Los grises

28ª parte

 

Recogieron a John en el punto de encuentro y llegaron al lago Queed Laddar situado en medio del gran desierto en menos de trece minutos de reloj. Era abrumador saber que un OVNI de los grises podía salir de la galaxia en cuestión de segundos cuando ellos necesitaron todo ese tiempo para llegar a un lugar relativamente cercano de la tierra.

El valle estaba lleno de transeúntes de modo que tardaron unos minutos en localizar un lugar de aterrizaje. Abby cogió un brazalete gravitatorio nuevo y lo ajustó en su muñeca con una nueva opinión sobre ellos, eran más que necesarios, su vida podía depender de ese chisme.

— Nunca pensé que apreciaría tanto este cacharro —dijo sonriente, mirando a Antonio.

Armados y protegidos con sus armaduras de grafeno, los cinco salieron de la nave invisible ocultos por sus escudos ópticos y con el casco puesto para poder hablar entre ellos sin delatar su presencia a civiles cercanos.

— Busquemos algo parecido a una señal —dijo Antonio—. Es una zona amplia, no parece que sea sencillo.

Pero no terminó de hablar y le vino otro fuerte dolor de cabeza. Esta vez no se desmayó y vio en su mente una nave diez veces más grande que la de Ángela sumergida en el fondo del lago de aguas marrones.

Otra vez una visión del supuesto aliado.

— ¿Cuánto oxígeno tenemos con esto?

— Unas seis horas —respondió Abby.

— Es por ahí —indicó—. No voy a preguntar de dónde sacamos el aire. No hay tiempo.

— Tesla tenía inventos para todo —respondió James mientras le seguía al fondo del lado.

— ¿Te sorprende que tengamos oxígeno en este traje y no que podamos caminar por las paredes y hacernos invisibles? —Bromeo Brigitte, sarcástica.

— Ya, tienes razón —aceptó.

Tuvieron que hacer uso del brazalete gravitatorio para poder caminar por el fondo sin flotar. Sin embargo ninguno de los cinco veía por donde caminaba. Cada paso que daban costaba un gran esfuerzo debido a las corrientes y el fango del suelo. Era lo mismo que caminar en medio de una ventisca en la nieve.

Además el traje era aislante térmico pero las fibras de grafeno que lo reforzaban eran un superconductor y el frío del fondo comenzó a al alcanzar su piel en cuestión de minutos.

— ¿Estás seguro de que es por aquí? —Preguntón Abby, siguiéndole con dificultad.

Podían verse porque los cascos estaban equipados con una pantalla que les perfilaba en color verde sobre el fondo negro de las aguas turbias al igual que la ortografía descendente y los objetos flotantes como peces o algas. Sin ese radar hubiera sido imposible avanzar aunque hubieran tenido focos de luz.

— Este casco es todo un invento —comentó Antonio.

— Ve más despacio —suplicó su mujer, agobiada por la situación y con el corazón palpitando a 140 pulsaciones, según su medidor de salud.

El descenso les hizo más complicado respirar a cada metro que avanzaban. El agua y la presión que ejercía sobre ellos les obligó a usar el diafragma ya que las costillas las tenían tan comprimidas como si llevaran un traje de hormigón ajustado.

Finalmente llegaron a una planicie en la que se erguía una enorme estructura de la que sólo podían ver las paredes más cercanas gracias a su radar.

— Diría que hemos llegado —Informó Antonio.

— ¿Y cómo entramos? —Preguntó Brigitte.

No les costó más de cinco minutos dar con una rampa que parecía tener un techo de aire.

— Nos esperan —dedujo Antonio.

— Hay que admitir que no van a tener problemas de intrusos no deseados. Es un escondite fantástico —valoró James.

— ¿Cómo sabía éste el camino hasta aquí? —Preguntó John.

— He visto la nave desde ahí arriba en una visión muy tangible. De alguna manera pueden comunicarse conmigo.

— No me tranquiliza saber que mi comandante es capaz de algo así —susurró con seriedad.

— ¿A qué estamos esperando? —Dijo Black, adelantándoles y saliendo a la superficie.

— Mierda —protestó Abby—. Espere, podría ser una trampa.

Le siguió corriendo y los demás les siguieron con las armas preparadas.

Brigitte fue la última ya que se quedó paralizada cuando escuchó el comentario de la teniente. Al verse sola y que el casco mostraba a los demás mucho más relajados afuera, se atrevió a avanzar.

