Los grises

7ª parte

         Abby le llevó conduciendo a gran velocidad por la autopista, como solía hacer siempre. Él ya empezaba a acostumbrarse y ya no se cogía del agarrador de encima de la puerta. Hasta se sintió capaz de hablar con ella, cosa que otros días le aterraba no fuera a distraerla y se empotraran contra un camión (que parecían parados en la autopista a la velocidad que iban).

         — ¿Es tan peligroso cada día?

         — No, a veces mueren de los nuestros —respondió seca.

         Quería saber qué fue lo que pasó el día que fue rescatado, preguntarle si sabía algo de Alastor y si tenía novio. Apenas la conocía aunque ya le había salvado la vida dos veces.

         — Me siento más seguro sabiendo que el capitán y tú estáis con nosotros —reconoció.

         Abby le miró y volvió a mirar a la carretera, cosa que agradeció.

         — Me intriga algo. El comandante dijo que John sufrió heridas mortales cuando me rescatasteis. ¿Cómo es posible que estuviera en plena forma el día siguiente, cuando os conocí?

         — No pudieron salvar sus brazos pero los implantes cibernéticos no necesitan tiempo de recuperación.

         — ¿Cómo?

         — Uno de los grises me golpeó y me dejó inconsciente. Él vino a protegerme y el zancudo dio un salto para ensartarnos. Le disparó hasta romper su escudo y en la caída soltó su veneno de fuego, se protegió con los brazos pero nada puede protegernos de ese líquido, sufrió fuertes quemaduras en las extremidades.

         » Cuando recuperé la consciencia vi que el último hostil iba hacia tu casa. El comandante alegó que estaba huyendo pero supe que no lo hacía y desobedecí su orden de llevarme a John a la nave. Lo cierto es que le di por muerto...—se detuvo al recordarlo, debió ser un momento duro—. ¿Quién sobrevive a algo así? Se le veían los huesos calcinados y él estaba consciente. Tan mal se veía que me pidió que le rematara... Pero lo bueno de ese líquido es que cauteriza al instante las heridas, por eso resistió sin morir desangrado. Tenemos en el laboratorio varias muestras y es muy útil para cortar hemorragias.

         — ¿Desobedeciste por salvarme?

         — No sabía a dónde iba. Desobedecí por venganza. Corrí tras él y le alcancé justo cuando estaba llegando a tu casa, iba decidido a matar a todo el que encontrara y te vio a ti. Le disparé y murió en medio de la calle.

         — Entonces...—Antonio comprendió por qué insistían tanto en las consignas y entre ellas la obediencia. John debía estar molesto con ella por abandonarle desobedeciendo una orden, la de matarle—. Si sabía que se podían hacer esos implantes, ¿por qué te pidió tal cosa?

         — No lo sabía. Después, cuando regresamos, suplicó que le usaran de conejillo de indias y el comandante accedió. Por suerte para todos fue el primer implante exitoso. Otros han muerto desangrados.

         — Vaya.

         — Descansa —añadió Abby—. Hoy ha sido un día muy largo, necesitarás reponerte.

         Antonio estaba molido, miró el reloj y vio que eran las dos de la tarde. Estaba sorprendido, se le cerraban los ojos como si fueran las nueve.

         — Tendré tiempo de dormir una buena siesta antes de ir a por mi hijo.

         — Ponte alarma, la primera vez que nos sometemos al teletransporte nuestros cuerpos sufren un estrés muy grande,  puede que al despertar te parezca que te han dado una paliza.

         — Es lo que ha pasado —recordó.

         — Pues te sentirás aun peor.

         La teniente le miró de reojo con media sonrisa.

         — Gracias, ahora te debo dos.

         — No lo has hecho mal para ser tu primer día. Hasta has usado el brazalete y muy bien, por cierto.

         — Pura suerte.

         — Pero el comandante no opina lo mismo.

         — ¿Qué?, ¿te ha dicho algo?

