Los grises

4ª parte



 

            La sala no estaba vacía como pensaba. Abby y John Masters le miraban de brazos cruzados al otro lado de la mesa. Pero les veía traslúcidos, parecían fantasmas. Aunque la vista se le acostumbró y los empezó a ver nítidos.

            — No jodáis que tenéis puestos escudos ópticos.

            — Enhorabuena, sólo has tardado cuarenta y tres minutos en darte cuenta -le felicitó Abby, sarcástica.

            — Menos mal que no os he insultado -contestó.

            — De acuerdo, hemos perdido demasiado tiempo con esto -cortó el capitán-. Ahora que ya sabe que no somos una panda de chiflados mire la mesa por favor.

            Antonio obedeció y abrió los ojos como platos al ver una caja de cuero que antes no estaba. Levantó las gafas y silbó al descubrir que sin ellas no podía verla.

            — Puedo abrirla, ¿no?

            — Por supuesto, ese es su equipo de batalla.

            — No me diga que...

            Acompaño sus palabras con actos y abrió la caja con una sonrisa expectante y los ojos brillantes por la emoción.

            Dentro había un brazalete de aluminio que se ceñía a la mano como un guante sin dedos. Lo cogió y lo miró desde todas direcciones. No podía cerrar la boca por estupefacción. Si lo que leyó era cierto debía ser el brazalete antigravitatorio.

            — Alucinante.

            Volvió a levantar las gafas y se quedó aun más pasmado al dejar de verlo.

            — Todos esos objetos son invisibles al ojo humano -informó John-. Hemos copiado su código genético en sus memorias internas de modo que sólo usted pueda usarlos.

            — Interesante. ¿Entonces si otra persona usa estas gafas tampoco vería nada?

            — No, lleva filtros ópticos, eso sí lo puede usar cualquiera.

            Antonio se las quitó y palpó la caja sin ellas. Tuvo la extraña sensación de tocar un cristal extremadamente transparente y sin reflejos.

            — Alucinante -repitió.

            — Espera a que te enseñemos el resto del equipo -comentó Abby.

            Al quitarse las gafas se dio cuenta de que eran simple plástico transparente. Como las de cualquier obrero de la construcción. Dentro de la caja vio un casco, un arma similar a los rifles del ejército y un teléfono móvil idéntico al suyo. Lo cogió sonriendo y se lo mostró a Abby.

            — Ya tengo el mío pero gracias. Nunca viene mal otro por si lo pierdo.

            — Ese es invisible. No te separes de él. Si quieres lo haces visible y no tienes que llevar los dos.

            — Qué bueno -asintió-. Es el mejor antirrobo.

            Abrió la boca embobado al comprobar que sin gafas era absolutamente transparente.

            — Además está equipado con una cámara Tesla -intervino John-. Podrá ver enemigos con escudo óptico de alta frecuencia. Los grises lo han perfeccionado tanto que nuestras gafas no bastan para verlos. Con el móvil podrás detectarlos incluso de noche.

            — Ayer eso me hubiera sonado asombroso -reconoció-. Pero me interesa más esto.

            Cogió con mucho cuidado el brazalete y se lo puso en la mano derecha.

            — ¿Cómo funciona?

            — Precisamente es lo último que deberías probar -aleccionó Abby-. Quítatelo antes de que te hagas daño.

            Antonio obedeció  bufando con fastidio.

            — Nunca lo uses en espacios amplios y mucho menos sin ponerte esto.

            Cogió algo que parecía un doble arnés y se lo dio.

            Antonio se lo puso a modo de mochila.

            — Al revés, la placa metálica debes ponerla delante.

            — ¿Para qué es?

            — Es lo que evitará que los civiles te vean, lo que detendrá la mayor parte de los disparos enemigos y amortiguará cualquier caída que sufras y te salvará de romperte todos los huesos cuando tengas que saltar desde lo alto de un edificio.

            Mientras hablaba se lo terminó de colocar igual que lo llevaba ella. La placa metálica tenía un sólo interruptor.

            — ¿Puedo encenderlo?

            — Es muy útil pero tiene un problema. La batería que lleva es de cinco amperios. Cada impacto la consume casi completa y tarda en recargarse unos minutos -explicó Abby-. Es decir, si te alcanzan dos veces sin que pasen ese tiempo el escudo consume toda la potencia y nada te protegería de un tercer impacto hasta que se recargue.