Agarró el arma con las dos manos con el dedo en el gatillo por si la necesitaba.

Cuando salió se encontró en medio de una sala muy oscura donde la luz de los cascos no alumbraba el techo. Se veía el suelo que era de un color metalizado azul marino, totalmente liso, lo que evidenciaba su origen artificial.

— No hay nadie —dijo, decepcionada—. Ni parece que haya pisado aquí ningún otro ser humano jamás.

— Atentos. Este silencio no me gusta nada —susurró John.

Como respondiendo a su advertencia una figura de tres metros de altura se materializó frente a ellos. Tenía dos grandes cañones de plasma equipados en lo que parecían dos tenazas. Se movía sobre cuatro patas metálicas y su cuerpo era grueso, no podían saber su composición porque el casco dibujaba su silueta y la luz no parecía detenerse en él.

Apuntó sus cañones hacia ellos y se iluminaron en color verde haciendo un ruido similar al de un altavoz potente recién encendido.

— ¡Al suelo! Gritó Abby.

— Los cañones rugieron con un potente estruendo metálico y Antonio saltó sobre Brigitte alejándola de su trayectoria pero James Black no reaccionó a tiempo y fue alcanzado de lleno.

El corazón de Antonio latía tan fuerte que amenazaba con explotar. ¿Cómo se les ocurrió ir a ese maldito lugar sabiendo que podía ser una trampa? Hasta ese momento no temió por su propia vida, pero saber que su mujer no estaba preparada para la lucha le aterraba. La levantó y la cogió en volandas corriendo a la compuerta por la que entraron

— Me haces daño —apremió Brigitte.

Un segundo disparo les alcanzó de espaldas antes de poder escapar, envolviéndolos en una bola de plasma verde.

— ¡No! —Gritó Abby—, mientras rodeaba al cuadrúpedo atacante.

— ¿Qué demonios es esa cosa? —Rugió John—. Dispárale a las articulaciones, hay que desequilibrarla.

Masters y Abby rodearon al voluminoso enemigo disparándole al unísono pero los impactos parecían rebotar en su grueso blindaje. Sus dos cañones apuntaron uno a cada uno y dispararon una andanada de disparos que seguían sus pasos por centímetros. Por suerte el arma se sobrecalentó antes de que se cruzaran detrás de él y aprovecharon el receso para dispara a los cañones por si tenían más suerte. No consiguieron nada. Abby sacó sus dos granadas y las hizo rodar bajo el cuerpo del tanque cuadrúpedo. Al explotar se echó al suelo y al mirar atrás vio que la estructura móvil enfocaba sus dos cañones hacia ella. Lo último que vio fueron dos bolas de plasma cayéndole encima abrasándola y destrozando su piel de Superman como mantequilla.

 

 

 

—¡Abby! —Exclamó Masters al verla caer.

Apuntó al gigante con su brazalete y presionó los botones de activación. Su centro de gravedad se alteró y cayó sobre la estructura metálica. ¿O era plástica? Lo cierto es que ni los disparos de sus fusiles ni las granadas le hicieron ni un arañazo. Se aferró a uno de sus brazos armados esperando que cometiera el error de dispararse a sí mismo con el otro pero comenzó a agitar el cañón donde se aferraba y cerca estuvo de caer. Buscó algún punto débil pero esa cosa parecía hecha de un material indestructible.

— ¡Vamos! —Rugió furioso—. ¡No podrás tirarme, cabrón!

Un fuerte envite del brazo mecánico golpeó el suelo arrancando chispas multicolores. John se soltó por la fuerza del impacto pero reaccionó a tiempo y volvió a agarrarse cuando lo levantó. Aunque lo hizo con tal fuerza que lanzó por los aires al capitán, que cayó a tres metros de distancia de costado. Por suerte su escudo absorbió gran parte del impacto.

— Mierda —bufó, rodando por el suelo.

El ingenio cuadrúpedo apuntó hacia él sus cañones y disparó. Los fogonazos verdes no fueron lo bastante rápidos en alcanzarlo ya que John los esperaba y en cuanto vio los resplandores rodó al lado contrario y salió indemne.