         — Sí —respondió, siseando, como si no quisiera contarle más.

         No volvieron a hablar durante el trayecto. El silencio fue incómodo porque Abby se callaba algo evidentemente desagradable. Y por que todo lo que se le ocurría a Antonio estaba fuera de lugar. ¿Tienes novio? Y se contestaba a sí mismo. «¿Por qué me interesa? Pensará que me gusta, pero no es por eso, sólo es para contestar a Tomás si me vuelve a preguntar. ¿Y qué cojones me importa lo que diga? No quiero estropear lo bien que me llevo con ella por las payasadas de ese idiota.”

         Así llegaron a su casa y Antonio se despidió con un tímido: "Nos vemos."

         Cuando vio alejarse el Mustang rojo pensó que no habían quedado para el día siguiente y quizás todo ese día alucinante fue una prueba de acceso que no había superado. ¿Volvería a verla? El comandante no estaba contento... Quizás no.

 

 

         Tal y como pronosticó Abby cuando se tumbó en la cama le dolían todos los huesos del cuerpo. No sabía si por la paliza de correr, por los golpes recibidos o por los teletransportes, pero según cerró los ojos se quedó dormido.

         El despertador sonó a las seis y le pareció una heroicidad levantarse. Ni siquiera recordaba haber puesto la alarma. Al estirar la espalda le dio un latigazo que le dejó sin respiración, aún le dolía desde el golpe del entrenamiento. Tenía media hora para recoger a Charly y, con gemidos, como un alma en pena, se vistió, se calzó, comió un sándwich de mayonesa con surimi —ya que no había probado bocado en todo el día—, y se puso en marcha hacia la guardería.

         Cuando iba a recoger a su hijo vio el teléfono sobre la mesilla de noche, el suyo de verdad, y descubrió 30 mensajes de Brigitte. Lo tenía en silencio y no los había escuchado mientras dormía.

         Al leerlos soltó un resoplido de preocupación. El niño estaba malo, tenía fiebre y tosía con muchas flemas. Le escribió varias veces para que fuera a recogerlo. Como no contestó tuvo que ir ella y ahora estaban en urgencias esperando turno. El niño lloraba sin parar.

         Respondió:

         "Voy, ha sido un día complicado, lo siento. No he tenido ni un minuto para mirar el móvil."

 

 

         El médico de urgencias les dijo que era una bronquiolitis aguda que seguramente había cogido en la guardería. Podía curarse en dos semanas o en dos meses, según lo fuertes que fueran sus defensas. Volvieron a casa preocupados.

         Lo cierto era que ninguno de los dos podía quedarse con el niño y no lo debían llevar a la guardería por si contagiaba a los demás, —algo irónico—. Él alegó su reciente incorporación al trabajo, ya que debía ser coherente con su tapadera, y ella que parecía necesitar permiso del presidente para faltar un solo día. Su jefe seguía enfadado por su inesperado embarazo y no hacía ni seis meses que le dieron el alta por maternidad. Tardaría en ganarse su confianza.

         — Hace tiempo que pensaba contactar con mis padres —se le ocurrió a Antonio—. No quiero que piensen para siempre que estoy muerto. A mi madre le gustará saber que tiene un nieto y estará encantada de venir a echarnos una mano.

         — ¿Sabes dónde están? —Preguntó Brigitte—. Yo llamaría a los míos si mi padre no estuviera en silla de ruedas.

         — Puedo contactar con ellos, conozco quien me puede dar su teléfono y dirección.

         — Hace mucho que no habláis. Espero que estén bien.

         — Es un buen momento para averiguarlo.

         — ¿Tanto daño te hicieron que nunca te has interesado en encontrarles?

         — Cuando me encerraron hace años declararon contra mí sin saber si era inocente o culpable. Fue duro, imagínate que te acusan de un crimen que no hiciste y tu familia te señala con el dedo.

         Brigitte no respondió.