            — No entiendo mucho lo que has dicho pero me ha quedado claro. Sólo puedo recibir dos impactos cada tres minutos.

            — Mejor que no -aclaró Abby-. Están usando un nuevo tipo de arma que dispara chorros de plasma. Ningún escudo es capaz de pararlos. Por suerte no todos la tienen, al igual que los escudos de alta frecuencia, pero procura evitar que te alcancen.

            — Vaya.

            — Irás equipado con una armadura. El escudo de energía protege de impactos energéticos y a gran velocidad pero no de armas punzantes. La "piel de Superman" es cien veces más dura que el acero. Está compuesta de neopreno con fibras de grafeno. Es el material orgánico más resistente que existe.

            — ¿Cuándo me lo dan? -Buscó en la caja pero no lo vio.

            — No te lo dan hasta que vas al frente -aclaró la teniente-. En los jets, durante el viaje tenemos tiempo para equiparnos.

            — Otra cosa que me intriga, ¿por qué somos tan pocos?

            — Porque nos han barrido en las últimas escaramuzas -respondió John con tono sombrío-. Es un milagro que sigamos los dos vivos, ya se lo explicamos ayer.

            — Quiero decir ¿por qué erais sólo diez? ¿No deberíais ser más? A esto yo no lo llamaría "ejército".

            John negó con la cabeza.

            — No hemos venido a discutir sandeces sino a explicarle el equipo -explicó con seriedad-, tengo poco tiempo y me gustaría que cuando me vaya haya aprendido a manejarlo todo.

            — Perdona no quería interrumpirte.

            — ¡Está usted hablando con un oficial! -Explotó John-. Diríjase a mí con el respeto que confieren mis galones.

            — Qué exagerado. Vaya humos tiene tu amigo -esperó la risa de la teniente.

            Soltó una risotada pero ella le miraba como si estuviera metiendo la cabeza en la boca de un cocodrilo.

            Sin previo aviso el capitán le empujó con todas sus fuerzas y lo estrelló contra la pared. Por suerte fue como golpearse con goma espuma debido al escudo magnético que le protegía.

            — Esto es lo que podría pasarle en el campo de batalla -explicó furioso.

            Acto seguido le dio un puñetazo en la cara que apenas notó por la amortiguación del campo que le protegía y el zumbido del escudo cesó. Su sombra reapareció y supo que era vulnerable y visible hasta que volviera a recargarse.

            — ¿Le ha quedado claro?

            — Sí...

            Un nuevo puñetazo le alcanzó el estómago un poco por debajo de la placa metálica. Siempre alardeaba de tener unas abdominales duras pero ese golpe fue tan recio que le dejó sin respiración creyó que se asfixiaba.

            — ¿Por qué.. -le falto el aire para seguir protestando.

            El dolor era tan intenso que tuvo que quedarse apoyado en la pared. El enfado se le pasó cuando comprendió que estaba en inferioridad de condiciones. Ese hombre era pura masa muscular, llevaba el escudo, era más fuerte y él apenas hacía más ejercicio que cargar a su hijo de catorce kilos a diario. Aunque quisiera pelear con él sólo recibiría golpes. Mientras se recuperaba se fijó en que el capitán siempre llevaba guantes. En ese momento hubiera jurado que sus puños eran de acero.

            — Sí, señor -logró decir, mordiéndose la lengua.

            — Para que el pelotón sea eficaz debe cumplir las tres consignas fundamentales: Obediencia, respeto y honor.

            — Sí, capitán -respondió con miedo de recibir otro golpe.

            — Ahora que ya conoce la debilidad de su equipamiento pueden practicar con las armas. Cuando esté en condiciones coja su fusil.

            Aun necesitó un par de minutos en poder respirar con comodidad. El tiempo suficiente para que su escudo magnético se reactivara con un zumbido y su sombra desapareciera como por arte de magia.

            Sacó de la caja el fusil y la sopesó. Era ligera, plateada, sin brillo y con una mira telescópica digital. Apuntó al fondo de la sala y se quedó asombrado por que a simple vista apenas se veía la pared y vio en la mirilla con gran detalle la textura del hormigón.

            — Puede regular la distancia con la rueda que tiene sobre el arma. Seleccione el tipo de disparo con esos tres botones. Haga una prueba.

            Estaba deseando que le diera permiso para disparar. Apretó el gatillo y no ocurrió nada.

            — No funciona.

            — Debe desbloquearla -explicó John, resoplando.

