cuestión es que durante un tiempo funcionó, los grises estudiaban a seres humanos escogidos aleatoriamente en territorio norteamericano y los devolvían a sus puntos de extracción anotando en un informe los nombres y lugar de abducciones. Cada poco tiempo ese documento era enviado al presidente para que tomara las medidas oportunas si alguno de ellos recordaba algo y divulgaba lo sucedido.

            Ante la verborrea del científico, John consideró innecesario seguir apuntándole. Cualquiera diría que se moría de ganas de divulgarlo.

            —Hasta que el informe dejó de llegar. El número de abducidos se disparó y no sólo eso, empezaron las desapariciones. Enviaron una fuerza de choque al emplazamiento secreto de los extraterrestres pero lo habían abandonado. Nadie sabía dónde estaban. Sin embargo descubrimos una pauta, un modo de descubrir los lugares en los que iban a presentarse. Hemos intervenido en muchos puntos, pero para evitar encuentros con nosotros se han diversificado por todo el mundo. Por la cantidad de incursiones llegamos a pensar que nos están invadiendo.

            —También los detectamos —explicó Abby.

            —Enviamos a nuestros perros experimentales a interceptarlos, ellos pueden verlos incluso tras sus escudos ópticos...

            —¿Se refiere a los zancudos?

            —Nosotros los llamamos Mantis 2.0. Hemos modificado el genoma del insecto...

            —¡Esos monstruos no distinguen amigo de enemigo! —Gritó Abby encolerizada.

            —Por eso no los enviamos con nuestros soldados y sólo los mandamos cuando detectamos muchos grises.

            —¿Y la población? ¿Y los daños colaterales? —Gritó Antonio.

            —¿A quién le importa, si podemos cargarnos a unos cuantos de esos cabrones? —Respondió colérico—. Cuando terminaban su trabajo se les destruía con la bomba que llevan implantada y no quedaba rastro.

            —Es un milagro que el mundo entero no se haya enterado de todo esto —opinó Abby.

            —Eso es porque han encontrado el modo de matarlos rápidamente. Si pudiéramos liarla tan gorda que fuera imposible ocultarlo a la prensa... El mundo nos vería como merecemos, seríamos sus héroes.

            —¡Qué hijo de puta! —Barruntó John.

            —¿Por qué? Abran los ojos, los malos son ellos.

            —¿Cuántas bases como esta existen?

            John se levantó enfurecido y le apuntó con su fusil a la cabeza.

            —No hace falta que me apunte, ¿ha olvidado que estamos sentenciados todos? No le contaré más si continúa mostrándose tan agresivo.

            John obedeció a la orden silenciosa de Abby cuando le hizo un gesto con la mano de que bajara el arma.

            —157. Pero ignoro si continúan operativas. La famosa Área 51 fue desmantelada por la presión mediática. Sé que en el pacífico se perdió contacto con la 63. Aunque cada una tiene sus vías de investigación y no todas fabricamos Mantis 2.0.

            —¿Quién cojones paga todo eso?

            —Las naciones unidas del EICFD.

            —Pero si nos financian a nosotros... —protestó Abby—. Se supone que no ha más bases.

            —Eso explica muchas cosas —asintió el científico—. Ninguna debe tener conocimiento del resto. Ya saben, para evitar que si cae una, caigan las demás. Así que estamos en el mismo bando...

            —¿Y usted sí lo sabía? —Inquirió Antonio.

            —Soy Vladimir Stephun. Científico jefe de esta instalación. Nosotros somos los únicos enterados de la existencia del resto. ¿Quién es su CJ?

            Miró a John y este se enfureció.

            —¿Nuestro qué? —Barruntó Masters.

            —Científico jefe, se lo acabo de explicar.

            —Ah, eran siglas... Pensé que me había insultado —dijo John, avergonzado.

            Antonio y Abby se miraron un segundo y estallaron en carcajadas. Efectivamente, John tenía cejas súper pobladas y entre ellas pelos que las unían sutilmente formando una gran "cejota". Aunque hasta ese momento no se había percatado de ello.

            —No le veo la gracia —protestó el capitán ruborizado.

            —Se llama James Black —respondió Abby, aun riéndose.

            —No le conozco, pero no se preocupen, mientras él siga con vida su base continuará operativa. Enorgullézcanse de sus muertes.

            Antonio dejó de reírse de inmediato y cogió al hombrecillo de blanco por el cuello.

            —¿Nuestras muertes? —Preguntó Antonio.

            John evitó mirarlo y Abby le miró con miedo.

            —Creí que lo sabía.

            —¿Estamos infectados o algo así?

            Abby negó con la cabeza.

            —El hangar ha sido destruido —explicó el tal Vladimir—. Nos quedan tres minutos antes de que las instalaciones se descuelguen sobre el magma.

            —¿Y qué estamos haciendo de cháchara como verduleras? Algo se podrá...

            —No hay otra salida —admitió Abby, temblándole la voz—. Para mí al menos, marchaos mientras aun estéis a tiempo.

            —Yo me quedo, no pienso abandonarla, teniente —intervino John.

            —Podemos sacarte, nuestros brazaletes funcionan —insistió Antonio.