         — Hay que olvidar el pasado —añadió Antonio—. Voy a llamar a mi contacto, ahora vengo. Si no les llamo por algo así creo que nunca les llamaría.

         — Me parece bien. Pero dudo que puedan estar aquí mañana.

         — Si no pueden, a ver el lunes. Tendrás que pedirte el día. Yo no puedo faltar.

         — Si no pueden... Qué remedio. Inténtalo a ver.

         — Espero que sigan viviendo en Madrid.

 

         Sacó su teléfono móvil y llamo a Juan Bosco, un amigo suyo desde la universidad. Sus vidas habían tomado caminos muy diferentes aunque nunca perdieron contacto por temas legales. Bosco trabajaba en la policía y era muy amigo del dinero, discreto y podía conseguirle información y documentación por un "módico precio y mucha discreción".

         Sonaron dos tonos de llamada, eran las siete de la tarde, seguramente le pillaba en casa.

         — ¿Quién es?

         — ¿Obi Juan?

         — ¡Quenobi! —Exclamó Juan emocionado—. ¡Avelino! ¿Qué es de tu vida!

         — Necesito un favor.

         — Ya sabes que puedes contar conmigo para todo.

         — ¿Pues búscame la dirección de mis padres?

         — ¿DNI?

         — No lo tengo, pero te puedo dar la calle donde vivíamos en 1985.

         — ¿Y eso de qué me vale? ¿Crees que tengo una máquina del tiempo?

         — Busca mi DNI y búscalos, no puedo conseguir el suyo.

         — Pero chico, sólo tienes que llamarlos y que te lo den.

         — ¿Para qué crees que te pido su dirección, merluzo? —Increpó—. Si pudiera llamarlos yo mismo se la pediría yo, ¿no te parece? Pero no me hablo con ellos desde hace veinte años.

         — Vale tronco, es que sin DNI la mierda de ordenador no te da ni los buenos días. Creo que no voy a poder.

         — Pones el mío y buscas a mis padres.

         — Que no colega, que sólo guardan el nombre de pila de los viejos. No veas las movidas que se montan por eso. Ahora ya son más completos y lo ponen en el chip, pero los anticuarios como nosotros no estamos actualizados.

         — No me fastidies.

         — Lo siento tío. Si quieres te hago un pasaporte o un DNI de puta obra de arte, ya sabes, para eso estoy.

         — No, no, ya no los colecciono.

         — Joder, cuanto lo siento, quería pillarme una play cuatro con el juegaco ese de los zombis... "Bloodborne"...

         — No puedo, tío. Necesito encontrar a mis padres.

         — Hasta otra entonces.

         Colgaron, ambos fastidiados porque ninguno tenía lo que quería.

         Antonio se quedó mirando el móvil buscando una solución alternativa. Se acordó de Abby y justo en ese momento recibió un mensaje de ella:

         "91 555 87 99 09, no pierdas tiempo con banalidades, que no puedes faltar mañana. Consigue ayuda con tu hijo."

         — ¿Qué? ¿Cómo sabes? —susurró.

         ¿Le estaba espiando? No le importó, le hizo tanta ilusión que contara con él al día siguiente que marcó ilusionado pensando que sería el de una canguro o algo así.  Pero su sorpresa fue mayúscula cuando escuchó la voz de su padre.

         — ¿Avelino Po...Policarpio? —Preguntó tartamudeando, pronunciando el nombre de su progenitor, y el suyo propio que tantos años había escondido.

         — Sí, dígame —volvió a escuchar su voz carrasposa.

         — Necesito hablar con Teresa Gutiérrez, su esposa.

         Le intimidaba más contarle a él que seguía vivo. Su madre era más razonable.

         — Toma Tere, debe ser un  vendedor de enciclopedias. ¡No compres nada! —escuchó que advertía sin el menor cuidado para no ser escuchado.

         — ¿Diga?

         Antonio se quedó sin respiración. El dolor, que creía enterrado,  por su traición afloró de nuevo y peleó con rabia contra el deseo de reconciliarse y contarles la verdad.