            Le mostró su propia arma y señaló justo encima del gatillo. Lo pulsó y un zumbido le informó de que estaba a punto.

            — Hay tres modos de disparo, ráfagas cortas, continuas o de un disparo. El último es para tiros muy precisos, úselo únicamente con objeto de evitar daños colaterales.

            — ¿Cómo saco el cargador?

            — No lo necesita. Es un rifle de plasma con autocargador. Sólo tiene un problema y es que se recalienta si dispara muy seguido. Verá cómo se enciende una luz roja un par de segundos antes de que eso ocurra, procure que la luz no cambie a morado. Significará que ha agotado la batería y deberá esperar un minuto a que vuelva a estar operativa. Por eso llevará una pistola convencional con silenciador, aunque es raro que la usemos.

            Antonio activó el arma y la puso en modo ráfaga corta. Apuntó y disparó.

            No sintió retroceso alguno pero escuchó un sonido sordo como "zium". El resultado fui invisible a la vista y causó tres huecos agrupados en la pared, similares a las huellas de un cigarro. No parecía demasiado dañina pero podía presumir de una precisión exquisita.

            — Eso es todo, nos veremos en la primera misión. Mantenga el móvil cerca y no deje que nadie lo vea. Aunque serán mensajes en clave y no pasaría nada.

            — De acuerdo.

            John se dirigió a la salida y se marchaba.

            — ¿Ya me puedo ir a casa? — Le preguntó Antonio, sorprendido.

            — Me cae bien, señor Jurado. Pero no abuse. Quiero que entrenen. Mañana le presentaremos al comandante. Debo irme, el otro novato lleva encerrado todo este tiempo y debe estar nervioso.

            Dicho eso se marchó dejando la puerta abierta.

            - Hora de respirar aire fresco -dijo Abby, sonriente.

 

 

 

            Tras un duro entrenamiento corriendo por el complejo en ruinas y disparándose entre ellos, Antonio sufrió una humillante derrota de diez a dos. Abby era silenciosa, nunca sabía de dónde saldría y comenzó con una bochornosa racha de ocho derrotas (que era cuando su escudo se bloqueaba).

            Luego logró sorprenderla agazapado en una altura y después de ser alcanzado otras dos veces sin saber desde dónde, consiguió alcanzarla en su escondite y obtuvo su segunda victoria.

            - Creo que estás listo.

            Estaba molido y el tiempo pasó tan rápido que no se acordaron ni de comer y eran casi las seis.

            — ¡Bien! Entonces, ¿probamos ya el brazalete?

            Abby suspiró resignada.

            — No te servirá en la batalla, no creas que te hará volar como Superman ni que es divertido. Te lo voy a explicar porque me lo han ordenado y lo necesitamos en las misiones pero mi consejo es que no lo uses a menos que te lo ordenen o te veas acorralado.

            — Bueno, explícamelo y ya veremos.

            Abby asintió con desgana.

            — Fíjate que sólo hay dos botones. Uno bajo la palma y el otro sobre el dorso de la mano -cogió su brazalete y le mostró cómo debía presionarlos a la vez-. Ese puntero láser que tiene ahí es para fijar tu próximo centro gravitatorio, mira.

            Usó su propio dispositivo apuntando a una pared y pulsó los botones al unísono. Al hacerlo apareció un puntero rojo en el muro lejano y salió volando hacia allí. En pleno ascenso soltó los botones y dejó de ascender. La inercia la obligó a rodar por el suelo para aterrizar con dificultades rodando por el suelo.

            El escudo recibió el impacto y vio que se iluminaba su contorno con luz amarillenta.

            Corrió hasta ella y la ayudó a levantarse.

            — No me extraña que no te guste. Menuda caída.

            — ¡Lo detesto! -Le gritó-. Ya te lo he enseñado, si quieres usarlo es bajo tu responsabilidad.

            En teoría parecía fácil pero acababa de presenciar cómo caía a veinte metros de distancia como si un ser invisible la hubiera lanzado por los aires.

            — ¿Te has tirado alguna vez en paracaídas? -Le preguntó la teniente.

            — No.

            — Pues da menos miedo.

            — Estoy seguro. Bueno -miró el reloj suspirando-. Las seis de la tarde. Hora volver a por mi hijo, ¿puedes llevarme?

            — ¿Qué? Tú de aquí no te mueves hasta que lo pruebes. Si lo he tenido que hacer yo, lo vas a intentar tú.

            - ¿Pero no dices que no debo usarlo?