            —Yo que tú volvía a la brecha por donde entramos.

            —¿Volver con los zombis invisibles? ¿Yo sólo? Hijos de puta, acompañarme al menos y ayudarme a pasar entre ellos. ¿Queríais morir aquí sin más?

            —Como humanos, no zombis —corrigió John.

            —No perdemos nada —objetó Abby.

 

 

 

            En el trayecto hasta el laboratorio no hubo incidentes. Sin embargo encontraron tres agujeros en el suelo como de ácido molecular. Antonio supo que el gris que le salvó estaba haciendo limpieza y pensó que no debía saber que en un par de minutos el complejo se vendría abajo.

            —¿Cuánto nos queda doc? —Preguntó muy alto por si les espiaba.

            —Dos minuto y quince segundos.

            —¿Quién activó el botón de autodestrucción?

            —Yo lo hice, ninguna de estas cosas debe salir de las instalaciones.

            No era información relevante, pero si el intruso andaba por ahí les seguiría y al llegar a tendrían que luchar juntos.

            Alcanzaron la esclusa cerrada del laboratorio cuando les quedaban dos minutos.

            —No necesito que entréis. Bastará con que me cubráis desde aquí —propuso Antonio—. Aunque es una estupidez que os quedéis los dos, teniendo un brazalete operativo.

            —¿Cuántas veces hay que decirte que están codificados con el ADN del propietario? —Protestó Abby.

            —Yo podría llevarte y así nos vamos los tres.

            —El campo gravitatorio no es lo suficientemente potente para desplazar toda la gravedad. Si me abrazo a ti haré que nos caigamos los dos.

            —¿Y si te cargamos entre los dos? —Insistió Antonio.

            —No se puede, yo tendría que pesar diez kilos. Créeme, ya lo hemos intentado, no hay esperanza para mí... John. Vete con él, no puedo cargar con la responsabilidad se tu muerte.

            —Si caes tú caemos los dos.

            —Odio interrumpir pero tienen un minuto para escapar. Sugiero que abrevien las despedidas —intervino el científico.

            —Haz lo que quieras —apremió Antonio.

            Giró la manivela y vio el agujero del suelo y el del fondo, por el que entraron.

            —Iré por el techo, es más seguro.

            Apuntó su ancla de gravedad hacia arriba y saltó sobre los tubos de ventilación.

            —Hay tres zombis ahí que te intentan alcanzar, agáchate —indicó Abby a la izquierda—. Ve por encima del agujero.

            —Gracias —El aludido obedeció sintiéndose mal por abandonarlos. Pero era absurdo sacrificarse por solidaridad. Entendía y respetaba la decisión de John, demostraba que era un estúpido, aunque cada uno tenía derecho a ser lo que quisiera. Lo habría entendido si fuera su marido, o amantes, pero entendió que el amor no justifica los actos estúpidos, sólo los provoca. Aunque pensó que si fueran Brigitte y su hijo los que se quedaban, él tampoco los abandonaría, de igual modo que si no supiera que le necesitaban ahí arriba, quizás se quedaría con ellos.

            Alcanzó la grieta de la pared y se volvió para despedirse. Abby le miraba con los ojos rojos y le despedía con la mano en la frente, como saludo militar.

            Le devolvió el gesto cuando algo le enganchó por los hombros y tiró de él. Al estar fuera de la estructura se desplomó al vacío mientras escucharon que gritaba como una mujer.

 

Comentarios: 5
  • #5

    Chemo (miércoles, 11 noviembre 2015 01:47)

    Cada vez está más interesante esta historia. Yo también pienso que es Brigitte al rescate de Antonio. Esperando la continuación.

  • #4

    Yenny (martes, 10 noviembre 2015 16:09)

    También quiero saber que pasó con Fausta y Alastor, espero que se pueda saber de ellos pronto.

  • #3

    Tony (martes, 10 noviembre 2015 07:17)

    El cuadro quiero terminarlo bien y darme tiempo para no acabarlo de cualquier manera.
    En cuanto a tu comentario de los grises, Jaime, siempre estás enchufadísimo en las historias. No te preocupes porque todos esos cabos se van a cerrar y te agradezco que me los recuerdes por si se me pasa alguno.

  • #2

    Jaime (martes, 10 noviembre 2015 03:17)

    Supongo que el grito de mujer es de Brigitte quien viene al rescate de Antonio. Es la única forma de que sobreviva, y ya sabemos que Antonio vivirá para contar su experiencia. Espero que al final del relato averigüemos algo sobre el paradero de Alastor y Fausta. Presiento que son los EE.UU. los que realmente comenzaron la guerra para robar la tecnología de los Grises y éstos solamente buscaron el apoyo de Alastor y Fausta para combatir las diversas facciones del EICFD.

    Por cierto, qué pasó con la continuación de "El Cuadro".

  • #1

    Tony (martes, 10 noviembre 2015 00:55)

    Espero que os esté gustando, se acerca la recta final aunque al va a ser más bien rondando las 30 partes. Aun hay mucho que contar (ocurrido en muy poco tiempo).

Animal es el que abandona a su mascota.

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