         — Creo que han colgado -escuchó decir por el auricular.

         — Soy Avelino, mamá —no consiguió hablar sin que se le quebrara la voz.

         — ¿Qué?

         — Recuerdas que me acusaron de asesinato y... —omitió que por sus declaraciones le condenaron—. Me tuve que escapar para demostrar mi inocencia. La policía no me dejó en paz y me vi obligado a fingir mi muerte, he vivido con otra identidad durante todo este tiempo y.... Vuelvo a ser libre...

         Mientras hablaba se le saltaron varias lágrimas.

         — ¿Qué pasa Tere? —Escuchó preguntar a su padre, preocupado.

         — Es Abel... —susurró ella, también llorando.

         — ¿Quién?

         — ¡Tu hijo!

         — ¿Pero qué dices mujer? Trae acá. No sé qué clase de desalmado eres, sólo un monstruo hurga en las heridas de una familia destrozada por el dolor...

         — Papá, deja de discutir, pesado. ¡Soy yo!

         Era como si no hubiera pasado ni un sólo día, él y su padre no paraban de gritarse y de repente creyó tener dieciocho años y volver al pasado.

         — ¿Abel?

         — Soy yo, le he explicado a mamá que tuve que fingir mi muerte para demostrar mi inocencia y ahora por fin lo he conseguido.

         — ¿En serio? No puedo creerlo. ¿Cómo es posible?

         — Papá, ha sido necesario —Antonio lloró al decir eso.

         — Entiendo que haya gente desalmada que quiera sacar tajada del dolor ajeno, son tiempos de crisis. Pero hay que ser gilipollas para venir a una familia pobre y hacerse pasar por un hijo bastardo que ya está ardiendo en el infierno merecidamente. ¿Qué quiere? Le voy a dar en herencia mi hipoteca, la que estoy deseando que alguien pague por mi.

         Y colgó.

         Antonio se quedó mirando al teléfono con rabia y frustración. Ese cabezota nunca creería en su inocencia, le odiaría siempre. Y nada ni nadie en el mundo podía hacerle cambiar de opinión. 

Comentarios: 6
  • #6

    Cecilia (martes, 16 junio 2015 21:35)

    Hola Antonio, saludos a todos los amig@s de esta página, bueno no voy a opinar nada de este relato pero me ha gustado, asi que espero la siguiente parte que no dudo será igual de interesante.
    saludos.

  • #5

    Tony (lunes, 15 junio 2015 18:32)

    Aqui no hay relleno. Todo queda explicado en futuras partes. De todas formas el tema de sus padres está pendiente de resolverse desde hace muchas historias. Al igual que otros hilos sueltos que quedarán atados en este relato.

  • #4

    Yenny (lunes, 15 junio 2015 18:23)

    Tampoco entiendo que tienen que ver los padres de Antonio, si solo es de relleno mejor que contraten una niñera.
    Quisiera saber como se imaginaban a Abby me han dejado intrigada chicos.

  • #3

    Chemo (domingo, 14 junio 2015 01:18)

    Concuerdo con Jaime. Abby no es como me la imaginaba, así que esperaré a que reaparezca Ángela. No sé para qué Antonio contacta a sus padres biológicos; lo mejor es que sigan pensando que sigue muerto. Seguramente la Organización posee recursos suficientes para proveerle de una niñera si Antonio así lo quiere,

  • #2

    Jaime (jueves, 11 junio 2015 03:32)

    Me imaginaba a Abby de forma dferente. Espero que se revele la conexión entre el EICFD, la Organización y Alastor.
    Por cierto, Tony, ¿esta parte de los padres de Alastor tiene relevancia dentro de la historia o es solo relleno?

  • #1

    Tony (miércoles, 10 junio 2015 00:44)

    Con un poco de suerte la próxima semana volveré a ser puntual. Por favor comentar.

Animal es el que abandona a su mascota.

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