            - No lo vas a aprender cuando mi vida dependa de que sepas usarlo.

            Antonio palideció, ella era muy ágil y tuvo dificultades para tomar tierra pero él pesaba casi el doble y no era ni mucho menos tan hábil.

            — Está bien.

            Apuntó al muro y apretó los dos botones.

            — ¡Uah! -Exclamó.

            De repente la Tierra se volcó y cayó de cabeza a la pared. La amortiguación del escudo le salvó de romperse el cráneo pero no de caer aparatosamente y su columna se dobló hasta casi partirse, como si hubiera caído en un colchón de agua. Por culpa del golpe soltó los botones y la gravedad se restableció cayendo de bruces desde veinte metros de altura de cara contra el suelo. El escudo le protegió, pero se desactivó con el segundo impacto.

            A pesar de que no tenía nada roto se sintió como si un boxeador le hubiera metido una paliza. La experiencia de volar distaba muchísimo de lo que siempre imaginó.

            Cuando la teniente llegó a su lado aún estaba tumbado quejándose de la espalda y no le gusto verla reírse a carcajadas.

            — ¿A que mola? -Se burló-. Yo siempre suelto los botones antes del primer impacto, te ahorra un buen golpe aunque el segundo no te lo quita nadie. ¿Estás bien?

            - ¡Ugh! -Se sentó pero le dolía la espalda como si le hubieran dado una paliza.

            - No tienes que usarlo para moverte tú -continuó la teniente-. Si encuentras una cobertura firme y apuntas a un enemigo caerá hacia ti y quedará aturdido al golpearse con el muro, luego podrás rematarlo. Esa técnica la domina el capitán y es muy efectiva.

            — Creo que intentaré evitarlo. Ya no tengo veinte años para soportar estos golpes. Me duele la espalda, juraría que me he partido algo.

            — Ni se te ocurra lesionarte, aquí no tienes permiso por lesión a menos que sean heridas graves.

 

 

 

            Sin embargo sí estaba lesionado. Fue al médico esa misma tarde, en cuanto recogió a su hijo, y le recetó pastillas contra el dolor y mucho reposo. La explicación que tuvo que dar a la doctora fue hizo un gran esfuerzo en bicicleta. Ella le dio baja indefinida y le citó una semana más tarde.

            — Teniendo un niño le va a costar curarse. Procure cogerlo lo menos posible -recomendó al ver lo inquieto que era Charly.

 

 

 

            Lo que no impidió que a las nueve y media de la mañana del 9 de abril la teniente Wright volviera a llamarlo para llevarlo al cuartel general. Pensó decirle que mejor llevaba él su propio coche y así no dependía de ella si quería volver antes aunque cuando añadió: "te llevaré al jet a las diez y media" comprendió que el cuartel no debía quedar cerca.

            De hecho, llegaron a un parking abandonado y Abby le pidió que se pusiera las gafas y el escudo. En medio de una explanada asfaltada aparentemente vacía vio un aparato con forma similar a una cucaracha gigante con alas pequeñas en comparación con el volumen del aparato. A pesar de la similitud con el insecto, debía reconocer que era una maravilla visual. Tenía cristales azulados en la parte de arriba y las ruedas parecían sus patas. La trampilla inferior estaba abierta a modo de rampa y subieron por ella. Dentro vieron que John y otro soldado les esperaban

            — Le presento a su nuevo compañero -dijo el capitán Masters señalándole-. Él es Antonio Jurado. Ella la teniente Abby Wright.

            Se acercó y le dio la mano. El chico debía tener unos veinticinco años y tenía cabeza redonda y rasgos toscos. Sus cejas se unían en el entrecejo y la mandíbula inferior sobresalía de la superior.

            — Encantado -dijo-. ¿Tu nombre?

            — Tomás Guerrero, soy de Cuenca -le estrechó la mano con fuerza.

            Y sonrió como si fuera un chiste.

            Abby le arrojó un uniforme y con un gesto de cabeza le indicó dónde podía cambiarse. No era la famosa "piel de Supermán". Simplemente era militar de color gris oscuro y sin bandera.

 

 

            Cuando se sentó en su asiento junto a Tomás y se abrochó el cinturón éste sonreía como un idiota mirando a Abby.

            — Qué suerte, a ti te ha tocado la instructora maciza. Yo tuve mi instrucción con mister seriedad y disciplina.

            — No te creas, ayer me lesioné en el entrenamiento, no fue tan agradable. Además yo estoy casado y no me había fijado...