«Dos segundos es lo que tardan en cargar» —pensó mientras corría a encaramarse de nuevo en uno de ellos. Cogió una granada de su cinturón y la agarró entre los dientes mientras trepaba por la estructura, que trataba de volver a lanzarlo por los aires sin éxito. Cuando alcanzó el extremo del cañón arrancó la hebilla de la granada y la metió en el hueco quedando encajada.

— Esto te va a doler —dijo victorioso.

Se dejó caer y saltó rodando por el suelo, poniendo distancia entre él y la máquina de guerra.

Al mirar hacia ella vio que volvía a cargar los cañones. Contó un segundo antes de que la explosión reventase su cañón derecho y desviara el tiro del otro a bastante distancia.

— Parece que no eres tan indestructible.

Sonrió aunque sabía que la victoria aun estaba lejos y no sería completa porque todo su equipo había caído. La rabia de saber eso le dio energías adicionales para correr de nuevo hacia el engendro mecánico antes de que se recompusiera de su ataque.

Entonces vio con estupefacción que el brazo roto se desenganchó. Una compuerta de su abdomen se abrió y se ensambló una nueva extremidad en cuestión de segundos.

— Maldito sea —barruntó.

Lejos de rendirse corrió de nuevo a repetir la operación. Voló con ayuda del brazalete y se encaramó al brazo mecánico trepando hasta meter en su cañón una segunda granada. Esta vez el ingenio bélico le golpeó con el otro brazo resquebrajando su casco y le dio un empellón formidable que le hizo volar a más de cinco metros de altura.

John rodó por el suelo y su protección magnética se sobrecargó. La nueva explosión retumbó más fuerte en la sala y supo que era porque su casco tenía grietas. No saldría de ese lago a menos que consiguiera otro traje. Aunque dudaba que sobreviviera a esa pelea.

La máquina de guerra se arrancó el nuevo brazo averiado y John corrió con todas sus fuerzas hacia ella. Tenía muy poco tiempo y era su última granada. Si fallaba era el fin.

Las compuertas traseras se abrieron y él aprovechó para colar su última bomba justo antes de que volvieran a cerrarse, una vez repuesto el cañón.

La explosión interior se escuchó mucho más sorda y la estructura mecánica perdió sujeción de sus patas y quedó inerte.

John respiraba entrecortadamente por si se regeneraba, alerta ante cualquier movimiento.

La zona se iluminó tan intensamente que tuvo que cerrar los ojos para no cegarse. Cuando sus pupilas se adaptaron a las potentes fuentes de luz del techo, situado a unos siete metros de altura, se encontró rodeado de máquinas similares y hombrecillos de piel luminosa, muy altos y hermosos.

Les apuntó con el fusil pero el arma se soltó de su correa y salió volando a las manos de uno de los seres de luz.

— No te alarmes, compañero —dijo el que se lo robó—. Has demostrado sobradamente tu valía.

— ¿Qué significa todo esto? ¿Habéis matado a mis compañeros para ponernos a prueba?

— Nadie ha salido herido.

El ser luminoso caminó hacia a él y John se sintió pequeño a su lado. Debía superar los dos metros de altura y en su rostro no distinguió más rasgos que una boca diminuta y dos ojos similares a los de un halcón, con grandes pupilas negras y párpados horizontales sobre otros verticales que dejaban una pupila similar a la de los felinos. Era un rostro ovalado proporcional con su cuerpo, delgado y estilizado. Aunque el resplandor de su piel le obligó a dejar de mirarlo.

El hermoso ser pasó de largo y llegó hasta el cuerpo de Abby. Estaba inmóvil y envuelta por una masa verde oscura solidificada.

Tocó la sustancia y como por arte de magia se disolvió. La cogió en brazos con el traje calcinado pero aun pegado a su piel envolviéndola en su luz. Cuando el resplandor cesó estaba despierta y vestida con una sedosa túnica blanca.

— ¿Qué ha pasado? —Preguntó la teniente.

— Es mejor que me ocupe del resto antes de saciar vuestra curiosidad —respondió —, así no perdemos tiempo repitiendo las cosas.

Después hizo lo mismo con los restos de Black, John se fijó en que los tanques de guerra desaparecieron como si fueran alucinaciones, igual que aparecieron, y sólo quedaban allí dos seres luminosos y un humano vestido con la misma túnica y pero con barba blanca que le tapaba el cuello hasta medio pecho.