            — Y yo también pero no soy ciego. Que revolcón me daba con ella.

            Hablaba en voz baja mientras ella hablaba con el piloto del jet.

            — Pues creo que tiene novio -replicó Antonio sonriente, sin saber si mentía, para que dejara de hacer esos comentarios.

            — No soy celoso -dijo Tomás, con una sonrisa de complicidad.

            Pero lo más surrealista no era lo que decía sino tratar de creer que un chico tan feo pudiera tener novia.

            El aparato se elevó lentamente sin emitir un sólo ruido y aún más asombroso, sin producir viento, Antonio miró por la ventanilla y vio algo que le trajo recuerdos. Estaban rodeados de una luz verdosa similar a la que vio unos meses atrás.

            Le vino a la memoria el día que vio algo parecido tragándose un portaaviones y un helicóptero en medio del Atlántico, haciéndolos desaparecer sin dejar rastro.

            Estaba a punto de conocer a alguien que podía darle respuestas.

 

 

Comentarios: 8
  • #8

    Jaime (sábado, 23 mayo 2015 22:00)

    Bueno, Tony, seguiré leyendo para saber cómo termina la historia. Cuando mencionaron al nuevo recluta por alguna razón me imaginaba que iba a ser Yuvén, pero me alegro que no sea así. Me gustaría que apareciese Verónica o algún otro personaje tuyo.

  • #7

    Tony (sábado, 23 mayo 2015 01:01)

    Otra cosa, ya están corregidas las fechas. Gracias a todos por estar tan atentos.

  • #6

    Tony (sábado, 23 mayo 2015 00:57)

    Tenéis razón puse, Bright. Ya lo corregí. El correcto es Wright.
    En cuanto a lo que dices que no funcionará el tema, Jaime, espero que te equivoques y al final digas que te ha gustado y sorprendido.
    :-D

  • #5

    Yenny (sábado, 23 mayo 2015 00:47)

    Ok, espero que la subas pronto :) estaré rondando por aquí

  • #4

    Jaime (sábado, 23 mayo 2015 00:21)

    Yo creo que la EICFD sabe sobre Alastor y su relación con Fausta y Antonio. Esta historia me parece más surrealista que sobrenatural. Ya no sé si estoy leyendo una historia de Halo (ciencia ficción) o una de Antonio Jurado. Es bueno experimentar pero presiento que no va a quedar bien. Habrá que ver el final a ver cómo termina todo esto.

    Por cierto, Tony, ¿el apellido de Abby es Wright o Bright? Espero que Masters explique cómo usan la niebla verde para volar.

  • #3

    Tony (viernes, 22 mayo 2015 21:07)

    No voy a tardar. Tengo casi terminada la 5ª parte y no puedo esperar a escribir la sexta. Supongo que el martes que viene publico. El apellido lo esescribí mal por eso lo cambié.

  • #2

    Yenny (viernes, 22 mayo 2015 19:46)

    Tony no le cambies el apellido a Abby :) , es curioso en la parte anterior pensaba que un brazalete que anula la gravedad de una persona no serviría para volar sólo la elevaría y de algún modo tendría que caer ya que no puede propulsarse y veo que tenía razón, jaja me dio risa la caída de Antonio. Espero la próxima parte aunque por lo que veo va a tardar :(

  • #1

    Tony (viernes, 22 mayo 2015 10:40)

    Esta parte es más larga de lo común pero estoy seguro de que no lo creeréis. Espero vuestros comentarios.

Animal es el que abandona a su mascota.

Si es la primera vez que entras a la página, te recomiendo que entres al Indice.

¿Te gusta esta página?

 Ilustración por Wendy Naomi Arias Audiffred

El asesino que escribía cartas de amor

 

Libro primero de la recopilación de relatos más relevantes de la página.

Disponible a la venta. 

 

Haz click para ver detalles.

  

Ilustración por Antonio J. Fernández Del Campo.

 

Próximamente:  Segundo volumen recopilatorio.

 

Fausta

 

Ya disponible en papel

 

CONTACTO: 

 

Si quieres recibir por email los avisos de las novedades más recientes, inscríbete en el enlace siguiente.

 

Si quieres contactar conmigo directamente por email, escríbeme a esta dirección:

 

tonyjfc@yahoo.es

Chat

Contenido protegido por la ley

El disco de 2 Gb más pequeño del mundo
El disco de 2 Gb más pequeño del mundo