Si hubiera sacado una foto a la escena seguramente quien la viera pensaría que era el cielo y ese, Dios. Pero supo que ninguna cámara del mundo podría hacer fotos con tanto brillo.

— ¿Qué es esto? ¿Estoy muerto? —Pregunto Black al verse en ese entorno.

— No andas muy desencaminado —respondió el hermoso ser hecho de luz—. Terminaré de curar a vuestros compañeros y saciaré vuestras dudas.

Después encontró en el mismo pedrusco verde a los esposos. Antonio estaba sobre el cuerpo de su mujer cubriéndola en actitud protectora. Primero curó al marido y luego, con Brigitte hubo un lapso de unos segundos antes de cogerla. Finalmente la atendió y se recuperó como el resto.

— ¿Qué ha pasado? —Preguntó Antonio.

— Habéis superado la prueba.

— ¡Ejem! —Protestó John—. Es un poco generoso darles parte del mérito, ¿no cree?

— Si el robot hubiera fijado su mira en ti primero, tampoco lo habrías logrado.

— Solamente saltamos Abby y yo. Estos cayeron como los novatos que son.

— Este hombre —señaló a James Black—. No ha entrado en combate nunca y no lleva armas. Ellos dos estaban tan preocupados por protegerse mutuamente que no han reaccionado a tiempo y vosotros dos tenéis técnica y experiencia en combate. No te resto méritos, amigo, ningún otro ser humano ha podido derrotar a un guerrero pleyadiano.

Se volvió hacia el hombre de barba blanca.

— Excepto él, que la derrotó usando piedras y sin ayuda de nadie ni escudos que le protegieran de caídas.

— ¿Quién es? —Preguntó Antonio, intrigado.

Al sentirse el foco de todas las miradas el hombre se adelantó sonriente.

— Soy Elias, hijo de Omrí —Brigitte frunció el ceño extrañada mientras que el resto le miraron boquiabiertos.

— ¿Usted es el... —James le señaló tembloroso—... El que... El que resucita a los muertos y cura cualquier enfermedad.

— Esa es la fama que el mundo me ha cargado. Los judíos esperan mi regreso para que señale a su mesías y otros pueblos me acusan de traer el Apocalipsis, si es que algún día aparezco en público.

— Entonces usted tiene mas de dos mil años —dedujo Antonio.

— Casi tres mil —puntualizó.

— ¿Cómo puede seguir vivo?

— El Señor me hizo inmortal.

— ¿Vosotros tenéis algo que ver con Dios? —Inquirió Abby al ente luminoso.

— ¿Sois ángeles? —Añadió Antonio-. Esto es de locos.

— Así es como siempre nos habéis llamado —respondió—. Si no lo creéis examinar vuestros cuerpos. Todos excepto ella —señaló a Brigitte—. Estabais heridos y vuestras dolencias han sido curadas.


Comentarios: 6
  • #6

    Ariel (viernes, 29 enero 2016 03:06)

    Es raro que no haya podido.convencer a los grises para que lo devuelvan a su hogar,

  • #5

    Chemo (viernes, 29 enero 2016 01:25)

    Continuación

  • #4

    Alfonso (jueves, 28 enero 2016 01:20)

    Una de las mejores historias que he leído en esta página. Por fin apareció el mítico Elías. En las historias anteriores se menciona que Alastor quería viajar por el Universo. Si él era el jefe del EICFD, hacía tiempo que pudo haberse hecho de una nave extraterrestre. Quiero ver cómo se desenreda esta trama misteriosa.

  • #3

    Yenny (miércoles, 27 enero 2016 15:22)

    Por fin algo de acción, espero que en la próxima parte se aclaren algunas dudas. Me gusta la teoría de Jaime sobre los pleyadianos y los grises y que aparezca Génesis para que cuente un poco la historia.

  • #2

    Jaime (miércoles, 27 enero 2016 02:55)

    Si los pleyadianos son los ángeles bíblicos, entonces los grises deben ser los demonios. El Apocalipsis está cerca. Me pregunto si Alastor y Fausta tendrán alguna contraparte bíbllica también. Ojalá en la siguiente parte aparezcan Jesús y Génesis para explicar el orgien de esta guerre milenaria. Espero la continuación.

  • #1

    Tony (miércoles, 27 enero 2016 01:21)

    Espero vuestros comentarios. El desenlace está a punto de comenzar...

Animal es el que abandona a su mascota.

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